Una misión hacia El Chuco

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Bordeños es una novela corta escrita por Francisco Serratos en 2014, publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro. El texto retrata la historia de dos amigos: Faco y Polo (el primero, estudiante de arte; el segundo, un delincuente) que, después de estar muy unidos en su infancia, cada uno toma caminos diferentes, hasta que la vida los separa por completo. Una noche fría, muchos años después, los dos jóvenes se reencuentran. Polo, que se había convertido en todo un criminal (ayudaba a inmigrantes a cruzar ilegalmente a Estados Unidos), reconoce a su viejo amigo, que ahora era un estudiante de arte con mucha visión. Inmediato al reencuentro, terminan pasando la noche en un hotel con dos mujeres. A la mañana siguiente, se revela el conflicto central de la novela: Polo es amenazado por hombres armados que le exigen dinero que, según él, su jefe había robado; Faco conoce a Isamar, una chica colombiana que llegó a la frontera “de pasada” mientras juntaba dinero para cruzar al otro lado; Polo decide viajar a Seattle para huir de sus deudores, así que les pide ayuda a la improvisada pareja para encontrar un automóvil y escapar; después, Faco regresará a su vida normal e Isamar irá en busca de su prima en Estados Unidos.

La novela tiene lugar en las ciudades vecinas: Juárez y El Paso. Como es costumbre, este tipo de relatos que ocurren entre estos dos espacios siempre incluyen a personajes que cumplen con el estereotipo del inmigrante que llega a Juárez “de pasada” mientras busca cómo cruzar la frontera. También aparece esa  otra cualidad muy visitada en la literatura fronteriza: el cruce ilegal de personas hacia Estados Unidos. En este caso, Polo encarna el papel del “pollero” que tiene contactos en todas partes y, a cambio de una no tan módica cantidad de dinero, puede cruzar personas sin ningún tipo de problema; Isamar, por su parte, adquiere el papel del inmigrante que, debido a su falta de documentos legales, tiene que trabajar en algún bar o haciendo cualquier tipo de actividad lucrativa, no siempre tan lícita, mientras consigue el dinero suficiente para embarcarse de lleno en el american dream. Desde luego, no siempre estos inmigrantes consiguen lo que quieren, al menos no tan fácil como Isamar, quien, finalmente, al ayudar a Polo, termina por beneficiarse a sí misma, aunque estuvo casi dos años trabajando en Juárez, embriagando clientes, “más si son gringos”.

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Bordeños es una novela corta y disfrutable, aunque no deja de contener rasgos estereotípicos de la literatura sobre Ciudad Juárez, la cual, casi como canon, siempre cae en dos tópicos: el narcotráfico y el cruce ilegal a Estados Unidos. Como la mayoría de los habitantes de esta ciudad, he cruzado a El Paso (legalmente, claro) desde muy temprana edad, y en más de una ocasión me ha tocado ver que retengan a alguna persona por no llevar documentos, o que salvajemente alguien irrumpa corriendo, intentando sortear a los oficiales de inmigración. Por ello, quizá la novela resulta tan cliché, porque es la realidad que se vive día a día en la frontera. También estoy seguro de que historias como las de Faco y Polo hay muchas, algunas menos exitosas que otras, pero dignas de ser plasmadas en papel por alguien que simplemente esté dispuesto a escuchar y a encontrar la literariedad en la vida real.

Armando Góngora Moreno
mayo, 2017

 

Desde lo alto de la X

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Entre los principales símbolos urbanos que vemos a diario cuando transitamos por la ciudad se encuentran los monumentos, las esculturas e incluso lugares que por su carga histórica se han convertido en insignia. El acto de recordar y, por lo tanto, cobrar consciencia del personaje o suceso histórico que representan refuerza nuestra memoria colectiva. Sin embargo, a veces desconocemos quién o qué yace detrás de los nombres grabados en placas y, sobre todo, bajo qué criterios se optó colocarlos en un sitio en particular, pues su función no se siempre se limita al simple embellecimiento del espacio que habitan. La mirada ajena, libre de la rutina diaria, guarda la capacidad de asombro ante estos símbolos. En el 2016 Ricardo Vigueras publicó el libro infantil La ciudad donde nunca llueve, el volumen 8 de la Colección Kúrowi-Témari, con ilustraciones de Guillermo Sánchez (GeMó!), donde, desde la mirada de la pequeña Lilí Tarantela, se narra la sorpresa ante una nueva ciudad que se descubre a través de sus paisajes y monumentos.

