Tláloc, deidad de la lluvia, es uno de los dioses más antiguos de Mesoamérica. Su nombre deriva de las palabras en náhuatl “tlalli”, que significa “tierra”, y “octli”, que quiere decir “néctar”; es decir, “el néctar de la tierra”. Los pueblos del México antiguo lo idolatraban para que fortaleciera las nubes y dejara caer la lluvia sobre sus tierras y cosechas. Se cree que su origen viene desde la fundación de Teotihuacan, debido a que se encontraron vestigios del dios de las lluvias en figuras y estatuillas, además de un templo en su honor. Los antiguos pobladores de esta zona mesoamericana realizaban oraciones y sacrificios para que enviara a uno de sus hijos o ayudantes, llamados Tlaloques, a derramar su vasija llena de agua sobre sus tierras; asimismo, dedicaban estas ceremonias para mantener contenta a la divinidad y que fuera misericordioso y no dejara caer tormentas o granizo sobre sus pueblos. Por lo general, los templos dedicados a honrarlo se encuentran en lo más alto de las pirámides o montañas; tal es el caso del Templo Mayor de Tenochtitlan, ubicado al lado del de Huitzilopochtli, dios de la guerra. Podemos encontrar adoratorios dedicados a él en el monte Tláloc, en Uxmal, así como en la Pirámide de Teopanzolco, en Cuernavaca.

En el Códice Aubin (1576), un texto que trata de sobre la fundación de México-Tenochtitlan, se dice que Tláloc fue uno de los dioses que ayudó a los aztecas a encontrar el sitio donde edificaron la gran ciudad. Por otra parte, Leyendas del agua en México (2006), de Andrés González Pagés, recopila diferentes relatos sobre los distintos dioses del agua; a continuación, me detengo en: “El Tlalocan, o Paraíso de Tláloc”. Este relato nos describe el hogar de Tláloc, un lugar lleno de maravillas, donde habitan todos aquellos fallecidos a causa de un rayo, ahogamiento, o por una enfermedad que produjera heridas o ampollas con líquido. Sitio, además, donde todos gozan de felicidad, cuidando de una hermosa y extensa cosecha; a la vez que practican el juego de la pelota o la serpiente de agua. El orden se rompe cuando un guerrero, destinado a ir con Quetzalcóatl, muere ahogado por salvar a una mujer. El dios de la vida quiso intervenir, pero Tláloc no le permitió llevarse al hombre, ya que podría alterar el orden del universo. Al principio, el guerrero se sentía triste y decepcionado pero luego, al ver el recibimiento por parte de sus compañeros, comenzó a sentirse feliz de estar ahí. En el relato se muestra a un dios misericordioso y preocupado por el bienestar de todos sus seguidores.

La calle que lleva por nombre Tláloc se encuentra dentro del fraccionamiento Del Real, entre las avenidas Morelia y Montes Urales (mejor conocida como Jilotepec). Dentro de esa misma colonia, hay otras calles con odónimos de dioses o personajes prehispánicos como Cacamatzin, Popocatépetl, Tonatzin, Ixcóatl, Amozoc, entre otros. Desconozco el motivo o el tiempo que tiene la Tláloc llamándose así la calle; incluso pregunté a un vecino sin tener éxito, pero me parece una excelente idea que muchas de estas calles sean nombradas siguiendo esta relación temática. Por encontrarse cerca de la Panamericana, una de las avenidas más transitadas de nuestra frontera, se puede escuchar el bullicio de los automóviles que por ahí transitan. Por último, quiero agregar que a una cuadra de la Tláloc, en la Cacamatzin, existe un buen lugar de tacos para comer tacos.

Karla Nayeli Jurado Sandoval.