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Originaria de Villa Ocampo, Durango, Nellie Campobello fue una escritora y bailarina, mayormente conocida por su narración testimonial de la Revolución Mexicana en Cartucho: relatos de la lucha en el Norte de México. Además de esta obra seminal en la literatura del norte, escribió Las manos de mamá y Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa. Sin duda, la estancia en Hidalgo del Parral en su niñez marcó su vida y carrera literaria. La escritura de Campobello es relevante en diversos sentidos: figura como la única mujer en el corpus de la novela de Revolución; retrató el conflicto bélico desde lo vivencial y lo plasmó con innovadoras formas narrativas. La crítica literaria ha hablado de Cartucho como un precedente de Pedro Páramo. Hay incluso quienes dicen que la novela de Juan Rulfo no hubiera existido sin las viñetas de Nellie, así como tampoco Cien años de soledad, heredera directa de Pedro Páramo.

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Cartucho se conforma por una serie de relatos breves, rápidos, poéticos y crueles; se divide en tres partes: “Hombres del norte”, con siete textos, “Fusilados”, con 28, y “En el fuego”, con 21 cuadros. Existen diferentes ediciones del libro que varían en el número de viñetas (solo 33 en la primera de 1931, frente a 56 de la de 1940) y un prólogo que aparece en la prínceps. Además, también se incluye en Mis libros, de 1960, donde la autora compila su obra en prosa y verso. Las historias de Cartucho se entrelazan por diversas situaciones y personajes. La unidad está dada por la temática recurrente de la guerra, la muerte y por ciertos personajes, como Francisco Villa, la madre de la narradora y la misma protagonista. Sin embargo, no hay figuras protagónicas, sino una serie de personas que padecen un destino bélico. Este trance caótico se complementa por una visión infantil del conflicto; Cartucho es violenta e inocente al mismo tiempo.

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Nellie Campobello recorre gran parte de Chihuahua a lo largo de los relatos: la capital, Parral, Villa Ahumada y, por supuesto, Ciudad Juárez. Describe perfectamente el movimiento revolucionario a raíz de la cotidianidad. No hay engrandecimiento, mistificación o dramatismo en los cuadros narrados. Villa aparece como el jefe revolucionario que va de aquí para allá con su gente, fusilando a sus enemigos a cada paso. La ciudad fronteriza figura en diferentes episodios. En “La muerte de Felipe Ángeles”, hay un diálogo entre el general y sus captores: “¿Y llama usted labor pacifica andar saqueando casas y quemando pueblos como lo hicieron en Ciudad Juárez?, dijo el hombre de las polainas, creo que era Escobar. Ángeles negó; el de las polainas, con voz gruesa, gritó: Yo mismo los combatí”.

También se menciona en “La camisa gris”: “Tomás Ornelas iba de Juárez a Chihuahua, y cerca de Villa Ahumada, en la Estación Laguna, el tren fue asaltado por el general Villa y su gente”. Luego, en “La sonrisa de José”: “Después lo mandaron a Ciudad Juárez, allá lo iban a curar, pero no llegó vivo, en el camino unos rancheros americanos lo remataron”. Juárez aparece, pues, como punto de llegada. Dentro de la obra se configura como destino de un viaje al que no todos sobreviven. Junto con las menciones de otras poblaciones, ilustra la realidad territorial de la Revolución. En Chihuahua se libró una gran parte de la agitación civil; en la lejanía, Juárez se destaca como otra ciudad devastada por la guerra, pero, al mismo tiempo, simboliza el paso hacia otra dimensión. Quizá sea posible asociar la revuelta revolucionaria con otro movimiento armado: la llamada guerra contra el narco. Matanzas, sediciones y corridos guardan ecos centenarios, excepto que los villistas, carrancistas, orozquistas luchaban por un propósito colectivo con la intención de ser totalitarios e incluyentes (bien que mal) y no solo en favor de un bando o un capo. En “La sonrisa de José”, se describe una imagen citadina aún vigente. Son diferentes tiempos, distintos escenarios y, sin embargo, el sentimiento de los agresores y del pueblo son los mismos: “En unas tablas los expusieron para que todo el pueblo de Ciudad Juárez los viera”.

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El 7 de noviembre de 2008, el cuerpo decapitado de un individuo “apareció colgado del puente Rotario, mientras su cabeza fue abandonada en la Plaza del Periodista” (La Jornada). Si los paralelismos entre la Revolución y el narcotráfico no son ideológicos, por lo menos sí circunstanciales. Los juarenses no sólo presenciábamos la toma de nuestras calles, sino que revivimos el trauma del cuerpo expuesto. Con la misma intención de incentivar el miedo y bajo el mismo riesgo de existir en medio de una guerra de plazas, asumimos el papel pasivo al acecho de una bala perdida. En Cartucho también se configura en el texto la violencia cotidiana, inscrita a unos pasos del hogar, de la mirada pueril e inocente sostenida en el marco de la ventana.

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Aldair Meza