Tanto el texto escrito como las ilustraciones hacen referencia constante a cada espacio y aspecto descubierto, sobre todo en contraste con el lugar que deja atrás: la Ciudad de México. La pequeña Lilí se muda a la frontera porque su papá ha sido contratado como profesor de literatura en la Universidad. El espacio geográfico en que se encuentra Juárez, el desierto, es lo que hace a su padre creer que en esta ciudad nunca llueve; sin embargo, no tardan en darse cuenta de que no sólo sí llueve, sino que además cuando esto ocurre la ciudad se inunda. Y de entre el asombro ante los nuevos espacios se insinúa la crítica por la mal planeación urbana. La mirada infantil evidencia el mal diseño de la ciudad: las calles colapsan, las casas se anegan, el asfalto se abre, la vegetación –en especial los viejos árboles– peligra, el drenaje no funciona, se va la luz y todos nadan para llegar a su destino. Un vecinito le explica a Lilí que Juárez se inunda porque aquí “nunca llueve, nunca llueve”. El argumento lingüístico se desmorona no solo con las primeras gotas, sino con sus consecuencias que aparecen bien ilustradas: un perro con snorkel, una abuelita flotando sobre su mecedora y una rutera impulsada con remos en plena maniobra náutica.

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Lo primero que llama la atención de Lilí en estas coordenadas es el tamaño del sol. La contaminación no siempre le permitía apreciarlo como sí puede hacerlo en la frontera. Además, éste refuerza la idea que tiene de Ciudad Juárez: el paraje más cercano a las películas del viejo oeste; por ello, viste botas y sombrero, sueña con cabalgar, aprender a tirar el lazo y tener un rancho. Los pasos de la pequeña recorren los principales sitios de la ciudad. El primer lugar en visitar es uno de los espacios más emblemáticos y que hace honor a Germán Valdez en la Plaza de Armas: la estatua interactiva de Tin Tan sentado en la fuente. Otro lugar aludido es la industria maquiladora y sus parques (para nada divertidos). Lilí ve las fábricas perderse en el horizonte. También llama su atención la montaña Franklin, de El Paso: “qué cosa tan curiosa es vivir en una ciudad que en realidad son dos”. Desde su ventana, no alcanza a ver el enorme muro que se levanta entre ambas. Finalmente, una monumental escultura hace a Lilí fantasear con lanzarse en paracaídas: la equis, en la Plaza de la mexicanidad. El texto de Vigueras es quizá el primero en llevar a la literatura la obra de Enrique Carbajal, mejor conocido como Sebastián, que se inauguró en el 2013. A pesar de las irregularidades en torno al presupuesto y tiempo de su edificación, ahora resulta imprescindible como símbolo de la ciudad, pues es difícil ignorar una estructura escarlata de 62 metros de altura.Foto 29-05-19 17 28 26.jpg

Alejandra Gómez

Radioactividad en el yonke

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“La Organización era una especie de sociedad secreta y aunque muchos de sus miembros estaban incrustados en el sistema, habían jurado una prioritaria lealtad a su grupo, aun antes que a su mismo sistema de gobierno”. Dicha sociedad planea y efectúa un proyecto de terrorismo al norte de México: inserción de material radioactivo por medio de una bomba de cobalto 60. El objetivo, según nos cuenta José Areníbar en su novela publicada en 2004 por Ediciones del Azar, era desestabilizar la economía mixta del país entre el socialismo, impulsado por la Unión Soviética, y el imperialismo capitalista de los Estados Unidos. El novelista y profesor originario de Jiménez conjuga el desastre nuclear ocurrido en los 80’s con la ficción, para dibujar a los protagonistas de Cobalto 60: un periodista llamado Carlos y Miranda, un maestro de educación básica. Tampoco podemos olvidar a Manuel de María, opulento importador en la aduana, quien decide, repentinamente, abandonar esa vida plagada de corrupción para convertirse en vagabundo, debido al miedo a que la Organización lo localice y asesine por su salida del proyecto. La trama comienza en Los Ángeles, luego se desplaza a Jiménez, con una parada intermedia –pero determinante– en la frontera Ciudad Juárez-El Paso, para terminar en la Ciudad de México, justo después del terremoto de septiembre de 1985. La CIA, la PGR y el ejército mexicano son algunas de las instituciones relacionadas con los hechos que comienzan a finales de 1983, y que pronto dejan cientos de enfermos de cáncer debido a la radiación emitida por el material de construcción en que fue fundida la máquina de cobalto 60.

Aunque el punto central del libro vaya perdiendo fuerza conforme avanza la narración, terminando incluso con una descripción de veinte páginas sobre la agonía de los personajes; y a pesar de la inconsistencia en el tratamiento de su psicología, como en María, quien al principio no tuvo escrúpulos y luego se arrepiente sin justificación, sirviéndose de la amistad con Miranda y Carlos su camino hacia la redención; así como de situaciones inverosímiles, como la inmediata comunicación entre un vagabundo y un agente de la CIA, Cobalto 60 destaca por su función referencial histórica, y también por salir de los tópicos habituales de la literatura juarense. El motivo que desencadena las acciones de la novela es real: en diciembre de 1983 un empleado del Centro Médico de Especialidades en Ciudad Juárez desarmó una unidad de teleterapia con una fuente de Cobalto-60 de 1003 Ci.

