Enrique Cortazar (Chihuahua, 1944) estudió leyes en la UACH y luego una maestría en Literatura en Harvard, donde fue alumno de Octavio Paz. Posteriormente, obtuvo el doctorado en la misma disciplina en la Universidad de Nuevo México, siendo alumno del poeta español Ángel González. Ha desempeñado en su carrera un papel como promotor cultural en diferentes instituciones: Agregado Cultural en el Consulado General de México en El Paso (1988-1990), Director del Museo de Arte del INBA en Juárez (1993-2000), Director del Instituto de México en San Antonio (2001-2006) y Director del Centro Cívico S-Mart, en donde actualmente trabaja. Ha publicado ocho poemarios: Mi poesía será así (1977), Otras cosas y el otoño (1979), Poemas legibles (1983), La vida escribe con mala ortografía (1987), Ventana abierta (1993), Suicidio aplazado (1994), Variaciones sobre una nostalgia (1988) y Don de la tarde (2014). Además, su poesía ha sido recopilada en Cementerio de distancias: antología personal (1998) y Crepúsculo en las calles (antología bilingüe francés-español, 2008).

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La vida escribe con mala ortografía, poemario prologado por José Emilio Pacheco e ilustrado con grabados de José Luis Cuevas, apareció en la capital del país bajo el sello de Ediciones de Cultura Popular. Dividida en tres partes, la obra destaca por su tono melancólico. Describe imágenes y emociones registradas en un calendario biográfico. Sobresale, además, la construcción espaciotemporal, ya que los versos plasman imágenes de paisajes remotos, algunos de ellos identificados en nuestro norte; como si el autor escribiera desde fuera, recordando su lugar de origen, plasma su añoranza y permite que el lector se conecte de manera íntima y evocativa.10 Cortazar - Vida escribe ortografia.png

En la segunda parte del libro, encontramos el poema “Medio día en Urique”, donde la voz lírica retrata un paisaje cotidiano y casi indeleble en la zona serrana de Chihuahua. Escrito en verso libre, de una sola estrofa con quince versos, la composición muestra una perspectiva particular del panorama de un caserío. A través de una voz nostálgica e introspectiva, el poeta describe la imagen del viento que recorre la calle, acariciando la luz de la mañana y las aves que rompen la quietud del mediodía. El sol y el viento lucen como elementos espectaculares que transforman lo ordinario. El entorno montañoso cubre las casas de adobe de un pequeño territorio enclavado a un costado del río. El poema recoge este paisaje en una narración austera y profunda, la cual expresa deleite al reconocer los pequeños detalles cotidianos. Se complace con la luz, las aves y la vecindad revitalizada por el río y el peso del tiempo en sus muros de adobe. El paisaje delineado valora la vida sin olvidar el dolor que lleva consigo; pero el poeta no se entrega a la desilusión. Así lo comenta Antonio Moreno Montero: “Sin llegar a ser un pesimista irremediable y confeso, la voz que emerge de sus poemas revela siempre un tono melancólico, pero sin renunciar jamás a la vida, pese a las limitaciones”. Enrique Cortazar asume las imperfecciones vitales –la vida escribe con mala ortografía– y nos incita a no excluir absolutamente nada… asumir la carga de los días y celebrarlos en su justo paraje.

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Hace algunos años, tuve la oportunidad de conocer la sierra de Chihuahua. Recuerdo que el viaje lo realicé solo; tomé el autobús a Parral y de ahí me trasladé a Guachochi en un camión de los que llaman “polleros”, por ser muy económicos y llevar, además de los pasajeros, algunos animales. El viaje fue largo e incómodo. El lugar no tenía un aspecto agradable; no fue una buena impresión. Las calles sin pavimentar hacían el camino lodoso al caer la lluvia. La soledad en la sierra, sus peligros y su vulnerabilidad representan un reto constante para la población y sus visitantes. En ese difícil ambiente, se tienen experiencias límite, en las que uno llega a conocerse un poco más… eso forma parte de la magia de la zona serrana. Además de lo impresionante de la naturaleza misma (montañas, cascadas, ríos y bosques), representa también un lugar de encuentro, en donde se valoran tanto los acentos como los sinsabores de la vida. A veces es necesario un momento de reflexión para descubrir qué enfatizamos, a qué cosas les damos importancia. La vida puede escribirse con faltas de ortografía, esperando bondades con todo y sus errores.

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David Guevara Camargo