Rodolfo Fierro fue un general revolucionario nacido en La Fuente, Sinaloa, en 1880. Ingresó a las filas armadas en 1913 como pagador. Tiempo después fue ascendiendo en sus rangos militares: primero lo nombraron comandante del Cuerpo de Guías; luego, su desatacada participación en la batalla de Tierra Blanca, que le dio a Villa el mando de Ciudad Juárez, le valió el cargo de general, además de convertirlo en la mano derecha del Centauro del Norte, a quien le tenía una enorme lealtad. Le apodaban el Carnicero y se destacaba por ser intrépido. A él se le encomendaba la tarea de fusilar a los prisioneros o desertores. Además de la ya mencionada campaña de Torre Blanca, combatió en las tomas de Torreón y Zacatecas. Sin embargo, su actuación en la lucha contra Carranza falló, siendo derrotado en Guadalajara. En la batalla de León intentó tomar el Cerro de la Cruz sin la orden de su superior, lo que generó pérdidas humanas a Los Dorados. El Centauro lo manda a capturar y fusilar, pero se salva al ser enviado como prisionero a Chihuahua. Cuando se recuperó volvió al ejercito villista ganando batallas en Celaya y León, pero perdiendo, nuevamente, en Salvatierra y Valle de Santiago. Murió ahogado el 13 o 14 de octubre de 1915 al intentar cruzar la laguna artificial de Nuevo Casas Grandes, Chihuahua.

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El cuento “Oro, caballo y hombre” de Rafael F. Muñoz apareció publicado por primera vez en Si me han de matar mañana…, cuentario de 1933 que contiene textos esenciales para comprender la narrativa revolucionaria. En dicho relato se detalla la muerte del villista en aquella laguna. Su modo tosco y grosero queda bien dibujado en esta historia. A pesar de que el retrato está en el terreno de lo ficticio, ofrece un fiel acercamiento a la actitud del caudillo. Otro cuento en que aparece como personaje es en “La fiesta de las balas” del autor Martín Luis Guzmán. Aquí se narra cómo el caudillo libera a 300 hombres en un llano ofreciéndoles la oportunidad de salvarse; mientras huyen, el general dispara sin piedad y advierte al encargado de darle los cartuchos, que si uno de los prisioneros escapa, lo asesinará también a él.

Además de que su muerte ha sido documentada por Rubén Osorio en su libro La familia secreta de Pancho Villa, en una entrevista, Osorio refiere que descubrió la tumba del sinaloense por un acta que le mostró el dueño de un panteón en Chihuahua. Posteriormente, cenando con colegas de una universidad de Texas, les dice que encontró la tumba del Carnicero; sorprendidos por el hallazgo, donan cinco dólares cada uno para ponerle una placa a la tumba. La inscripción se colocó y con el dinero restante (treinta pesos) Rubén Osorio compró un ramo de flores para coronar la lápida.

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La calle General Rodolfo Fierro, en la colonia Pancho Villa, está rodeada de otras cuyos nombres también son personajes revolucionarios: Felipe Ángeles, Pascual Orozco o la que lleva el nombre del mismo Villa. Resulta curioso que el apelativo de un revolucionario con tal reputación haya servido para designar a una calle, pero quizá su sentido venga de la configuración que hace en conjunto con las otras. Como se ha dicho, Felipe Ángeles y Francisco Villa son sus colindantes. Recuérdese que Fierro y Ángeles eran las armas principales y más poderosas de Villa, jefe máximo de los Dorados. Colocar a estos tres personajes realza la idea de las diferentes facciones de un mismo fenómeno: la estrategia de Ángeles, la astucia de Villa y la fuerza de Fierro. Los tres pertenecieron al mismo bando, cada uno aportó lo suyo. Mientras tanto, al transeúnte que recorra estas calles no dejará de parecerle insólito que la Rodolfo Fierro, la Felipe Ángeles y la Francisco Villa parezcan encerrarlo estratégicamente y, que si logra escapar, quizá sea perseguido por el Carnicero.

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Osiel Adolfo Montiel Maldonado