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Al ser extraída la fuente radiactiva de su blindaje principal, la cápsula quedó perforada y se trasladó al Yonke Fénix donde fue vendida como chatarra, iniciándose así la dispersión de los gránulos de Cobalto, ya que se fabricaron productos de acero, varillas principalmente, con la chatarra contaminada. José Areníbar reconstruye bien el ambiente en el que dicha cápsula pudo entrar al país sin cumplir con todos los requisitos de importación vigentes: Ciudad Juárez “es una urbe con crecimiento desmesurado, su poderío económico no es suficiente para satisfacer las necesidades de un flujo constante de inmigrantes que, atraídos por los cercanos dólares, arriban al sur del país. Sólo la creación de maquiladoras, que son de capital extranjero, ofrecen trabajo y nivelan en parte la balanza de una economía tambaleante e insegura”.

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La representación espacial del yonke es otro acierto de la novela: “Es por eso que los yonkes proliferan sobre todo al sur de la ciudad. Imposible controlar con exactitud tanto negocio de este tipo en cuanto a cantidad, calidad y clase de objetos que en ellos se encuentran”. Y es que a la fecha este tipo de establecimientos abundan en la misma zona urbana mencionada por el narrador, donde el crecimiento desmedido y el abandono dejan grandes huecos poblacionales. Bien se puede argumentar que es mejor que haya “algo” construido, en lugar de largos pedazos de llano; no obstante, la planificación urbana afecta a los juarenses del sur, cuadrante descuidado por los discursos simbólicos, poco patrullado por las autoridades y de difícil habitación por falta de servicios de transporte público y de mantenimiento a calles y alumbrado. José Arenívar deja una pregunta al aire sin que nadie dé una respuesta ni aproximación: ¿Alguna vez recibirán su castigo los culpables? La cuestión puede extenderse no solo a los problemas ambientales (como la solución que dieron las autoridades en Samalayuca), sino a todas aquellas operaciones o negocios que utilizan a las personas como carne de cañón para proyectos que generan dinero.

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Gibrán Lucero

Una ciudad que devora

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La prosa de El monstruo mundo se constituye a partir de breves secuencias, cuyo propósito recae en un antiguo dilema metalingüístico: “Las palabras, todas, comprendían una falsa propuesta, un indicio no logrado; su escollo a veces parecía no decir nada.” ¿Nombrar soluciona algo frente al caos que predomina en nuestra realidad? Azucena Hernández se sumerge en esta pregunta a través de una narración fragmentada por “artificiales estados opiáceos” y el devenir citadino de una mujer.  Su historia encarna una errática violencia interna que proviene de la monotonía y el hastío de sobrevivir en un mundo por momentos completamente deshumanizante. De la nouvelle –así se subtitula– publicada en el 2016 bajo el sello editorial Ars Communis, me interesa abordar dos aspectos, los cuales, finalmente, ayudan a resolver la duda planteada: el cuerpo femenino y el espacio habitado.

La protagonista no presume de un nombre. Dentro de la narración, únicamente Bill, dueño de un decadente bar, lo posee. Otro personaje importante es D., pero conocer solo su inicial indica que, por ser una especie de extensión de ella, su identidad se difumina, se va desvaneciendo. En su deambular por la ciudad durante una noche llena de drogas, prostitución y muerte, poco antes de encontrar “el desprecio total en un guiñapo de una mujer”, afirma que “los nombres no son importantes, pudo haber sido cualquiera”. No obstante, las múltiples violencias que cotidianamente recaen en los cuerpos femeninos comienzan con la insistencia por invisibilizar su presencia. Por ello, más allá de centrarse en el despojo corporal (aunque sí aparezca la descripción de la causa y el resultado de un feminicidio), la novelista muestra la deshumanización de nuestro mundo a través de los estragos que padece la mente de alguien que se enfrenta a esta situación. Por tanto, si bien es cierto que cualquier habitante de esta u otra ciudad pude sucumbir ante el apremiante caos, la pregunta inicial, ¿el nombrar soluciona algo?, se convierte en un problema de género. Pues, aunque la premisa que ronda en todo el texto consiste en la vacuidad del lenguaje, el mismo hecho de escribir la novela, su final y el desdoblamiento de la autora en la “prostituta Nena” demuestran lo contrario: necesitamos, como mujeres, nombrarnos para comenzar a ocupar un lugar desde el que se pueda combatir la fiereza de la realidad.

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Ahora bien, el espacio en el que sucede el enfrentamiento entre la mujer y su entorno signa su misma existencia. Es decir, la estructura de una ciudad como Juárez nos constriñe dentro de su propia lógica; pues, si bien es cierto que como habitantes la vamos construyendo diario, las relaciones –sociales, políticas, económicas, urbanas– que se crean en y a partir de ella, en su mayoría múltiples, caóticas o mal diseñadas, impactan abiertamente la identidad individual: “Frente a mi casa jugaban los niños pobres, y yo más pobre aún, carecía de palabras para invitarme a sus juegos. Frente a mi casa se drogaban los jóvenes que comenzaban a tronchar las flores de la muerte joven. Y pasaban los borrachos a altas horas de la noche salpicados de estrellas en los ojos. Y la prostituta Nena (se llamaba Azucena), gorda y vieja fichaba en los burdeles azules de Barrio Azul. Y muchos terminábamos siendo criminales, drogadictos o putas, porque había que ir tirando, desprenderle gajos jugosos a la vida pero la vida sólo nos daba miasmas”.

