¿Otra simple historia de narcos?

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Coctel margarita de Antonio Zúñiga aparece en la antología Cinco dramaturgos Chihuahuenses, compilada por Guadalupe de la Mora en el 2005. En la obra el autor remite a una Ciudad Equis, que si no fuera porque el texto lo escribió en 1994 bien podríamos pensar que su nombre ficticio fue en honor a la gran X roja que se ubica al norte de Ciudad Juárez. La trama se desarrolla entre un hotel de paso y un bar en el centro de dicha urbe. Este último, casualmente se llama igual que el establecimiento ubicado sobre la Avenida Juárez y que en la entrada, antes de la remodelación de las fachadas de la zona, ostentaba el dibujo de un Gato Félix, aquel famoso personaje animado del cine mudo. Aquí, según el drama de Zúñiga, se sirven las mejores margaritas del mundo, hechas por su propio inventor, un hombre gordo con mal del pinto al que apodan Batman y que no se cansa de decir, cada vez que los prepara, que él es el padre de estos tragos.

Lo interesante de esta obra radica en la forma en la que Zúñiga cuenta una simple historia de traición entre narcos, ya que, tal como lo afirma De la Mora en la introducción de su compilación, “su mayor atractivo está en la alteración del orden cronológico, de otra manera no sería más que la historia de un célebre narco perseguido…” Esta alteración temporal se ha vuelto un recurso sumamente utilizado en el cine; sin embargo, en teatro significa un reto para el director, tal vez por eso Coctel margarita no se ha representado nunca.  La obra se basa en un suceso central: Rubén traiciona a su jefe el Cuaco. El primero trabaja como guarura del segundo, el traficante de droga más buscado de la zona. Para desarrollar la trama, el dramaturgo oriundo de Parral la estructura a partir de distintas perspectivas, es decir, desenvuelve un mismo acontecimiento desde diferentes ángulos.
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Otro aspecto que llama la atención reside en la composición de los personajes, pues a pesar de que se sacan de la vida cotidiana, las características que el autor les da los aleja del estereotipo común de las historias de violencia y narcotráfico.  Nos encontramos, por ejemplo, a un narco, rudo y peligroso, recitando poemas del persa Omar Khayyan y que se distingue por ser “un hombre sensible, un ser humano que se estremece a la primera”. Está también la bailarina, host o prostituta del bar, quien lejos de representar al prototipo de la chica de barra, aparece a manera de esperpento; por eso le llaman la Chueca, ya que tiene todas sus extremidades torcidas y se antoja escuálida, flaca y fea, con risa burda y escandalosa.  Blanca y Rosa, por su parte, son amantes de los sicarios; mujeres “buenotas” que desempeñan faenas rudas como llenar de cocaína las llantas de una camioneta, pero ataviadas con minifalda y tacones, y cuyas preocupaciones recaen en que sus medias de marca no se manchen o que sus zapatos caros no se raspen. Ambas intentan huir de sus hombres, traicionarlos y robarles la mercancía.
99 Don Felix Bar Aunque el tema del narco se ha convertido en una constante en la literatura del norte, la concepción del tiempo y la caracterización de los protagonistas hacen de Coctel margarita una obra interesante. No obstante, a pesar de lo atípico de los personajes, en ocasiones Zúñiga cae en diálogos largos y repetitivos, además de utilizar frases trilladas y sentimentaloides, que rompen con la estética del texto. Lo rescatable, como afirma De la Mora, se encuentra en la novedosa forma en la que el autor juega con el tiempo y las perspectivas de un hecho que se ha vuelto cotidiano en esta parte del país.

Patricia Arellano

La nacionalidad del cíbolo

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La cuarta novela de Alejandro Páez Varela publicada por Alfaguara vio la luz en noviembre del año pasado, y no, esta tampoco busca inscribirse dentro de los márgenes de la narcoliteratura –deo gratias. Oriundo Laredo sigue el modelo quijotesco y presenta a un protagonista que se mueve a lo largo de la frontera norte de México junto a su escudero, Gamboa Las Vegas. Ambos recorren la franja fronteriza y caminan decididamente sobre la discriminación racial. De manera más abrupta, el discurso del personaje Marentes parece imprimir más fuerza sobre la pisada, como quien busca apagar un cigarrillo sobre la acera. El complejo mundo que retrata –ese país-de-en-medio– se compone de personas simples que avistan la cotidianeidad fronteriza, una gama multicultural que crea una sensación de confluencia en continuidad a la imagen del bordo como un punto de convergencia. Estratégicamente se dirige a un público que desea entender la era Trump, una sociedad que se encuentra expectante frente al horizonte incierto que bosqueja el panorama estadunidense. Esto no apunta a la exigencia de un lector ideal en el proceso receptivo (como si la única forma de significar el texto sea mediante la lectura del individuo fronterizo), sino a un síntoma más en la narración que delata la esencia periodística en la obra de Páez Varela. La incipiente intención de reconocer en el presente la semilla que lo generó todo evoca a su labor como periodista: las genealogías, los antecedentes históricos y la consciencia de su estar en el mundo a partir de lo que ya fue y que él se encarga de dar fe. Aparte, el tono que acompaña a toda la narración sigue recordando al oficio del autor -y el de su familia-. Uno puede encontrar el rescoldo de su estilo narrativo entre las columnas que publica en SinEmbargo.

