¿Quién soy? Un español que compró una alfombra

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Hace trece años, en 2004, se publicó en la editorial Anagrama la novela más importante del chileno Roberto Bolaño, 2666, al cuidado de Ignacio Echeverría. Pareciera que el escritor latinoamericano (nacido en Santiago de Chile, en 1953, criado en México y fallecido en España en 2003 en la hora nostálgica de la ciudad de Blanes, Barcelona) escribió más muerto que en vida. Cada lector que se acerca a su prosa y a su poesía se percata o se convence de que son varias las obras publicadas después de su muerte, siendo esta la más importante. Desde entonces se ha trabajado sin descanso, por lo que creo que no hay mucho que pueda decir que otros no hayan mencionado respecto a la obra póstuma. Es bien sabido que el trazo que el poeta hizo sobre su ciudad fronteriza tiene un carácter residual y discontinuo, como algunos especialistas lo han nombrado. También se habla de la violencia hacia las mujeres y criminalidad hasta el día de hoy impune, nada nuevo. 2666 tiene como objetivo narrar, en la ciudad ficticia de Santa Teresa, espejo calidoscópico de Ciudad Juárez, las desapariciones forzadas de miles de mujeres, a ellas que el olvido busca llevarse, pero que la memoria les devuelve a cada una su sentido. En dicho esbozo me aproximaré a “La parte de los críticos”. En este capítulo el lector conoce la historia de los crímenes conforme cuatro críticos literarios buscan a un perdido escritor europeo de la lejana y distante Alemania.

Ahora bien, con esta pequeña introducción a la obra es importante señalar un fragmento de la novela donde queda registro del Mercado Juárez. Ahí donde se habla, ya no del cuerpo violentado de los personajes ni las desapariciones que abundan en los silencios, sino de cómo el mismo espacio y edificio del mercado es alcanzado por la dominación y el olvido; las ruinas en las que viven cada uno de los puestos de comida, de máscaras, de figuras de barro, de catrinas, etc. es reflejo de lo que cada crítico vive y pierde: “Al día siguiente salieron a dar una vuelta por el mercado de artesanías, inicialmente concebido como lugar de comercio y de trueque para que la gente de Santa Teresa y a donde llegaban los artesanos y campesinos de toda la zona, llevando sus productos en carretas o a lomos de burro […] ahora se mantenía únicamente para turistas norteamericanos […] y que se marchaban de la ciudad antes de que anocheciera”.

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Estas descripciones son eco de la vida social, vacía y decadente, en la que se sumergen los personajes; es decir, el espacio, así como los transeúntes y vendedores, son producto de una crisis ya no solamente interna sino colectiva. En este conflicto se viven diferentes periodos del proceso cultural que ha sufrido Ciudad Juárez. Existen ocasiones en donde los críticos literarios, Norton, Espinoza, Pelliter, Morini, viven un antagonismo que se acentúa cuando luchan, ya no consigo mismos o entre ellos, sino con la ciudad. Esta pelea que desata disputas y asuntos polémicos termina, en el mejor de los casos, en una definición falsa de lo que realmente buscan: “al final Pelliter adquirió por un precio irrisorio una figurilla de barro de un hombre sentado en una piedra leyendo el periódico. El hombre era rubio y en la frente le despuntaban dos pequeños cuernos de diablo. Espinoza, por su parte, le compró una alfombra india a una muchacha que tenía un puesto de alfombra y sarapes. La alfombra en realidad no le gustaba mucho”.

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Los personajes, como los vendedores en el Mercado Juárez, se quedan en su trinchera; cada quien tiene caprichos mal disimulados y se pierden en un mercado en ruinas, inmutable a los ojos de la tragedia. Lo importante en todo esto –en esta búsqueda y lucha contra el olvido– sería entonces, como otros escritores han dicho, descubrir los valores del pasado que son vitales para el presente, incluso en este edificio que se mantiene de recuerdos. El Mercado es lugar que nutre el arte; ahí los vendedores amplifican el espacio y crean miniaturas que fecundan una cantera humana. El Mercado es un museo de figuras anónimas. Las catrinas de barro alcanzan a respirar y, sin embargo, ninguna es capaz de morir “porque están muertas en el molde mismo que les dio apariencias de vida”. La expresión de los críticos fenece antes de que el centro histórico de la ciudad gire y dé media vuelta para dar cara al vacío.

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Los personajes de Bolaño están cimentados en la angustia de una ciudad que se desmorona. Cada paso es un acercamiento a los puestos trasegados en pisos de alquiler: “Cuando salió del bar se dirigió al mercado de artesanías. Algunos comerciantes estaban recogiendo sus mercaderías y levantando las mesas plegables […] Las calles del mercado estaban sucias, como si en lugar de artesanías allí vendieran comida hecha o frutas y verduras”. El Mercado en la novela es un eco y la sombra desgarrada de un sector social, como cada uno de los críticos, que lleva en sus espaldas su propia tragedia. Con el paso de los años este lugar ha terminado por derrumbarse y deformarse; con su penuria y rutina ha hecho de la inercia un arma. Pero, ¿cuál es la imagen del mercado que se construye en las páginas de 2666? La de un vasto mundo de pluralidades, donde no existen fronteras políticas, construido por pequeños puestos que asimilan una cadena de islas por descubrir,  comunidades en donde los protagonistas son sus habitantes y ellos mismos le dan nombre al Mercado. Lo que cuenta Bolaño es un hábitat de fronteras en donde choca su pluralidad, es decir, “incontables patrias” que despiertan al mundo exterior y se funden con él… un mundo que le abre sus puertas a aquellos que vienen de otros abismos, siempre y cuando se salven, de algún modo, de sus propios sueños.

