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La esencia del texto de Jan Reid para la antología Río Grande, publicada en Austin por la Universidad de Texas en el 2004, se infiere desde el comienzo, en un claro principio de construcción. A una greguería de Ramón Gómez de la Serna, traducida al inglés: “Water has no memory, that is why it is so clear”, se opone la voz de Christopher Cessac, que se dirige al poeta español con sobrada familiaridad, para corregirlo y decirle a Ramón que aquí el agua no olvida nada. A la izquierda, se muestra una fotografía en blanco y negro de la ribera apenas bañada por las aguas, tomada por Earl Nottingham. El libro congrega a casi 40 voces para contarnos historias acerca de un cauce que paulatinamente ha ido quedándose sin agua, una afluente disputada por dos países que acabaron por partirlo a la mitad, explotándolo y abusando de su beneficio.183 Cessac Republic Sublime.jpg

¿Dónde inicia el Río Grande? ¿Cuál es el punto de partida elegido por Reid? El acto de nombrarlo, su primer apelativo: Río de las Palmas. Casi toda la expedición hispana en la que viajaba Alvar Núñez Cabeza de Vaca pereció en el intento de reencontrar su norte con dirección austral, después de naufragar cerca de La Florida en 1527. Tras incontables contratiempos, Alvar dio con el enorme caudal, quizá sin reconocerlo realmente, solo comparándolo con el Guadalquivir, sobreviviente convertido en curandero, políglota y amigo de las tribus indígenas asentadas en su litoral. Reid registra en el “Prólogo” por lo menos diecisiete nombres, empezando por P’osoge y Paslápane, que significan “río grande” en lenguas nativas, para concluir dilucidando la diferencia entre el tamaño y la actitud que concilia el cauce en su doble denominación, a partir de que se convirtiera en la frontera política –pero también imaginaria– que separa dos naciones. Grande se le dice dentro de los Estados Unidos, mientras que Bravo se usa en territorio mexicano.

Reid relata una experiencia personal; en el verano de 2002, acudió con ansia a la fuente o embocadura del río (Boca Chica), para encontrarse tan sólo con una pequeña reserva de agua en las afueras de Brownsville. La mayoría de los humedales estaban secos como polvo de gis. Reid escribe su testimonio en tiempo presente, como si fuera hilvanándolo al mismo tiempo que su viaje decrece en expectativas. El antologador describe el estado actual del cauce y los problemas de salud que acarrea para quienes habitan en su valle; de manera simultánea pone sobre la mesa la disputa sobre el origen del río: el deshielo y los rápidos en las montañas rocosas de Colorado y Nuevo México o el Conchos en México. Así que la boca del torrente resultó ser, en realidad, su fin.

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El “Prólogo” antecede una serie de 36 escritos que se aproximan a la historia del Río Grande/Río Bravo desde distintas perspectivas, así como a numerosas imágenes pertenecientes a lo que Reid denomina “la alquimia de la fotografía”. Como compilador de la obra, optó por dejar fuera del libro poesía, dramaturgia, canciones e incluso pintura; de modo que el foco de las narraciones prioriza reconstrucciones de imágenes pretéritas, aun cuando la mayoría de los escritores fueran sus contemporáneos. A su parecer, las fotografías en blanco y negro frente a las de color se repelen mutuamente, por lo que selecciona solo las primeras ya que, además, la desolación de la corriente natural invita a la imaginería en claroscuros. La literatura y leyendas en torno al río están repletas de personas nadando, guardando distancia, temiendo siempre la inmersión definitiva. Pero a medida que el año, las temporadas y el globo entero se calientan, esas imágenes lucen fantásticas. Hemos dejado, concluye Reid, que el Río Grande se convierta en rivera, y que su antigua bravura no le alcance para abrirse camino hacia el mar.

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María del Carmen Rascón Castro