A través de los pies y la imaginación

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En esta ocasión me centraré en dos actividades paralelas que conjugan la esencia de nuestras rutas literarias. Sabemos que a veces necesitamos salir a tomar aire para destrabar nuestra mente. La idea de que caminar nos hace pensar mejor o de forma diferente se encuentra profundamente arraigada desde hace muchos años; son incontables las personas (filósofos, científicos y artistas) que han practicado esta costumbre o estrategia para llevar a buen fin sus proyectos o ideas. Ahí tenemos la escuela peripatética de Aristóteles, cuyo método de enseñanza partía de paseos alrededor del Liceo en las afueras de Atenas; o a Baudelaire, el mayor representante del flâneur, aquel paseante burgués de las calles de París en el siglo XIX, la figura esencial, en palabras de Benjamin, del espectador moderno: “Su ojo abierto, su oído preparado, buscan otra cosa distinta a la que la muchedumbre viene a ver”; o a Rosario Sanmiguel en esta frontera.

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Los siete textos que conforman Callejón Sucre y otros relatos (1994) de la escritora juarense tienen la particularidad de provocar que el lector entre en el interior de los personajes –en su mayoría femeninos– y recorra junto a ellos nuestra ciudad. “Paisaje en verano” contiene y concretiza a la perfección esta idea; no hay mejor ejemplo para mostrar cómo al caminar la mente y el cuerpo trabajan en conjunto, por lo que el pensamiento se vuelve un acto casi físico, rítmico.

El cuento comienza un momento antes de que Cecilia y la Gorda Molinar emprendan el camino de la Secundaria Federal No. 1 hacia sus casas, a la colonia Burócratas y Las Palmas, respectivamente, cruzando el parque Borunda con dirección hacia la Insurgentes. Una vez sola, Cecilia “ajena al ruidoso tráfico de carros y caminantes, la solitaria caminata se transformaba en una travesía imaginaria”. Así, con un cambio tipográfico, Sanmiguel introduce, en cursivas, fragmentos de las historias imaginadas por la niña; relatos con un alto grado significativo sobre los cambios (físicos y emocionales) que todo adolescente experimenta. Caminar, entonces, también sirve para escapar de nuestra realidad por momentos; es una forma de liberación. Cecilia pasaba por esa época tan turbulenta de la vida –el cuento gira en torno a la llegada de su menstruación–  en la que uno quiere agotar, dice Sanmiguel, “el mundo en un día”, en la que se busca, a través de lo que sea, la comprensión “de la vida… de sus leyes y su razón de ser”. Así, con cada paso que daba, ella descubría nuevas situaciones, sensaciones y sentimientos, unos positivos y otros no.

115 Secundaria Federal

La actitud de Cecilia también cambia. Un día, tras hacerse responsable de una broma a la maestra, la expulsan del salón. En lugar de esperar la próxima clase decide ir a recorrer las calles del centro, aquel lugar “donde el mundo, según su joven percepción, no estaba regido por ley o autoridad alguna que le impidiera sentirse libre”. Recorrió toda la 16 de Septiembre y a medida que avanzaba se sentía más libre; cuando cruzó la Cinco de Mayo –calle que divide a la ciudad en oriente y poniente– se concibió completamente dueña de sus pasos, tanto así que se animó a entrar al El Norteño, un viejo restaurant-bar ubicado en una callejuela próxima al puente, en donde “se entregó a la algazara de los gachupines que jugaban dominó, a la voracidad de los hombres, a la mirada oblicua de los trasnochados, a la mano extendida de los mendicantes que se acercaban hasta las mesas, a la desesperanza de los deportados”. Este tipo de paseos o caminatas también sirven para conocer y apropiarnos de la ciudad que habitamos; para descubrir esas cosas que a veces, por las prisas, pasan desapercibidas. Al final del relato, Cecilia vuelve a dar un paseo, ahora en bicicleta, lo cual siempre le proporcionaba una sensación liberadora… y fue justo ahí cuando, al ver a una perra parir, “sintió que de golpe develaba un misterio”.

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La narración de Sanmiguel abarca situaciones que cualquiera de nosotros ha experimentado. En lo personal, su lectura me transportó a mis años preparatorianos, pues igual que Cecilia prefería caminar –quizá no en pleno verano– desde la Prepa Central hasta mi casa en una época, claro, llena de trastabilleos, dudas y rebeldía. Sin duda, la cadencia al caminar genera un tipo de ritmo del pensar. Los paisajes transitados resuenan y estimulan nuestro pensamiento. “Paisaje en verano”, un grato recorrido que la autora nos transmite a través de los pies y la imaginación de Cecilia, comprueba que lo expuesto por Rebecca Solnit: “la mente es también una especie de paisaje y… el caminar es un modo de atravesarlo”.

Amalia Rodríguez

Caras

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Algunos impulsos humanos, los más terribles, nacen gracias a una curiosidad igual de terrible. Esta singularidad por superar a los dioses movió al señor Kurtz a erigirse semejante a un ídolo para después conocer lo que Francis Ford Coppola retrataría como una de las representaciones del horror en su célebre adaptación de Heart of Darkness, de Joseph Conrad. Cada época ha ofrecido una famosa perspectiva del horror. En 2010 se decía que rondaba por las calles de Juárez: su efigie era la desolación. Así, atraídos por la idea anterior, durante el mes de octubre de 2010 Edmond Baudoin y Jean-Marc “Troub’s” iniciaron su viaje hacia el corazón de las tinieblas. El trayecto fue producto de una lectura, o sea, una visión de este mundo imaginado: “Es en gran parte producto de, o gracias a, el libro 2666 de Roberto Bolaño, un inmenso escritor chileno muerto en 2003, que tuve deseos de ir a Ciudad Juárez”. El 10 de octubre los franceses llegan a nuestra ciudad con el objetivo de encontrar los sueños de sus habitantes: una celebración de la vida en el peor periodo de la guerra contra el narcotráfico.