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Joel Peña Bañuelos

Todos bajo un mismo sol

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Son pocos los registros que narran la travesía de fray Agustín Rodríguez, un religioso franciscano dedicado y preocupado por la evangelización de los indios situados más al norte de la Nueva Vizcaya. Siendo este su principal motivo, fue en junio de 1581, junto con los religiosos Francisco López y Juan de Santa María, y autorizados por el virrey, que partieron hacia estas tierras desconocidas para ellos. La escolta, de no más de 10 soldados, iba comandada por Francisco Sánchez Chamuscado. Pocos hombres para una expedición de tal importancia, pues la nueva ley prohibía el derrame de sangre indígena. Pasaron por varios ríos como el de las Conchas y el Río Grande, a un costado de varios pueblos como el Puruay, hogar de pobladores tiwa que después asesinarían a estos frailes y a otros indígenas ya evangelizados y guiadores de los mismos. Estas noticias llegan a nosotros de manera oficial por los documentos inéditos de las Indias y por el testimonio de los dos sobrevivientes a esta expedición: Hernán Gallegos y Pedro Bustamante, pues el viaje también fue encomendado por la Orden de San Francisco. Es así como supuestamente se abre la ruta al aún no bautizado Paso del Norte.

La ruta consistió en seguir el cauce del Río Conchos hasta su desembocadura en el Río del Norte. Aquí se encontraron con nativos que les informarían acerca de otras tribus hacia el norte. Así, siguieron el cauce del río pasando por la región del Paso del Norte, cazaron al búfalo (“vacas de Cíbola”) y tomaron posesión de un lugar poblado y con grandes casas el 21 de agosto de 1581, nombrándolo San Felipe del Nuevo México. Poco después, el cronista de la expedición, el capitán Hernán Gallegos pediría al rey la autorización de ordenanza al Nuevo México, nombre con el cual se empezaría a reconocer esas tierras. Pero esto apenas era el inicio de una inmensa curiosidad por las posibles riquezas que se encontrarían en tierras norteñas. Entre los mineros ansiosos por apoderarse de los metales y los franciscanos por evangelizar, se comenzaron otras expediciones tanto legales como ilícitas. Y como última puntada, a principios de 1598, Don Juan de Oñate, hombre de familia y cuyo padre había sido uno de los fundadores de Zacatecas, esposo de una de las nietas de Hernán Cortés, bisnieta de Moctezuma, emprendió una expedición desde Santa Bárbara con 400 hombres y 130 familias, más de 80 carretas con provisiones y suficientes cabezas de ganado. Finalmente, de esta manera se asentarían los primeros exploradores en las tierras del Nuevo México… siguiendo los confusos pasos de fray Agustín Rodríguez

A más de cuatrocientos años de toda la movilidad colonizadora y los caminos abiertos por todos estos espacios, los habitantes han moldeado el terreno hostil por diversos motivos. Los indígenas se han ido rezagando tanto en su número como en sus tradiciones y espacios. Las fronteras y perímetros del mapa geográfico ahora son otros. Las viviendas y la estructura de la ciudad van cambiando de acuerdo a las especificaciones de la modernidad. Casi medio siglo ha bastado para renombrar y repoblar lo que antes se conocía como la Nueva Vizcaya y el Nuevo México. Sin embargo, no hay que dejar en el olvido nuestro posible origen: la fundación y los primeros asentamientos del Paso del Norte. Ciudad Juárez sigue en pie (como se la imaginaron sus fundadores) y, por qué no, viviendo de esas expediciones, de ese espíritu aventurero. Al día de hoy, en el 2017, continuamos siendo aquellos hombres y mujeres que caminan por el desierto en busca de prosperidad, que se desplazan por rutas largas y secas para llegar a un destino. Todos cubiertos bajo un mismo sol.

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Óscar Sánchez Torres

Voz de los noctívagos

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Una lectura del poemario Conversando otra voz, de José Joaquín Cosío

Hablaremos del primer libro publicado por Joaquín Cosío, originario de Tepic, Nayarit y radicado en Ciudad Juárez desde la edad de once años. Este poeta, narrador, dramaturgo, periodista, profesor universitario, actor de teatro y cine nació en 1962 y su libro apareció bajo el sello de Joan Boldó i Climent Editores, en coedición con el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de San Luis Potosí, con fecha de 1990. Hasta hoy (febrero de 2017), es la primera y única edición. El autor ha publicado posteriormente un grupo de poemas en el texto colectivo Cíbola, cinco poetas del norte (UNAM, 1999), compartiendo espacio con Jorge Humberto Chávez, Alfredo Espinosa, Gabriela Borunda y Rogelio Treviño, este último fallecido hace cinco años. Luego dio a la luz Bala por mí el cordero que me olvida (Ediciones sin nombre / Nod / Instituto Chihuahuense de la Cultura / Taberna Libraria Editores, 2011). Conversando otra voz corresponde a una incipiente, pero ya notable, tradición de escritores juarenses gestada en los años 80 del siglo XX, durante el taller fundado por el recién desaparecido novelista potosino David Ojeda.

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Los años que Cosío pasó en Ciudad Juárez fueron de intensa actividad formativa y definitoria: su participación en teatro fue intensa y pronto manifestó una gran calidad interpretativa. La estancia en el taller literario y el trabajo actoral fue desplazando a segundo plano la docencia y otras responsabilidades de Cosío, cuya existencia cobra sentido en función de las dos vocaciones artísticas aunque, en algunas entrevistas, ha expresado ser un actor que además escribe poesía. Esto resulta claro a vistas de que se ha convertido en una de las principales figuras del cine mexicano a partir de Matando Cabos, donde protagonizó a su primer personaje de gran éxito en la pantalla grande. En cuanto a la obra escrita, algunos de sus amigos juarenses tenemos la suerte de lucir en nuestros libreros sus textos autografiados, gracias a la amistad y cercanía propiciados por el azar y el común interés por las letras. La poesía de Conversando otra voz es una lírica donde predomina el desencanto frente al mundo. Además, resulta notoria la infrecuencia del yo poético: se trata de textos donde la voz que cuenta y reflexiona se resuelve generalmente en un colectivo “nosotros”. Le sigue en importancia la segunda persona gramatical.

