El poemario de Jorge Humberto Chávez, La otra cara del vidrio, es muy difícil de conseguir, tanto o más que su opera prima: De 5 a 7 pm (1981), en el caso de que esta exista. Su segundo poemario fue editado en la colección de cuadernillos Praxis/Dos Filos por la Universidad Autónoma de Zacatecas a finales de 1984. Según la introducción, escrita por su maestro, David Ojeda, el texto es producto de la experiencia de Jorge Humberto Chávez en la ciudad, así como de su participación en un taller “lleno de rencor y humorismo”, impartido en el Museo de Arte e Historia de Ciudad Juárez, y de las nuevas lecturas hechas a Borges y a Paz. Llegó a mis manos en una versión escaneada, en la cual se aprecia el intento del autor de alejarse de la “gran poesía”, en busca de una voz propia e irreverente que proponga cosas desconocidas en el saturado mundo del verso libre. No sé con cuánto acierto se haya logrado lo propuesto, pero su lectura deja una extraña sensación agridulce, así como la duda de qué es lo que se quería decir. La propuesta estética recae, según entiendo, en la mujer, pero es aquella figura que se nos ha vendido desde hace mucho tiempo: un cuerpo listo para proporcionar belleza a los ojos del hombre.

El tema de la mujer siempre será delicado, en la literatura y en cualquier disciplina. La concepción romántica del cuerpo femenino como objeto, más propiamente aquel que da placer, es una cuestión que ya debe estar superada. No existe en este poemario una voz que reivindique la figura femenina, más bien se esfuerza en mantener el discurso del sexo débil versus el fuerte. Pareciera ser el fruto del trabajo de un joven poeta, muy hombre, que apenas se acerca a la escritura, mostrando un exacerbado pensamiento machista en donde el yo lírico parece forzado a escribir sobre feminidad para enaltecer escenas confusas y una concepción tergiversada del placer. De hecho, es necesario dejar de ver a la mujer como un tema literario o una fuente de inspiración para que adquiera, sin intermediarios, su verdadera dimensión: la de una persona que día a día se enfrenta con la violencia sistemática de la sociedad en la que vivimos. Si así es la realidad, ¿para qué repetir esos patrones en la poesía, cuando debieran ser medios para subvertir el discurso oficial que no ha hecho más que perjudicar durante tanto tiempo? ¿Se puede justificar una poética solo por haber sido publicada hace más de 30 años?

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Quizá uno de los puntos a resaltar de La otra cara del vidrio es la alternancia entre la prosa con el verso libre, aunque ese mérito no resulta suficiente para decir que se trata de una obra innovadora. E insisto: es de vital importancia dejar de ver a la mujer como ese ser ajeno a nosotros, que deambula bajo un halo de misterio. La voz femenina siempre ha tenido la importancia que apenas hace algún tiempo comenzó a dársele, pero había estado invisibilizada precisamente por creerla un tema propio de la poesía amorosa, romántica, supuestamente erótica. Hay tanto qué decir al respecto, tantos discursos que derribar, tantas imágenes por revisar –como la encumbrada poesía que surgió en la primera generación del Taller Literario del INBA–. ¿Sería adecuado catalogar al poemario como misógino? ¿Qué tanto afecta una lectura contemporánea a los versos de Jorge Humberto Chávez? Aún con el riesgo de la trasposición de contextos y miradas, los poemas sostienen que la belleza en el cuerpo de la mujer existe porque antes ha pasado por el filtro de los ojos (de la pluma) del varón, lo cual me parece lamentable. Por otra parte, reconozco el intento por innovar la forma de expresión poética, por cifrar en verso en el deseo y ubicar la atracción a ras de suelo: “con el amarillo de las calles / el coletazo del partido pez / la humadera del opio y el biciclo anónimo”. Ojalá que se trate del último hombre dispuesto a todo.

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Ulises Adonay Guzmán