Siempre he pensado y explorado Juárez como dos ciudades: el centro histórico y lo demás. Como escribiera Charles Dickens, en estas urbes se suman los mejores tiempos y los peores, la sabiduría y la locura, la historia y el olvido. Contemplo el sur juarense como una zona poco explorada en su literatura. Pareciera no haber historias interesantes qué contar o recordar, en contraste con el centro y sus leyendas. Y es que esta ciudad, este Juárez Nuevo es demasiado reciente. Pero, al ser yo un habitante de por esos lares, puedo confirmar que, si bien no hay historias generales, sí hay varias particulares que permanecen en algunas paredes: las de la ganga. Ese es el tema del poemario Reflexiones de la ganga: sonetos del barrio (2004) de Osvaldo Ogaz. En sus composiciones, la voz lírica reconstruye la identidad del cholo, vándalo, malilla, pandillero, gangsta. Su espacio es particular: la clica. El poemario se divide en dos partes: las reflexiones y los sonetos. Esta estructura me parece innecesaria, pues todos los poemas son reflexiones que me atrevo a denominar ontológicas: el poeta-cholo logra plasmar en su mirada excepcional todo un sentir urbano. Los sonetos de Ogaz consiguen, desde la materia poética, exponer a individuos y sus historias; así como la manera en que esos individuos dotan de identidad al espacio. Para demostrar mis palabras anteriores, analizo dos sonetos. El primero explora a la ganga. El segundo rememora a un personaje del barrio, el Chispi, quien ha muerto.

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No cualquiera puede entrarle a la ganga. Hace falta, para ello, la iniciación, un tiro de a chole, “puro trompo mi loco”… “chingazos” con cariño: “No me aviente, / no corra, no sea culo, ya la prole / gritando se divierte, ya es del barrio, / ha pasado la prueba, ya no llore, / no se raje, disfrute la pachanga”, como versa el “Soneto XIV”. El cholo recién ingresado no tiene nombre aún. Después de haber sido iniciado, se ha vuelto un “hombre” y la espacialidad le da la bienvenida: “Es la ganga / la que fiel lo recibe, tome un facho, / las caguamas no faltan. ¡Ya es muy macho!”. El barrio y los cholos son un mismo cuerpo: él también es ciudad.

Al realizar el poeta una radiografía del barrio, salen a relucir sus personajes. Memoria y muerte serán exploradas en estos sonetos elegíacos. Aparece el Chilas, “gurú chicano”, el más “ruco” y fundador de la clica: “¡Qué belleza / de barrio se ha esculpido!”, dice el “Soneto XVII”. También surge el Chispi: “Era el maclein, era verdura / pal’ caldo de nosotros; nuestro santo / sin él no éramos bules” (“Soneto II”). El Chispi era. El cholo no es humano, recuérdese, sino escoria. La muerte le regresa su humanidad: en la tumba se graban nombre y apellidos: “Pero humano / un día se convierte y una mano / su Carne la mutila y quedan huellas” (12). El Chispi ha fallecido y el poeta confirmará su dolor en otro soneto, el 16: “Ya este bato / se pudre con los días […] el Chispi ha dado el salto al longevo / lugar del infinito”. La voz lírica sufre: “Muy amarga / me sabe la existencia, el Rey hoy se ha ido / el más machín de todos”. Aparece un vacío, un nihilismo pandillero: “Ya dejen desprenderme de esta larga / carrera de vacíos, esto pido / el Chispi me ha llamado, quiere verme” (26). Su muerte reclama la voz del cholo-cronista, pero el poeta sabe que su memoria opera como el germen de la escritura: “Ese mi loco escucha esta canción / que no canto, la escribo en la memoria / de todos los carnales que en la gloria / del barrio se sentaron” (“Soneto VI”). Morir, entonces, será también un encuentro con la gloria: “la victoria / la llevan en su muerte, pues la noria / de donde se embriagaban y el rolón / de las oldies de aquellas se extinguió. / Ahora bailan despacio en los infiernos”. Todo ha desaparecido: las caguamas y las canciones se han terminado. Maldecidos por Dios, los cholos dan su última vuelta en low rider ahí en el barrio del diablo, en esa otra ciudad que no tiene historia.

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Antonio Rubio