Sin embargo, cuando el lector comienza a recorrer las páginas iniciales, lo primero que encuentra es un par de estancias de tono personal: “yo no conozco a alan watts / nada sé de su estela marítima… / mi silencio toma cerveza casi todos los días…” El resto del poemario se apoya en apelaciones de un “nosotros” hacia algún “tú” generalmente femenino. En ocasiones, ese “tú” es indeterminado, o bien, se trata de una persona retórica que se identifica con el yo poético, como en este bello poema, “Personaje”, de íntima biografía. Un inquietante desdoblamiento se revela al final de la primera estrofa, así como en la última estancia.

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Aquí, el poeta frente al espejo reflexiona sobre su propia historia en una fecha relevante, el cumpleaños  (ya cerca del trigésimo), quien se ve a sí mismo como un “jardín de frases condolidas”, es decir, como un productor de palabras, un poeta. Las frases son “condolidas” porque el poeta ficcional que habla en el texto asume y comparte el dolor del otro, que no solo es él mismo en su desdoblamiento, sino otros humanos, según consta en la segunda estrofa: “los que sueñan”. El semblante compungido de los rostros corresponde parcialmente al tono general del libro que venimos comentando, y que comparte con muchos textos de los poetas contemporáneos a José Joaquín (j.j.): un estado anímico perseguido por la insatisfacción existencial, cierto desencanto del mundo que forma la pátina característica de mucha poesía desde las vanguardias del siglo XX en sus inicios o quizá desde el siglo anterior. Ese tono, esa actitud que no llega a ser tristeza o lamento pero sí lleva su matiz de amargura es el sello que unifica a ese grupo de autores surgidos en el primer taller del INBA juarense.

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A la influencia de viejas poesías vanguardistas y biografías de escritores rebeldes de siglos pretéritos se deben en parte el gesto y las maneras bohemias de estos importantes autores que animaron la vida cultural de nuestra ciudad por varios años. Vale aclarar que no toda la obra ni todos esos autores destilan el mismo licor: hay algunos cuya poesía es más bien festiva y lúdica, como el caso de Miguel Ángel Chávez. Asimismo, varios poemas de Conversando otra voz nos regalan con el pleno amor y evocaciones de intensa ternura. Y desde luego, no faltan los metapoemas, textos que tratan del proceso mismo de la escritura, como el que encontramos en la página 44 e inicia de este modo: “la palabra arrugada / la palabra rota en el fondo del cesto / inmóvil como la quieta furia de las víboras…”.

Tradición y verso libre

En los versos del poema antes mencionado, “Personaje”, a simple vista de metro libre, se mantienen vigentes fórmulas tradicionales. Por ejemplo, de las doce líneas, tres son endecasílabos acentuados de acuerdo a los cánones. Hay, igualmente, tres versos alejandrinos (de 14 sílabas), uno de nueve, uno de diez y otro de 16. Los alejandrinos están perfectamente separados por pausas en la séptima sílaba (hemistiquios). El verso de 16 sílabas en realidad es compuesto por nueve y siete. Es un poema donde se combinan entre sí versos cuyo número de sílabas es impar. La tradición prescribe que es preferible combinar versos pares o impares, pero no ambos, en los poemas. Aquí solo el decasílabo escapa al patrón formal, aunque fluye con agradable ritmo porque se encabalga con el endecasílabo anterior. Nos detenemos en estos detalles técnicos (la poesía es técnica) para constatar la cultura literaria del autor, alimentada sin duda por el amplio bagaje que la literatura universal nos ha legado. También es evidente que estamos ante un poeta de su tiempo, inserto en el ambiente del quehacer literario mexicano y en sintonía con los estilos de sus amigos y conocidos en el medio, sin menoscabo de reconocibles matices personales. Leer sus poemas casi es como escuchar su voz profunda y modulada, acorde con su experiencia y sensibilidad de actor.

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El espacio literario

En la poesía de Joaquín, en este libro, predomina el imperio de la noche. Sus espacios no se ubican en lugares concretos, pero sí en lentos atardeceres, caminatas bajo la lluvia o sobre las hojas que el invierno derrama en el pavimento: imágenes que sin duda reconocemos y vivimos en esta ciudad…  o en cualquier gran metrópolis. Conocemos, eso sí, algunos sitios donde el autor leyó sus textos en compañía de sus colegas talleristas: el Museo de Arte, la Biblioteca municipal Arturo Tolentino, la preparatoria de Altavista, la UACJ, entre otros. Hay, sin embargo, un poema que podemos ubicar, gracias a charlas personales con el autor: “Vuelo del colibrí”, dedicado a la narradora Rosario Sanmiguel. La idea le vino al poeta luego de advertir el asombro de Rosario ante la aparición de un grupo de estas avecillas junto a los muros de cristal del Museo de Arte del INBA, donde año con año regresaban, por lo menos hasta comienzos de los años 90. Luego, el verdadero tema del poema no es el que indica el título, sino la emoción sorprendida de una amiga al descubrir colibríes en ese lugar. .

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Como lectores asistimos a las visiones del poeta, cuyas “ciegas geografías” transcurren mayormente de noche, en alcobas y calles pobladas por “siluetas   nombres   paraísos” (52), pues la ciudad es “un juego de espejos ingrávidos”. El diagnóstico de esta visión de la urbe, en la voz poética, es que “no somos   no soy otra cosa”. Puede uno imaginar el recorrido de Cosío por esas calles, de noche, después de la fiesta en casa de un amigo o en los bares. Algunos de esos lugares fueron recurrentes hasta volverse icónicos, por ejemplo la cantina El Recreo, situada en 16 de Septiembre y Francisco I. Madero.