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Crédito de fotografía: Ana Iram

La espacialidad, por tanto, tiene una fuerte presencia en la narración, aunque la misma protagonista (y autora) intente negarlos o trascenderlos. Todo comienza en su habitación; luego, su devenir se extiende a otras áreas de la ciudad, sus calles, el viejo centro, un bar, un cementerio. Así, a pesar de que el espacio se expande conforme avanza el texto, la protagonista no puede desprenderse de la asfixia que implica existir en un sitio donde el único viaje supuestamente libre se da a través de las drogas; sin embargo, al final todo termina en vacío: “Un golpe de euforia que en un segundo gastó su potencial dinámico; después nada, el mundo era una pared descascarada”. Los nombres son lo único que nos queda, sobre todo en una ciudad en donde la falta de memoria y la normalización de una violencia encarecida, nos devora día a día, como lo hizo con Ana, Pamela, Marisela, Verónica, Laura, Beatriz, Claudia, Alma, Patricia…

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Amalia Rodríguez

 

Gardea: entre Placeres y Ciudad Juárez

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Jesús Gardea Rocha (Ciudad Delicias 1939-Ciudad de México, 2000) fue un cuentista, novelista y poeta radicado en Ciudad Juárez por 33 años (ya he escrito antes sobre su domicilio). Descubierto por José Luis González y Jaime Labastida en 1979, publicó su primer libro con la editorial Siglo XXI, Los viernes de Lautaro. En 1993, aparece la segunda edición; seis años después, el Fondo de Cultura Económica antologa el mismo texto en la Reunión de cuentos. Los viernes de Lautaro se compone por 19 cuentos, donde los personajes son asolados por las inclemencias del desierto, de la extensión del páramo, además de ser solitarios y vengativos. Antes de participar en el XXII Concurso de Lecturas Hispanoamericanas de hace dos años, no sabía nada sobre este narrador, ni la importancia que tiene su obra en el ámbito nacional y fuera de México. Aunque como buen profeta, la voz de Gardea ha tardado para calar en la comunidad literaria del septentrión.178 Gareda cuento.jpg

En “Soliloquio del amargo”, cuento perteneciente a Los viernes de Lautaro, hay un narrador protagonista que describe el calor sofocante de una ciudad que lo castiga desde los primeros rayos. Aunque no se conoce el nombre del personaje principal, por la trama sabemos que trata de huir de Laura (su mujer); sin embargo, al salir a la calle para dirigirse al trabajo, el sol es tan fuerte que su portafolio “comienza a dorarse como un pan metido al horno”. No obstante, sigue caminando unos cuantos pasos más, a lo largo del “día mas caluroso en todo lo que va del verano”. De nada le sirven las sombras de los edificios; el calor es tan sofocante que entorpece e incomoda, por eso busca una puerta abierta para refugiarse y recuerda una tienda con ventilador, donde ha pasado varias veces. Al final, decide regresar al departamento, debido a que el aire acondicionado es su salvación y, al igual que Laura, llegará y se desnudará, aunque ella deslumbra por su ausencia. El clima lo arrulla para sucumbir de lleno en el sueño postergado.

Durante el verano, la temperatura en Ciudad Juárez roza los 40°C; en 1960, el récord reportado fue de 42. Los habitantes mantienen los aires acondicionados prendidos en sus casas, escuelas, centros de trabajos y los menos afortunados dejan ventanas y puertas abiertas para mitigar el calor durante el día. Aunque en la noche, la sensación de calor pueda descender a una mínima de 21°C, el clima  persiste y sofoca. Los juarenses de nacimiento o convicción no pueden caminar una cuadra sin asolearse, sin sudar, debido a que el sol es un “tizón caliente”; buscan la resolana, se persiguen con ansia el lugar aclimatado para sentir el fresco; algunas personas se duchan varias veces, otros compran raspas y los más aguerridos unas “frías” para combatir el calor; mientras que a la distancia el asfalto parece evaporarse como agua. Aunque las historias de Gardea ocurren en Placeres, poblado inspirado en Ciudad Delicias, y el tema de la frontera no aparezca explícitamente, menos el nombre de Ciudad Juárez, su obra trascurre en el mismo ecosistema de la urbe fronteriza, y se vincula con la soledad, el polvo, la violencia, el miedo y figuras parcas que parecen regodearse en el hastío.