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El aspecto que más destaco de esta crónica gráfica es la representación de la ciudad a través de las caras de sus pobladores. Resulta inconsciente la sonrisa nerviosa que surge ante la posibilidad de ser fijado en el ejercicio simultáneo e imperecedero de la imagen. Sonreímos ante cierta materialización de la belleza, aunque no conozcamos el resultado o porvenir del dibujo. Entonces ocurre: Mantenga la mirada fija, sonría si quiere, puede sostener el silencio pero mejor cuénteme sus sueños. La cara del juarense que por un instante no tiene nombre puesto que será todos; es la ciudad, es su dolor y también es sueño.

Y atrás, como fondo y atmósfera, como señas de identidad, los espacios retratados que ubican el trazo del dibujo. Por ejemplo el bar más pequeño de Juárez, el Club 15, detrás del cantinero don Chuy, quien adorna las paredes con fotografías eróticas de actrices y cantantes (los franceses agregaron una mujer más); o la industria maquiladora en la mirada y después la literatura de Elpidia García; o las mariposas del Papillon donde el Virgilio de esta crónica, Miguel Ángel Chávez, les invita una cerveza y soñador comenta: Para mí, esta ciudad es la imagen de la esperanza; o algún restaurante del centro donde Lydia atiende con serenidad y desea la felicidad para el mundo entero, la alegría. La ciudad y sus caras, las que tienen un nombre que puedo reconocer y también las de aquellos que creo haber visto por ahí, en algún cantina, en alguna ruta, en algún espacio del centro, que siempre parece desbordarse, qué sé yo… quizá también ande por ahí igual que una sombra bosquejada o una mancha. En fin, todos sobrevivientes del infierno tan temido que Baudoin y Troub’s reconstruyen. Ellos tiemblan al dibujar.

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Sin embargo, despierto. No confío del todo en la humildad de su premisa. A lo largo de su crónica, tanto Baudoin como Troub’s plasman aquellas noticias que precisamente y durante ese periodo se encargaron de deshumanizar a los habitantes de la urbe, los rostros dibujados… De esta manera, el valor de la cifra se imponía (y aún sucede) frente al del nombre. Ambos venían a Juárez buscando algo que desde el principio sabían que encontrarían. Por ello su visión se vuelve impresionista con el tiempo: como la del que finge sorpresa por una confesión que ya sabía. La mirada de los dos foráneos que se conmueven por las noticias del PM, por las terribles descripciones de los asesinatos, por la imagen del cuerpo femenino que se desangra en la calle, me parece predecible y por ello no dejo de sentirme un poco decepcionado, ya que es innegable la belleza y originalidad de algunos de sus pasajes gráficos: aquellos donde predomina el silencio y por lo tanto soy incapaz de describir con precisión. Resulta injusto que la cuestión de la violencia tenga al final más peso que los sueños de quienes aventuran la ciudad. Quienes buscan a toda costa y sin éxito ocultar en sus ojos las cicatrices que ha dejado esta forma del horror, esta pesadilla.

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Antonio Rubio

¿Qué desató la furia de los Mansos?

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Dentro del imaginario novohispano, el septentrión prometía grandes riquezas. La leyenda medieval de las siete ciudades se mezcló con la tradición oral prehispánica y los expedicionarios se dirigieron hacia esa región del virreinato en busca de las míticas ciudades de Cíbola y Quivira, abundantes en minas y ricas en oro y turquesas. Lejos de localizar tales maravillas, quienes se aventuraron hacia el norte, soldados, inversionistas y frailes franciscanos (cuya misión consistía en la evangelización de los naturales), hallaron un territorio árido, un río bravo y se encontraron de frente con los grupos que habitaban la región: zumanos, apaches, piros, janos, mansos, entre otros. En La furia de los Mansos, obra ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Víctor Hugo Rascón Banda del 2007 y publicada al siguiente año por el Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, el juarense Edeberto “Pilo” Galindo recrea, a partir de documentos históricos,  el encuentro, la convivencia, la problemática de la evangelización y la rebelión de los indios mansos en contra de los españoles en la región del Paso del Norte.

La pieza se encuentra estructurada en un acto dividido en trece escenas, las cuales están distribuidas en dos periodos: antes y después de la construcción de la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe de los Mansos. En ella, el dramaturgo realiza una reelaboración histórica de lo que sucedió en la región tomando momentos y acontecimientos específicos. Las primeras siete escenas abordan algunos pasajes sobre la desafortunada expedición de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, antesala de múltiples entradas al norte desde 1535 y de la toma posesión de la provincia de Nuevo México a finales del siglo XVI.

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A partir de la escena VIII y hasta el final de la obra, la acción tiene como escenario de fondo la Misión (desde su fundación en 1659). En este segundo periodo, Pilo Galindo sitúa el conflicto del texto dramático y expone con crudeza la violencia con la que los indios mansos fueron sometidos por soldados y frailes, para trabajar o ser convertidos. La Misión de Nuestra Señora de Guadalupe de los Mansos lleva este nombre porque fueron los miembros de esa etnia quienes la construyeron. En la obra, mientras los indios acarrean material para la construcción, un solado le pega a un niño. Los militares son sumamente crueles con los mansos; golpean a infantes y adultos por igual: con varas en la cara, latigazos en la espalda y puntapiés por no acatar alguna orden e incluso llegan a matarlos a golpes por robar un par de mazorcas. Aunque la acción más atroz que se propone para la escena son las “perradas”, en las que mastines persiguen, aterrorizan y matan a los indios solo para divertir al ejército. La muerte de un pequeño que es destrozado por los animales será parte del detonante de la rebelión por venir.

113 Tom Lea soldados

Aunque algunos frailes no ven con buenos ojos el maltrato infringido por los soldados, también tratan a los mansos como servidumbre. Siempre y cuando se convirtieran, los frailes les ofrecen alimento y trabajo;  mientras que aquellos que resisten la conversión son perseguidos y calificados de malos, salvajes, paganos y traidores. El proceso de evangelización que recrea Galindo es bastante cruel. En la escena XII, “La conversión de los mansos”, la acotación indica que en el escenario “un número bastante regular de indos mansos están colgados. Han sido pasados por la horca. Sus cuerpos se mecen pesados. Otra cantidad de mansos observan atónicos el dantesco espectáculo. Dos cabezas arrancadas de sus cuerpos se observan en picotas a la vista de todos”. Mientras que un fraile, sobre el templete de la orca, dice “¡Este es el juicio del mundo, el castigo de Dios para todos los infieles y para todos los hostiles que se niegan a abrazar y venerar la santa cruz! ¡Para todos los paganos y rebeldes que prefieren seguir la idolatría a Satanás!” (84).

