Dosis letradas, antología publicada en el 2008, reúnen textos narrativos y líricos escritos por Roberto Espíndola, Juan Carlos Esquivel y José Ángel Valenzuela, ex becarios del taller literario del INBA en Ciudad Juárez. El compendio, coordinado por José Manuel García García, surgió como un proyecto cultural dentro de los programas académicos de la Asociación de médicos egresados de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (AMEUACJ) en el marco de la celebración de su vigésimo quinto aniversario; no obstante, cuenta con solo una edición, de escasa difusión. El texto del que hablaré a continuación se titula Electreros y Voltanatos, de Esquivel. El protagonista, un joven llamado Crisantemo que vive en el poblado de San Buenaventura, Chihuahua, estudió la preparatoria en Nuevo Casas Grandes, ante la irrevocable decisión del padre, con el propósito de forjarse como técnico electricista, debido a que en su pueblo se había instalado una maquiladora; sin embargo, por dificultades de ubicación, la planta se fue del lugar. Frente a la necedad de una carrera técnica, Don Joaquín financió la instalación de un taller, en donde su hijo podría servir. Allí Crisantemo descubrió su sexualidad y se avocó a autocomplacer su cuerpo, ideando la perfecta combinación entre electricidad y deseo. Por tanto, el tema general del relato consiste en el despertar erótico de un joven, quien manifiesta su amor por personas del mismo sexo.

Después de un tiempo, Crisantemo intenta mudarse a Ciudad Juárez con la intención de estudiar la preparatoria y poder ser libre. En este sentido, resulta interesante la relación pueblo-conservador/ciudad-liberal, debido a que se convierte en una dicotomía entre la aceptación y la negación. El autor construye al lugar como una urbe en donde los individuos pueden revelar su sentido de identidad y pertenencia, expresando su amor sin prejuicios ni ataduras. Aunque su presencia en el cuento es pasajera, me detengo en el espacio citadino debido a su importancia y funcionalidad dentro de la construcción de la narración aludida. A lo largo de la historia, Juárez ha tenido un constante flujo migratorio de diversas partes de la República Mexicana, en especial de pueblos vecinos. Las personas llegan a la frontera con aspiraciones netamente productivas, pues la mayoría proviene de familias pobres y conservadoras. No obstante, cuando se ubican en una zona en donde nadie los conoce, con códigos culturales distintos y habitada por una gran cantidad de personajes, las preocupaciones y limitantes se evaporan, ya que se rodean de gente con la que pueden coincidir y compartir deseos. La confluencia de diferentes personalidades hace de la ciudad un lugar digno de ser contado, pues allí convergen relatos tan conmovedores como singulares.

194 orgullo Juárez.jpg

Los habitantes de este municipio pueden coincidir en catalogarlo como un violento y sangriento festín, donde si transitas solo por las noches te asaltan o matan. Mi experiencia no ha sido funesta ni tampoco benéfica; no obstante, concuerdo con uno de los motivos que lo caracteriza: la frontera nos insta a pasar nuestra estancia tratando de descubrirnos e intentando averiguar qué nos une a esta tierra. En la narración se presenta como homóloga de libertad; sin embargo, esto no es del todo verídico. A pesar de que Chihuahua es uno de los estados de México que permiten el matrimonio entre parejas homosexuales, la apertura no ha sido completa; pues los crímenes de odio por homofobia no desaparecen (situación que resulta irónica si sabemos que Juan Gabriel es el divo por excelencia de Ciudad Juárez). Aunque cabe resaltar que no existe una represión directa, ya que cada junio se celebra la marcha del orgullo LGBTTTQ, a la cual, por su carácter carnavalesco, asisten diversos jóvenes, adultos, ancianos y niños. Su ubicación como frontera hace de nuestra ciudad un espacio dedicado a la interacción cultural, lingüística e ideológica, en donde las posibilidades para ser libres se abren cada vez más.

Cristian Alexis Muñoz Rubio