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Hay un desierto sin dueño con una malla que divide, en un punto de espacio y tiempo sin razón. El cerco es ancho y alto. Con sencillez podríamos llamarle “muro impenetrable”. No lo atraviesan personas, ni ideas, discursos, reclamos, quejas, historias o vidas perdidas en un sueño casi imposible. Lo único que consigue traspasar esta barrera son, por un lado, sentimientos de orgullo, superioridad y, por otro, de anhelo. Porque podemos, desde distintos medios artísticos, lograr que ese muro tenga una falla, un hueco, una ruptura que lo franquea por completo. Ambos lados se llenan de historias, personas, ideas y discursos. Me refiero a una incisiva mirada escrita que, en esta ocasión, corresponde a Memorias de un Camaleón (2013), de Miguel de la Cruz, un ingeniero en Computación, estudiante a su vez de Literatura Hispanoamericana. Desde la primera historia, llamada “Fronteras”, hasta la última, “Ciudad-panteón”, el autor te toma de la mano para llevarte de paseo a conocer a personajes, fruto de culturas y vivencias singulares, que deambulan entre el día a día en ambos lados del charco. Nos acercamos aquí a una serie de micro ficciones que aparecen como golpes de sorpresa y cierto sentimiento de que resguardan algo más que la palabra escrita. Abordar toda clase de personajes mantiene al lector al borde del renglón para terminar cada párrafo, cada historia.

El tema común de estas microficciones es la migración y sus participantes entre dos extremos. Miguel de la Cruz pinta este suceso de múltiples maneras, algunas más ingeniosas que otras, y acaban —en su mayoría— con tintes efímeros e inocentes. El autor se da el lujo de pasear por la frontera, cruzarla imaginando y describiendo personajes que aparecen y desaparecen en esta ciudad. Tal es el caso del tan recordado Güero Mustang. Cada trama y personaje aderezan a lo largo del transcurso de los micro relatos que componen este libro, de los cuales, no importa el orden de lectura, siempre el desenlace te llevará al mismo sitio: la frontera y sus alrededores. Algunos relatos hacen reír, como “Remedio”; otros te dejan un extraño sabor de boca: “Desaparecido”; algunos mueven hacia las lágrimas, como “Esa Madrugada”; pero todos te dejan un pensamiento distinto. Cada renglón te arroja a las calles del confín, y a entrever figuras que, queramos o no, los conocemos de algún modo, ya sea de vista o porque hemos tratado con seres semejantes en nuestra realidad. Ciudad Juárez no protagoniza las historias, sino sus poblados, sucesos y habitantes. A estos elementos hay que añadir la sensación de encontrarse del lado mexicano y permanecer como un espectador más, gracias a que el muro impenetrable es traslúcido y deja ver todo lo que ocurre del otro lado.

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Juárez, nuestra frontera, nuestro sitio, es un camaleón. Las cosas se vuelven seres y estos, a su vez, se cosifican. Nos encontramos sitiados en un lugar al cual centenares de personas llegan en busca de sentirse cada vez más libres. En la frontera hallamos el principio de un sueño hacia la libertad. Es un espacio infinito, un lugar sobrenatural lleno de misterios, de historias, de memorias de un camaleón que pasa inadvertido entre numerosos aconteceres. Muchos le han dedicado tanto a ese objetivo: cuántas vidas se han sacrificado, perdido y arrebatado. Si el precio de la ciudad se midiera en sangre, nuestra frontera habría sobrexcedido el pago, por más que detrás corra el consuelo de una tranquilidad en un lugar utópico. En las colindancias de Juárez y El Paso abunda el miedo y la incertidumbre provocada por ideales de superioridad racial. El desierto se mancha de derrotas que son fácilmente borradas con el próximo soplido del viento. Algunas pesadillas se plasman en Memorias de un camaleón, libro que asume una conciencia norteña y, a cada página, genera un fortalecimiento de identidad. Todos somos uno en la frontera. También soñamos de este lado.

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Carlos Andrés Nuñez Varela