En 1910 Rubén Darío visitó México con motivo de la celebración del centenario de la Independencia. Sin embargo, la estadía se redujo a un aprisionamiento en Veracruz bajo órdenes del Gobierno Mexicano. Eso no privó la buena bienvenida que recibió del pueblo, quienes lo alabaron y manifestaron su desacuerdo contra la postura política de Porfirio Díaz por la intervención estadounidense en el país natal del poeta, Nicaragua. En su autobiografía, escribe al respecto: “Por primera vez, después de treinta y tres años de dominio absoluto, se apedreó la casa del viejo cesáreo que había inspirado. Y allí se vio, se puede decir, el primer relámpago de una revolución que trajera del destronamiento”. No sólo entabló una relación con México por su extraordinaria labor literaria, también habló con su gente y escribió sobre ellos. Darío nunca visitó Ciudad Juárez, pero en uno de sus cuentos, “Huitzilopoxtli (Leyenda mexicana)”, el autor, a través de la ficción, se acercó a la frontera. Entre la realidad y lo fantástico configura un espacio mítico desde donde habla sobre la ontología del mexicano a raíz del pasado prehispánico y la Revolución. El autor también escribió novela, cuento, autobiografía, crónica y un gran número de artículos periodísticos. Sin duda, su género predilecto fue el lírico. Algunas características de la poesía del “Príncipe de las letras castellanas” son la importancia del ritmo, el uso de un léxico exótico y refinado, la presencia de figuras retoricas (principalmente la sinestesia), el interés de efectos cromáticos y la recurrencia simbólica del cisne y el color azul, primordialmente. Estos elementos abrirían paso al primer movimiento literario inaugurado en el nuevo mundo. Rubén Darío nació en un país pequeño sin saber que su nombre recorrería toda Hispanoamérica.

“El cantor va por todo el mundo / sonriente o meditabundo”. Los primeros dos versos del breve pero exquisito poema “El canto errante” de Darío ya nos someten a una aventura casi de carácter biográfico. El nicaragüense tal su caballero errante no tuvo límites geográficos: visitó El Salvador, Chile, Perú, Argentina, Costa Rica, Guatemala, México, España, Francia, etc. Y los lugares que no pudo conocer personalmente los conocieron sus versos. Una de las características principales de este poema es la musicalidad: elemento donde reside toda la fuerza. En él se deja ver dos aspectos primordiales de su poesía: lo clásico y lo moderno. Utiliza verso eneasílabo, uno de uso poco frecuente en el español que generalmente se usaba en las canciones de tradición oral. Eso nos remite al título y naturaleza del escrito: un canto. Se reconoce de inmediato por la sonoridad continúa de dos versos pareados con rima consonante. Junto con la poesía, en la edición a cargo de la editorial chilena Amanuta, la imagen complementa fielmente la odisea que Darío va recitando. Las ilustraciones a mano de Eleonora Arroyo abren el fluir imaginativo a través de una gama de colores y el dibujo de paisajes que en complemento con el texto revelan los aspectos centrales del poema: la representación de la biodiversidad y multiculturalidad junto con la travesía del juglar. Se asocian características identitarias de cada espacio por donde transcurre el viaje: los elefantes de la India, el traje tradicional de China, las góndolas de Venecia, los trenes de Londres, los asnos de Jerusalén; así como la descripción de diferentes ecosistemas: el desierto, la selva, la estepa, la pradera. Finalmente describe al cantor como alguien que, sencillamente, va por la humanidad dando armonía y eternidad: la poesía.

Darío no sólo llegó a Juárez con su literatura, también se quedó aquí. Probablemente a los transeúntes poco les importe quién es o qué hizo tal personaje que nominó la calle y, sin embargo, pueden tener más en común con el poeta de lo que imaginan. ¿Cómo podríamos enlazar al magnánimo Rubén Darío con una colonia juarense que en algún momento estuvo hasta al sur de la ciudad y donde apenas algunas calles tiene pavimento y alumbrado público? Darío no nació en cuna de oro. Su padre fue alcohólico y eso desequilibró la relación familiar que entre peleas y reconciliaciones terminó por disolverse. Luego su madre conoció a otro hombre y se trasladó a Honduras. Por tal razón, vivió su infancia con sus tíos abuelos a quienes consideraba como sus verdaderos padres; con los biológicos poco contacto tuvo. Su infancia bien podría asemejarse a una familia juarense donde por una u otra circunstancia de marginalización está ausente el padre, la madre o ambos.

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El vínculo con este espacio se intensifica con su calle contigua: Amado Nervo. La relación entre estos poetas ha sido discutida en los últimos años por unos manuscritos desconocidos (unas cartas) acogidos por la Arizona State University. Ocho cartas tienen fecha del 2 de septiembre al 15 de octubre de 1908 enviadas desde Madrid y la novena carta está fechada del 12 de enero de 1915 desde Nueva York. La más interesante es esta última. En ella Darío habla sobre un poema que le dedica al mexicano, “Ah! Recuerda”, como tributo del amor y la pasión que los unía. Continúa: “Aunque todo esto sea secreto por aquello del qué dirán, pues tú tienes a tu esposa e hijos al igual yo, [¿por?] nuestras preferencias y [¿gustos?] secretos que [¿ricamente?] hemos compartido hasta la sa[-]ciedad. Y es que así debe quedar para ambos, pues si se sabe lo antes referido-dejaría de ser secreto y perdería. . . [cambia de página] todo el encanto y lo especial que nos une como amantes silenciosos y por aquello de aclaración particular.” Aquí se pueden leer las nueve cartas y la investigación de Alberto Acereda. En una primera impresión pareciese que la imagen de esta calle no tiene nada que ver con el nicaragüense, sin embargo, a un par de pasos más se conectan dos momentos de la vida del poeta: el seno familiar y un amor transgresor.

Aldair Meza