El espacio ficcional y los habitantes de carne y hueso

¿Qué somos nosotros, lectores mortales, en la ciudad pintada, imaginada por los poetas? Las calles de Conversando otra voz se nos presentan desoladas, su atmósfera cargada con el peso del abandono y la soledad. ¿Acaso no son así las calles nocturnas de nuestra ciudad, cuando las andamos sin compañía, terminada la euforia de la celebración recién vivida en una francachela?

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Los noctívagos, hombres o mujeres, experimentamos la zozobra y el frío de esas andaduras alguna vez, y por ello es fácil sentirnos identificados con estos poemas plenos de estremecimientos íntimos, de nostalgia e incertidumbre. En esa identidad con la ciudad real y la ciudad mítica radican la fuerza y el valor de los versos que nos regala en esta ópera prima José Joaquín Cosío.

Agustín García

Del Güero Mustang y otros rostros juarenses

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La construcción de la identidad regional implica, entre otras cosas, la cimentación de una historia y una memoria que confieran cierta estabilidad a la autodefinición de aquello que son y comparten. Para lograrlo, existen varias estrategias (según Jöel Candau); la que aquí nos interesa es la literatura y en este caso, las composiciones musicales. Julio Cortázar aseguraba en uno de sus ensayos que los escritores leídos más apasionadamente son aquellos que se empeñan en “hacer frente a la cuestión de la identidad cultural de sus pueblos y contribuir con las armas de la invención y la imaginación a volverla cada vez más honda y más completa.” Hace poco tiempo me topé con uno de esos autores que te obligan a reconocerte como miembro de una comunidad: Alejandro García, alias El Alejandro Chaveñero.

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La primera vez que escuché una canción de El Alejandro fue en el montaje de la obra Lights de Pilo Galindo. “El chaveñero” remite inmediatamente a una de las colonias más conocidas de Juárez, además de destacar otros espacios y elementos característicos de la región: “Puro Juaritos chaveñero, / como burritos, soy caguamero.” Aquí, el cantautor no se inclina por el lado negativo o positivo de la ciudad sino que al hablar desde su experiencia ambos aspectos se encuentran presentes: “En este Juárez ingrato, / se le arranca a cualesquiera, / el que no muere en el río / lo matan en la Pedrera. / Pero si llegas tranquilo / no te asustes soy tu hermano.” La imagen de la vida cotidiana en la frontera trae consigo aventuras, emociones y situaciones de toda índole. El Alejandro nos presenta su perspectiva, quizá desde su propia historia personal; no niega que Juárez sea un lugar peligroso, ingrato; sin embargo, para él (igual que para muchos de nosotros) en la ciudad persiste –sobre todo en los barrios más antiguos– un sentimiento de hermandad, de comunidad, a veces sostenido solo por la nostalgia de lo que un día fue: “Ese es mi Juárez viejito / y ahí no bajan bandera.”

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Ahora bien, un aspecto imprescindible de sus composiciones es que representan certeramente una de esas estrategias utilizadas como resguardo de la memoria colectiva, a partir de una apropiación (tanto del espacio, tiempo y personajes característicos de la urbe) individual. La temática del recuerdo y el olvido están presentantes en cada una de ellas. No por nada su cuñado, Ricardo Vigueras, lo califica como uno de aquellos guardianes de “la leche de la creación que es siempre recreación”; es decir, un poeta que crea a parir de la tradición pero también de su experiencia vital. El “Blues del Güero Mustang” lo ejemplifica bien. Le canta a un personaje icónico, a una leyenda de Juárez, que si bien muchos de nosotros no tuvimos la oportunidad de verlo deambular con su volante por las calles, al menos conocemos a alguien que sí la tuvo. La canción gira en torno a la nostalgia de estos últimos sobre la pérdida de ciertos espacios y personas: “Regreso a la esquina / de la Primavera, / ya no hay Güero Mustang, / ya no hay Club Palacios”. El autor sabe que lo único que queda son los recuerdos y la manera para evitar que se desvanezcan es plasmándolos en sus letras; así, aunque ya no haya Güero Mustang, este permanece en nuestra memoria: “Sigue el vagabundo / por el universo / repartiendo sueños / en su Mustang azul”.

Hay que aceptar, por otro lado, que en bastantes ocasiones preferiríamos que algunos recuerdos se desvanecieran (olvidar al padre mentiroso, los malos amores o todas esas muertes que han asediado a la ciudad por muchos años). Sin embargo, este tipo de situaciones forman parte de nuestra existencia y entorno; por lo tanto, desecharlas o evadirlas sería como negar una porción de nuestra identidad, además, como lo señala el mismo Ale, pase lo que pase, aunque aseguremos el olvido, “las penas retoñan / y los recuerdos me enferman.” ¿La solución?: “Mis penas chaveñeras / yo las curo con unos fumes / y un buen pomito de ron” o crear un Colectivo Orgasmo como se lo propusó Arminé Arjona al escribir “La rola del orgasmo”.

Alejandro García compone a partir de su experiencia en esta ciudad pero también recrea y participa en obras de otros artistas juarenses. Por ejemplo, interpreta la canción “Moriré en el río” del conocido Beto Lozano, acompañado del saxofón de Fortunato Pérez, dándole un enfoque en torno a todas las muertes ocurridas violentamente en Juárez y a nuestro deber de no olvidarlas (el video ayuda mucho para esto): “A ti no te lloraré / porque en mí has vivido, / y aunque no estés en el mundo / lo nuestro sigue en el río”.

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En lo personal, las composiciones e interpretaciones de este autor, las cuales te llevan de la mano hacia otros personajes importantes de Juárez –pasados y presentes– como Beto Lozano, Fortunato Pérez, Pilo Galindo, Arminé Arjona, el Güero Mustang y las incontables anécdotas provocadas por este “viejo, güero, loco”, me han ayudado a reconstruir e identificar parte de toda esa historia, memoria, espacios, ambientes, sentimientos y personas que constituyen un elemento imprescindible para la identidad juarense. Ahora sé bien quién es el “güero del volante”.