El sistema educativo estadunidense sostiene su verdad única e irrefutable: El país se compone de 50 estados. ¿Y a quién le importa el antecedente poblacional?, si de cualquier modo los gringos “rehicieron la historia con puras mentiras. Les da vergüenza quedar como lo que son: puros culeros. Les da vergüenza decir que se robaron todo esto”. Así explica el Marentes la ausencia de una intención visible por recuperar los cimientos sobre los que se construyó su país. Esta miopía deliberada que invisibiliza las voces rurales y da crédito al desmedido populismo al que se ha entregado Estados Unidos es un ápice delator de una nación que no se acepta a sí misma. No se sabe -ni quiere saberse- conformada por un sinfín de personas provenientes de diversas culturas, de Oriundos, Larrys Y Marentes, pero también de Quarentines, rancheros negreros y sujetos inadecuadamente puristas (como El Gordo). El catálogo de personajes que son víctimas del american way of life, gozado por los güeros y realizado por los supuestos extranjeros, se presenta como una cristalización de la dinámica económica que sigue el vecino país.

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Estas modalidades son encarnadas por individuos sumamente humanos, construidos a partir de experiencias, como demuestra Larry Preston, dueño de unos acres cerca del Río Grande, donde tenía un plantío de nogales y que fue el espacio de encuentro entre él y el protagonista. “Trabaja Juan, que las piedras te darán pan” les recordaba Larry Preston a sus trabajadores en memoria de David Thal, quien en sus últimos días se dio cuenta que “las piedras son piedras. Siempre, hasta el final”. David le enseñó a su hijo John, que se hacía llamar Juan en honor a su herencia, el valor del trabajo. Posteriormente, Juan le transmitiría este conocimiento a Larry y este se lo entregaría a Oriundo. Al padre de Juan se le recuerda por el uso de su recurrente frase y por el estado irónico que padeció previo al deceso: el día en que la espalda ya no pudo con tantas piedras se dio cuenta que estas “un día te darán pan, pero no debes olvidar que al siguiente pueden partirte la espalda sin remordimiento”, porque “los hombres y las plantas cambian; o tienen la posibilidad de cambiar con el tiempo. Pero las piedras siempre son piedras”.

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Aunque las acciones de la novela no ocurran en Ciudad Juárez y el referente concreto más cercano sea El Millón, se sabe que está ahí latente, desde Aurelio hasta Oriundo; de Carmela a la dinastía Quarantine del Segundo Barrio. Generaciones de desconocidos, que pueden llegar a ser antitéticos unos a otros, han sido vinculadas por un rasgo en común: su ubicación espacial. Si bien el argumento está construido alrededor de la movilidad de los personajes, no hay un cambio en el protagonista que esté ligado a sus viajes: a Oriundo no parece importarle si está en el Millón o en Tornillo porque se reconoce en una indeterminación geográfica que le exime de ataviarse a una bandera. Pese a ser una novela del sur (de Estados Unidos), la tesis sobre la que se construye Oriundo Laredo propone desdibujar las líneas geopolíticas. Es así que, idealmente, el mexicano no debería aparecer como extranjero o migrante en el país vecino porque esos dominios le pertenecen. El Marentes concreta el sentido del argumento: “Yo no soy migrante. Que ellos hayan partido esto en dos, es otra cosa. Pero yo no soy migrante. No migré de ningún lado. Éstas son mis tierras aunque no tenga título de propiedad. Todos nosotros que estamos aquí hemos ayudado a construir este país, ¿y qué tenemos a cambio? Nada. Los chinos que construyeron el ferrocarril fueron enterrados debajo de los durmientes. Los prietos que levantamos sus cosechas también dejamos la vida aquí y no tenemos nada”.

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Laura Robledo

El purgatorio del norte

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Hugo Salcedo escribió en 1989 El viaje de los cantores. El mismo año ganó el Premio Internacional de Teatro de Tirso de Molina otorgado por el Instituto de Cooperación Iberoamericana. La obra se basa en una tragedia real: el viernes 3 de julio de 1987 el periódico La Jornada publicó la nota “18 mexicanos muertos al intentar pasar a EU”, en donde describía el hallazgo en Sierra Blanca, Texas, de dieciocho cadáveres en un vagón de tren. Los hombres murieron por asfixia, ya que el vagón estaba sellado y la temperatura ambiental rondaba los cuarenta grados centígrados. Sólo se encontró a un sobreviviente. Los migrantes pretendían llegar a Dallas tras atravesar la frontera y abordar el tren en El Paso. El drama inicia con el recuerdo de esta noticia y posteriormente presenta los apartados “Nota para la puesta en escena”, “Escenografía” e “Itinerario del viaje”.  El desarrollo de la acción se divide en diez escenas, las cuales, de acuerdo al autor, se pueden representar en orden o al azar.

El argumento se enfoca desde tres visiones: las mujeres que se quedan en Zacatecas, los migrantes fallecidos y quienes no han podido cruzar al otro lado y por tanto se encuentran varados en la frontera, donde se enteran tiempo después de la tragedia ocurrida. Paralelamente a estas perspectivas de las que parte Salcedo para estructurar su obra, resaltan tres espacios principales: el pueblo zacatecano, el vagón del tren y una plaza en Ciudad Juárez. Precisamente de estos últimos dos elementos quiero hablar aquí. Acotaciones como “En un terreno despoblado en Ciudad Juárez” y “En Ciudad Juárez, una esquina con muy poca iluminación” hacen que la urbe se transforme en un lugar oscuro, tenebroso y profético de la desgracia; en un espacio casi indeterminado y general, aunque más que eso, en un lugar mítico.

