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Entre los principales símbolos urbanos que vemos a diario cuando transitamos por la ciudad se encuentran los monumentos, las esculturas e incluso lugares que por su carga histórica se han convertido en insignia. El acto de recordar y, por lo tanto, cobrar consciencia del personaje o suceso histórico que representan refuerza nuestra memoria colectiva. Sin embargo, a veces desconocemos quién o qué yace detrás de los nombres grabados en placas y, sobre todo, bajo qué criterios se optó colocarlos en un sitio en particular, pues su función no se siempre se limita al simple embellecimiento del espacio que habitan. La mirada ajena, libre de la rutina diaria, guarda la capacidad de asombro ante estos símbolos. En el 2016 Ricardo Vigueras publicó el libro infantil La ciudad donde nunca llueve, el volumen 8 de la Colección Kúrowi-Témari, con ilustraciones de Guillermo Sánchez (GeMó!), donde, desde la mirada de la pequeña Lilí Tarantela, se narra la sorpresa ante una nueva ciudad que se descubre a través de sus paisajes y monumentos.

Tanto el texto escrito como las ilustraciones hacen referencia constante a cada espacio y aspecto descubierto, sobre todo en contraste con el lugar que deja atrás: la Ciudad de México. La pequeña Lilí se muda a la frontera porque su papá ha sido contratado como profesor de literatura en la Universidad. El espacio geográfico en que se encuentra Juárez, el desierto, es lo que hace a su padre creer que en esta ciudad nunca llueve; sin embargo, no tardan en darse cuenta de que no sólo sí llueve, sino que además cuando esto ocurre la ciudad se inunda. Y de entre el asombro ante los nuevos espacios se insinúa la crítica por la mal planeación urbana. La mirada infantil evidencia el mal diseño de la ciudad: las calles colapsan, las casas se anegan, el asfalto se abre, la vegetación –en especial los viejos árboles– peligra, el drenaje no funciona, se va la luz y todos nadan para llegar a su destino. Un vecinito le explica a Lilí que Juárez se inunda porque aquí “nunca llueve, nunca llueve”. El argumento lingüístico se desmorona no solo con las primeras gotas, sino con sus consecuencias que aparecen bien ilustradas: un perro con snorkel, una abuelita flotando sobre su mecedora y una rutera impulsada con remos en plena maniobra náutica.

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Lo primero que llama la atención de Lilí en estas coordenadas es el tamaño del sol. La contaminación no siempre le permitía apreciarlo como sí puede hacerlo en la frontera. Además, éste refuerza la idea que tiene de Ciudad Juárez: el paraje más cercano a las películas del viejo oeste; por ello, viste botas y sombrero, sueña con cabalgar, aprender a tirar el lazo y tener un rancho. Los pasos de la pequeña recorren los principales sitios de la ciudad. El primer lugar en visitar es uno de los espacios más emblemáticos y que hace honor a Germán Valdez en la Plaza de Armas: la estatua interactiva de Tin Tan sentado en la fuente. Otro lugar aludido es la industria maquiladora y sus parques (para nada divertidos). Lilí ve las fábricas perderse en el horizonte. También llama su atención la montaña Franklin, de El Paso: “qué cosa tan curiosa es vivir en una ciudad que en realidad son dos”. Desde su ventana, no alcanza a ver el enorme muro que se levanta entre ambas. Finalmente, una monumental escultura hace a Lilí fantasear con lanzarse en paracaídas: la equis, en la Plaza de la mexicanidad. El texto de Vigueras es quizá el primero en llevar a la literatura la obra de Enrique Carbajal, mejor conocido como Sebastián, que se inauguró en el 2013. A pesar de las irregularidades en torno al presupuesto y tiempo de su edificación, ahora resulta imprescindible como símbolo de la ciudad, pues es difícil ignorar una estructura escarlata de 62 metros de altura.Foto 29-05-19 17 28 26.jpg

Alejandra Gómez