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A pesar de la situación, muchos indios resistieron la conversión. Galindo le otorga gran fuerza a un personaje, Chiquito, un indio manso que “apenas  aparece en las crónicas de aquellos años y [de quien] existen pocos datos”, pero quien, se dice, organizó la primera rebelión del norte contra la evangelización. Chiquito reniega de Dios, pero desea la paz y seguir cantando a Himama-pao, la luna. Sorpresivamente, los frailes aceptan. Más adelante, cuando una madre quiere recoger el cuerpo de su hijo que está entre los colgados y no la dejan, Chiquito se aparece, reclama y enfrenta a los frailes: “Dios tuyo malo… Dios tuyo no quiere manso… Dios tuyo mata manso… Manso mata Dios…”. También reclama la promesa de paz que los frailes habían hecho, evidenciando su falsedad e incongruencia. Chiquito no quiere besar la cruz porque los frailes han abusado demasiados de ellos: “Manso acá… manso allá… manso trai esto … manso ve … manso viene … manso levanta … manso deja … manso no come… y manso siempre hace y siempre deja… y levanta y lleva … manso siempre caso, siempre mico, siempre bueno … siempre manso” (88). El reclamo se extiende: “¡Y tú siempre pega manso … mata hija … hermano … mujer, mata niño!” (89), porque no es cierto que el dios de los frailes, ni los frailes mismos los quieran, porque los mansos están cansados de tanta servidumbre, de tanto abuso. En ese momento, “Los frailes se asustan e intentan replegarse en dirección de la Misión de Guadalupe… Chiquito extrae de su ropa un cuchillo de hoja grande de pedernal”. Chiquito degüella a uno de los frailes y tomando la cruz de palo, injuria: “Dios no quiere manso… manso no quiere Dios. Dios mata manso… (rompe con su pie la cruz de palo) manso mata Dios…!”. Esta violencia representa la furia de los mansos, nombre que, como apunta el autor, se volvería una contradicción.

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En la obra de Galindo, la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe de los Mansos es un lugar en proceso de construcción, levantado en un tiempo que nos parece lejano. Un espacio cargado de violencia, símbolo de muchas conquistas. La Historia nos cuenta que  la Misión se asentó en uno de los pasos estratégicos para los españoles del siglo XVII y creció hasta convertirse en una de las más importantes de toda la región. Se fundó en 1659; la construcción de la capilla finalizó en 1668. Es el templo más antiguo que existe en el norte de México y es la “piedra angular de lo que hoy es Ciudad Juárez”. Anexa al templo, se construyó la Catedral, consagrada hasta 1941.

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La furia de los mansos, como toda obra dramática, fue escrita para ser representada. Sin embargo presenta un reto para cualquier director que quiera montarla. Me encantaría ver cómo se resuelven algunas cuestiones técnicas, de escenografía y representación. Por ejemplo, marcar las diferentes épocas, el número tan alto de personajes que intervienen, las cabelleras escalpadas, animales devorados, carros de carga y caravanas, perros que destrozan a un pequeño, los cuerpos de los ahorcados,  la construcción de la Misión. En suma, es una obra  maravillosa, que sorprende por la agilidad con la que las escenas se suceden y van creando un panorama histórico en la mente del espectador; además de que explora un tema poco llevado al teatro que es la problemática de la evangelización en la zona norte de nuestro país.

Almendra Ochoa

La ciudad de los muertos (o el espacio inconcreto)

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De acuerdo con información de El Universal, en un reportaje firmado por Julio Alejandro Quijano en 2010, Antonio Zúñiga es el primer dramaturgo juarense en abordar el tema de los feminicidios. Su obra Estrellas enterradas comenzó a escribirse en 1994, apenas un año después de que los hechos adquirieran visibilidad mediática alrededor del mundo. El texto, sin embargo, fue publicado hasta 2003 por el Fondo Editorial Tierra Adentro. Sin razones para la demora en la publicación, ni declaraciones del autor acerca de su proceso de escritura, lo que se puede inferir sobre la tardía aparición de la pieza es que el tema impuso al texto un tiempo de maduración mayor, un silencio necesario en una época en que se adjudicó al arte un alcance de transformación social más allá de sus posibilidades reales, limitadas, desde mi punto de vista, a otro tipo de transformaciones: la catarsis personal a través del ritual de la escritura y, en ciertos casos, cuando el mensaje se comunica efectivamente, la “comunión” con el otro, como bien diría Zúñiga. Pero las revoluciones ideológicas y la convivencia pacífica implican otros procesos, al margen del aporte que las artes puedan significar.

La representación, en la que participan tres actores (dos hombres y una mujer) narra sobre una escenografía compuesta por varios montículos de arena y un poste de luz, la desaparición, violación y asesinato de dos adolescentes. Teófilo, el responsable de estos crímenes, es un electricista que aparece junto a su sobrino Obed, quien también evidencia consecuencias psicológicas de abuso en la caracterización de un personaje con lapsos de afasia, pérdida de memoria y torpeza motriz. En escena, los dos hombres trabajan para llevar la luz eléctrica a un pueblo vecino, con todas las condiciones en contra: oscuridad, viento y arena obstaculizan la labor y la visión en una ciudad que se erige en medio del desierto. Sin embargo, la sensación de inmovilidad planteada por el dramaturgo es, hasta el momento, soportable para el espectador en un espacio en el que las calles, casas, fábricas y referentes cotidianos, son de sobra conocidos para los personajes. Más adelante, esta sensación de seguridad se desvanece.