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Daniel Aquino Hernández

Otro Moloch norteño

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La primera novela del escritor chihuahuense, Daniel Espartaco Sánchez, nos habla de una generación que creció, ansió y experimentó durante los años 90 para fracasar con estrépito en la siguiente década. Autos usados apareció a finales del 2012, al cuidado de Random House Mondadori, cuando el autor ya gozaba de cierta fama a nivel nacional. El texto se estructura en cuatro capítulos de diferente extensión, así como de desigual interés e incluso calidad, siendo las dos primeras partes las que guardan el meollo del asunto. Elías, un joven de 16 años, anhela adquirir un auto de segunda mano, símbolo de bienestar, insignia móvil de prestigio frente a amigos y señoritas. Ante preguntas trascendentales –“¿Qué quería hacer con mi vida?”– en una época en donde todo luce tan visceral, la respuesta no se presta a cavilación: “Para comenzar, nunca más caminar de noche a lo largo de la avenida Tecnológico”; él se refiere a Chihuahua capital, pero la aspiración también aplica para la metrópoli juarense: “comprar uno de aquellos automóviles norteamericanos que pasaban la frontera de manera ilegal y se vendían en el bazar debajo del puente de la avenida Vallarta”, como se hace en la Curva de los Aztecas, ahí por el Hoyo. “Autos de lujo, algunos fabricados antes de la crisis de los combustibles, fruto de una civilización que había conquistado el mundo gracias al tamaño de sus vehículos; autos que llegaron a vendernos un sueño americano reciclado y más barato”.

Rescato el estilo fluido de la prosa de Espartaco, ya que aporta un tono íntimo, familiar, casi confesional. A pesar de que el espacio central de la novela no es Juárez, por lo que quedaba fuera de los objetivos de este blog, seguí leyendo. Comparto con el autor referentes y visiones de aquellos quienes disfrutaron su adolescencia en los 90’s. A través del protagonismo de Elías, recordé el idealismo de las primeras citas, la conflictiva interacción con los padres y las tragedias efímeras compartidas con los amigos. Aunque en lo particular, jamás me interesó conducir un auto, como sí lo hace el protagonista con su Ford Fairmont 1980, las voces que habitan las páginas de la novela nos hablan de una juventud con aspiraciones inmediatas –un viaje a Amarillo, Texas, por ejemplo–, de una generación que se ve amedrentada por un contexto social cambiante. Con todo, Elías se abstrae y se vuelve uno con el paisaje: “Camiones, procesión interminable que llegaba desde el norte, de lugares como Nebraska, Dakota del Norte, Colorado. Extendida sobre el valle, la ciudad era un embalse de luces heladas al pie de las minas de cal en la serranía del oriente, donde se trabajaba a todas horas y cuyas sirenas me gustaba escuchar por las noches, cuando no tenía sueño, junto con el tren que pasaba a la una y media de la madrugada en un lamento prolongado, como el de un bisonte, un animal fantástico”.

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El contraste entre décadas aludido al inicio, 1990 vs 2000, se refuerza con las coordenadas espaciales principales: norte y centro del país, polos de acción y de contraste para un personaje que abandona el terruño para probar fortuna como narrador en la capital del país, “gracias a una beca del Centro Mexicano de Escritores. Cada miércoles seis jóvenes promesas de la literatura mexicana nos sentábamos a la mesa donde estuvieron Rulfo, Arreola, Fuentes, todos los héroes de la literatura que nos dieron patria”. En este punto, la novela de crecimiento amplía su horizonte; lo que gana en geografía, lo pierde en cercanía respecto al lector. Las vivencias dejan de ser particulares; el mismo título del tercer capítulo, “Hombre que cae”, alude a la tragedia de las Torres Gemelas que el mundo vio por televisión. Un matrimonio fallido y las anécdotas de un comunista en una lejana tercera persona son el signo de la adultez de Elías, que sirve en la narración como el preámbulo de la vuelta a Chihuahua.

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“Moloch”, la última parte del libro, la de menor extensión y la más desconectada de la historia debido al registro tangencial que aporta la visión del protagonista, cede la premisa original de la novela ante la tendencia a ubicar a la bestia, signada con el 666, en territorios septentrionales. No cuestiono el poder avasallador de la violencia. La intimidad de la historia de Elías –convertido ahora en testigo–, se extiende hacia un panorama colectivo donde el país entero sufre la escalada del narcotráfico. Los daños colaterales calan en varios niveles: desde el miedo que provoca atravesar el norte por carretera, hasta el relato sobre los levantones perpetrados por el crimen organizado. La alusión a Ciudad Juárez, aunque intrascendente en la narración, no podía faltar. Rosalinda, antigua novia de Elías, reaparece en la central de autobuses de Chihuahua para ponerlo al día respecto a su tragedia familiar, enfatizando el encuentro que sostuvo cara a cara con un sicario profesional, encarnación del mal que sugiere el sentido bíblico con el que cierra la novela de Daniel Espartaco. “Las armas podían hablar en el lenguaje de la violencia y el poder, pero en la actitud del hombre había algo más escalofriante”.