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En la primera escena, Rigo, Martín y Lauro discuten sus experiencias pasadas al tratar de cruzar la frontera y la noticia de dieciocho migrantes muertos en un vagón. Durante la plática Rigo pone en la mesa una idea que será la que configure el espacio de la ciudad en el resto de la pieza: “¿Y si ya estamos tronados? […] Si ya, desde el otro día, al querer pasar la línea nos balacearon, y aquí estamos como pagando las culpas”. Juárez no sólo representa el límite con Estados Unidos sino también con la muerte; se ha convertido en un purgatorio, por ello, en la obra aparece como una especie de Comala en la que los muertos desconocen su condición y siguen empeñados en cruzar el Río Bravo. El cual, por cierto, se empareja al Aqueronte, ya que se describe a manera de un caudal inmundo del que muy seguido salen cadáveres flotando. Siguiendo esta analogía, los migrantes, entonces, son acarreados por el pollero/Caronte hacia su muerte definitiva.

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Por otro lado, el tren en Juárez es una figura que lejos de facilitar la comunicación y el transporte, divide. Basta recordar esos días en lo que en plena tarde la enorme bestia de acero se detiene a la entrada del vecino país partiendo el centro de la ciudad en dos partes. Por minutos, que a veces parecen horas, la gente queda atrapada de un lado del tren y pondera si es mejor esperar o arriesgar la vida saltando entre el espacio de los vagones.

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En El viaje de los cantores la llegada de la luz del sol provee a la ciudad de algo de realidad. Por ejemplo, es de día cuando unos policías federales interrogan a Jesús y José. En las escenas que representan esto se encuentran mayores referencias espaciales como una plaza, vendimia de fayuca y un vendedor de paletas. Si tuviera que apostar por un lugar específico, iría por la Plaza de Armas; ya que ahí se pueden encontrar a los migrantes recién deportados y a los que apenas emprenden su camino, siempre armados de tres cosas: una mochila, una cachucha y su dios.

Si bien la obra da para mucho más, esta reseña sólo pretende dar cuenta de la construcción de la urbe en la que la realidad, hablando en este caso sobre migración, siempre puede superar a la ficción. No extraña, por tanto, que incluso el Papa Francisco haya orado a la orilla del Río Bravo por aquellos que cruzan a diario esta frontera arriesgando su vida. En la imagen que se muestra a continuación, el padre Javier Calvillo, encargado de la Casa del Migrante, coloca zapatos usados por migrantes en el sitio de la oración.

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Claudia Fernández Hernández

Dalí en los Herrajeros

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Cuando se habla de literatura juarense uno de los primeros nombres que se menciona es el de Miguel Ángel Chávez Díaz de León, quien además de haber publicado poesía y recientemente una novela, también incursionó en la crónica literaria. En Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de frontera, compilado por Antonio Moreno, puede leerse un ejemplo de lo último: un texto que raya entre la crónica urbana y el relato breve. “Salvador Dalí en Ciudad Juárez” nos cuenta cómo su narrador, fascinado por la obra del surrealista español, encuentra un par de litografías auténticas a un elevado costo en uno de los escenarios más pintorescos de la ciudad: los Herrajeros. Si bien la voz habla del caminante que recorre grandes distancias con el afán de conseguir un objeto deseado, máquinas de escribir en su caso, resulta más interesante que toque un tema tan extraño como lo es el “Mercado Negro de las Obras de Arte en Ciudad Juárez”.

“Salvador Dalí en Ciudad Juárez” explora uno de los espacios más populares que se pueden encontrar en toda ciudad latinoamericana: los mercados de baratijas, el tianguis mejor conocido por aquí como “segundas”. Es difícil que un habitante de Ciudad Juárez no conozca algunas, puesto que prácticamente en cada sector te encuentras con una que abre solo por un día o toda la semana, como una tradición que se transmite entre las generaciones. De las más famosas en la urbe están las de la Ferrocarril, donde cantidades de comerciantes trabajan diariamente hasta las 11 de la noche; otro mercado segundero, el del bulevar Bernardo Norzagaray, funciona nada más los domingos por la mañana. No obstante, en su crónica Miguel Ángel Chávez ahonda en una de las segundas más célebres de Juárez: el mercado de “Los Herrajeros”. Ahí se puede encontrar cualquier cosa: desde ropa, zapatos, libros, juguetes hasta aparatos de alta tecnología, como celulares, televisiones y computadoras de dudosa procedencia. El narrador ubica a sus lectores en un espacio crucial para su relato, un lugar en el que puede adquirirse de todo, incluso el legítimo trabajo de Dalí. El mercado de “Los Herrajeros” es para el narrador un espacio donde tiene lugar su propia odisea, la búsqueda del objeto preciado, la carpeta de letras doradas con la firma del pintor… el vellocino dorado de Miguel Ángel.

