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“La Organización era una especie de sociedad secreta y aunque muchos de sus miembros estaban incrustados en el sistema, habían jurado una prioritaria lealtad a su grupo, aun antes que a su mismo sistema de gobierno”. Dicha sociedad planea y efectúa un proyecto de terrorismo al norte de México: inserción de material radioactivo por medio de una bomba de cobalto 60. El objetivo, según nos cuenta José Areníbar en su novela publicada en 2004 por Ediciones del Azar, era desestabilizar la economía mixta del país entre el socialismo, impulsado por la Unión Soviética, y el imperialismo capitalista de los Estados Unidos. El novelista y profesor originario de Jiménez conjuga el desastre nuclear ocurrido en los 80’s con la ficción, para dibujar a los protagonistas de Cobalto 60: un periodista llamado Carlos y Miranda, un maestro de educación básica. Tampoco podemos olvidar a Manuel de María, opulento importador en la aduana, quien decide, repentinamente, abandonar esa vida plagada de corrupción para convertirse en vagabundo, debido al miedo a que la Organización lo localice y asesine por su salida del proyecto. La trama comienza en Los Ángeles, luego se desplaza a Jiménez, con una parada intermedia –pero determinante– en la frontera Ciudad Juárez-El Paso, para terminar en la Ciudad de México, justo después del terremoto de septiembre de 1985. La CIA, la PGR y el ejército mexicano son algunas de las instituciones relacionadas con los hechos que comienzan a finales de 1983, y que pronto dejan cientos de enfermos de cáncer debido a la radiación emitida por el material de construcción en que fue fundida la máquina de cobalto 60.

Aunque el punto central del libro vaya perdiendo fuerza conforme avanza la narración, terminando incluso con una descripción de veinte páginas sobre la agonía de los personajes; y a pesar de la inconsistencia en el tratamiento de su psicología, como en María, quien al principio no tuvo escrúpulos y luego se arrepiente sin justificación, sirviéndose de la amistad con Miranda y Carlos su camino hacia la redención; así como de situaciones inverosímiles, como la inmediata comunicación entre un vagabundo y un agente de la CIA, Cobalto 60 destaca por su función referencial histórica, y también por salir de los tópicos habituales de la literatura juarense. El motivo que desencadena las acciones de la novela es real: en diciembre de 1983 un empleado del Centro Médico de Especialidades en Ciudad Juárez desarmó una unidad de teleterapia con una fuente de Cobalto-60 de 1003 Ci.

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Al ser extraída la fuente radiactiva de su blindaje principal, la cápsula quedó perforada y se trasladó al Yonke Fénix donde fue vendida como chatarra, iniciándose así la dispersión de los gránulos de Cobalto, ya que se fabricaron productos de acero, varillas principalmente, con la chatarra contaminada. José Areníbar reconstruye bien el ambiente en el que dicha cápsula pudo entrar al país sin cumplir con todos los requisitos de importación vigentes: Ciudad Juárez “es una urbe con crecimiento desmesurado, su poderío económico no es suficiente para satisfacer las necesidades de un flujo constante de inmigrantes que, atraídos por los cercanos dólares, arriban al sur del país. Sólo la creación de maquiladoras, que son de capital extranjero, ofrecen trabajo y nivelan en parte la balanza de una economía tambaleante e insegura”.

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La representación espacial del yonke es otro acierto de la novela: “Es por eso que los yonkes proliferan sobre todo al sur de la ciudad. Imposible controlar con exactitud tanto negocio de este tipo en cuanto a cantidad, calidad y clase de objetos que en ellos se encuentran”. Y es que a la fecha este tipo de establecimientos abundan en la misma zona urbana mencionada por el narrador, donde el crecimiento desmedido y el abandono dejan grandes huecos poblacionales. Bien se puede argumentar que es mejor que haya “algo” construido, en lugar de largos pedazos de llano; no obstante, la planificación urbana afecta a los juarenses del sur, cuadrante descuidado por los discursos simbólicos, poco patrullado por las autoridades y de difícil habitación por falta de servicios de transporte público y de mantenimiento a calles y alumbrado. José Arenívar deja una pregunta al aire sin que nadie dé una respuesta ni aproximación: ¿Alguna vez recibirán su castigo los culpables? La cuestión puede extenderse no solo a los problemas ambientales (como la solución que dieron las autoridades en Samalayuca), sino a todas aquellas operaciones o negocios que utilizan a las personas como carne de cañón para proyectos que generan dinero.

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Gibrán Lucero