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I

Hace cuatro años terminé de leer Detén mis trémulas manos: crónicas de suicidios, del escritor juarense Mario Lugo. Meses después, prometí una entrada de blog para Juaritos Literario. Me resultaba conflictivo hablar sobre el tema sin terminar con una reseña superficial o cercana al morbo, aunque el texto se aleja de esto último. Sin embargo, cada tanto escuchaba o leía sobre los elevados índices de suicidio en nuestro estado, de los más altos en el país, y volvía a recordar el libro de Lugo; pensaba en la vigencia de las crónicas, pero me seguía pareciendo un tanto oportunista vincularlas con las noticias de la ciudad. Aún lo considero un libro difícil de reseñar, de distinguir su valor más allá del asunto que examina. Escribo ahora debido al malestar que sentí al leer en la página de Facebook de El Diario una nota sobre suicidio acompañada con un comentario juzgando como una salida fácil la decisión de quitarse la vida –como si fuese algo sencillo–. Desafortunadamente, ya no logré recuperar la nota de las redes sociales.197 Mario Lugo bio.JPG

Quiero entender la intención detrás del comentario como un intento por generar mayor reacción de los usuarios; no obstante, un prejuicio como ese refleja el menosprecio y la condena a un conflicto que se extiende más allá de lo evidente. Y es que el suicidio adquiere siempre tintes más sombríos en una cultura tan permeada por el cristianismo como la nuestra; aunque no todos lo profesen, su presencia se cuela a través de mitos bíblicos, que terminan por reproducir cierto modo de apreciar la vida y, por ende, la muerte, entendida como un conflicto teológico-metafísico. Pienso en el conocidísimo relato del pecado original y el paraíso perdido –nutrido, como muchos, por mitologías distantes–, que puede llegar a restringir el valor que damos a la vida, reducida a un intermedio entre lo abandonado y lo recuperable; es decir, sin importar quién seas, ya se ha perdido algo: la vida inicia como una carencia.

Para la mitología-ideología cristiana no hay fe en el ser humano por sí mismo; la muerte de Abel a manos de su hermano Caín no resulta muy optimista al entenderse como anuncio de nuestra propia naturaleza. Entonces, el auxilio tiene que venir de fuera. El valor de la vida humana se reduce y aumenta el de la celestial: el suicida renunciará a las dos. Y aquí inicia el punto de contacto de estas –no tan nuevas– reflexiones y el aspecto más interesante de Detén mis trémulas manos. El suicidio no tiene la misma connotación en distintos contextos ideológicos. Su carácter actual, tan negativo, responde directamente a la presencia de creencias de origen religioso; en este mismo tipo de ideas puede encontrar una respuesta menos agresiva. A partir de una cita sobre la cultura maya, Lugo contrasta el consuelo que ofrece esta teología respecto a la imagen de eterno penitente que, a partir del imaginario de La divina comedia, se ha consolidado:

Ixtab, diosa del suicidio, está relacionada con la creencia en la vida póstuma paradisíaca. Aquellos suicidas que mueren por ahorcamiento reciben la protección de esta diosa cuyo nombre se traduce literalmente como ‘la de la cuerda’. Garantiza un paraíso a quienes se quitan la vida de esta manera.

Lugo añade, en contraposición, una imagen tomada de Dante que, aunque bella, registra un destino más cruel:

Cuando Dante, acompañado de Virgilio, atraviesa el valle de los suicidas no atina a ubicar el lugar de tanto lamento. No es sino hasta que, a instancias del maestro, rompe una rama descubriendo que ese trozo gris de madera destila sangre a la vez que el suicida le reprocha su inhumanidad por herirlo.

197 Ixtab-Cuerda.jpg

Es notoria la diferencia entre ambas percepciones: el reposo ofrecido desde la visión prehispánica frente a la violencia de la judeocristiana. Considera el cronista que el suicidio no solo tiene como consecuencia un castigo, sino que es el castigo mismo:

Si recordamos el papel que ha jugado el ahorcamiento como forma de autocastigo, legitimado por Judas poco después de la crucifixión de Jesús, se puede tomar como un valor entendido y aceptado que el suicidio de Judas fue un autocastigo más que merecido. Ya que a todas luces el causar daño al hijo de Dios condiciona por necesidad hacerse acreedor a un castigo y, por otra parte, no ser digno de misericordia.

II

Sobre el acercamiento al tema, también hay aspectos por revisar. Primeramente, el texto combina elementos periodísticos y literarios con irregular fortuna a través de los fragmentos que integran Detén mis trémulas manos. La estructura recuerda a la utilizada en Delirium tremens por el también juarense Ignacio Solares: casos intercalados que aparecen en solo una ocasión con las crónicas sobre Aristeo o Mauro, así como el testimonio de los suicidios del padre y del abuelo del autor. Pero su historia no se ficcionaliza del todo; no hay trama en la descripción de sus vidas y el modo en que han decidido terminar sus días. Otros casos rescatados en el libro son investigados por Lugo a partir de notas en el periódico, que le llevan a indagar e intentar comprender la inmolación.197 Della Vigna_Suicidio.jpg

Más allá de la trágica familiaridad que el tema tenga sobre el autor, uno de sus aciertos radica en la persecución de una respuesta desde varios enfoques: mitología, sociología, psicología y, por supuesto, literatura. Así, la inserción de pasajes inconexos responde más a la necesidad de ahondar en compresión que a configurar un texto unitario o estético. Sin embargo, creo que Lugo no logra penetrar en el mundo interior de estas personas, de Bernardino, soldador ambulante; de Josefina, que a sus 30 tuvo el coraje de divorciarse a pesar de las críticas para después ser abusada por un supuesto amigo; de José Ángel, quien no soportó ser condenado a 30 años de cárcel; de Don Enrique, un hombre avejentado por la muerte de su esposa y descuidado por sus hijos; de María Luisa, que optó por una sobredosis. Extrañamente, al final, el cronista termina por catalogar al suicidio como una “terrible amenaza” y un “deseo de muerte” y, derrotado, ruega a Dios no nos permita morir por nuestra propia mano.

Héctor González