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Resulta difícil pensar en un juarense que no haya pisado “Los Herrajeros” o cuando menos escuchado hablar del lugar. Con frecuencia, entre conocidos y familiares, he escuchado que un punto clave para la compra de televisiones y accesorios de computadoras es dicho mercado: “cómpralo en los Herrajeros, te sale más barato”. Miguel Ángel busca, a través del recurso literario, ofrecer la cercanía a un espacio que resulta familiar, un entorno en el que la comunidad juarense ha visitado en algún momento de su historia, a través de la creación de imágenes llamativas pero ordinarias para la vista del transeúnte local, tales como una calle abarrotada de puestos de venta o una mesa repleta de “chácharas” viejas y curiosas. El texto recrea un espacio mítico de la ciudad, una zona anclada al colectivo imaginario de cada habitante. Juega también con la figura del misterioso comerciante que conoce cada artículo que vende. Miguel Ángel describe hábilmente calles harto conocidas por la comunidad y las convierte en imágenes poéticas, a través de las cuales quien lee puede visualizarse caminando por este mercado donde la Monalisa te sonríe en la esquina que no estás mirando.

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Rafael Leyva Rodríguez

Topografía de la emoción

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En un extraño ejercicio narrativo, a medio camino entre la estampa y la cartografía imaginaria, José Vasconcelos (1882-1959) traza “El mapa estético de América” (1933), relato singular en donde la geografía, el clima y las expresiones artísticas se mezclan para dar lugar a una topografía de la emoción: no Canadá, sino la pintura que puede desprenderse del flujo helado de sus ríos; no Estados Unidos, más bien el far west de Whitman, la arquitectura potencial de la aridez californiana (landscape arquitect); no México, mejor las danzas y ritmos ancestrales de la costa y el Istmo de Tehuantepec. Dentro de este curioso atlas, Vasconcelos también se detiene un momento en la línea fronteriza. Aquí, en estos “desiertos habitados” en los que “el pensamiento y la emoción todavía no se expresan”, puntualiza, pero “es de esperarse que el día que se produzca la cristalización nos vendrá de por allá un deslumbramiento”. ¿A qué se refieren estas sentencias que rayan en lo mesiánico?, ¿acaso son el equivalente diplomático de “La cultura termina donde comienza la carne asada”? O, por el contrario, ¿se trata de una apreciación auténtica, fruto de su educación familiar y los innumerables viajes que, sin duda, lo pusieron en contacto directo con la realidad del norte?

96 Vasconcelos librosCiertas respuestas pueden encontrarse en Ulises criollo, esa otra “topografía de la emoción” que, a partir de los vaivenes del recuerdo y una prosa fecunda de sensaciones e imágenes, da cuenta de dos tipos de historia, dos corrientes que en ocasiones se confunden: la vivencial, con las evocaciones de la infancia y adolescencia —las batallas de niños yanquis y mexicanos—, los amores clandestinos —María, la ardorosa de juventud; Adriana, el reemplazo de matrimonio—, las preferencias literarias —¿cuántos, al igual que el ex secretario de Educación, han odiado a Stendhal, Flaubert, Proust y Mallarmé, y renegado de los consejos de Alfonso Reyes?—; y la cronológica, mediante la remembranza de acontecimientos políticos —especialmente, la caída del porfirismo y el inicio de la Revolución— y la descripción de pueblos y ciudades —por ejemplo, Piedras Negras, Sásabe, Tlaxiaco, Campeche, Durango, Ciudad Juárez o Tacubaya, del lado mexicano; Eagle Pass, Washington, Nueva Orleans, Arizona, El Paso, Texas, del norteamericano..

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Considerada como una especie de “autobiografía novelada”, Ulises criollo es el primer volumen de la tetralogía Memorias, la cual se compone de La tormenta (1936), El desastre (1938) y El proconsulado (1939). Escrita dos años después de que perdiera en las elecciones presidenciales de 1929 (¿Cárdenas amañó los votos?), mientras residía en España, fue publicada en forma de libro en 1935 por la editorial Botas, a cargo de Andrés Botas, residente de Austin, Texas. Éxito de ventas inmediato —Pitol le da el título de best-seller— y de clara influencia en autores de la época o posteriores —Octavio Paz, por ejemplo—, el texto está dividido en 111 pequeños capítulos, cada uno encabezado según el motivo que vaya a conducir la narración. En cuanto al título general de la obra, llama la atención el cambio que sufrió: de Odiseo en Aztlán, nombre que ostentó cuando se publicaba por entregas en la revista Bohemia, de Cuba, al moderno Ulises criollo, giro semántico que, aunque conserva la alusión al viaje, también incorpora un discurso estamentario e ideológico: ¿indicio, quizá, de su concepción poco afortunada hacia los grupos indígenas, a quienes suele tachar de “el elemento salvaje de su población”, o su polémica dirección de Timón, revista de orientación pronazi? Como quiera que sea —dejemos estas elucubraciones a los especialistas, colectivos y demás gremios sofisticados—, y amén de su extraordinaria riqueza en distintos planos, aquí solo me interesa destacar la manera en que Vasconcelos concibe a la frontera desde finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX y, muy particularmente, el papel que le asigna a Ciudad Juárez y su relación con El Paso, Texas.