112 Dos contextos, un desierto

En una jornada de trabajo similar a la de la noche en que se sitúa la acción dramática, Obed recuerda la violación de “la güerita”, una niña de diez años secuestrada por su tío; después piensa en el abuso que él mismo sufrió y le atormenta la idea de que su hermana –desaparecida hace tiempo– haya tenido el mismo destino que la infante en su memoria. El único medio de comunicación entre las figuras es un pequeño radio que, a la manera de las ficciones de horror, consigue captar una psicofonía. Mediante el aparato, Obed se comunica con Bety, de 17 años, que perdió la vida al salir de su trabajo en la maquiladora. Para acortar el camino de regreso a su casa, la chica subió a un auto aceptando el favor de un desconocido y aunque el resto de la historia no supone ninguna sorpresa (sino el paso por una dolorosa inscripción en la memoria de la ciudad) lo que sí cambia en el texto dramático es la representación del espacio en que suceden los acontecimientos. A partir de esta escena, hay un desplazamiento de un ámbito real, tangible, hacia otro que es etéreo, metafísico. Ya desde el título de la pieza, Zúñiga anuncia la concepción de una doble ciudad: terrenal, ahí donde la habitan los vivos y subterránea, donde el halo de otras estrellas ilumina el espacio de indeterminación en que residen los muertos. La imagen del desierto convoca una visión de amplitud, pero el extravío y el mareo descrito por Bety al momento de ser asesinada, así como la falta de referentes concretos de ubicación a la que se enfrenta el lector/espectador, producen una sensación opresiva, contraria a la apertura del paisaje.

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Una cruz pintada sobre el poste proyecta en el suelo una sombra horizontal, que aparece cada vez que la voz de Bety se escucha en la radio. El juego de luces y sombras es aquí una metáfora de la ciudad de nuestros muertos y su residencia anónima, sin bordes ni señalamientos de llegada: el no lugar de la muerte. En condiciones normales (¿o debería decir ideales?) es posible identificar una tumba en el camposanto, una urna en el mausoleo o, en el último de los casos, una fosa común. Un buen número de los fallecidos en esta ciudad no conserva el derecho a un lugar específico, eso que la costumbre y la religión llaman “la última morada”. Nuestras muertas habitan un espacio inconcreto; no hay lápidas que recuerden sus nombres ni direcciones para visitarlas. En la mayoría de los casos, los cuerpos cercenados, dispersos en el desierto, no son siquiera continentes para la propia muerte. A cada una pertenece –como mucho– una cruz pintada en un poste y la sombra que proyecta.

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El día que fue asesinada, Bety llevaba unas zapatillas de color azul eléctrico. Perdió una mientras luchaba contra su captor, y Obed la encontró entre los montículos de arena. Si ella volvió, no fue para reclamar justicia. A saber, la muerte irremediablemente es algo que nos sucede a los vivos. En el montaje de Zúñiga, Bety vuelve a la escena en busca de su zapato –como dicen que vuelven los muertos fuera de las ficciones, para recuperar alguna pertenencia. Su objetivo es, como está dicho en la obra, emprender la mudanza definitiva hacia la muerte, pero quizá también asentar su paso por el mundo en una materialidad concreta. Un par de zapatos, no un nombre propio, ni un cuerpo reconstruido para un velorio. Un par de zapatos: único espacio habitable en la vida, eso que sí llegó a pertenecerle.

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Nabil Valles Dena

Fronteras y otros menesteres

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“Las fronteras de verdad son aquellas que mantienen a los pobres apartados del pastel”, dice Manuel Rivas en su novela El lápiz del carpintero. Cuánta razón hay en pocas palabras. En nuestra frontera, sin duda, algo hay de pastel y de pobreza. José Ángel Leyva, en su crónica “Entre el miedo y la esperanza”, a partir de su visita a Ciudad Juárez y el Paso, realiza una comparación que ya es común en muchos de los visitantes de estas dos ciudades. Resulta estimulante remarcar las dicotomías a las que muy comúnmente estamos acostumbrados y de las que nos valemos para entender el mundo: odio-amor, vida-muerte y, en el caso de Leyva, caos-orden. A partir de ellas, el autor crea un mapa simbólico donde se contraponen dos urbes distintas y, sin embargo, cercanas. No nos dice nada nuevo, pero al mismo tiempo sí, pues al realizar su lectura, va agregando a la frontera a ese cúmulo de perspectivas y focalizaciones que surgen de todos los que pisan este y el otro suelo (y que, al fin y al cabo, son la misma realidad).

A partir de una breve experiencia (ya que fue invitado a un encuentro de escritores durante los años de la guerra contra el narco), el autor logra entrever algunos de los problemas más graves de Juárez: la violencia, la corrupción e incluso los desastres naturales. La esperanza no está aquí sino del otro lado del río, en la parte gringa; en el lado de acá tenemos tan sólo el miedo y la desolación. De este modo, Estados Unidos se convierte en el destino de la gloria hacia donde todos buscan dirigirse. Lo malo acá y lo bueno allá: Dios y el Diablo. Un asunto de suma importancia, desde mi parecer, que remarca Leyva es la lluvia. Todo elemento tiene su ying y su yang. La caída de agua toma dos formas: destruye y purifica. Hay que recordar para esto la lectura bíblica en donde un Dios cansado de sus errores borra las huellas con el agua: limpia y erradica. Para tratar este elemento hace mención del caso de la niña que cayó en un drenaje podrido y murió (olvidó contar la otra parte de la historia, la construcción del héroe que perdió la vida por ayudar al prójimo). En medio del terror de esta escena, busca la esperanza: “Pero la lluvia, pienso para borrar esta imagen terrible, hará florecer el desierto”. ¿Acaso será esto cierto?

111 Puente inundado

Pese a todas las observaciones del autor, es clara en su escritura su condición foránea, lo cual contribuye a dar una lectura distinta (y en absoluto no menos digna), pues encontramos respuestas que demuestran su falta de cercanía con los asuntos concernientes a Juárez. Por ejemplo, nuevamente retomando el tema de los temporales, justifica los enormes desastres en infraestructura con la simpleza de que, como casi no llueve, no cuidamos esa cuestión. Sin embargo, creo que no es sólo eso, sino la falta de interés, la corrupción y la irresponsabilidad más que nada. Pues la lluvia no es tanta, pero existe y año tras año. José Ángel Leyva contribuye de este modo a crear una interpretación de una tierra y su naturaleza, su caos y su espejo de Oesed (El Paso). Los límites (de la imagen de nuestra ciudad en el ensayo), carencias y riquezas surgen a partir de su conocimiento del contexto juarense y paseño (por ejemplo, en ningún momento afirma a Juárez como una tierra de migrantes como el Paso, aun cuando lo es).