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Amalia Rodríguez

Juárez es the number one

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I. No hay día que no se hable de Juan Gabriel en los programas de chisme que ve mi mamádesde que el 28 de agosto se anunció la noticia de su muerte. Antes dedicábamos las mañanas a la contemplación de sus videos gracias al descubrimiento de youtube. Y antes, cuando estaba preparándome para ir a la secundaria, ese lugar en el tiempo (el de mis recuerdos) era ocupado por los discos, los mismos discos: Chente, José Alfredo, Juanga… No fue sino hasta superar mi etapa de wanna be a rock n roll star cuando estas canciones que escuchaba desde la cotidianeidad del que oye como quien oye llover empezaron a comunicarme algo: versos que sin saberlo conocía, melodías que tarareaba por accidente… De ahí que el 28 de agosto del año pasado haya pronunciado sin arrepentimiento que una parte de Ciudad Juárez haya muerto junto con Juan Gabriel. No sé si algún día la gente saldrá a las calles para despedir con ese fervor carnavalesco a una persona en su transición a mito. En Juaritos nos interesa el rescate de la memoria y sus diversas manifestaciones, desde las instituciones hasta lo popular. Es inevitable pues elidir la visión de Ciudad Juárez en las letras del divo.

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II. Quiero discutir dos perspectivas encontradas sobre la construcción de Ciudad Juárez en el imaginario lírico. Por un lado, cosa que he atestiguado como lector de las últimas entradas de este blog, está la perspectiva social-histórica. Al yo poético le interesa retratar situaciones realistas, en muchos casos trágicas, poderosas. Son ya tropos de un repertorio común la violencia, el narco, las desapariciones, el cruce legal e ilegal, las drogas, etcétera. Se busca, a fin de cuentas, reflejar un hecho de gran actualidad o ya de plano explorar las heridas del inconsciente urbano para combatir el olvido. He ahí que esta visión se contraponga con la perspectiva de Juan Gabriel, que prefiere elidir estas situaciones: es un punto de vista anclado en el optimismo.

Juanga no pretende describir la espacialidad construida, física y visual, sino atmósferas y sentimientos: será en cierta forma ideal. Juárez, en algunas de sus canciones, es el destino, el punto de llegada, el hogar; todo lo demás son situaciones para realizar ese viaje. En su canción “Denme un ride” el deseo se expresa en un futuro a donde se llega, en una necesidad ontológica: “Soy un vagabundo y necesito un ride, / voy a Ciudad Juárez, quiero pronto llegar”. Otra característica que he escuchado sobre esta visión popular es su retrato de la gente, como él mismo lo describe en otra de sus canciones ya emblemáticas, “La frontera”: “La gente es más sencilla y más sincera, / me gusta cómo se divierten, cómo llevan / la vida alegre, positiva y sin problemas”. La gente fuera de la frontera es distinta, incluso hostil: “Nadie de mí se apiada, no me dan un aventón”, canta en “Denme un ride”.

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En el caso de “El Noa Noa”, no hay una exploración espacial vinculada, he dicho, a lo visual. “Este es un lugar de ambiente” creo que se relaciona mejor a los aspectos auditivos del bar, así como al tacto: un lugar para divertirse, bailar y cantar. El coro comprueba mi hipótesis inicial: “Vamos al Noa Noa”. El yo poético prefiere compartir una experiencia acerca del destino antes que realizar una construcción precisa de un espacio real, incluso mítico gracias al propio Juan Gabriel.

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Ese minimalismo intimista permaneció hasta su última composición sobre la ciudad cuando hace un año escribió “A Ciudad Juárez”, dedicada al Papa Francisco antes de su polémica visita a la ciudad. Su idealización sobre la gente y el espacio no cambia, pero me gusta que al menos en el primer verso existe una posibilidad de recorrido, de andar por la metrópolis: “Si usted camina por esas calles de Ciudad Juárez”. Quizá esta última composición haya sido concebida como un capricho entre deber político y mediático, pero su esencia de Juárez como destino sigue ahí, en el caminar. El viajero desea recorrer “la frontera más fabulosa y bella del mundo”, donde pese a las circunstancias terribles que suceden todos los días las personas siguen superando el miedo de la realidad. Hay un deseo por salir adelante, algo que los mueve. Se trata de un rostro, que en lo personal no identifico aún: me gusta creer en su posibilidad.

III. Ayer caminé por la Juárez para tomar fotografías. En el pasado, Amalia habló de aquellos espacios que desaparecen: se construyen cosas nuevas o la ciudad deja que la herrumbre consuma sus recuerdos. Cuando llegué a lo que quedó del Noa Noa, habíase borrado ya el ambiente, la diferencia y el baile: un estacionamiento, un lugar para no estar. Afuera estaba la placa con las manos de Juanga, que hace unos meses intentaron robar: ayer solo vi el vestigio. Alguien, desde el estacionamiento Noa Noa, me grita. Quizá no se me permitía tomar fotografías. Quizá esté prohibida la permanencia de la imagen: la memoria. Mientras me alejo para capturar la última foto, pienso en los ciclos del espacio, tan parecidos a las personas que contiene. Alberto Aguilera Valadez, Adán Luna, Juan Gabriel, las cenizas de Juanga. Avenida 4 siglos-Avenida Juan Pablo II, Jilotepec-Manuel J. Clouthier, Eje norte-sur, Eje vial Juan Gabriel. Se hace la noche y el ambiente está en otro lugar que no visito.

