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Carmen Amato Tejeda, poeta, fotógrafa, docente y formadora de poetas, nació el 21 de septiembre de 1952 en Aguascalientes, pero desde los cuatro años se trasladó a Ciudad Juárez. Realizó estudios profesionales en Administración en el Instituto Tecnológico y cursó diferentes diplomados relacionados con esa área. Laboró por diez años en la industria maquiladora hasta que, en 1993, concluyó el diplomado en Redacción y Crítica en Español y Literatura Latinoamericana de la UACJ. Posteriormente, terminó la maestría en Creación Literaria en UTEP y un doctorado en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Estatal de Arizona. Ha publicado diferentes poemarios como Hoy somos el silencio (1994), Ciudad que se restaura (1996), Gestación de la luz (2006), Estación Tempe (2010) y El silencio que se hiela en la blancura de las hojas (1996), que fue su tesis de maestría. De este último poemario, se publicó una selección en un folleto a cargo del ayuntamiento de Ciudad Juárez en 1997. El silencio que se hiela en la blancura de las hojas se divide en siete partes –con 62 composiciones en total– que abordan los elementos de la creación y la naturaleza como medio para el autodescubrimiento.

Las composiciones muestran una voz en primera persona no identificable, la cual, mediante el juego de luz y sombras, el olvido, el desencuentro y la memoria, se reconoce en el camino del autoconocimiento. La seriedad y la reflexión se vuelven puntos centrales para su desarrollo. Además, en algunos poemas, el cielo, las plantas y el desierto se convierten en el paisaje referencial del yo poético. “Naturalización”, ubicado en el quinto apartado, se compone por once versos divididos en cuatro estrofas. En él, la voz femenina se asume como perteneciente a un lugar que luego se identifica con el desierto. Este ecosistema funciona como un medio que relaciona la esencia del yo poético con ese mismo espacio geográfico, que posee su propia identidad, historia e, incluso cuerpo: un ente en sí mismo. El lenguaje utilizado es sencillo y no representa un problema para la enunciación ni comprensión.

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Crédito de fotografía: Adrián Caldera

La sola mención del desierto nos remite a sitios y ciudades aledañas a ese espacio que describe la voz poética. Además, tomando en cuenta la biografía de la poeta, esa búsqueda se reduce aún más. Carmen Amato, podría decirse, es “naturalizada” juarense, ya que aunque no nació en la frontera, llegó desde su más tierna infancia. Ese reclamo bien puede identificarse con la voz propia de la autora. ¿Cómo se sostiene la idea de que ese desierto está relacionado con Ciudad Juárez? Además de lo anterior, la mención del sol y la arena recuerda a los veranos en la urbe, extenuantes por el calor que rebasa los grados normales (soportables) de temperatura, y las tolvaneras que cubren las calles y avenidas con una capa de tierra tan gruesa que cualquier transeúnte se da el lujo de practicar su caligrafía con un “lávame” en los vidrios de los vehículos. Ciudad Juárez, a pesar de caracterizarse por el clima extremo, debido a su ubicación geográfica, se ha convertido en los últimos años en un refugio para migrantes que buscan el sueño americano por medio del asilo. En muchos casos, ese ideal no logra concretarse y las personas deciden quedarse en la ciudad para comenzar su nueva vida. Llegan de todas partes del país y de Latinoamérica y, poco tiempo después, se sienten tan juarenses como cualquier individuo que haya nacido aquí. Adoptan la identidad de la frontera y conocen sus secretos. En definitiva, todas esas voces se unen en una sola para pedirle a Ciudad Juárez “declárame / ciudadana de tu cuerpo”.

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Fernanda Villalobos Ocón