Aunque Vasconcelos suele establecer una distinción entre la ruralidad del lado mexicano (“La cocina fronteriza era muy primitiva”, “nuestras pobres antiguas tabernas del territorio mexicano”, “la libertad, la sonrisa, que eran la regla en el lado anglosajón, y la miseria, el recelo, el gesto policiaco que siguen siendo regla del lado mexicano”) y el urbanismo del norteamericano (“era un vértigo de construcciones, comercio, tráfico”, “la metrópoli del desierto, llamaban a El Paso las guías turísticas”, “calles asfaltadas, tranvías eléctricos, hoteles de viajeros, espaciosos y flamantes”), hay pasajes en donde se borran las diferencias sociales, como en “Siglo nuevo”, en el que la Misión de Ciudad Juárez es el foco que une “a los dos Pasos del Norte, el antiguo y el yanqui”. Asimismo, en “Hacia la independencia”, Vasconcelos describe que el “lujo de las cervecerías” de El Paso, próximas a imponerse en toda la franja, constituían ya el divertimento de “los ricachos de Juárez y aun los empleados”. Por otra parte, celebra, durante el Plan de San Luis, la autonomía y fuerza de trabajo de los mexicanos que entonces residían en Texas, pues “gracias a las libertades yanquis, se regían por sí solos y prosperaban”. Finalmente, me detengo en “Biblioteca del Congreso” y “Los arreglos de Ciudad Juárez”, capítulos en los que esta ciudad toma protagonismo por su importancia decisiva en los “rumbos de la Revolución”. Así, Vasconcelos, quien a la postre fue delegado maderista en Washington y recibía información del corresponsal Hopkins, escribe que “en Juárez ocurrían sucesos que rápidamente transformaban la historia patria. Una vieja dictadura caía…”. En contra de bandoleros como Orozco y Villa, insatisfechos con la conmiseración de Madero hacia los prisioneros de guerra, relata que la ciudad, escenario de los pactos, tuvo repercusión en el mundo.

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A pesar de que la visión que Vasconcelos tiene sobre la realidad fronteriza pareciera muchas veces negativa, por sus prejuicios de clase, también contiene detalles que reivindican, e incluso enaltecen, ciertos aspectos de la región, esparcidos a lo largo de todo Ulises criollo, desde lo gastronómico hasta el flujo demográfico y comercial. En este sentido, casi un siglo después, todavía cabe preguntarse, ¿hemos deslumbrado lo suficiente?

Jesús Gamboa

Caminos a Ciudad Juárez

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Tras la pista de todo texto literario que haga referencia a la ciudad, un buen domingo de hace un par de años, en el Bazar del Monu, dimos con Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de frontera. A este libro ya le hemos dedicado varias entradas en el blog (¡y las que faltan!). Así que ahora quiero detenerme en la concepción del mismo proyecto editorial que tenía como premisa la construcción de una imagen citadina a partir de una escritura colectiva que plasma historias sobre una escenografía compartida: Juaritos. La tarea no fue sencilla: conjugar en un solo libro a 33 escritores de diferentes latitudes agrupados en dos secciones, los extranjeros y los locales. Esta distinción inicial es un punto de partida para acceder a las crónicas y los relatos. Coincidencias y rupturas. Por medio de la ficcionalización de un yo cronista o a través de personajes que recorren las calles aledañas a la frontera, la prosa de los autores se apropia del territorio representado, en ocasiones limitándolo en un estrecho horizonte, pero en otras, multiplicándolo al grado de que al lector le surgen las ganas de experimentarlo.

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Las “Coordenadas…” con las que el antologador, Antonio Moreno, sitúa al lector de las crónicas y relatos de frontera sustentan que “Latinoamérica empieza en Ciudad Juárez”. Esta idea fue expuesta en el ensayo “Nuestra América” por el último de los grandes libertadores, José Martí, al cartografiar, en 1891, la misma zona cultural que se extiende “del Bravo al Magallanes”. La percepción del vasto territorio geográfico de uno a otro extremo de la América hispana y en donde suenan al unísono varias familias lingüísticas se ha visto, dice Moreno, “contaminada por el estereotipo, la indiferencia y la ignorancia”. Las representaciones de Latinoamérica dan por hecho la mezcla y convivencia, pero en ellas también “cabe desafortunadamente la barbarie y el horror”. El diseño de la antología, explica su orquestador, buscaba emular la compilación Oriente empieza en el Cairo, aparecida en el entronque de siglos en la Colección Año Cero, donde ocho escritores en lengua castellana dieron testimonio, a través de “crónicas calidoscópicas o diarios de viaje”, de su visita a distintas capitales mundiales. En el 2008, Antonio Moreno comenzó las gestiones en UTEP de un proyecto similar. Desde ahí entró en contacto con varios escritores sudamericanos para imponer un carácter nómada al libro –a una mitad– con la inclusión de autores extranjeros, “trotamundos y pasajeros”, que estuvieran de paso por la frontera. El criterio de selección del otro 50% de “paseantes y trotacalles” lo componen mexicanos oriundos o residentes de Juárez. La superposición de mapas de la misma mancha urbana no busca “confrontar miradas para deducir posteriormente que la ajena es, en estos casos, más certera que la mirada autóctona”. Llama la atención esta advertencia unilateral, cuando normalmente el extranjero se lleva consigo, tras una corta estadía en cualquier lugar, una imagen citadina más cercana a la postal o al recuerdo que se fija con imán al refri.