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Antonio Rubio

Dancing on corpses’ ashes

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Un personaje-tipo en la literatura es el equivalente a un estereotipo social; es decir, una representación mental de un conjunto de características de uno o varios individuos que pertenecen a grupos específicos. Son repositorios de información lista para ser activada desde la enunciación o escritura de su apelativo que hace de una cualidad o adjetivo una etiqueta parecida al nombre propio. El Héroe, el Mago o Hechicero y la Dama en apuros son solo unos cuantos ítems de una larga, pero limitada, lista. Cuando el lector identifica a una de estas figuras, ancladas a modelos estables y comportamientos previamente delineados, espera que haya cierta novedad que las guíe hacia la diferencia y que genere tensión entre lo establecido y su voltereta, entre la denuncia y la promoción, entre la crítica y la afrenta, entre el retrato de costumbres de una determinada localidad y su tradición escrita. ¿Serán las Muertas de Juárez un personaje-tipo? Aclaro que lo que aquí escribo se limita exclusivamente a la ficción literaria y producción artística, a los mundos y caracteres que cobran vida a través de las palabras. La realidad fue escalofriante y sigue quitando el aliento.

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La psicología social se ha detenido en la formación de estereotipos y detalla tres principios que guían su estudio. El primero explica que ayudan a que una situación tenga sentido; su creación es una instancia del proceso cognitivo de clasificar. El siguiente los define como un mecanismo que reduce energía. Si un individuo considera a varias personas como miembros de un solo grupo, entonces ahorra tiempo y esfuerzo, ya que logra disminuir la diversidad social. El tercer principio implica que estas imágenes se forman según puntos de vista o normas aceptadas por una comunidad, es decir, por consenso. Estos procedimientos contemplan que la capacidad individual de almacenamiento y procesamiento de información es limitada, pero que sabe adaptarse a un ecosistema cultural complejo (y a veces inexplicable), tomar atajos, reducir el exceso de detalle y optar por el conocimiento previo; lo cual tiene sus riesgos, ya que es el camino a percepciones erróneas, a prejuicios o a categorías de fácil uso y explotación. La literatura incorpora estos resultados ya que tanto los estereotipos sociales como los personajes-tipo son construcciones mentales que generan en la imaginación una colección de creencias compartidas y juicios subjetivos sobre una agrupación determinada. La ventaja es que cada poeta o compositor goza de libertad para manipular a sus personajes.

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Entonces sí. La mujer asesinada –las Muertas de Ciudad Juárez en plural– es un personaje tipo y colectivo que ronda y colma las páginas de la literatura del norte de México. ¿Pero cuándo apareció por vez primera? ¿En qué momento las cruces rosas fueron la parte por el todo de nuestra metrópolis? No deja de sorprenderme que el boom creativo (tal vez editorial) y académico de los feminicidios se dio 10 años después de los primeros hallazgos. Enero de 1993 es el punto de arranque, aunque pudo haber más decesos mucho antes. A partir de esa fecha, cadáveres, fosas y desapariciones marcaron una secuencia que a cuenta gotas se hizo cotidiana. ¿Y la protesta? ¿Y el arte? Hubo un tiempo en donde no había redes sociales en estos medios. Quizá la ciudad estaba en estado de shock o tal vez no le importó. De verdad me gustaría escuchar respuestas. Lo cierto es que hasta 1999, seis años después, la literatura tuvo algo que decir por medio de proyectos colectivos. Uno fue El silencio que la voz de todas quiebra (del cual en breve nos ocuparemos), registro periodístico que incorpora ficciones para dar sentido a tanta ausencia. Y “Mujeres de la brisa”, poemario de José Joaquín Cosío incluido en Cíbola: cinco poetas del norte. Años más tarde, bien entrados en los dos miles, el feminicidio, flamante incorporación al lenguaje jurídico, se volvió un lugar común, trayendo consigo un aluvión de huesos en el desierto, Antígonas, elegías, estrellas enterradas y 2660 y tantas obras.

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Como en algún punto tengo que llegar a una obra y aprovechando la semana –que ya van dos– dedicada a las canciones, me ocupo, por último, de un grupo paseño, At the Drive-in, banda emblemática para todos aquellos que creíamos que el punk-rock era la respuesta. La primera vez que los escuché poco me importó que fueran de El Paso; eran gabachos (aunque de raíces boricuas), hacían ruido y le daban con todo. Pronto pasaron a las filas del “modelo a seguir” de mi grupo. En marzo del 2000 lanzaron el álbum Relationship of Command, que incluye “Invalid Litter Dept.” Toda la energía de los texanos se concentra en esta canción que delata a un Departamento de basura inservible, operado del lado mexicano de la frontera por políticos, policía y prensa. La danza sobre la ceniza de los cuerpos se vuelve explícita en el video, grabado por completo en locaciones juarenses. Lo sombrío de las imágenes viene acompañado de subtítulos que relatan la historia que bien conocemos. Así como la periodista Diana Washington Valdez (de quien aparece una noticia en el video), At the Drive-in alzó la voz desde fuera de Ciudad Juárez y en cada punto de su gira. La mirada internacional volcó su atención sobre estos homicidios, caracterizados por lo común de las víctimas (pronto convertidas en estereotipo), y fue entonces que valió la pena la denuncia.

Carlos Urani Montiel

Polémico corrido fronterizo

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En las últimas décadas la frontera de Ciudad Juárez se ha dado a conocer mundialmente por los feminicidios. Un fenómeno transnacional que se dio a raíz de la implementación de las maquiladoras por el tratado NAFTA (Tratado de Libre Comercio de Norte América) en ciudades colindantes entre México y Estados Unidos. Mujeres desaparecidas y “huesos en el desierto” fue un suceso polémico que inició en 1993 y debido a que las investigaciones de las autoridades no resolvieron nada se convirtió en una injusticia hacia los derechos humanos. Al ser la mayoría de ellas operadoras de la maquila, la justicia ante la resolución de los sucedido fue un problema que se asilenció con mentiras ya que las ganancias de las empresas extranjeras estaban de por medio.78-mural-mujer

En el 2004 la banda norteña Los Tigres del Norte, formada por los hermanos Hernández, utilizó una vez más el corrido (balada) como herramienta de denuncia en voz de las madres y familiares de las desaparecidas. La difusión del “reclamo del pueblo” en busca de una solución para las “varias miles de muertas en panteones clandestinos” conllevó al grupo a cantar por las mujeres juarenses. Con el título “Las mujeres de Juárez”, el corrido escrito por Paulino Vargas llegó a colocarse en el primer lugar de ventas en México y Estados Unidos. El álbum Pacto de sangre, compuesto por 14 canciones sobre temas de denuncia y mensajes de esperanza y alegría, se hizo galardón del Disco de Oro.

