9. Repositorio documental

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La relevancia y tráfico global del internet han abierto una gran discusión sobre los derechos de autor. Al ser una herramienta, de cierta forma gratuita, que permite el acceso a conocimientos universales por medio de un clic la red es un espacio en el que la angustia por compartir (o proteger) datos, lo que conocemos y lo que nos apasiona (reducido a información comercializable) genera preocupación a las grandes empresas, como en el caso de las editoriales, las casas discográficas y las productoras de cine. Estas firmas han reforzado y defendido hasta la censura o la desaparición sus contenidos, deshumanizando la calidad artística de las obras y a los mismos artífices que “respaldan”. Lo señala así Alberto López Cuenca cuando defiende la mente expandida de la multitud: “Con la finalidad de ‘defender’ al autor y a sus creaciones originales se restringe el acceso, producción y distribución de conocimiento en internet recurriendo a amenazas de desconexión, a bloqueo de contenidos o a multas inauditas” (Los comunes digitales: nuevas ecologías del trabajo artístico). Ante el boom de las conexiones informativas de la red, donde la conciencia del individuo está en línea con la del otro (peer to peer), las empresas e instituciones que defienden con ahínco el derecho de autor han reinterpretado su significado: hoy el índice económico del sujeto creador depende de su capacidad para generar capital a través no solo de sus obras (fácilmente reproducibles y quizá poco leídas), sino del marketing de su imagen y presencia, reforzadas por ferias de libro, convenciones, congresos y premios nacionales.

Con acierto López Cuenca apunta en Los comunes digitales que ni los creadores ni los usuarios son beneficiados en esta lucha por reprimir el conocimiento en favor del capital. Y si bien las medidas de adaptación de las editoriales y su monopolio del e-book han sido propuestas para combatir la presunta piratería del libro convertido en pdf, lo cierto es que son insuficientes para saciar la sed de información (todo catálogo es restringido) o simplemente lejanas al presupuesto del lector promedio en un país tercermundista. La literatura producida en Juárez, por ejemplo, sólo se consigue en físico, lo cual reduce las posibilidades de su obtención. En definitiva, no existe un repositorio digital que la almacene y difunda. Muchos de estos libros son de ocasión (de una beca, por ejemplo) y los tirajes responden más a compromisos institucionales que a estrategias de distribución. Si el autor no dona su propio texto a alguna biblioteca local (como la Carlos Montemayor de la UACJ), su destino será el almacén. Las colecciones especiales (acervos privados cedidos por los deudos de intelectuales) ofrecen una solución; sin embargo, los ejemplares no están a préstamo, no cuentan con una catalogación propia y su reprografía es un vía crucis. Algunos de estas obras ostentan, orgullosas, un lugar común: “Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio impreso y/o electrónico, sin consentimiento por escrito” (José Juan Aboytia y Ricardo Vigueras (ed.), Manufractura de sueños. Literatura sobre la industria maquiladora en Ciudad Juárez). Al argumento legal poco le importan las paradojas porque, dicho sea, los escritores siempre están preocupados por “el cultivo de la literatura” (siempre y cuando lleguen al precio).

Cartografía literaria de Ciudad Juárez lucha, sobre todas las cosas, contra los artilugios del olvido. Nuestras horas frente al escáner colman de a poco un archivo virtual, el cual tiene como meta almacenar medio millar de obras –más de la mitad ya digitalizadas– que recorren los territorios de la poesía, las encrucijadas de la prosa (novela, crónica y el poco explorado cuento) y las aventuras escénicas de la dramaturgia. Ante el dilema de los derechos de autor nos amparamos en la buena voluntad (¿argumento legal o salvaguarda moral?) y en la consigna política del acceso abierto (open access). En esta misma argumentación, también sostenemos que debe existir una justa distancia entre los críticos y los autores. Si cada quien va a lo suyo, evitaremos compadrazgos, rubores personales y alabanzas de café (o juicios de ouroboros como en las presentaciones de libros). Solo así conformaremos una comunidad literaria sólida en su producción y sensata en su evaluación. Más allá de cualquier conflicto, nuestro deseo es que la digitalización extienda la permanencia de la obras para que sean leídas, consultadas, analizadas, como sucede en el blog de Juaritos Literario, puente hacia el archivo digital, donde diversas voces críticas han estudiado la espacialidad en la tradición escrita sobre Ciudad Juárez.

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