Estebanico fue un esclavo norteafricano, originario de Azamor, Marruecos, quien llegó a destacarse como explorador en expediciones españolas en América. Tras la invasión portuguesa a su lugar natal, se convirtió en propiedad de Andrés Dorantes de Carranza y viajó junto a él a La Española. En 1527 participó en la expedición dirigida por Pánfilo de Narváez, en la que Alvar Núñez Cabeza de Vaca estuvo comisionado como tesorero y cuyo objetivo era colonizar Florida. Después de naufragar en Santo Domingo, se dirigieron a Cuba y llegaron a Florida, actual bahía de Tampa, donde la enfermedad y el hambre causaron numerosas muertes a la tripulación. Decidieron abandonar el lugar y terminaron naufragando y arrastrados a la isla del Mal Hado. Entre los pocos sobrevivientes quedó Estebanico, quien, junto a los demás hombres de la embarcación, fue apresado por una tribu del lugar durante seis años. Luego de la dura situación que vivieron con los naturales, solamente sobrevivieron cuatro hombres: Estebanico, Cabeza de Vaca, Andrés Dorantes y Alonso del Castillo. Posteriormente, realizaron una larga travesía hacia el norte de la Nueva España, pasando por las mesetas áridas de lo que ahora conocemos como el estado de Chihuahua, incluso cruzan el Río Bravo a través de la Sierra Madre. Dos años después, fueron rescatados cerca de Culiacán por una patrulla española comandada por Melchor Díaz. Después de esta travesía, el Virrey Antonio compró a Estebanico y lo colocó como guía de una nueva expedición a Cíbola para buscar riquezas.

Estebanico, al ser un esclavo, no tuvo la oportunidad de aprender a leer ni escribir, por lo tanto, no encontramos ningún texto de su autoría; la única forma de conocer sobre su vida es por medio del testimonio de otros. Cabeza de Vaca lo incluyó en su crónica Naufragios, publicada en 1542, en la que narra sus vivencias atravesando el suroeste de lo que actualmente es Estados Unidos y el norte de México. También Antonio de Mendoza, Virrey de Nueva España, se refiere a su persona cuando en una instrucción girada a fray Marcos de Niza, el Virrey se lo otorga como guía. Lo anterior, se puede verificar en El descubrimiento de las siete ciudades, donde el fray escribe sobre la búsqueda que hizo de fabulosas ciudades. Asimismo, habla un poco más sobre “Estebanico, el negro”, quien en su recorrido por Culiacán, hacia abril de 1539, tenía la indicación de obedecer al prelado en todo lo que mandara. Se encargaba de ir hacia la vía del norte para verificar si había algo excepcional, digno de ser visto por De Niza. En caso de encontrar algo razonable, debía enviar una cruz blanca de un palmo; si la cosa era grande, la cruz mediría dos palmos; mas si resultaba un descubrimiento excepcional, mandaría una de gran tamaño. Estebanico envió una de estas últimas, dando pie a seguir en la búsqueda de ciudades con grandiosas riquezas. A lo largo de la travesía, le sirvió al fraile como mensajero, pues adelantándose en el camino le hacía saber si debía continuar o no por tal rumbo. La aparición de Estebanico, en la obra de Marcos de Niza, termina cuando lo da por muerto en alguna de las maravillosas ciudades.

En la colonia Panamericana, a un lado de Soriana Híper, encontramos una gran calle, algo escondida y no muy transitada, la Estebanico. Atravesándola está la De Estebanico, lo que resulta curioso, pues prácticamente ambas vías están enganchadas y llevan el mismo nombre, con la única diferencia de la preposición “de”. Dos cuadras después se encuentra la avenida Fray Marcos de Niza, lo que tiene lógica si consideramos los párrafos anteriores, pues el esclavo mensajero estuvo bajo las órdenes del religioso.

Las arterias contiguas también llevan por nombre el de algún fraile. Llama la atención, que en esta configuración, el explorador se encuentre a la par de los curas, amén de la igualdad. El contraste entre las casas de esta calle resulta evidente, ya que mientras algunas están deshabitadas y deterioradas, otras conservan su colorido y vida. Por ello, habría que seguirle la pista a esta calle que lleva por nombre el del marroquí buscador de maravillas, o mejor, creer que cuando envió aquella cruz grande lo hizo porque en la arena del paisaje desértico encontró la ciudad aurea que tanto buscaba.

Karen Torres Hernández