Las mujeres de Juárez”, vocalizada por Jorge Hernández, narra con un tono de protesta y denuncia social el asesinato de muchas mujeres trabajadoras. Al mismo tiempo, presenta un cuestionamiento del porqué la mujer es la víctima de dichos actos de violencia y la incapacidad  de encontrar y castigar a los culpables. El corrido fronterizo se cantó en México, Estados Unidos y otros países del mundo revelando una temática que para las autoridades tenía que ser censurada. “La cruda verdad”, como se dice en el corrido, sembró la duda sobre quiénes estaban involucrados en los feminicidios de Ciudad Juárez. El llamado de atención hace hincapié en el hecho de que “las muertas de Juárez son vergüenza nacional” y en la manera en que la ley no actúa pero da justificaciones machistas, donde el pueblo es quien debe luchar ante la violencia de género presente en la frontera.

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A pesar de haber sido un corrido con la intensión de ayudar, como lo mencionó el líder del grupo norteño, futuros proyectos relacionados al tema tuvieron que ser cancelados por incomodidades de las autoridades y supuestas quejas de algunas madres de las víctimas. Ante todo el mundo los versos del corrido se convirtieron en elementos representativos de Ciudad Juárez y la presentaron como la ciudad más peligrosa para las mujeres. La nueva fama de la frontera comenzó a darse a conocer y, por lo mismo, a ausentarse el turismo. Sin embargo, “Las mujeres de Juárez” llegó a oídos de asociaciones de los derechos de la mujer y, tal como era el propósito principal de la creación de este corrido, se abrió un diálogo necesario para proteger a las mujeres de la frontera entre las autoridades, la población fronteriza y las asociaciones de derechos humanos.

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Sylvia Fernández Quintanilla

Flor del Río Bravo

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Chihuahua es la entidad que inspira la producción discográfica Luna Paquimé, del grupo Bandula, que desde 1996 se dedica a crear canciones para niños, con diversos ritmos que conjugan danza, música y poesía. Con el apoyo del ICHICULT y del programa Alas y Raíces, en el 2007 se llevaron a cabo el lanzamiento y la promoción de este disco con diez temas que recuperan diversas leyendas del estado, con el propósito de difundir la historia y cultura chihuahuenses. Dentro de los temas destaca el dedicado específicamente a Ciudad Juárez. Con una peculiar mezcla de ritmos se presenta “Flor de río”, una canción cuyo contenido principal son los deseos y aspiraciones de una niña de diez años que nació en dicha urbe. La leyenda de fondo confiere identidad a nuestro personaje, pues se trata de la historia de una original Flor de río, una niña que con valor salvó a su aldea, tierra en la que mucho tiempo después se fundaría Ciudad Juárez, y en honor a la que muchos otros años más, los padres de nuestra protagonista le darían nombre.

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Las breves pistas que sobre la leyenda arroja la canción fueron rápidamente identificables para un papá (casi) norteño, y proveedor personal de relatos, a quien la historia le resultó muy familiar. Y es que existe una fuerte relación entre la antigua Flor de río que menciona Bandula y La-muy-sola, personaje principal del libro La leyenda de la flor “el conejo”, una antigua historia oral de Texas recontada e ilustrada por Tomie DePaola en 1983, editada en español diez años después. Aunque con una breve discordancia geográfica que bien puede deberse a la temporalidad política, es muy probable que la canción “Flor de río” y La leyenda de la “flor de conejo” nos hablen de una misma niña, y de paso encontramos a una más –a una comanche–, ambas bien descritas por un cambio de nombre presente en la leyenda original “La-que-amaba-mucho-a-su-pueblo”, porque nuestra actual Flor de río también vive orgullosa de sus raíces y tiene además grandes expectativas y un compromiso con su mundo.

Ambas producciones literarias están cargadas de una fuerza que mueve el ánimo de quienes las leen o escuchan: lo mismo en Ixtla, la menor de mis hijas también natural de Juárez, que en su hermana mayor de Nezahualcóyotl, en el Estado de México. La Flor de río del presente, tan humana como su homónima y como cualquier niña de nuestro tiempo, comparte con la leyenda, además del origen, sus cualidades: es sabia por la visión que tiene del mundo en el que vive, uno enriquecido por las características propias de la frontera, y valiente porque en coro hace fuerte su demanda. Una conjunción de voces que se ha convertido en bandera de lucha para madres, hermanas, tías y abuelas, una lucha por la igualdad que lamentablemente aún no ganamos.

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Susana Vázquez

La frontera a través del cristal

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Que se te vaya la existencia tras un sueño y dejes la mitad de tu salud tras la caza de una vida mejor. ¿Cuán mística es la búsqueda de ese bienestar? ¿Cuánta de la riqueza que se añora en esta realidad es una inversión para una vida mejor en el cielo? Entendamos al cielo como paraíso, como la trascendencia ulterior de nuestra limitada corporeidad. El pensamiento trasciende nuestras acciones y estas se perfilan entonces más grandes que nuestro ciclo vital. Los misioneros que buscaban la región de las Siete Ciudades de Oro al noroeste de México no encontraron sino páramos adversos habitados por grupos de nativo-americanos a quienes enseñaron el fervor a un nuevo dios. Los misioneros y exploradores no localizaron el oro legendario, pero en su lugar vencieron la adversidad y amalgamaron sus culturas. La ambición devino en humanitarismo y la aventura fue vasta, aun sin la recompensa metálica.