111 Mapa Juarez Paso

Otro tema interesante que rescata el autor es el de la comparación de los juarenses con los texanos de origen mexicano; remarca que aunque la gente que vive allá es la misma que acá, allá se comporta de mejor manera: cumple la ley. Leyva culpa de esto a los encargados de la legalidad en México; sin embargo, creo que hay algo más. Pienso que tiene que ver con asuntos de pertenencia e identidad: un sentirse en casa ajena y las condiciones que esto impone. Finalmente, Leyva tiene la posibilidad de analizar una tierra que pasa por uno de sus peores momentos enfrentándola y comparándola con su vecina. Esas fronteras, aunque invisibles, son esenciales: existen a través del comportamiento simbólico de los individuos que las conforman. De este modo volvemos a las dualidades: electrones-protones. Aunque nunca hay que olvidar que siempre existirá el término medio: neutrones. Así que en Juárez cabe la posibilidad tanto de la esperanza como del terror. Nosotros (incluidos los del El Paso) vivimos entre ambas valencias. Al final de la novela de Rafael Bernal, El fin de la esperanza (título engañoso), el nacimiento de un infante vuelve a restaurar la fe perdida, pues aun en la peor de las miserias, mientras haya vida, habrá esperanza, aun con sus distintas y hostiles máscaras.

Graciela Solórzano Castillo

Ciudad menor

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Blas García Flores es gestor cultural y escritor “born and raised” en Ciudad Juárez; su participación en la antología preparada por Antonio Moreno no es incidental, pues la urbe fronteriza sirve de escenario y personaje recurrente en su obra literaria, como en Carta del apóstol san Blas a los parralenses (2010), cuentario que incluye una versión del texto que aquí me ocupa. Supongo que su producción que no ha pasado por la imprenta se comparte y tallerea en el Colectivo Zurdo Mendieta. En la crónica ficcional “La ciudad chicle y sus héroes menores”, el paseante y trota-calle construye en una caminata por el centro, un Juárez que en los 80’s aún no estaba bajo el estigma de la violencia, y si lo estaba, el niño que toma la mano de su madre mientras van “por la calle Hidalgo, hacia la escuela Jesús Urueta” lo ignora o no le importa. Justamente esa es la premisa de la compilación: dar cuenta de el “avistamiento determinado por referentes y referencias personales o inmediatos… en el que muchos lectores verán la celebración de un Juárez en flagrante contradicción con la Nota Roja”.

110 Primaria Jesus Urueta

Para hablar de la ciudad, el narrador-personaje primero dibuja a la gente que la habita, que puebla las zonas más sombrías, y a quienes (al no ser funcionales para el sistema) son minimizados en una urbe que tiene su propio itinerario y donde lo que el autor llama “héroes menores” no tiene cabida.  Estas figuras no se acercan a Agamenón de Troya, ni a James Bond en Londres o Batman en Ciudad Gótica, y pareciera que esta desdeñada y empequeñecida ciudad está condenada al héroe del abandono, al de “la fuerza mínima”, al amputado, al ignorado y al que se “mea encima como chico” (así, igual a lo que ya decía Fito Páez en “Al lado del camino”).

El primer héroe, Duraflex, es el centinela que vigila los bancos del centro, las materias primas, la esquina entre Mariscal y Morelos y la Plaza de Armas y que, “mientras observaba el piso buscando como halcón, repasaba mentalmente las melodías del programa del día” y así prepara su espectáculo. Pareciera que el infante es el único testigo de la batalla que libra este héroe menor y que tiene como némesis al Cine Reforma pues, como dice el personaje “nunca le dejan entrar”. Este recinto, frontera para el Duraflex, ha mutado en los recuerdos de los niños como el que narra la misma crónica. En Juárez, quienes iban a la escuela en el centro reconstruyen el espacio de los cines Reforma, Premier, Coliseo y Alameda, ahora convertidos en escombros y de los que se dice con nostalgia, eran un lugar donde se veían dos películas el mismo día por el precio de una (matiné), donde el sabor de las palomitas se mezclaba con el de los chocolates derretidos por el calor, y las películas tenían un intermedio para que los proyeccionistas pudieran cambiar los rollos. Otras veces, el recuerdo es un chiste, pues en el mismo lugar que por las tardes era para familias, en las noches proyectaba películas queer y pornografía para adultos.110 Cine reforma

El segundo héroe menor, Guanayudita, es el Caronte que vigila la calle Guerrero (el nombre es pura coincidencia) y que por una módica cantidad (en dólares, obviamente) permitía a los “gringochos” de El Paso y Las Cruces pasear frente a la iglesia donde tenía permiso de la máxima autoridad moral, es decir el Sacristán, para mendigar. Acostumbrado a beber caguamas y bailar con las mujeres en cantinas, Guanayudita también se convierte en todos los hombres del centro que, como él, pagan de 5 a 10 pesos por un baile con las ficheras, que seleccionan en las rockolas canciones de Juan Gabriel y que se orinan o desmayan en las calles del centro por la fatiga, el calor y la cerveza. La Misión de Guadalupe, la Plaza de Armas y la Catedral no podrían ser retratadas por otro que no recordara a la imagen de Diego Rivera. Situado bajo los arcos de la Plaza de Armas, el pintor reflejaba los únicos lugares que estaban en paz en una ciudad llena de ruido y estruendo, donde la avenencia le es dada solo a los fieles y quienes compran las pinturas de quien no usa sus manos para trabajar. El Pintor es el héroe extinto pues ya no hay nadie para pintar estos lugares, tampoco hay quien se detenga y los observe.110 Plaza Misión

La tesis que presenta Blas García es que cualquiera puede tener rostro de héroe y formar una resistencia hacia la urbanización que devora a quien no puede detenerse a observar el detalle en el paisaje. Estos hombres comunes y corrientes se quedan cortos y no alcanzan a ser los héroes anunciados pues no logran sobrevivir a Juárez y tampoco son capaces de salvar nada, ni siquiera a ellos mismos. Aun con la “benevolencia de niño” que se presume, los vicios y manchas de la sociedad penetraron la figura de estos personajes que fracasan en el intento que tenemos todos de rescatar lo positivo (o lo menos malo). Aun así, saltan varias preguntas: ¿Dónde está el antihéroe? ¿Qué es lo que Duraflex, Guanayudita y el Pintor rescatan entre la basura de las ligas, los dólares y las acuarelas? ¿Qué héroes mayores los retratan y a qué carencia ciudadana responden?

