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Lauro Zavala compila en La ciudad escrita. Antología de cuentos urbanos con humor e ironía (2000), de la editorial Ermitaño, un cuento sucedido en las entrañas de Ciudad Juárez: “Como si fuera un gato” de Juan Rosales. Publicado por primera vez en Al margen en 1995, Zavala lo recupera en un libro destinado a reunir cuentos que exploran el espacio de las ciudades con un tono burlesco y satírico que algunos eventos, en ocasiones traumáticos o políticamente injustos, lo requieren. El autor recurre a la leyenda de la aparición del diablo, travestido en galán, en los salones de baile juarenses, en específico en el Malibú. De esta manera se convierte en uno de los pocos textos literarios fantásticos que han retomado la tradición oral y legendaria de la ciudad.  “Como si fuera un gato” narra la historia de Cecilia, una virgen desobediente que, a pesar de las advertencias de su madre, sale un viernes por la noche con su novio Juan a bailar en un salón antaño famoso. Aprovechándose de un lenguaje particular, Rosales utiliza las voces de personajes sin identificar –testigos– que cuentan externamente lo ocurrido mientras se burlan de la ingenuidad de la protagonista, estableciendo así la cualidad irónica del texto.

Leyenda propia de Ciudad Juárez, de otros lugares en el norte de México y de algunas ciudades dispersas en el resto de América Latina, la aparición del diablo en la discoteca se repite de la misma forma: el demonio, en la piel de un donjuán, selecciona a una de las chicas que asisten a aquel antro que recogerá el estigma de diabólico. Bailando con ella, el lugar se inunda del olor a azufre; la elegida se da cuenta de que su pareja tiene una pata de cabra y otra de gallo, y luego es dejada ahí, en el centro de la pista, con consecuencias graves en su cuerpo y su espíritu. En esta frontera, la historia se ubica en el famoso salón Carrousel, localizado hace años entre las calles Paseo Triunfo de la República y Efrén Ornelas o en el Malibú, antiguamente situado en la curva de San Lorenzo, donde ahora se alza el gigantesco estacionamiento de Soriana Hipermart. Es este lugar el que retoma Rosales en su cuento para llevar a Cecilia, su novio y al lector por famosas calles y lugares de Juárez –Insurgentes y Mérida, Vicente Guerrero, Parque Borunda– y finalmente aterrizar en su destino. La narración imita el ritmo de los cuerpos bailando y opta por no mencionar directamente la leyenda, salvo en una breve ocasión. La protagonista desaparece pronto en el relato juarense, pues para los residentes impera más el recuerdo del recinto, el cual, además de diversión, les procuró la visita del Señor de las tinieblas.

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Desde que era una niña, pequeña y susceptible, mi abuela Aurora me ha contado un sinfín de leyendas de la ciudad. Me habló acerca del misterioso edificio que se mueve, del tesoro perdido de Francisco Villa y de personas aparecidas en estaciones de radio y televisión y, por supuesto, en cementerios. Mi imaginación infantil, poblada por las imágenes de los espectros moviéndose en la ciudad, no pudo nunca deshacerse de la que más le llamó la atención: la aparición del diablo, disfrazado de apuesto muchacho, en los salones de baile. Tal vez me impresionó porque el demonio lucía sus patas de cabra y gallo, porque la joven resultó herida o muerta en la pieza o ,quizá, simplemente porque me conmovía la cercanía de mis ancestros con el relato: mis abuelos habían tenido la oportunidad de asistir a los salones Malibú y Carrousel; en su juventud, la generación de mi madre todavía pudo presenciar las noches de diversión en el primero, aunque no en el segundo, convertido ya para entonces en el Chihuahua Charlie’s. En realidad, la mayoría de los juarenses hemos visitado estos lugares o al menos transitado cerca de ellos, pese a que ahora tengan un disfraz, por lo que obviamos las leyendas que ocurrieron dentro de sus paredes pseudo-sagradas. El cuento de Rosales lo advierte: “Nadie cree, pero desde ese día los vecinos de San Lorenzo cuentan la historia del Salón Malibú, bautizado de diabólico para siempre, aún después de que fue sepultado por un moderno centro comercial”.

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Pamela Torres Martínez