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Alvar Núñez Cabeza de Vaca relata en su crónica las vicisitudes para sobrevivir y establecer contacto con los indígenas que lo aceptaron como uno más y al que trataron, a veces, como súper hombre. La supervivencia fue su más grande tesoro porque el tránsito en este mundo es breve y porque a través de esa concisión, un cristiano puede vencer al pecado y pretender que Dios lo recoja nuevamente en su seno. En el Nuevo Mundo la imitación de Cristo era cosa cotidiana y esparcir el evangelio entre hombres y mujeres era un regalo del cielo para aquellos pescadores de almas. La región más al norte de Tenochtitlan era una promesa mucho antes de que las fronteras mexicoamericanas fueran establecidas en tratados internacionales. En la región más septentrional de la Nueva España, ya se divisaba el espejismo de un porvenir abundante en oro a cambio de afrontar a la naturaleza y a los dueños de las tierras. Las siete ciudades de oro fueron siempre un espejismo, una especie de sueño americano por el que algunos estaban dispuestos a arriesgar más que el pellejo. La promesa al norte terminó en la afueras de Cíbola, una de las ciudades legendarias que en realidad no existieron nunca. La ruta de exploración finalizaba ahí porque más allá, al final del arcoíris, no se encontraba un caldero lleno de oro, sino el dorado fulgor del sol, siempre radiante, junto a su reflejo en las blancas arenas del desierto y el vasto arrullo del viento pronto convertido en tolvanera.

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Calexico, banda norteamericana de rock, retoma y traduce el título de la novela de Carlos Fuentes, Frontera de cristal (1995), para su propio tema musical, más o menos basado en las historias fronterizas del escritor mexicano que se desenvuelven en gran parte en Ciudad Juárez. “Crystal Frontier” recrea, al sonido de trompetas de mariachi, la atmósfera necesaria para las historias de deseo y decepción que se entretejen en esta zona, otrora escenario de la lucha de vaqueros contra apaches. En el imaginario de la canción, fray Marcos (de Niza), Amalia (de la maquiladora) y Ramón se encuentran y desencuentran frente a frente en el cristal de esa frontera plagada de jornadas laborales, pobreza y balas perdidas. Una región bronca en donde se estrella el vuelo de muchos sueños y en cuyo suelo se extiende la posibilidad de hacer una vida… o recrearla mientras se tiene la oportunidad de entrar por alguna rasgadura en la malla que divide una ciudad de otra… “Both sides keeping a close eye / for a break in the line”.

“Ramon tightens up his leather belt, / and slips through a hole in the fence. / He can get you anything you want. / It might cost you a life, might cost you / the whole price of freedom here, / on the crystal frontier”. Quienes habitamos en este cruce de caminos sabemos que las historias trágicas de los personajes reales y ficticios se entretejen con otras tantas de esperanza, y que negar la existencia de unas sería traicionar el sustento de su contraparte. La tragedia de una ambición no cumplida y la fe puesta en un páramo lejano y sin misericordia son el origen y el destino de esta leyenda que aún no termina de contarse y que depende del color del cristal con que se mira.

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Jesús Armando Molina Barraza

Días sin cuenta

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“Día 730” fue escrita en el año 2010 por Wilfran Castillo, pero alcanzó la fama al ser interpretada, en versión tejana-norteña, por el grupo Intocable, quienes la incluyeron en su disco Highway del año pasado. El tema de la canción llegó al compositor colombiano luego de que encontrara un periódico de México con una palabra desconocida para él: feminicidio. La letra busca concientizar sobre este hecho tan propio de Ciudad Juárez. Por tanto, la pieza no trata sobre “la frontera más fabulosa y bella del mundo”, sino que resalta los momentos en los que la ciudad era vista como un lugar inseguro para las mujeres (que en su mayoría eran las que sufrían y resentían las olas de violencia). El contenido de la canción pudo haber sido la historia de más de 600 mujeres que han salido de sus casas buscando oportunidades de trabajo, o bien la de aquellas sustraídas de sus hogares y familias con engaños y que han perdido la vida en esta frontera. Los datos oficiales de la fiscalía en Chihuahua sobre mujeres desaparecidas son, por lo general, inexactos y se extienden hasta nuestros días. “Día 730” es una canción muy cruda, pero refleja bien los momentos tan tormentosos por los que han pasado las madres de las víctimas.

Durante el periodo en el que Ciudad Juárez fue atacada por la violencia se dio a conocer mundialmente el fenómeno de los feminicidios. Las víctimas tenían una serie de características comunes: edad, aspecto físico y nivel socioeconómico. La gran mayoría laboraba en el sector industrial, en las maquiladoras de nuestra urbe, con extensas jornadas por poco más de 67 pesos diarios. Las maquilas sirvieron de foco de atracción a las mujeres de las zonas más pobres y poco pobladas de Juárez, así como de inmigrantes que se acercaban a la frontera con la esperanza de cruzar a Estados Unidos. Estas mujeres carecían de derechos laborales y de buenas condiciones de trabajo; por eso, cuando una mujer desaparecía no llamaba la atención de nadie, ya que era normal que hubiese podido abandonar el trabajo. Lo increíble es que a casi todas las empleadas de las maquiladoras les es familiar algún caso de una chica desaparecida.

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Si ponemos atención a la letra de la canción nos damos cuenta de que la necesidad y la falta de trabajo son las principales características de las mujeres desaparecidas y asesinadas, mujeres que salen a la calle a trabajar; hijas, hermanas y madres que se aventuran a buscar un mejor futuro para ellas y sus familias. El sector de la maquila es la principal fuente de trabajo para cientos de mujeres en nuestra ciudad, de las cuales la mayoría cumple con un horario de seis de la mañana a seis de la tarde, momentos en los que las calles se empiezan a despoblar.

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Priscila Nicole Ortega Torres