A finales de febrero se celebró el décimo aniversario luctuoso de Carlos Montemayor (1947-2010), poeta, narrador, crítico literario, tenor, defensor y difusor de las lenguas indígenas. Aunque gran parte de su popularidad literaria se debe a su trabajo narrativo, sobre todo a novelas emblemáticas como Guerra en el paraíso (1991), Las armas del alba (2003) y Las mujeres del alba (2010), la poesía siempre tuvo un lugar esencial en su vida, pues él se reconocía, antes que nada, como poeta. Publicó al menos cinco poemarios: Las armas del viento (1977), Abril y otros poemas (1979), Finisterra (1982), Los poemas de Tsin Pao (2001) y Apuntes del exilio (2010). También realizó las antologías Abril y otras estaciones, ganadora del Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares, y Poesía: 1977-1994, en la cual corrigió y reescribió algunos de sus escritos, por ejemplo Las armas del viento, el caso más extremo. Además, algunas piezas sueltas aparecieron en revistas y compilaciones. Para Montemayor, la poesía consistía en un espejo que ofrece al ser una mirada de sí mismo; así, el espacio físico, lo exterior, se funde con la voz para mostrar y exponer su anhelo, su miedo, su vida. En cambio, definió la narrativa como una reconstrucción, una forma de apropiarse del mundo, de tratar de entenderlo.

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Sangre Ediciones, editorial independiente de Chihuahua, tiene como función la difusión literaria de forma accesible y económica; han publicado textos de Vicente Anaya, Enrique Servín, Jazmín Cano y Atenea Cruz. Este año, apareció en su catálogo el poema Finisterra de Montemayor, acompañado de un comentario que el autor escribió sobre su propio texto en El poeta en un poema, antología publicada por Marco Antonio Campos en 1998. Además, se incluye en la contraportada el manuscrito del poema “VIII” del Cuerpo que la tierra ha sido (1989), mismo que apareció en un dossier del número 15 de la revista Periódico de Poesía de la UNAM en 1995 como inédito. La versión que ofrece la editorial chihuahuense se basa en la primera edición de 1982, misma que utilizó Campos en la antología mencionada.

La sección final del libro se titula de manera homónima y consiste en un texto de ocho estrofas, que suman 158 versos cantando al erotismo como medio para llegar a la eternidad. La muerte aparece de manera constante en la poesía de Montemayor, igual que la pregunta ¿cómo permanecer? La respuesta en sus textos siempre resulta plural; por tanto, carente de certeza, ora pesimista, ora alentadora. Algunas veces nos ofrece el vacío, la nada; luego, la unidad (muy presocrática, por cierto) de los seres que después pregona. Materia que se transforma y que, sin embargo, perdura. He ahí la desesperación del poeta y la necesidad de la poesía en su vida. En “Finisterra” el canto se vuelve desgarro, grito… luego, serenidad.

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El paisaje marítimo –la lucha del oleaje, el sol y el viento–, igual que el poeta, protagoniza los versos; por otra parte, la arena toma un papel pasivo, un ente que recibe. Sustentado en un erotismo dicotómico, donde lo masculino y lo femenino están impregnados de un simbolismo establecido (pasivo, activo), la voz poética busca en el cuerpo de la amada la manera de alcanzar la eternidad, de la misma forma en que el encuentro violento de las olas de Finisterra las inmortaliza. El poema canta el acto erótico del cuerpo de carne y agua. Alcanza un ciclo: primero la violencia, el dolor de no ser eterno, la conciencia de la vulnerabilidad, “la furia de que los cuerpos amen intensa y demencialmente / pero sus sexos se deshagan como arena salada y dolida”; luego, el encuentro con la otra, la desconocida, el reconocimiento del territorio de la mujer (los senos, el “sexo rutilante”), el abrazo, la unión, la aparición de los astros y el culmen, antítesis maravillosa de un ser “sembrando recuerdos permanentes en cuerpos inmortales”; finalmente, después de esta cúspide del crescendo, viene la calma, la tranquilidad, la conclusión y otra respuesta a partir del lenguaje (representado como canto) a la pregunta imperecedera: “¿cómo no morir?”. El ser se eterniza a través de la voz o, al menos, eso exige el poeta a Finisterra: “déjame decir que este grito espumante es para siempre, / que será mi voz para siempre, / oh que será mi voz para siempre”. Los cuerpos de carne, amándose, buscando, al final se transforman en voz, en réplica; así, el arte significa la eternidad. Ya lo decía Severo Sarduy: el lenguaje poético es erotismo, transgresión.

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“Finisterra”, al igual que los poemas anteriores de Carlos Montemayor, refleja el conflicto del ser humano frente a la muerte. Sin duda, el texto muestra una intención en los distintos niveles de la literariedad: el fónico, sintáctico y semántico. La estructura del poema resulta soberbia. Aunque parece que al final hay una resignación ante la condición humana por parte del poeta, la explosión de los sentidos y su súplica continúan hasta el desenlace, pues se sigue doliendo de aquello que no le pertenece. La pieza del escritor norteños representa la cristalización y la proliferación de la imagen del paisaje marino, en donde se alude al erotismo del cuerpo a través del erotismo de la palabra.39 Montemayor 4.jpg

Me parece muy acertado que Sangre Ediciones incluyera el comentario de Carlos Montemayor en la plaquette, puesto que acerca al lector no solo al texto poético (que claro, es lo más importante) sino también a su proceso creativo, a las lecturas del poeta, sus influencias y sensibilidad. Montemayor siempre consideró que el escritor no debe solo apelar a lo sentimental, sino que debe poseer, además, una técnica, la cual buscaba constantemente en las obras que analizaba y comentaba en su labor de crítico literario y que tuvo presente a la hora de realizar sus propios textos. En hora buena por Carlos Montemayor y su poesía que está resurgiendo, primero con la versión de Los poemas de Tsin Pao para adolescentes preparada por Martha Elena Montemayor Aceves (UNAM, 2017) y ahora con Finisterra de Sangre Ediciones.

Graciela Solórzano Castillo