El llamado a la escritura me parece loable e inteligente: “Dejamos de lado el revólver humeante y el cuchillo entre los dientes para explorar otros horizontes menos hostiles”. La convocatoria trae consigo una simple exhortación, difícil de malinterpretarse: “la violencia no podía ser en esta ocasión la protagonista”. El acento debía recaer hacia la manera simbólica con la cual el hombre a través de sus caminatas transforma el paisaje urbano a cada paso de un viaje (walkscapes, lo llaman por ahí). No obstante, las treinta y tantas voces que se dan cita en el libro de crónicas y relatos sobrepasan el limitado número de autores de la publicación modelo. Quizá esta cantidad provocó que las condiciones de participación fueran tan laxas y fácilmente eludibles. Muy pronto, el editor se dio cuenta “que cada quien hablaba de una ciudad distinta” y que el resorte emocional hacía que el paisaje urbano, colmado de lugares insignia o emblemáticos, se revistiera “de un ánimo alimentado por una imaginación puramente literaria”. Las miradas, evaluaciones y “varios de los rostros posibles de la ciudad” que promete Antonio Moreno son de corto alcance. No todos los escritos se ajustan a su buena voluntad ni a sus propósitos. Según él, dejó fuera las crónicas que exploraban perfiles “que ya han sido investigados como la violencia feminicida y la violencia entre narcos y militares”. De hecho, no todos los textos compilados fueron preparados ex profeso; algunos ya habían visto la luz en otros medios. Esto no tendría por qué ser reprochado, siempre y cuando se nos avisara cuáles son anteriores al esfuerzo de la edición y en qué momento fueron escritos.

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En Road to Ciudad Juárez la pluma de cada autor hace uso de un paisaje urbano para echar a andar el móvil de sus escritos. Sin duda, la antología debe ser leída en sus dos secciones, pero recomiendo evitar (o recorrer como en campo minado) sus “Coordenadas…”. El libro promueve la convivencia de una miríada de perspectivas espaciales marcadas por la discontinuidad, la subjetividad y la fragmentación que posibilita el pasaje constante de un territorio, el propio de cada autor, a otro específico, Ciudad Juárez, independientemente del país del que procedan. Los textos en conjunto permiten una lectura a partir de las relaciones de dominio y apropiación del espacio. Este ejercicio de poder a través de la escritura debe ser entendido en sentido amplio, desde la constatación de efectos materiales más concretos hasta la fuerza más estrictamente simbólica. El andar dibuja un trazo en movimiento que va a la par con franjas y contornos definibles solo al momento en que transitamos por ellos. Caminar a través de una urbe pone también de manifiesto las fronteras interiores de la ciudad, así como la visión sesgada de quien la recorre y exhibe, al mismo tiempo, sus propios límites y fronteras imaginarias.

Carlos Urani Montiel

Sueños estacionados en el desierto

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“La cámara” de Eduardo Lizalde, publicado por la UNAM en el cuentario homónimo en 1960, relata la historia de tres personajes que se encuentran atrapados en la cajuela de un carro después de tratar de cruzar la frontera de México hacia Estados Unidos. Un chofer desconocido se da a la fuga luego de que un oficial le preguntara sobre su carga. La ubicación donde reposa el auto es ignorada tanto por los tres hombres encerrados como por el lector. Hay una sugerencia geográfica mediante recuerdos, aunque nada queda concreto. Son interesantes las reflexiones y peripecias que sufren en la cámara para combatir los estragos de la sed y el hambre, además de los delirios y la muerte. Esto ocurre de manera gradual al transcurrir las horas y bajo el sol del desierto. El diálogo se transforma en un monólogo interno: el narrador pasa de tercera persona a una voz testigo. La cápsula hedionda se convierte, a la vez, en casa, tumba y libertad. La incapacidad del último superviviente para cometer suicidio en un espacio tan reducido demuestra al final que la muerte es “un oro que no se puede gastar”.

Uno de los tópicos recurrentes en “La cámara” es el tema del hambre. Cuando “el hombre de en medio” está en uno de sus sueños, imaginando y fantaseando sobre la comida, menciona un restaurante en Ciudad Juárez (sin nombrar cuál). En dicho establecimiento se le acerca un negro norteamericano a pedirle pan como limosna. Se reviste la escena con la segregación racial que imponía Estados Unidos sobre los afroamericanos durante los años 60. El narrador describe los camiones que llegaban los sábados a Ciudad Juárez con gente de color, igual que si la urbe fuera un vertedero de personas. Y así, consciente Lizalde de los problemas migratorios con el vecino país, señala sutilmente la problemática extranjera. Asimismo, critica la percepción que los estadounidenses tienen sobre la ciudad: “Somos su salón de fumar, su escupidera. Claro está que nos pagan bien por recoger su basura”. El sistema económico es el principal motivo de las muertes donde se verán involucrados los famosos polleros; pero también el motor y la esperanza que alarga la vida de estos personajes: la búsqueda de una ilusión. Mientras en ciudades como El Paso no se permite el escándalo, algunos sueños quedan sepultados en la cámara de un coche.