Urani Montiel

En las vértebras de tus roquedales

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José Urbano Escobar (1889-1958) fue un escritor nacido en Ciudad Juárez, que estudió en la primer década del siglo XX en el colegio de Palmore y en el Instituto Científico y Literario, ambos en Chihuahua. Cuando estalló la Revolución participó del lado de Orozco. Décadas después impartió clases de educación física en varias escuelas del país, hasta que llegó su última hora debido a una embolia. Entre 1936 y el año siguiente, redactó un par de novelas: El evangelio de Judas de Keryoth y Vereda del norte, ambas inéditas hasta que el Municipio de Juárez apoyó el proyecto editorial de Adriana Candia, quien las editó y realizó la introducción de los dos textos en un solo volumen, el segundo de la Colección Precursores. En esta entrada, solo me voy a enfocar en Vereda del norte, dividida en 20 capítulos que tratan sobre la situación y circunstancias de San Francisco del Oro a principio del siglo XX. Un narrador omnisciente se encarga de describir espacios y desarrollar la trama a través del protagonista Ricardo García, quien, en plena pubertad, se encuentra en una encrucijada por encontrar su identidad, ya sea en lo más oscuro de una mina, o en los más cálidos bosques, siempre acompañado de su curiosidad y un naciente amigo. La búsqueda de la identidad sexual de los jóvenes se ve interrumpida por el movimiento armado que arriba al pueblo a través de la prensa.

Ciudad Juárez aparece en Vereda del norte como símbolo de esperanza y de oportunidades, pero también de realidad y de tristeza. Hacia el final de la novela, Ricardo ha perdido mucho, desde su padre que se unió a la lucha con más agallas que pericia, hasta su entrañable amigo, Teófilo Domínguez. El pueblo minero ha quedado desolado, por lo que la menguada familia de Ricardo tiene que viajar a Chihuahua, para luego seguir la travesía por tren hacia la frontera, en búsqueda de una mejor situación. En la antesala de su llegada, aparece un retrato de “Arenales estériles. Médanos fulvos. Sedientos. Sinuosidades azules de montañas lejanas”, imágenes que contrastan con el ambiente serrano del inicio, así como la situación del protagonista en su pueblo natal. Los espacios en esta novela tienen fines utilitarios establecidos a favor de la trama. Chihuahua y Ciudad Juárez representan la vida urbana en tiempos álgidos, un transcurrir donde la justicia se malinterpreta con los ajusticiamientos.

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La frontera que existe actualmente entre Ciudad Juárez y el Paso es utilizada como filtro para miles y miles de personas que van de un país a otro, de manera legal, con varios propósitos (trabajo, diversión o compras); todos los juarenses transfronterizos tienen presente que hay que volver, que la casa no se abandona si no hay necesidad. Gracias a Vereda del norte vemos a la misma ciudad desde la perspectiva de un joven rodeado por diferentes crisis –tanto la social como la existencial–, entendiendo así su mentalidad, como también el carácter político. Mediante su narrativa, Escobar nos presenta una situación en la que su protagonista abandonará el terruño, junto con su familia, una vez que la armonía se ha quebrado. El lazo que parece más fuerte en la novela, el que tiene con Teófilo, también se rompe de forma abrupta y dramática cerca de la Misión de Guadalupe. Espero haber despertado la curiosidad acerca de estos personajes y sobre la variedad de historias que tuvieron que abordar el tranvía y cruzar los arenales antes de adentrarse a Juárez, para detenerse en el cauce del Río Bravo. Tal pareciera que conforme se seca el río, resurgen historias del pasado, como si la esencia de cada ficción marcada en cada gota desvanecida nunca se perdiera, todo gracias a la literatura de hombres capaces de poner en perspectiva nuestra ciudad, escenario propicio para todo tipo de revolucionarios, incluyendo jóvenes listos para encontrarse a sí mismos justo en la frontera.

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Oscar Daniel Hernández Acosta

Desierto

En 1997, cuando el feminicidio comenzaba a ganar terreno en Ciudad Juárez, Micaela Solís y Arminé Arjona escribieron Poesía en crisis y “Elegía”. El primero se publicó en el 2004 como Elegía en el desierto; el segundo fue el primero de diez poemas que aparecieron meses antes bajo el título de Juárez, tan lleno de sol y desolado. Ambas composiciones nacieron ante la necesidad de denuncia. Horrorizaban los asesinatos, pero horrorizaba aún más la apatía ciudadana, señaló Micaela. El significado de ambos títulos resulta evidente: se trata de un canto fúnebre en memoria de cada una de las mujeres asesinadas y, a su vez, de un llamado a romper el silencio. Los textos de Arminé y Micaela son ejercicios de escritura coetáneos, ambos nacieron en 1997, año en que la cifra de mujeres ultimadas rebasaba la centena. Sin embargo, mientras Micaela se debatía en el dilema ético de si era o no oportunismo el componer a partir de la tragedia –incluso, ella misma lo confiesa, evitó presentar su obra en varias ocasiones–, Arminé no solo alzó la voz en el papel, también lo hizo en las calles. En 1998 se unió a las madres de jóvenes desaparecidas y asesinadas que decidieron exigir justicia: Voces sin eco. Otra mujer que decidió romper el juego de guardar silencio y que no sólo militó desde las posibilidades del discurso poético fue Susana Chávez.

