Berenice Vázquez, conocida en el mundo literario bajo el sugestivo pseudónimo de Violentta Schmidt, es una poeta y artista juarense formada en los talleres del ICHICULT y la UACJ, cuya poesía puede encontrarse en revistas literarias alrededor del mundo. Nacida en 1981, su escritura se concentra en Pasajes incendiarios de una mujer desnuda, su primera obra poética, publicada en 2018 en la editorial independiente de Mexicali, Pinos Alados. El poemario, carente en su totalidad de cualquier signo de puntuación, parece dividirse en dos: Schmidt ofrece al lector una primera oportunidad al acercarlo a sus textos adolescentes, para luego entrar de lleno en el poemario en sí, donde se percibe, tras la lectura ordenada de la obra, una evolución tanto en técnica como en temas presentados, ligados íntimamente a la vida de la escritora. La selección de 34 piezas se mueve alrededor de un objetivo específico: la necesidad de la voz poética por encontrarse a sí misma y a la identidad femenina dentro de la ciudad violenta que es Juárez, descubriendo imágenes que mutan desde el desencanto amoroso y la maternidad hasta la migración y la tortura, violación y asesinato de los cuerpos femeninos, centrándose en el retrato de reflejos femeninos –mujeres propiamente, aunque también destaca la presencia del agua y los animales– como el medio principal del autodescubrimiento.

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Aunque me centraré en “De a perrita”, destaco otras dos piezas: “Dos Evas mal iluminadas” y “A Ofelia”. En el primero, se retrata la intimidad del yo lírico (quizá Berenice) y un tú extinto (quizá Susana Chávez, poeta y activista asesinada en 2011): “Me incomodó su imagen en mi mente / una deidad tirada en el callejón / con las carnes cenizas y la mano cercenada”; en el segundo se revela que Hamlet “era un rufián vengativo malísimo para coger y para hacer versos”, lo que lleva a Ofelia no a suicidarse, sino a sumergirse en las aguas mujeriles y perderse en sí misma. De escritura indudablemente femenina, la animalización es una imagen que con frecuencia aparece en Pasajes incendiarios: en “Decálogo de mis placeres”, por ejemplo, la voz poética confiesa: “9. Me gusta de a perrito”. Sin embargo, la sexualidad anunciada en “De a perrita”, composición que cierra el poemario, se transfoma en un sadismo violento que explora el lugar de los perros y de las mujeres dentro de las sociedades dominadas por rígidos pensamientos religiosos: mientras que “tener un perro es signo vulgar occidental” para los iraníes, “los musulmanes te matan por usar pantalones apretaditos”. Sin embargo, incluso en el contrario mundo occidental, la situación de los dos grupos abordados se mantiene en desventaja: se denuncia la carencia de alma en perros y mujeres desde la perspectiva católica: “por eso se encargaron de cazarnos / violarnos y quemarnos vivas”. El poderoso poema de Schmidt concluye con los embravecidos ladridos de la femenina voz poética, expresando un discurso cuya fuerza radica en la personalidad brutal de la mujer como muestra última de su resistencia contra un sistema que se esfuerza en someterla como si de su mascota se tratara: “me considero tan impura como un perro / porque voy a seguir ladrádole con mala entraña / a todas las putas religiones”. En una ciudad feminicida el poema se antoja perfecto, con más razón en un lugar donde los perros callejeros se consideran no sólo un problema de salubridad sino una plaga cuya única solución es el asesinato de los animales desamparados.

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Hace poco escuché de los labios de una compañera cómo se divertía mientras manejaba pasando su automóvil encima de gatos negros; los otros animales le agradaban, según ella, pero los gatos negros no. Le daban asco y, de acuerdo con su retorcida lógica, arrollarlos era una solución graciosa. Su anécdota me recordó las múltiples ocasiones en que he estado scrolleando mi muro de Facebook y me he topado con imágenes dolorosamente gráficas mediante las cuales se denuncia el maltrato animal. Entre estos mismos encuentros me enfrenté a la fotografía del cadáver descuartizado de Ingrid Escamilla, una joven un año mayor que yo, asesinada en la Ciudad de México por su pareja; no obstante, estas filtraciones, todavía sin penalidad judicial, no son extrañas, ni para las redes sociales ni los medios de comunicación digitales o impresos. De la misma manera que en nuestros paisajes urbanos se exhiben los cadáveres de animales muertos, las capturas de los últimos momentos de vida y del estado ya perpetuo de la muerte de muchas mujeres se presentan como un espectáculo de lo hórrido, del feminicidio. Las calles de Juárez no se encuentran únicamente repletas de jaurías de canes hambrientos y cansados: en sus arterias se amontonan sus cadáveres podridos, tantos que nuestras autoridades ya no se esfuerzan por identificar cuándo se trata de un perro y cuándo de una mujer.

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Pamela Torres Martínez