Juárez-El Paso en la poesía de William Carlos Williams

Alrededor de 1950, William Carlos Williams de ya casi 70 años, aún sin el sólido reconocimiento que la crítica le dará hasta una década después, visita la costa oeste de los Estados Unidos y, concluido el viaje y a pesar de su edad y el derrame cerebral del que se recuperaba, Ciudad Juárez-El Paso se convierte en una parada obligatoria en su retorno a New Jersey desde el sur del país vecino. En aquellos años, la fama de nuestra ciudad como sinónimo de fiesta nocturna comenzaba a crecer; el poeta había publicado ya los primeros tres volúmenes de Paterson, y el cuarto y penúltimo de ellos no tardaría en editarse; la lesión cerebral había confrontado a Williams con una posible muerte repentina y la necesidad de esclarecer los objetivos de su poética antes de que ocurriera. Estas coordenadas llevan a William Carlos Williams a poetizar su experiencia en la frontera un año más tarde, y publicarla en 1955 en el libro The desert music and other poems. Hoy llega a mí a través de la recopilación bilingüe En algún otro lado (1992), en la que Roberto Tejada presenta traducciones hechas por diversos poetas anglófonos del siglo XX que, a su vez, trasladaron la imagen de México hacia otro lado. Precisamente a través del largo poema se manifiesta la relación de dos culturas, a partir de una mirada que nos entiende como el otro desde otro idioma.

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“La música del desierto” es un poema que exhibe el proceso de su escritura: anuncia desde el comienzo hacia dónde se dirige; se muestra como resultado de un ejercicio de la memoria, con digresiones e intervenciones desde el presente en que se enuncia. En él, Williams, junto a su esposa Floss y un grupo de amigos, pasea por sitios emblemáticos de ambas ciudades, desde la Plaza San Jacinto en el centro de El Paso, donde contempla a los lagartos en cautiverio que sirven de atracción a los paseantes; los mercados en los que los tragos de tequila valen 5 centavos de dólar y los puestos donde “indios” que dormitan venden trastes de barro cocido, verduras, dulces y “flores para los santos”, llenando las calles de color; la plaza de toros; las calles donde transitan texanos altísimos, mientras “dedos obscenos” claman un penny por limosna; abundantes bares y prostíbulos, por supuesto. Todo envuelto en el desgañitarse de cientos o miles de gorriones y una “lluvia texana”, el viento arenoso de la región.

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Pero más allá de la anécdota del viaje y el retrato social de la vida en la frontera, Williams formula un manifiesto: la experiencia le sirve para exponer la creación poética como una actividad que se vale de la realidad para gestar una “música” nueva, sin intenciones sociales ni mucho menos morales. Ni la precaria condición de los limosneros, ni el decadente espectáculo de una “puta vieja” americana en el tugurio, y tampoco la imagen principal que abre y cierra el poema, un bulto sin forma ­–casi inhumano– en un rincón debajo del puente internacional, tienen por objetivo cuestionar el porqué de su condición o reprobar su conducta –a pesar de un evidente desagrado en las voces de los compañeros de Williams, que marcan una tajante división entre americanos e “indios”.

“La música del desierto”, traducido por Gerardo Deniz, opone dos posturas frente a las posibilidades de la poesía: o una copia de la “naturaleza” o, como Williams prefiere, su imitación, que consiste en tomar de las cosas su música interna y llevarla al poema como una danza que recrea su existencia. Aquel cuerpo informe entre fronteras, que se asemeja más a un huevo que a la figura de un hombre, tiene sentido en el texto como representación de la realidad que adquiere cuerpo a través de la articulación musical, como una semilla que germina en el texto mediante el artificio sonoro que logre darle el poeta. Y no más, pues a pesar de la relación que esta imagen pueda tener con frecuentes escenas en nuestra o cualquier ciudad, la música se desprende de la realidad como un éxtasis creativo individual que en poco o nada participa con la materia desde donde surge, restringido al espacio del poema.15 Mangan Plaza lagartos.jpg

Héctor González