Ignacio Zaragoza nació en 1829 en la Bahía del Espíritu Santo, antes de que los texanos ganaran la Guerra de Independencia de su estado y esta provincia dejara de formar parte de Coahuila para convertirse en la actual Goliad. Al consumarse el acto bélico, la familia Zaragoza decidió mudarse, primero a Matamoros y después a Monterrey. Luego de descubrir que no tenía vocación sacerdotal, Ignacio ingresó a las Guardias Nacionales. Su carrera militar despuntó en la Revolución de Ayutla, la Guerra de Reforma y, finalmente, en la Segunda Intervención Francesa, donde estuvo a punto de recibir la bala de un soldado europeo infiltrado, de no ser porque se ocultó tras la escultura de un Cristo de madera. El presidente Benito Juárez lo nombró Benemérito de la Patria en grado heroico tras su brillante participación como jefe del Ejército de Oriente durante la Batalla de Puebla el 5 de mayo de 1862. No obstante, a pesar del reconocimiento y triunfo militar, sus últimos días se enmarcaron en un ambiente trágico que oscilaba entre la muerte y la enfermedad. El mismo año del mayor triunfo en su belicosa trayectoria, aunque previo a la Batalla, su corto matrimonio culminó con el fallecimiento de Rafaela Padilla de la Garza, el 13 de enero, a causa de una pulmonía. De esta relación nacieron dos varones que murieron durante sus primeros años de vida y Rafaelita.27 Ignacio Zaragoza

Además del nombramiento recibido por Juárez, el presidente dispuso que el lugar donde ocurrió la famosa batalla se llamara Puebla de Zaragoza (ahora con un Heroica al inicio) en su honor. Así como esta ciudad representa la efigie reminiscente de la exitosa figura militar, el latifundio de Terrazas ubicado al poniente de Ciudad Juárez evoca los últimos momentos de héroe patrio. Hace 95 años, un grupo de campesinos oriundos de Temósachic solicitaron terrenos en San Miguel de Babícora para fundar una colonia. Les otorgaron 11,00hectáreas donde se construyó una zona ejidal ocho veces más grande: el actual municipio Ignacio Zaragoza. Justo ahí se desarrolla la historia de Max, Esperanza y Magdalena, personajes de la novela El reino de las moscas (2012) de Alejandro Páez Varela. Los espacios y circunstancias también hablan a través de sus habitantes, por ello resulta interesante la apuesta que el autor realiza por las voces de lo marginal. La visión estética del texto se construye a través del retrato de un clima inclemente: desde polvaredas a gélidas calles de tierra cubiertas de lodo y nieve. La realidad no aparece muy lejana. La descripción que el narrador realiza resulta implacable: “Zaragoza era el reino de las moscas. Sólo se iban en el instante de la tragedia; durante los diluvios o en las nevadas. Y un segundo después aparecían en cantidades groseras a reclamar lo que les pertenecía, a pararse en los labios de los niños y en las frentes de todos. Formaban nubes en torno a las letrinas, a las cocinas, a los gallineros y, de manera especial, junto a las marraneras”. El 8 de septiembre de 1862, a los treinta y tres años, Ignacio Zaragoza Seguin falleció a causa de tifus murino que contrajo por infestación de piojos, consecuencia del estado insalubre que padeció sus últimos días y que ni el Cristo de Bala pudo mitigar.

Pese a que la trayectoria de Ignacio se enmarca en coordenadas norteñas, no encontré registro alguno que diera cuenta de su paso por Juaritos. Así, la conmemoración funciona como testigo de la historia, lo que permite leer en el espacio los acontecimientos a través de las pruebas del pasado: nombres de calles, monumentos, edificios históricos, etc. Los campesinos encabezados por José María Flores y Simón Tena quizá no se imaginaron que su apología a Ignacio Zaragoza sería objeto de otra con carácter literario. Aunque las modalidades cotidianas del municipio homónimo se han modificado por la incidencia de la violencia, los lugares públicos aún se piensan como puntos de convivencia donde la experiencia individual confluye con el colectivo, según lo retrata Páez Varela: “En la plaza principal había un parque con cinco árboles y un quiosco deshecho en el que los jóvenes se reunían por las noches a fumar mariguana, a beber cerveza, a tocarse los callos de las manos, ganados en la pizca de algodón. Entre más callos, más cabrones eran”. Desde un lugar al margen de la urbe, los estragos de la inseguridad y la visión centralizada que aletargan el desarrollo han sido una plataforma impulsora del crecimiento de negocios ilícitos. De cualquier manera, la articulación de los elementos constitutivos de este municipio dialoga con habitantes y forasteros mediante la experiencia colectiva de habitar un mismo espacio.

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Laura Sarahí Robledo