Fernanda Avendaño

Caminero del destino

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Durante casi tres siglos el origen de nuestra ciudad permaneció envuelto en un halo legendario. Uno de los primeros en ahondar, desde una perspectiva histórica, sobre el tema fue Monseñor Carlos F. Enríquez. Los frutos de su investigación se encuentran en Historia de la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe: su templo y sus cambios (1984). El texto comienza con un poema dedicado al fundador del antiguo Paso del Norte: fray García de San Francisco, en donde resalta su importancia para la evangelización y, desde su perspectiva, la salvación de los habitantes de estas tierras salvajes. Las siguientes líneas se enfocan en la imagen de este personaje a partir de las palabras de otro hombre de fe.

109 Enríquez - A fray García

Hacia el siglo XVII la conquista misional comienza en el septentrión novohispano; los indígenas emergen dentro de una nueva sociedad: la novohispana, regida por la Iglesia. Fray García de San Francisco vislumbró el Kairós (el momento oportuno) para profundizar en el encuentro espiritual con este sector humano que reclamaba el reconocimiento de sus derechos individuales y colectivos; querían ser tomados en cuenta en la catolicidad con su propia cosmovisión, sus valores y su identidad particular. La condición de neófito superaba a la de bárbaro o idólatra. El franciscano reconoció en ellos innumerables riquezas culturales, grandes valores y convicciones; los cuales, desde la perspectiva de la fe, eran y son fruto de las semillas del Verbo; es decir, estaban ya presentes y obraban desde antes en esos pueblos nativos; por ello, “tu palabra se quebraba / en el viento / y vaciaba las sombras / de las dormidas almas / que en fondo de las dunas / ansiosas te esperaban”.

Fray García fue un evangelizador incansable y con gran celo apostólico. El servicio pastoral a la vida plena de los grupos indígenas exigía anunciar la palabra de Dios denunciando las situaciones del pecado, las estructuras de muerte, la violencia y las injusticias internas y externas. Jesucristo es la plenitud de la revelación para todos los pueblos y el centro fundamental de referencia para discernir los valores y las deficiencias de todas las culturas. Por ello, el mayor tesoro que el misionero pudo ofrecer fue que los indígenas llegaran al encuentro de la fe cristiana: “despertar las sombras / dormidas en las almas / de aquellos hombres de barro tierno”. Es importante, entonces, reconocer su testimonio de vida, su trabajo evangelizador y la creatividad pastoral que lo llevó a fundar la única misión de estas tierras lejanas que ha perdurado en pie hasta la fecha; aquella que “como flor del monte / nació en tu fantasía / una iglesia esbelta / fermento de masa nueva […] donde las voces / nunca se apagaran”.

109 Bill Rakocy diorama

María, su patrona, fue quien le enseñó a caminar sin cansarse –como lo hizo ella al visitar a su prima Santa Isabel– hasta lo inhóspito de estas tierras duras y desérticas, y así realizar su trabajo de siervo y marchar sin detenerse más allá de cualquier paisaje plagado de inconvenientes. Por ello, en su honor dedicó el recinto que concretizó todos sus esfuerzos a Nuestra Señora de Guadalupe.

Sandra Isais Casas

La noche de los delincuentos

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La obra de Arminé Arjona refleja a la perfección todo lo bueno y curioso (por no escribir “malo”) de nuestra humilde literatura juarense, englobando también a la crítica académica e informal y al fenómeno editorial. Por una parte, su voz poética, rica en juegos verbales e imágenes desoladoras ha contagiado hasta las paredes. Poesía que es una con la ciudad que describe. Por otra, están sus cuentos, que analizaré en los siguientes párrafos. Y finalmente está la obra que presumen las solapas de sus libros y que jamás se publica. Libros de poemas “próximos a publicarse”, una novela “inédita” e incluso una obra de teatro. Creo que solo en Juárez suceden estas cosas. Casi forma parte del hábitat literario juarense: publicaciones, autopublicaciones y promesas (que nunca se cumplen porque no hay dónde o cómo). Pero estas obras existen y rondan. Tanto así que Rocío Mejía dedica gran parte su ensayo “Crimen y castigo en Ciudad Juárez. Apuntes para una aproximación a la poética narrativa de Arminé Arjona” (2013) a un libro que Arminé le mandó por correo. O por Facebook. No conozco del todo el chisme. Ahora que está de moda comunicarse por la red, parece más atractivo mandarle un inbox a tal autor y que el susodicho nos envíe sus textos. “Inéditos”, la palabra clave, la palabra suculenta. Resulta también muy atractivo preparar una ponencia o un ensayo académico en donde estudiamos esta literatura desde nuestro enfoque teórico favorito (con citas, muchas citas, citas para llevar o ir comiendo), comprobando sorprendentemente que son pieza clave para comprender el mundo en que vivimos. Al cabo no se puede contradecir esta verdad porque nadie ha leído esas obras salvo nosotros.

