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Crónicas desde el país vecino de Luis Arturo Ramos

Luis Arturo Ramos nació en Minatitlán, Veracruz, descrita en sus propias palabras como una metrópoli instalada en medio de la selva. Su producción literaria, abundante y multipremiada, contribuyó a que en 1992 se mudara a la comunidad fronteriza para ser profesor de escritura creativa en la Universidad de Texas en El Paso, donde continúa dando clases hasta la fecha. Ramos describe a El Paso como una ciudad multirracial y multilingüe, determinada, además, por la convivencia con el desierto y la presencia, presente y pasada, del y lo mexicano; una metrópoli significada por los contrastes, potenciados por la frontera entre dos países desiguales en economía e historia.

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Su obra Crónicas desde el país vecino, publicada en 1998 por la UNAM (a partir de la columna del autor en el semanario Punto y Aparte, en Xalapa), es una colección de textos breves que muestran la manera en que un ciudadano mexicano ve la vida en los Estados Unidos de América y en este territorio binacional que comprende la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso. Al preguntarle en una entrevista si este libro podía ser considerado un ejemplo de la literatura chicana, me respondió que no sabría decirlo, porque al igual que otras de sus obras, lo escribió desde una perspectiva literaria y no étnica.

 

 

El tono de las crónicas es poético y pasa con suavidad de las impresiones subjetivas a las referencias históricas. Cuauhtémoc Cárdenas, Carlos Fuentes, Victoriano Huerta, Pancho Villa y Juan Gabriel son algunos de los sujetos reales descritos por Ramos, identificables sin esfuerzo por el mexicano promedio. Es un libro que está en contacto directo con México, aunque la mayoría de las crónicas se desarrollen en territorio estadounidense. Las palabras en inglés se cuelan apenas a través de la letra de una canción, en el habla de alguna mujer angloamericana y en las calcomanías de los coches. A la pregunta de qué efectos suscita en la escritura el bilingüismo, Ramos respondió que la construcción sintáctica del inglés y el uso de vocablos le sirven de recursos técnicos y literarios, pero que quizá más que el bilingüismo, le interesa el biculturalismo: “Todos los mexicanos, de frontera o no, fuimos incluidos y estimulados por la cultura popular, cinematográfica y literaria gringa”.

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Para cruzar al país vecino pasa por Ciudad Juárez. Su perspectiva tiene la frescura chancera y tropical del Istmo de Tehuantepec; en más de una ocasión, provoca en el lector una risotada, producto de la ironía. Cuenta que el Río Bravo o Grande, aunque angostito, ha sido llamado así “gracias a la misma licencia poética (o mercantil) que permitió que Nelson Ned fuera conocido como el gigante de la canción”. Juega con los nombres y las características de los puentes que hay en la ciudad, poniendo especial atención en los internacionales, diciendo que los hay sin sentido de orientación, como el Puente al Revés; con problemas de identidad, como el Puente que de Sur a Norte se llama Lerdo y de Norte a Sur, Stanton; y un Puente Negro que resiente la discriminación del racismo. Como turista, visita la casa de Juan Gabriel y recuerda la narración popular de que el cantante compró esa casa para su madre, quien trabajara en ella durante años como empleada doméstica de la familia Montelongo. Su narración nos ofrece una lectura distinta de lugares conocidos que soportan, tanto para el viajero de paso, como para el ciudadano promedio, una misma experiencia de vida, adquirida en la antesala desértica, despojada y tercermundista de la primera potencia del globo.

María del Carmen Rascón Castro