El último soberano Inca durante la época de la conquista fue Atahualpa, quien se cree que nació en 1487 de la unión de Huaina Cápac y de la ñusta Tupa Palla. Su reinado comenzó hacia 1523 en la parte norte del Tahuantinsuyu. Una década después, su reinado llegó al fin cuando el expedicionario Francisco Pizarro lo capturó; el emperador murió ahorcado el 26 de julio 1533. Mientras el Inca aún se encontraba preso, su hermano, quien había sido derrotado por Atahualpa años atrás, creyó que los españoles eran los dioses que venían en ayuda del imperio. La Tragedia del fin de Atau Wallpa presenta estos sucesos como una reivindicación de la visión extranjera sobre lo ocurrido. Aquí las intenciones de los españoles al momento de invadir territorio americano aparecen únicamente como un ejercicio evangelizador, cuando se sabe que realmente lo que buscaban era el oro. Esta misma codicia dio lugar a múltiples mitos y leyendas sobre tierras y tesoros que ocasionaron más de una muerte.

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A diferencia de la mayoría de los estudios realizados sobre la figura de Atahualpa, en el texto dramático aparece una versión dibujada desde de la ficción histórica. La pieza retrata la caída del imperio y el momento en que el emperador inca previno la llegada de los españoles por medio de un sueño. Como toda literatura, dista en varios aspectos de lo que el discurso histórico oficial ha dado a conocer; sin embargo, la obra apunta diversos aspectos que valen la pena destacar. Entre ellos, interesa lo referente a las costumbres y actitudes de españoles y americanos. Además, el contacto y diálogo que se instauró entre ellos fue un factor clave que determinó el resultado final del choque entre dos mundos tan distintos. El texto forma parte de la literatura de conquista, la cual ha permitido la supervivencia de la memoria indígena y darle luz a la voz de los vencidos. La Tragedia del fin de Atau Wallpa, incluida en el libro Más allá del héroe: antología crítica de teatro histórico hispanoamericano (2008), aborda algunos temas históricos respecto a la tradición y a la postura que se tenía sobre los españoles y su tratamiento hacia los nativos durante el periodo de la conquista. Esta obra es un llamado más al rescate de la memoria colectiva que pareció perecer durante la invasión española.

La calle Atahualpa se encuentra ubicada dentro de la colonia El dorado; a su lado, circula la arteria denominada Cuzco. El nombre de este asentamiento remite a la leyenda que se difundió entre los conquistadores españoles respecto a una ciudad repleta de riquezas. Rumor que empezó desde que se dio a conocer uno de los rituales en el que un indio bañaba su cuerpo en polvo de oro y se sumergía en una laguna. La calle contigua a la que lleva el título del del emperador inca hace referencia a un misterio aún sin resolver: cuando Atahualpa fue secuestrado por Pizarro se pidieron, a cambio de su libertad, once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una; las cuales salieron del Cuzco para pagar el rescate, pero nunca llegaron a su destino. En Ciudad Juárez ambas calles quedaron juntas indicando, la primera, el comienzo del camino y la otra el destino que nunca se alcanzó. Las arterias circundantes tienen nombres relacionados con la época de la Independencia y la Revolución Mexicana, por lo que la cohesión de este sector se da mediante un mismo sentir colectivo de lucha ante la opresión. Al caminar por este sector se puede observar una serie de grafittis que de una u otra forma se integran a la temática. El primero consiste en una colección de imágenes en el muro de un parque que fomenta, con diferentes mensajes, la lectura para el empoderamiento e independencia del individuo frente al mundo. El segundo retrata una mujer de tez morena rodeada de naturaleza. Finalmente, el tercero dibuja a dos adelitas junto a las siguientes palabras: “La juventud para ser servida debe servir”. Lo anterior sólo complementa la idea de que esta colonia guarda una idea de libertad y rebelión frente a lo impuesto.

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Katia Moreno Olivas