La zona céntrica es mi parte favorita de Ciudad Juárez, y por mucho. Desde adolescente disfrutaba caminar por esas calles, aunque a mis papás no les gustaba. Cuando iba a la prepa debía tomar dos camiones y trasbordaba justo ahí. Podía bajarme del camión que me traía de la escuela y tomar el siguiente que me llevaría hasta mi casa a una cuadra, pero prefería caminar diez cuadras hasta la terminal. Ahora comprendo a mis padres, pues durante aquellos años (2009-2012) la ciudad se volvió intransitable. Me tocó escuchar disparos y correr, igual que muchas personas más. Sin embargo, nunca terminé de espantarme del centro, de ese lugar que huele horrible y se encuentra completamente maltratado porque jamás ha existido –pese al discurso oficial– un verdadero plan que lo rescate y modernice. Solo se realizan cambios superficiales, se embellece un poco para monetizar su función y después se abandona de nuevo; como se ha desamparado a toda la urbe durante toda su historia.

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El primer cuadro citadino se encuentra en precarias condiciones porque a nadie le interesa. Uno de los edificios más bellos de la frontera, el antiguo Cine Plaza, se ha convertido en una tienda de ropa y en un supermercado. Recuerdo entrar durante mi niñez a este lugar de la mano de mi mamá, me parecía impresionante la escalera casi a la entrada, tan grande con su pasamanos de figuras arabescas, y a un lado una fuente en honor a Afrodita. Ahora, en su nueva etapa, la fuente ha dejado de funcionar y solo queda, igual que el elegante piso, como vestigio de un pasado glamuroso.

En la misma zona, el gobierno municipal derribó cientos de casas y edificios para invertir en una plaza sin árboles a la mitad de nada, con una estatua que, en lugar de enaltecer, menoscaba la imagen de Juan Gabriel. Este espacio representa la dualidad de Juárez de manera simbólica. La plaza, ataviada con animales hechos de llantas usadas, posee como vista, por un lado, un mega mural realizado por artistas locales en las partes traseras de los comercios de la Avenida Juárez; y, por el otro, la mirada se pierde entre edificios a medio derribar, abandonados y completamente tristes. Algo similar ocurre con la Plaza Cervantina, la cual ha sido recuperada poco a poco por los mismos ciudadanos. Diversas agrupaciones trabajan para mantener en este sitio el espíritu artístico que le dio origen.

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Muchas cosas hermosas del Centro Histórico se pierden debido a descuidos y a la mala administración de diferentes gobiernos. Por ello, ese espacio que tanto quiero es el símbolo innegable del estado fallido que ha imperado en nuestra frontera; de una comunidad donde exterminan mujeres en el “corredor seguro”, desaparecen cientos de chicas, amedrentan a quienes salen a exigir justicia, donde nos dejaron a nuestra suerte. Desde finales del siglo pasado abundan las historias de madres cuyo último lugar donde vieron a sus hijas fue precisamente el centro. Hace unos meses, ahí mismo asesinaron a Isabel Cabanillas, mientras las autoridades aseguraban que esas calles rebosaban de protección y vigilancia.

Las élites sociales juarenses solo le hacen mala cara al Centro para demostrar el desprecio que sienten por quienes no merecen la misma ciudad que ellos. Al encontrarse más cercano a la periferia del norponiente que al verdadero centro geográfico de la urbe, han relegado a esa zona la población que no les sirve más que para carne de cañón, mientras ellos viven cómodamente en el núcleo de todo. Durante años esta zona ha albergado el descontento social de la comunidad, y, por ello, la mayoría de las marchas y manifestaciones termina o empieza ahí.

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Crédito de fotografía: El Diablox

El viernes 12 de junio se reunieron diferentes grupos y colectivos de la ciudad para protestar debido a los abusos policiacos y exigir justicia para las víctimas. La violencia y brutalidad de los agentes del orden público no resulta nuevo, ni aquí ni a nivel global. En 2019 se recibieron ante la Contraloría Municipal de Juárez 942 denuncias contra elementos de Seguridad Pública y Vialidad. Nadie se siente seguro y tranquilo ante la policía; no existe persona a quien no le suden las manos al saberse detenido, de día o de noche, incluso sabiéndose un buen ciudadano. Todos conocemos a alguien a quien le sembraron droga o lo levantaron y tiraron en otro lado o le dieron una golpiza o, en peores casos, murió en manos de la autoridad.

Los colectivos que se manifestaron, entre ellos Hijas de su Maquilera Madre y Anarcobrujas del Desierto, además de gritar consignas y mostrar el descontento de la ciudadanía, rayaron e incendiaron un “monumento” localizado en el cruce entre las avenidas 16 de septiembre y Juárez. La estructura afectada se conforma por unas enormes letras, JRZ, de color rojo, montadas sobre una escalinata negra. La jota tiene, en lugar de un punto arriba, un corazón. El monumento, titulado “Yo Amo A Juárez”, se donó al municipio por parte de la empresa Big Media en 2015, como parte de una campaña para ¿mejorar? la imagen negativa de la ciudad.

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Al día siguiente de la protesta, empleados municipales y voluntarios ciudadanos se apresuraron a limpiar y solventar el daño. Así, las exigencias por una justicia social se las llevaron litros de jabón y pintura nueva. Las redes sociales se dividieron. Unos aplaudían las acciones tomadas; otros, los más, defendían apasionadamente a las letras y reprobaban “las formas” de las manifestantes, incluso después de festejar los acontecimientos ocurridos en Minneapolis en mayo pasado, cuando se incendió una comisaría tras el asesinato de George Floyd. Se aseguraba que se debía respetar la esencia de lo juarense, la cual, según sus argumentos, descansa en un monumento puesto arbitrariamente en el espacio público como parte de una campaña de marketing que, sin duda, fracasó.

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Crédito de pintura: Luis Roacho

Con todo lo que se desperdicia y muere en el Centro me resulta ridículo dotarle de un valor a unas letras representantes del arte corporativo, un logo que colocaron para obstruir una plaza pública. Obras más significativas de artistas como Verónica Leitón y Águeda Lozano han quedado en el abandono y nadie se queja por ello, incluso la mayoría desconoce su existencia. Otros monumentos se encuentran en estados completamente deplorables y jamás alguien ha pedido su reparación o uso adecuado.

A Juárez no lo representan unas letras rojas que trataron de posicionarse como su logo. Poco tiene que ver con la zona en que se ubican, abandonada a su propia suerte. Ese JRZ solo personifica a una empresa evasora de impuesto que intentó crear una marca para vender gorras, camisetas y postales y aun gobierno indolente al que solo le importa su imagen. Juárez no es eso, ni su esencia se encuentra en un logo. En todo caso, parafraseando a José Emilio Pacheco, quizá seamos unos cuantos lugares, nuestra gente, un río y una ciudad deshecha, gris, monstruosa.

Ojalá, así como corren a resanar unas letras horribles y carentes de significado, la sociedad se interesara en limpiar la sangre que ensucia a nuestra ciudad, defendiera a cada mujer violentada y asesinada o acompañara a las madres de las y los desaparecidos en los rastreos que realizan solas, sin ayuda del gobierno. Esa rapidez que mostró el Municipio para limpiar su “monumento”, jamás la veremos desbocada hacia los verdaderos problemas que han dejado una mancha imposible de borrar y olvidar. Honramos el metal vacío y no la vida. Ahí está nuestro Juárez. Unas letras rojas. Su JRZ.

César Graciano