Afortunadamente hoy escribiré sobre Delincuentos: historias del narcotráfico, que sí se publicó en 2005 por Al Límite Editores y se reeditó en 2009 por el Instituto Chihuahuense de la Cultura. Este libro reúne dieciséis relatos cortos que tratan, en lo general, sobre cómo las drogas (especialmente la marihuana) se han introducido en la vida de los habitantes de la ciudad. El conflicto en la gran mayoría de los cuentos se concentra en el cruce ilegal de dichas sustancias; los personajes están inmersos, como ya he mencionado, en este ambiente: son drogadictos o traficantes. Los protagonistas de estos “delincuentos” son en general mujeres de clase baja, aunque no faltan los campesinos, los inmigrantes y, por supuesto, el narcotraficante. Para Juan Carlos Martínez Prado en “La apuesta”, que funge como “noticia” a la edición de Al Límite, la narrativa de Arminé Arjona surge después de lo que él denomina “los funerales de las ideologías”. Con lo cual indicaría que esta narrativa es un ejemplo de una manera nueva de escritura fronteriza. No obstante, lo último resulta debatible porque precisamente su obra respeta siempre la estructura de una fórmula “clásica”. Lo mismo ocurre en su poesía: métrica estable y rima asonante en versos pares. En Delincuentos noto una exploración del relato en su forma más tradicional: introducción, desarrollo, nudo y desenlace sorpresivo. Todos sus textos utilizan esta fórmula y a la larga el libro se vuelve repetitivo y predecible. Quizá lo “novedoso” que encuentra Martínez Prado está en los temas (dentro del contexto de publicación, claro), pues el eje central será “la participación de la mujer en asuntos del trasiego de la droga”.

Desde la portada del libro en su primera edición, la presencia del puente y la línea se imponen como lugar insignia. En esta ubicación algunos relatos encuentran su momento climático. El objetivo será cruzar la droga a Estados Unidos y recibir un pago a cambio, como ocurre en “American, Sir” que Fabiola Román ha analizado anteriormente en Juaritos. O, mejor escrito, el objetivo será cruzar, estar del otro lado. Y finalmente, regresar con una recompensa: dinero, respeto. Un método de supervivencia. Para llegar a él, el narrador de estos relatos cambia los papeles de sus personajes en busca de un efecto inesperado.

45 Arjona - Delincuentos Allímite

Así, en “El acecho” el hostigador gringo que busca seducir a la solitaria mujer en realidad fue acechado por ella. Cazador cazado, como en Animal Planet: “Ándele, déjeme invitarle un trago —dice el cazador nocturno acechando a la joven mujer”. La atmósfera imaginada es la de un bar ruidoso “que exuda música norteña, sudor y baile”. En seguida se revela su ubicación: la Avenida Juárez. El nombre del bar permanecerá oculto. Lo importante, insisto, será el cruce. La mujer, después de insinuarle una posibilidad, indica: “Mira, la mera verdad me gustas mucho pero yo no quiero nada en Juárez”. Así el escape para ella y la suerte para el “güerito”. Que Juárez quede atrás. Solo una condición: él manejará el auto de ella. Al fin, ocurre: “Tras la larga fila nocturna cruzan el puente hacia El Paso sin contratiempos”. Puedo imaginar con cierta facilidad la ubicación espacial referida aquí. El puente Santa Fe. No tiene pierde. Ya en los United, frente a la farmacia de Fox Plaza, se monta el teatro. Aparece el supuesto (como diría un periodista de El Diario) cuñado de la mujer y le suelta unas cachetadas, para luego amenazar con un arma al gringo. El tipo asustado se olvida de sus técnicas de don Juan y huye del lugar. En su ausencia, el show se desmonta. Nora y el “enloquecido vaquero” logran engañar no solo al gringo sino al lector: “qué tal pasó el carro bien cargadote con todos los kilos”. El cruce fue fácil, pues era un güerito al que no iban a revisar. Y regresamos al mismo tema. La supervivencia. El cruce de las drogas a toda costa. Y que Juaritos quede atrás, con toda su porquería. Aunque las lágrimas de Nora sigan resbalando por culpa de los golpes del vaquero. Nadie es del todo feliz. Así es el negocio.108 Fox Plaza ELP

Antonio Rubio

Ayes de dolor

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“Juárez, Juaritos” es un cuento del escritor sinaloense Élmer Mendoza, reconocido como el principal expositor de la novela negra mexicana contemporánea; dicho texto, del cual ya se ha hablado en el blog, forma parte de una compilación de crónicas y relatos realizada por el académico Antonio Moreno. El cuento, bastante experimental, relata la historia de una pareja de almas errantes, que, a pesar de la inmaterialidad de sus cuerpos, viven una vida común, una como la de cualquier otro, con necesidades y gustos ordinarios. Tanto el narrador –de quien no se menciona el nombre–, como su esposa Leonor son entes que han coexistido entre ensoñaciones y los actos de represión que parecen inmemoriales: “Nos tirábamos al piso o entre la maleza cuando éramos niños. Nos tiramos en el 68, en el 72, en 1910 y en 1810. En el 48 y 1521. Ahora estábamos allí en medio de un feroz tiroteo.” En Ciudad Juárez estos personajes interactúan con otras entidades descarnadas. Temporalmente, la trama se fija en la primera década del nuevo siglo, durante los momentos en que el fuego cruzado era el pan nuestro de cada día.

El espacio literario coincide con la mancha urbana de la ciudad fronteriza. A través de la narración del protagonista, percibimos que desde la intimidad de su vivienda, sintoniza su radio para captar noticias locales sobre personajes tan icónicos como Juan Gabriel. A medida que el tiempo del relato pasa, también acontecen diversas situaciones en la urbe relacionadas con la nota roja, deportiva, sobre espectáculos y feminicidios, así como con las constantes balaceras a plena luz del día. ¡Vaya collage! Juárez, como objeto literario, sirve de lienzo a las acciones de protagonistas, sus contrarios y figuras anónimas que completan el escenario. La correlación existente entre el espacio geográfico y los hechos narrados es tan estrecha que incluso se duplica desde el título mismo del relato, centrado no en el lugar, sino en sus problemáticas.

