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La Biblia de Gaspar, novela “policial-metafísica”, constituye la tercera obra del escritor juarense Rubén Moreno Valenzuela, editada por la editorial Ranchos las Voces a inicios del 2012, posterior a las colecciones de relatos Río Bravo blues (2003) y Coyote viejo coyote (2009), y previa a su cuentario D, publicado hace apenas unos meses. El autor se define como creador de una narrativa fantástica y negra que surge, posiblemente, de un trabajo tanto etnográfico por las calles de la frontera como teológico a través de controversias y debates entre católicos y protestantes. La trama de esta peculiar novela gira en torno a la búsqueda realizada por el detective privado Dimitros Papadakis en la década de los 90’s, contratado para rastrear al teólogo luterano Kaspar Edelweiss, de quien sabemos fue ubicado por última vez en una colonia popular de Ciudad Juárez. Estructuralmente, la narración se entreteje a partir de la (re)escritura de su propia versión de La Biblia, la cual coincide con las acciones retratadas, a manera de aviso o paráfrasis, o aluden a los motivos que orillaron al teólogo alemán a salir de su congregación, por lo que “se ha convertido en un heroinómano, alcohólico, padrote y estafador” que “Vive con sus tres «ovejas» (Shita, Daisy y Sofía)”, después de anunciársele que tendrá un “un encuentro con el Diablo en la avenida Juárez”. ¿Dónde más? Sodoma o Ciudad Juárez, como lo llama el reverendo Kaspar, se vuelve el espacio donde el ente malévolo y tentador se personifica, donde fragua avistamientos de su presencia en varias cantinas, salones de baile y lugares donde se hallan individuos malditos o a los que se les ha negado el acceso al paraíso en vida y muerte. “Sólo algunos serían elegidos por Dios y yo no era uno de ellos”, nos confiesa el protagonista momentos previos a la revelación: “Sentía que yo sólo obtendría la salvación mediante mi libre albedrío y admitirlo equivalía a abjurar de las doctrinas de mi iglesia. […] Mi vida fue entonces un naufragio. Ya nada tenía importancia. Hacer el mal o hacer el bien es lo mismo. Sólo me resta esperar el infierno de mi maldición”.

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“Mire, para llegar a Juárez basta cruzar el río Bravo. Las autoridades mexicanas no le solicitan a uno identificación para entrar a la ciudad. Así que es muy fácil residir ahí y perderse entre el millón y medio de sus habitantes, muchos de ellos procedentes de lugares inimaginables”. Uno de ellos, el innombrable, posee la capacidad de transformar los espacios que habita, aunque sea de forma efímera, y cambiar de rostro para encarnar el mayor temor de cada uno, es decir, el yo interior. Sus distintas caras se dan a conocer en lugares malditos por las acciones ocurridas en ellos y por las personas que los frecuentan; de modo que, por ejemplo, en el Curley’s y en el Hotel Río, se manifiesta como un hombre corpulento con bigotes gruesos, retorcidos y mirada rojiza, similar a la misma atmósfera del club; o como el incentivo para que una joven mujer en su habitación sea arrastrada hacia el suicidio por una sobredosis. La emblemática avenida Juárez se transforma en montículos de arena para probar la lealtad y tentar a sus seguidores hacia el propio abandono, a que se unan a él. Kaspar escribe en su octavo y último libro, a manera de premonición: “Y aquellos hombres (vosotros) entrarán a mi aposento, y hallarán este cuaderno y leerán estas palabras. Y después no podrán encontrarme, jamás; Porque de mí sólo quedará este Verbo”.

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Más adelante, las acciones de La Biblia de Gaspar se trasladan al salón de baile el Carrusel, en donde ocurre uno de los relatos más famosos de las ciudades norteñas, y que constata las múltiples facetas de satanás: “Cierta noche de sábado una pareja que bailaba levitó sobre la pista. La joven vio horrorizada que su compañero tenía una pata de chivo y otra de gallina. Lava en los ojos. El diablo se esfumó. Azufre, hedor flotando en la atmósfera. Sus manos quedaron marcadas en la cintura de la joven. Piel quemada Huellas de su estancia en la frontera”. Esta narración, al igual que la creencia en fuerzas sobrenaturales con incidencia en nuestra vida cotidiana, forma parte de una sociedad que disfruta de los espacios de recreación, así como de leyendas y casos sin resolver que alimentan la imagen de una ciudad que devora, una frontera donde parece normal desaparecer. También es frecuente que declaraciones y pesquisas sean las únicas huellas de la existencia de mujeres, niños y hombres que se ausentan de forma indefinida. El escritor Rubén Moreno Valenzuela parte de esta aura de revelaciones y misterios para ubicarlos en numerosos bares (El Arbolito, Club La Unión, Lux, el Paraíso, Virginia’s, Kentucky Club, El Recreo, entre otros) y prostíbulos de un centro histórico, con su avenida principal, caracterizada por alojar recuerdos de otros tiempos, épocas y cosmogonías. En la Juárez coinciden condenados, excomulgados y malditos destinados a encontrarse consigo mismos, a contemplarse tristemente, en la muerte de una ciudad desamparada por los dioses.

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Diana Varela