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Lizalde se vale de los problemas que aquejaban a la población fronteriza hace más de 40 años: migración e inmigración, el sistema político y económico, la percepción de la mayoría sobre ambos países (una de progreso frente a otra tercermundista). No obstante, estamos en pleno 2017 y esto aún permanece en el imaginario de ambas culturas. Se aproxima una época donde las circunstancias sociales no esconden su raigambre. Las reformas de Donald Trump parecen plantear una nueva, o más extensa, segregación racial. La frontera comienza a volverse una columna peligrosa y la densidad demográfica ha llenado con carreteras los espacios desérticos. Sin embargo, lo que ha cambiado, más que una mejor calidad de vida para el país, es la seguridad de ambos estados para evitar estos conflictos repletos de escándalos. Se ha disipado la muerte del dólar pero se ha anunciado la del peso. Los sueños ahora no mueren asfixiados en el desierto, solo descansan bien estacionados en cualquier esquina.

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Óscar Sánchez Torres

Magia al neón de la medianoche

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I. Imagino que todos tenemos una anécdota de magos relacionada con los bares. Yo tengo una que sucedió hace unos cinco años aquí en El Open. Mi mejor amigo tocaba la batería en Tetas Lazzer y nos invitó a un toquín. Era la primera vez que errábamos por el centro. Tardamos cerca de una hora en encontrar el bar. Primer acto de magia: A veces los espacios se mueven o desaparecen y se ocultan también. Una vez ahí, sin dinero, pero con muchas ganas de escuchar a las bandas, nos abandonamos a la noche. Segundo acto de magia: Hace aparición un hombre borracho a más no poder. Alegre, se encargaba de aplaudir y elogiar a los guitarristas de cada una de las bandas que tocaban aquella vez y cuyo nombre no puedo recordar. Tercer acto de magia: Seducido por su éxtasis alcohólico, el hombre empieza a pichar las caguamas. Aquella noche en El Open solo dos personas terminaron sobrios: el baterista amigo y tal vez el cantinero, quien fue cómplice del último acto de magia. Nadie supo quién rayos era ese feliz borracho, ni cuándo se fue ni hacia dónde en esa velada por la Juárez. Tampoco supimos si pagó la cuenta.

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II. El escritor Enrique Cortazar participa en Road to Ciudad Juárez, un libro de crónicas del que en Juaritos Literario ya se ha escrito. Destacan en este conjunto los temas vinculados al recuerdo y, pese a que uno de los objetivos era ofrecer crónicas en las que la violencia no se tratara, lo cierto es que en varios de los textos esta protagoniza o se entromete en las palabras del escritor. Hecho que sucede en la primera parte de “Sucedió en un baldío” donde un cholito “filerea” a un sujeto que le hacía bullying años atrás para luego enterrarlo en un lote abandonado.

Quisiera, sin embargo, enfocar este texto en “Nada por aquí, nada por allá (Bar Virginia’s, por la Mariscal)” segunda historia de la crónica. Cortazar describe aquí la figura de un cantinero, don Lalo, experto en desaparecer y aparecer cosas. La destreza con la que ejecutaba sus actos de magia hizo del cantinero una de las principales atracciones de la cantina para ebrios nihilistas. Porque don Lalo, además, conocía desde el silencio más sabio las historias personales de la gente que acudía al bar a embriagarse. Ahí el vato vaguillo que nada más daba el rol por la ciudad, el hombre que se casó sin saber ni cómo, pobrecito, el otro casado que nomás no se aliviana, otro que da el rol pero no rola el chivo, chinga’o, aquel cabrón que golpea a su mujer por puros celos y sigue pistiando, imaginando fantasmas, el que se pone bien locote y ya anda viendo a los elefantes rosas de la película de Dumbo, cuánto trauma de la niñez. Finalmente, el que llega y grita: “¡Don Lalo! Aparézcame a mi vieja que hace tres días que me dejó”.

95 Virginias

Hoy don Lalo y el bar han desaparecido. Desafortunadamente no por medio de un acto de magia. El Virginia’s estaba en la calle Santos Degollado, esquina con El Begonias, sobre la legendaria Mariscal. Ya conocemos esa historia. El gobierno decidió demoler la zona en un intento desesperado por contrarrestar la prostitución y el narcomenudeo. El Open, quien acogió por un tiempo los restos de El Virginia’s, durante la época de violencia, se cambió de lugar a la avenida Juárez, donde hoy sigue recibiendo a dioses del alcohol y guerreros shaolín. Don Lalo realizó su acto último de magia y se fue con la muerte: quién sabe cuántos tragos le habrá servido. Hoy no nos queda sino asumir que en un futuro los bares y espacios que visitamos de forma cotidiana tal vez desaparezcan y conformen este cementerio de cáscaras.

Antonio Rubio

La tienda de la esquina

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Quien no ha recorrido las calles del centro histórico de El Paso, no conoce por completo Ciudad Juárez, ya que no es más que una extensión territorial juarense: cientos de habitantes mexicanos invadiendo las calles, locales de comida mexicana por doquier. Por momentos pareciese que el español es el idioma natal. Eso sí, hay una gran diferencia: calles libres de los montones de basura acumulados por los transeúntes inconscientes a los que se les hace fácil dejar alguna basurilla por donde caminan, seguros de no recibir ningún tipo de castigo. Recorrer las calles de la vecina ciudad es vagar por las calles de Juárez teniendo que cruzar antes por un puente que esconde debajo un extinto río, para luego afirmar ante un malhumorado y prepotente oficial de migración: “No traigo nada que declarar. Únicamente voy de compras aquí al centro y me devuelvo rápido”. Cuando se habla de una tienda ubicada en el centro de El Paso, se puede imaginar con facilidad a alguna de las tantas tiendas ubicadas sobre la avenida 16 de Septiembre, como sucede en “De última moda” de Rubén Moreno Valenzuela, historia publicada en Río Bravo Blues (2003) y que se centra en una tienda de ropa para mujeres, The Popular, ubicada en la avenida Mesa, esquina con San Antonio.