107 Reez Juarez galactic

Afortunadamente, en la actualidad, la ciudad ya no se encuentra bajo el caos descrito en el relato. La reactivación del centro histórico ha sido un acertado paso en la reconstrucción de la ciudad. Ahora, a diferencia de lo que retrata Élmer Mendoza, se puede ir al cine sin que exista el riesgo de tirarse al piso para salvar la vida; sin embargo, siempre a donde se voltee, se podrá ver la silueta de las almas de todas esas jóvenes arrancadas de sus hogares, removidas del tiempo, o al menos sentir su energía que busca justicia a través de sus seres queridos. Ellas ya pertenecen a esa parte de la historia de Juárez, al vergonzoso e impotente legado que se transmitirá dentro y fuera de nuestras fronteras. Una parte del folklore local que debió haber sido un sueño.

107 Reez shapesDelia Márquez

Híkuri intelectual

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La sala de colecciones especiales de la biblioteca central de la UACJ a eso de las cuatro de la tarde es el ambiente idóneo para compartir lecturas, juicios sobre libros y referencias literarias; una novela, no. Mi opinión general sobre La mujer que no fui o memorias de un insomne es negativa, lo cual normalmente me orilla a guardar silencio, ya que resulta mucho más sencillo echar escupitajos que emitir un digno aplauso. Así que me detendré en breve a explicar por qué no me gustó la novela de Rogelio Treviño, bajo la advertencia de que mi opinión es parcial y que este tipo de escritura –de exploración, existencial y a unos tachones de ser borrador– tiene el potencial de abrazar a un sinfín de lectores, justo como aquél que me recomendó el libro en la biblioteca Carlos Montemayor y quien debió haber escrito esta entrada. El título de la obra, publicada en 1998 por el ICHICULT en la colección Solar, encierra un doble recorrido: la imposibilidad del ser (o encarnar a todos) y los recuerdos de alguien en vela. El planteamiento me parece atractivo, pero ante la paradoja del cruce de caminos, el escritor se echa a andar simultáneamente por ambos senderos al amparo de todo lo que ha leído. Y eso me fastidia, aunque me hizo recordar a la “Cumbiera intelectual”, de Kevin Johansen, canción en la que un personaje femenino, ese sí muy bien construido, presume de todo su librero, tal como el bagaje que Treviño esparce por aquí y en cualquier resquicio para el regodeo de su culto lector. El compendio bibliográfico y el alarde quitan peso a la experimentación narrativa y evitan la introspección de un narrador-protagonista en su empeño por ser genérico a partir de experiencias vividas por otros. “Es cierto. Conocerse es horrorizarse”.

La secuencia mejor lograda conjuga la juerga de un escritor en Ciudad Juárez con sus intentos por concretar una novela. Sin embargo, estas secciones no guardan relación con el título del libro ni con el intento de abstraer la voz narrativa hacia la indeterminación: ni mujer, ni hombre, ni buen narrador. ¡Bueno, ya! El protagonista llega a Juárez procedente de la Ciudad de México tras su divorcio por una simple razón: estar cerca de sus hijas. Confieso que yo hago lo mismo cada mes, pero en dirección contraria. Después de esta fortuita coincidencia, la novela me empezó a hablar y ya no pude parar. “Nuestras hijas no sabían la distancia abierta, cada vez más abierta en el insoportable abismo de los cuerpos.” El poema “Invierno”, en la página 29, encierra toda la fuerza emocional de una múltiple separación. En ese momento, el conflicto interno del personaje se multiplica: después de librarse del “cuadrilátero de la almohada” deja de escribir y deambula entre la introspección y las calles de un invierno juarense. “Camino por la López Mateos, no hay mucho tráfico, el día está nublado. Veo a la gente como detrás de un vidrio, veo sus ojos nublados como el día.”

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Por otra parte, pienso que la amistad funciona como un hilo conductor de la novela, ya que el protagonista encuentra cobijo con sus camaradas, y al final nos enteramos, por medio de un juego metaficcional, que el autor le dejó su texto a un amigo quien decidió publicarlo a inicios de los 90’s. La esquina de la Av. López Mateos y la calle Melquiades Alanís se convierte en el epicentro de la acción. Una generación de artistas bohemios chihuahuenses, y demás extravagancias del beatnik norteño, se dan cita en un departamento desde donde nuestro personaje se aventura siempre en compañía hacia varios lances en busca del íntimo remedio, la escritura, o su paliativo, cualquier vicio.

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El espacio citadino transitado en La mujer que no fui aparece como una hoja en blanco a la que todo escritor teme y se enfrenta. El trayecto que realiza la pluma a través del entramado urbano juarenses refleja el bullicio en donde la unidad se confunde con la multitud, con el roce de cuerpos y sombras que dialogan en movimiento entre sí, con todos y con nadie. A medida que la voz narrativa se individualiza y los demás personajes adquieren nombre propio, como Rodolfo Haro, Nazareth, Heber y Luna, la novela nos cuenta la travesía del protagonista en busca de inspiración, la cual llega no en Juárez, sino en Camargo. Este pasaje también es llamativo, no tanto por el alucín causado por el peyote, bien logrado a nivel descriptivo, ni por la ceremonia con la que se logra el encuentro con el nombre verdadero, aquel que no se escribe a pesar de haber hallado su grafía. Lo que me interesa apunta hacia el esfuerzo por consolidar una literatura regional orgánica que se mantiene vigente y en construcción por voces foráneas que se adentraron en la sierra tarahumara, como Joseph Neumann o Antonin Artaud, y dejaron testimonio escrito en donde se hallaron a sí mismos en territorio extranjero. A esta línea de conciliación pertenece Rogelio Treviño, quien recoge el saber rarámuri a través de su alter ego que ingiere la planta sagrada: el híkuri. Y antes que él, José Vicente Anaya, en 1978, ya había ofrecido en verso el resultado de la misma bocanada. En la última novela de Alejandro Páez Varela, Oriundo Laredo también aprende de este “cactus de mucha tradición en el norte de México”. La enseñanza vital en La mujer que no fui o memorias de un insomne, tanto a nivel compositivo como interpretativo, queda cifrada en la siguiente cita de la misma obra: “el híkuri no da lo que no traes; no en vano los tarahumares y los yaquis le llaman «corrector de vida»”.106 Hikuri

Carlos Urani Montiel