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Juarense, poeta y activista nacida en 1974 y asesinada en el 2011. La mayor parte de su obra se conoce por la difusión que hizo en su blog personal Primera tormenta. A juzgar por los datos del sitio, en el 2004 publicó 21 poemas bajo el título “Poemas de Susana Chávez”. Abre con “Ocaso” y cierra con “Siesta en el jardín de los alebrijes sépticos”. Más de una década después, en el 2014, la editorial Biblioteca de las Grandes Naciones realizó un libro digital que recoge las composiciones del blog: Susana Chávez. En él no sólo aparecen los versos de la autora; la segunda parte la comprenden 40 poemas escritos en honor a ella y a cada una de las mujeres asesinadas. Las páginas también contienen una muestra plástica.

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Susana daba lectura a sus versos cuando salía a las calles para exigir el esclarecimiento de crímenes y desapariciones. Sin embargo, a sus 37 años se convirtió en el primer feminicidio que se registró en el 2011. El discurso político del momento trató, como de costumbre, de culpabilizarla. Se dijo que había salido con tres hombres que apenas conocía, que consumieron alcohol y drogas y, en consecuencia, las cosas se salieron de control. Afortunadamente las mujeres con las que un día marchó no se quedaron calladas y, al igual que ella en su momento, exigieron justicia. Un mes después de su asesinato Arminé Arjona compuso un poema con la intención no sólo de traer a la memoria su lucha, sino también de mantenerla viva por medio de la palabra: “Susana sólo duerme”.

A diferencia de Micaela y Arminé, el tema del feminicidio en la poesía de Susana no resulta evidente. Quizá “Pliego petitorio” sea la composición en que se enuncie de forma más clara. De ahí que en el 2014 se publicara, de forma póstuma, en la antología Ni una más: poemas por Ciudad Juárez. Como el título lo señala se trata de un conjunto de peticiones en que resalta el cuestionamiento a la normalización de la violencia: habla de la necesidad de romper con el hábito de la incertidumbre y con la costumbre tan socorrida del dolor. Sin embargo, las tres comparten la presencia constante de la imagen del desierto. En Micaela y Arminé los títulos de sus poemarios lo enuncian; en Susana lo leemos en una composición: “Cuerpo desierto”. Las poetas explotan el significado que deviene de la palabra –pensemos en términos como desolado– y lo relacionan con lo que representan los asesinatos, la indiferencia social y la impunidad. Por ello, no se limitan a la simple exposición de las características físicas del espacio, siendo la crítica un elemento constante. Resulta imposible eludir tanto el contenido temático como el carácter crítico de sus composiciones y, por lo tanto, restringirse al aspecto literario porque se trata de mujeres cuyo activismo no se quedó en el papel, sino que lo llevaron a las calles.

Alejandra Gómez

Todo el mundo vende miedo, queridito

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La imagen urbana de Ciudad Juárez que porta Willivaldo Delgadillo, novelista, ensayista y traductor nacido en Los Ángeles en 1960, se filtra a través de su escritura para verse plasmada en el ambiente fronterizo que circunda a los personajes de Garabato. La novela, publicada por la editorial Samsara en el 2014, se divide en cuatro partes en las que acompañamos la lectura y experiencia de Basilio Muñoz en un congreso literario en Berlín. A dicho evento, él asiste a nombre de Billy Garabato, autor de una trilogía de novelas cortas que, según la trama del libro, gozan de considerable fama. Una de ellas, “Sicario en El Jardín de Pulpo”, se ubica hacia el final de Garabato. En esta historia, Goyo, el protagonista, en medio de sus faenas cotidianas en la menudearía Domingo Siete, establecimiento aledaño al famoso Puente Rotario, ve las noticias y presencia las reacciones de la gente ante la aparición de un hombre decapitado y colgado en esa misma estructura, uno de los cruces con mayor congestión automovilística y peatonal en la ciudad. Después del impactante suceso, así como de otros más que ponen en riesgo al restaurante, por lo que Goyo es despedido, comienza una nueva peripecia en la vida de este personaje, quien deambula buscando sustento en una frontera cercada por el miedo.

El Puente Rotario, mejor conocido por todos los juarenses como el Puente al revés, guarda en dicho apelativo la planificación y trazado de la propia ciudad. El flujo vehicular en torno al entronque de la avenida La Raza con el boulevard Gómez Morín y su cruce con la avenida Tecnológico pone en tela de juicio la aparición repentina, y sin testigos, de narco-mantas y del cadáver de Sergio Arturo Rentería Robles. ¡Ya ni hablar de la altura del puente! El cuerpo colgado de este joven de 23 años, visto primero por “quienes llegaron temprano a esperar el autobús en la esquina”, en noviembre de 2008, le sirvió a Willivaldo Delgadillo para delinear un punto de fuga desde la mirada de aquel que observa expectante. El testimonio documental relatado desde la perspectiva de un trabajador común y de a pie promueve la identificación de quien lee con Goyo o con aquellos que ven el deceso a través de la televisión, con la muerte justo a sus espaldas: “prenda la tele cuñado, a ver si lo están pasando en vivo”. La fatal noticia sirve apenas de punto de partida para que la historia se adentre en los pormenores de la encrucijada que atraviesa a un Juárez supuestamente ficticio, dejando entrever –a manera de radiografía– los entresijos de la violencia a nivel de ciudadanía.