En particular para alguien, como yo, que vive en Ciudad Juárez, tierra marcada por la ola de violencia que azotó a la frontera en los años 90, un cuento en donde el tema central es la desaparición repentina de una mujer en la ciudad de El Paso invita a asociar este hecho con el fenómeno de las desaparecidas de la región. Si bien las causas son totalmente distintas, el resultado es el mismo: una mujer de la cual se desconoce su paradero. De un momento a otro su ausencia está ya en boca de todos, la noticia corre rápido. Sin embargo, su ubicación no ocurre de la misma forma, al contrario, se desenvuelve con una inquietante lentitud. Nadie parece tener información que pueda ayudar a localizarla. Los motivos de la desaparición parecen ser provocados por un elemento sobrenatural, advertida previamente por una serie de pesadillas que en apariencia dictan su futuro: terminar atrapada en uno de los oscuros sótanos de The Popular.

94 Moreno V – The Popular

Luis Caraveo, esposo de Mónica, pasa de tener una vida de ensueño al ser propietario de una exitosa empresa, poseedor de una casa en un fraccionamiento exclusivo y pareja de una atractiva mujer, a dejar la comodidad en la que se encuentra para buscar a su esposa, quien se halla en una situación de inestabilidad emocional provocada por las pesadillas en donde ella misma se convierte en un maniquí. Luis emprende la búsqueda de su pareja con la esperanza de encontrarla en un lapso corto de tiempo y sin ningún rastro de daño. No obstante, su aventura terminará por dar un giro inesperado. Esta situación me hace pensar en la cantidad de familiares de las desaparecidas de Juárez que han visto estos sucesos como una pesadilla y cuántas veces no han dudado sobre si sus extravíos no son provocados por un factor sobrenatural, a raíz de sus múltiples visitas con las autoridades, quienes incompetentes en el desempeño de su labor son incapaces de brindar cualquier tipo de información. No queda más que pensar que una fuerza extraña se las ha llevado consigo y pueden encontrarse en cualquier tienda de la esquina.

94 Moreno V - Maniquí

Alejandro Estrada

De arenales, desiertos y parques

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Verónica Grossi, poeta originaria de Guadalajara y actual profesora de lenguaje, cultura y literatura en la Universidad Greensboro del Norte de Carolina, deja una aportación de imágenes narrativas en la antología Road to Ciudad Juárez. “Paso del norte” es el título de su contribución, la cual puede ser descrita como un conjunto de lugares, colores, cuadros, momentos y personajes que habitan esta ciudad-desierto; y en donde puede apreciarse un desfile de memorias significantes surgidas a través de la visita de la autora a Ciudad Juárez. Así, entre la poesía y la narrativa, Grossi crea una imagen plástica de lo vivido durante lo que parece una corta estancia en la ciudad.

En este relato, la cronista describe una de las zonas emblemáticas de la ciudad: el parque frente a la catedral. Allí, en la Plaza de Armas, existe un gran kiosco habitado por excéntricos personajes, tales como un hombre gordo de sucia barba pidiendo limosna debido a que su hinchada pierna enferma le impide trabajar, una señora embozada contando su triste historia, parejas besándose, niños jugando o escritores declamando sus poemas (la misma Grossi y sus compañeros forman parte de este último grupo). También se habla del desierto y de las conocidas “rodadoras” que lo distinguen, así como de sus colores característicos: café, rojo y amarillo ocre. Por otro lado, Juárez representa para Grossi el hogar de su abuela, a la cual describe sonriente sobre almohadas blancas bordadas; de esta manera, la ciudad toma una significación cálida, amena. Finalmente, aparece el puente, imagen acompañada por adolescentes cruzándolo a diario para ir a la escuela y olvidar las flaquezas de su ciudad.

93 Plaza Armas-nacla

La autora se detiene en la Plaza de Armas, un sitio que ha significado varias cosas a lo largo de mi vida.  De niña simbolizaba una zona de peligro, pues el “robachicos” siempre acechaba por ahí; como adolescente era el lugar idóneo para escabullirme cuando me iba de pinta con amigos de secundaria; ahora representa, de alguna manera, todo lo anterior, pero además un espacio para la cultura. Me identifico con la imagen dibujada por la autora al describir los personajes que habitan esta zona y la diversidad de propósitos a los que ha servido por tantos años la plaza: pedimentos de limosnas, organización y promoción de eventos religiosos, culturales y artísticos, interacción social, instalación de comercios, por mencionar solo algunos. Ciertamente es un lugar clave en la ciudad, el cual, al parecer, nunca cambia. Incluso los personajes que lo habitan parecen siempre los mismos: el evangelista predicando de salvación, el mendigo de barba larga pidiendo limosna en la banca junto a la fuente de “Tin tan”, las señoras caminando apresuradas para tomar “la ruta”, el vendedor de juguetes “chinos” traídos de El Paso, los niños corriendo y algún escritor regalando folletos de poesía.

93 Plaza Armas-TinTan

Esmeralda Vaquera