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  1. Misión de Nuestra Señora de Guadalupe

Este pequeño monumento conserva un enorme legado; es el edificio más antiguo de la región y guarda en él, no solo un juego arquitectónico de luces y penumbras, sino los anhelos religiosos de toda época. La Misión fue fundada el 8 de diciembre de 1659 por fray García de San Francisco. El inmueble se ha mantenido en pie gracias a las ansias de permanecer en un territorio que parecía hostil para expedicionarios y misioneros, quizá no tanto por el clima pero sí por el encuentro y tensión con los primeros pobladores (no siempre mansos). Sin duda y más allá de filiaciones espirituales, la fachada es el rostro identitario más importante de Ciudad Juárez. Resulta inevitable que todo recorrido por el antiguo Paso del Norte comience aquí… desde el inicio de los tiempos.

  1. Mujer alabastrina, de Víctor Bartoli

Desde hace varias décadas, la presencia de la industria maquiladora configura un elemento definitorio de la identidad juarense. Mujer alabastrina es la primera obra literaria que abarca, desde múltiples aspectos, este tema. Víctor Bartoli escribió la novela en 1985, pero por cuestiones burocráticas se publicó hasta el 98 (ICHICULT), lo que explica que dentro de la trama se presente un caso de feminicidio en Lomas de Poleo y el Lote Bravo. Las tres ediciones del texto (dos por Arca de Saidah) ponen en evidencia cambios y añadiduras respecto a la versión original, sobre todo en la cuestión del lenguaje –tan típico y tan del norte– de los personajes retratados. La Chuya, la Güera y la Cata hacen patente, a través de sus diálogos, la vida cotidiana, los ires y venires de todo aquel que haya trabajado en una maquila.

  1. Calle Ignacio Mariscal

La conocida “leyenda negra” de las ciudades fronterizas provocó el auge de arterias específicas, como la calle Ignacio Mariscal. Sin embargo, sus bares, cantinas, casas de juego y prostitución comenzaron a decaer con el crecimiento y policentralización de la ciudad. Para solucionarlo, las autoridades arrancaron un programa de revitalización del Centro Histórico que comprendía la compra y demolición de cuadras enteras de dicha zona. La Juárez conservó, de alguna manera, su identidad original, pero la Mariscal fue derruida casi en su totalidad. ¿Error o acierto? Sea cual sea la respuesta, la destrucción de todo lo que la conformaba dañó la memoria colectiva y el patrimonio que significaba dicho espacio. Aunque solo una parte, ya que la otra queda en las historias, narraciones, poemas y leyendas que puedan contarse sobre tan emblemática calle.

  1. Callejón Sucre, de Rosario Sanmiguel

“La noche no progresa. Abro un libro y pretendo poblar las horas con situaciones ajenas que me lleven de la mano, con amabilidad, por las páginas de otras vidas. Fracaso.” Con estas líneas inicia Callejón Sucre y otros relatos (1994) de Rosario Sanmiguel. Su prosa conjuga el sentimiento que la lectora experimenta a lo largo de los siete textos que conforman el cuentario: entrar en el interior de los personajes –en su mayoría femeninos– y recorrer junto a ellos nuestra frontera. La dinámica de este espacio asume características particulares, presentes en varias narraciones de la escritora juarense: los vaivenes de la vida nocturna (“Un silencio muy largo”), el cruce cotidiano y el movimiento legal o ilegal de cualquier objeto o persona (“Bajo el puente”), la manufactura y la violencia, ya sea social o familiar (“Paisaje de verano”). Esta obra es un clásico de la literatura juarense.

  1. Bar Kentucky

Fundado en 1920, es uno de los bares más antiguos y reconocidos de Juárez. Su fama fue temprana, pues era un lugar frecuentado por gringos en busca de alcohol y diversión durante los años de la Ley Seca. Ubicado en la Avenida Juárez, a unos pasos del puente Santa Fe, su nombre se asocia con frecuencia y polémica a la invención de la Margarita —cuenta la leyenda que un hombre pidió al barman, don Lorenzo Hernández, una bebida especial que llevara el nombre de su esposa—, cosa que vuelve al Kentucky una visita obligatoria para turistas y curiosos. Rodeados por múltiples historias (entre ellas las de ficción), sus dueños afirman que artistas como Marylin Monroe, Elizabeth Taylor, Jim Morrison, John Wayne y Al Capone (aunque no la gobernadora Tarahumara, Rosalinda Guadalajara) han bebido en su añeja barra.

  1. Puente Internacional Santa Fe

El antiguo Paso del Norte, desde su fundación y en la actualidad, se caracteriza como un lugar de tránsito, de abastecimiento, trasiego de mercancías y descanso para viajeros y comerciantes. Dentro de esta realidad, los puentes internacionales configuran una estructura con sus propias reglas, dinámicas y prácticas para quienes los atraviesan día a día. El puente Santa Fe fue el primero en hacerlo desde su rústica creación en el siglo XVIII. Cruzar de una nación a otra conjuga una serie de aspectos respecto a la idea de unión y separación: el fronterizo entra y sale cotidianamente de su país –un momento común y a la vez extraordinario– sin abandonar la vida local, pero consciente de su extranjería; por otro lado, hay quienes pasan por arriba (los pasaporteados) y otros que tienen que hacerlo (los ilegales) bajo las sombras de este emblema urbano.

  1. Avenida Juárez

La Juárez en su época de oro llegó a ser comparada con Las Vegas, puesto que se trataba de un espacio donde la fiesta, el descontrol y el alcohol se mezclaban en perfecta sintonía con el elemento “exótico” de la gastronomía y el juego. Eran tiempos de prohibiciones en el vecino país y la avenida estaba repleta de extranjeros y locales ajenos a límites nacionales y a tiempos de espera en lo que ahora conocemos como “la línea”. Representa asimismo una de las arterias principales de Ciudad Juárez que se extiende hasta El Paso Street, del otro lado. Hoy en día sigue siendo sumamente transitada y visitada (sobre todo durante la noche) y aún se entiende como sinónimo de cantina y celebración. Su nombre, como toda la ciudad, abriga la memoria de aquel que llegó con la patria en la carreta.

  1. La balada de los arcos dorados, de César Silva Márquez

Comienza la toma aérea de la ciudad en medio del desierto oscuro, donde las luces son como miles de ojos de liebres cargados de luz”. Este inicio de la novela negra escrita por César Silva Márquez (2014) anticipa el uso del espacio juarense como telón de fondo o elemento compositivo de la narración. El autor afirmó hace poco: “les tengo que dar un espacio y tiempo reales, o ficticios, pero donde puedan caminar los personajes.” La Colonia del Futuro, lugar donde culmina la trama, se vincula personalmente con el escritor; sin embargo, esta nostalgia por su ciudad natal no evita que el tema principal de La balada sea la violencia que asecha a Juárez desde hace varios años. Desechar o evadir la memoria de una situación así sería un error, ya que –lamentablemente– forma parte de las dinámicas de nuestra urbe fronteriza. Es innegable lo acontecido pero, aún peor el olvido.

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