“Quizá, la ventaja del novelista es que puede colocarse en un intervalo”, afirma Ignacio Solares en su obra Madero, el otro (1989); primacía que demostró al recrear, a través del género de la novela histórica, la imagen del Francisco I. Madero. La pluma del escritor oriundo de Ciudad Juárez traza una voz que narra en segunda persona la trayectoria del Mártir de la Revolución. Este recurso desdibuja la barrera entre el autor y el lector, ya que al dirigirse a un vocativo transmite los conflictos personales que llevaron a prócer a su trágico final. La novela empieza cuando el protagonista encuentra su fatídico destino, desdoblándose en un espíritu que se dirige al otro Madero, agobiado por los temores de haberse arriesgado a luchar contra un régimen tirano para sentarse en la silla presidencial.

Ignacio Solares, nacido en 1945, es narrador, ensayista, dramaturgo, editor y periodista cultural. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en donde se ha desempeñado como profesor y director de literatura, teatro y danza, además de fungir como coordinador de Difusión Cultural. Entre sus obras galardonadas se encuentra Casa de encantamiento que recibió el Premio Magda Donato 1989; El jefe máximo con el Premio Julio Bracho 1992; El gran elector mereció en 1994 el Premio Sergio Magaña, el Sor Juana Inés de la Cruz y el Juan Ruiz de Alarcón; Nen, la inútil ganó el Premio José Fuentes Mares 1996; y El sitio obtuvo el Xavier Villaurrutia dos años después. Como dramaturgo se destaca por Desenlace (1992), El gran lector (1993), La moneda de oro ¿Freud o Jung? (2002) y Si buscas paz, prepárate para la guerra (2003). De esta basta diversidad creativa se entiende su mirada desde la literatura hacia la histórico, como él mismo afirma en una entrevista: “Yo entré a la historia por la puerta trasera, no soy historiador y la historia como tal yo te diría que hasta incluso me aburría un poco. Por eso digo que la ventaja del novelista es que puede llenar con la imaginación los huecos que deja la historia”. Además, en su árbol genealógico se encuentra una de las claves para entender su obsesión por esta perspectiva: “Mi abuelo Bernal, el materno, fue dorado de Francisco Villa. Tengo fotos donde él está con Villa. Incluso, fíjate nomás, ¡Villa bautizó a una tía mía!”

En Madero, el otro, Solares subvierte la figura de la biografía heroica a la que nos ha acostumbrado el discurso oficial, pues opta por una dimensión íntima para acercarse al artífice de la Revolución Mexicana. La narrativa en forma de repliegue se manifiesta desde el inicio con la caída del protagonista en la Decena Trágica, por lo que su temporalidad se antoja entre otoñal e invernal, pues la voz emitida se encuentra en un limbo que se estira conforme Madero perece por el disparo del .38 Smith & Wesson. El rojo de la sangre que poco a poco cubre sus ojos sirve como telón que corre sus cortinas ante los recuerdos desplegados a lo largo de las páginas. Similar a una cinta magnética, la trama se desenvuelve en reversa, recurso que aprovecha el autor para llenar los huecos con dudas y reflexiones: “Hubieras anhelado decir algo, cualquier cosa, aligerar la agonía que para ti había comenzado ya –y dudabas tanto de todo: de que ese sacrificio al que marchabas tuviera algún sentido […]. Pero también es cierto que al final no había regreso: sólo tu sacrificio sería antídoto ante el veneno que lo invadía todo, y si no te mataba Huerta te mataba Zapata o te mataba Carranza o, si aguantabas lo suficiente, te mataba Obregón y, entonces: ¿qué imagen dejabas de tu pobre revolución?”

La imagen del líder se enfrenta a sí misma en tanto que se desdobla en la voz de un y un yo; pasado y presente se funden en un espejo que refleja al otro Madero, el cual, con sus dudas, abre un abanico de posibilidades al desbaratar acontecimientos una y otra vez al mismo tiempo que se dirige a varios Maderos: el espiritista, el idealista, el revolucionario, el hermano, el esposo, el señor presidente. En cada una de estas facetas surge la interrogante que impregna al espíritu y que será el conflicto que lo atormente durante todas las digresiones que precipitarán su caída: ¿ser el tirano o el mártir? Este conflicto va más allá del acontecimiento histórico y, si bien puede aplicarse a cualquier época y circunstancia, en Madero, el otro sirve de vehículo para la reflexión de lo que el poder absoluto provoca en el espíritu humano. Resulta atrayente la forma en que Solares incita un símil entre la figura de Madero y la del mártir cristiano que es tentado por la duda y el interés propio mientras se sacrifica por sus adeptos; ya que, el motivo del auto sacrificio funciona para imprimir en Madero una suerte de destino al que se debe entregar con el fin de consolidar el movimiento: “Mi sangre fertilizará la revolución.”

El conflicto entre tirano y mártir traza los acontecimientos que el yo evoca en el de Madero, como si él mismo se recriminara por las decisiones que precipitaron su caída. Por ello, destacan las escenas que Solares recrea sobre esto; por ejemplo, el encuentro con Zapata el 7 de junio de 1911, cuando Madero le reclama su desacuerdo sobre el asunto con el general Ambrosio Figueroa, el cual se relacionaba con la dictadura porfirista. El debate entre ambos líderes revolucionarios pone en duda los principios de la lucha armada, en especial la situación con el gobernador interino de Morelos quien beneficiaba a los hacendados al seguir obstaculizando la restitución justa de tierras. En el texto, Madero le hace ver su falta de compromiso con la verdadera causa que él mismo ayudó a forjar: “demostréis al mundo entero que vosotros no queréis pan, queréis libertad únicamente libertad, porque la libertad os servirá para conquistar el pan”. Esto, en contraste con el Madero político que mantenía a toda costa la paz aunque tuviera que aliarse con “los enemigos de la Revolución.” Solares hace eco de las decisiones tomadas durante la Batalla de Ciudad Juárez, como no considerar para el nuevo gabinete de gobierno a quienes habían luchado en la gesta armada hasta su relación con el traidor Victoriano Huerta, artífice de la Decena Trágica.

También resalta la entrevista con Porfirio Díaz, aquel a quien se dirigía su texto definitivo, La sucesión presidencial. Solares se detiene en los más mínimos detalles del encuentro, desde “el chorro de luz amarilla que entraba por el balcón entreabierto”, hasta descripciones minuciosas del dictador “con la barbilla alzada, impasible, las manos anudadas sobre el vientre, conteniendo el temblor la una de loa otra, las cruces y las estrellas del pecho destellando como pequeños soles.” El contraste entre ambos personajes comienza a desdibujarse con la imagen un tanto cinematográfica en la que Madero saca un pañuelo de su bolsillo provocando un sobresalto de Díaz, pues creyó que aquel se proponía sacar un arma. Situaciones como este, revelan la vulnerabilidad de ambos, a la vez que se asienta la ambición de Madero por derrotarlo: “Y al sentirlo y pensarlo el corazón se te aceleraba y, te parecía, la grandeza que percibías en él penetraba en ti.”

Sin duda, una de las virtudes de Madero, el otro es la de plantear preguntas desde la literatura no solo a su protagonista sino también a la historia. Con este ejercicio permite al lector tomar conciencia de las contradicciones en los textos oficiales y visibilizar otras aristas de este emblemático personaje: Madero como héroe de la Revolución, pero también como alguien cuyos temores del espíritu muestran su humanidad, los fracasos y las debilidades que finalmente lo llevaron a su fatal destino.    

 Adolfo Abraham Cruz Carbajal