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La empatía recién mencionada, así como otras emociones y memorias, se incrementan si el lector de “Sicario en el Jardín del Pulpo” tiene su domicilio en Ciudad Juárez. Las olas de violencia que azotan a esta frontera cada tanto, además de provocar miedo y caos, nos advierten, como pregona uno de los patrones de Goyo, que “el miedo también es un negocio”, y que lo monetizan no solo los criminales sino también gobernadores, presidentes y alcaldes, quienes siempre intentan conseguir algo a cambio de nuestra seguridad. No especulemos… pensemos en el alumbrado público. Al pasar por las páginas de esta novela, dividida en ocho apartados y con un final alternativo, perteneciente a la macroestructura de Garabato, enseguida evoqué (aquí solo habla Fabiola) aquel día de noviembre, el mensaje que portaba el cuerpo más allá de la muerte y la zozobra provocada tras el hallazgo de la parte cercenada. Así como esta noticia, rondan en nuestros recuerdos –retomamos la coautoría– muchas otras que, aunque no presenciamos o no nos involucraron directamente, colmaron de miedo nuestras calles. El costo ha sido caro, queriditos.

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Fabiola Mendoza Muñiz y Carlos Urani Montiel

Rompiendo estigmas desde otras latitudes

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La imagen y las narrativas establecidas en torno a Ciudad Juárez han atraído un gran número de miradas creadoras e investigativas de diversas nacionalidades. A finales del 2017, Maria Larissa Silva Santos presentó la tesis Como romper com uma ideologia geográfica? O caso do Centro Histórico de Ciudad Juárez, México para obtener el título de licenciada en Geografía en la Universidad de São Paulo. El trabajo surgió de la inquietud, amparada por paradigmas teórico-metodológicos de su área disciplinar, por comprender las desigualdades urbanas suscritas a distintos procesos de violencia en un contexto neoliberal. El campo de estudio idóneo resultó ser el primer cuadro de nuestra frontera. Así que para lograr el objetivo de su investigación, es decir, analizar un par de estrategias que desafían la estigmatización de Juárez, la autora se propuso conocer y explorar una realidad escondida bajo los aspectos negativos que, por desgracia, la caracterizan internacionalmente: “cidade dos excessos, cidade dos feminicídios e cidade do narcotráfico”.

Larissa Silva Santos denomina a estas narrativas como ideologías territoriales. Por ello, se ubica en un espacio específico, pues una de sus propuestas radica en que dichos estigmas afectan la disposición geográfica. Es decir, el centro histórico, al convertirse en un objeto del cual se busca la estabilización de un significado diferente al que lo caracteriza, ha pasado por un basto proceso de cambio espacial. “¿Qué enfoque debe darse a las asperezas que conforman el centro histórico para superar una ideología geográfica históricamente conformada en la región?” Para responder, la investigadora estudia dos estrategias que se posicionan contra esta señalización de la ciudad, a partir de diferentes formas de relacionarse con el territorio céntrico y experiencias estéticas que varían en función de la intención de cada proyecto: la búsqueda de las autoridades municipales por eliminar una imagen urbana negativa y la propuesta de Juaritos Literario, en especial las rutas literarias.

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El tercer capítulo de la tesis, titulado “O papel das rugosidades na superacao de un estigma territorial” se detiene en estas alternativas. Por ello, además de reconocer la pertinencia de la investigación, el motivo de estas líneas radica en agradecer la inclusión de nuestro proyecto y posicionarlo como una estrategia de re-territorialización capaz de atribuir un nuevo uso material y simbólico a los espacios recorridos durante las caminatas literarias. Las cuales, para Larissa, constituyen una intervención estética de cuño político reivindicatorio, ya que reclaman un lugar históricamente negado por una sucesión de violencias. Sin duda, más allá de la amplia documentación realizada, las propuestas de esta investigación se consolidan gracias al trabajo de campo: búsqueda de archivos en la biblioteca del Instituto Municipal de Planeación e Investigación (IMIP), asistencia al evento Comentemos el centro organizado por el municipio, participación en el Segundo Encuentro [Re]imaginando la ciudad desde el borde –el cual se clausuró con el recorrido Callejones en proscenios –, y una serie de entrevistas realizadas a planificadores urbanos, funcionarios del gobierno, artistas, activistas, académicos y periodistas involucrados en la temática abordada.

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Considero de suma importancia romper con los estigmas establecidos y comenzar a crear nuestra propia imagen del lugar que habitamos. Juaritos Literario lo tiene como objetivo. No obstante, también resulta necesario que la mirada extranjera tenga un posicionamiento más crítico al momento de voltear hacia una realidad que, ciertamente, se ve asediada por la violencia, pero que abarca mucho más que solo ese aspecto. Igual que los proyectos abordados por Larissa, su misma investigación implica un desafío respecto a las formas de percibir, nombrar y experimentar a Ciudad Juárez. Como romper com uma ideologia geográfica? Poco a poco se van sumando respuestas a esta pregunta.

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Amalia Rodríguez