Ayes de dolor

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“Juárez, Juaritos” es un cuento del escritor sinaloense Élmer Mendoza, reconocido como el principal expositor de la novela negra mexicana contemporánea; dicho texto, del cual ya se ha hablado en el blog, forma parte de una compilación de crónicas y relatos realizada por el académico Antonio Moreno. El cuento, bastante experimental, relata la historia de una pareja de almas errantes, que, a pesar de la inmaterialidad de sus cuerpos, viven una vida común, una como la de cualquier otro, con necesidades y gustos ordinarios. Tanto el narrador –de quien no se menciona el nombre–, como su esposa Leonor son entes que han coexistido entre ensoñaciones y los actos de represión que parecen inmemoriales: “Nos tirábamos al piso o entre la maleza cuando éramos niños. Nos tiramos en el 68, en el 72, en 1910 y en 1810. En el 48 y 1521. Ahora estábamos allí en medio de un feroz tiroteo.” En Ciudad Juárez estos personajes interactúan con otras entidades descarnadas. Temporalmente, la trama se fija en la primera década del nuevo siglo, durante los momentos en que el fuego cruzado era el pan nuestro de cada día.

El espacio literario coincide con la mancha urbana de la ciudad fronteriza. A través de la narración del protagonista, percibimos que desde la intimidad de su vivienda, sintoniza su radio para captar noticias locales sobre personajes tan icónicos como Juan Gabriel. A medida que el tiempo del relato pasa, también acontecen diversas situaciones en la urbe relacionadas con la nota roja, deportiva, sobre espectáculos y feminicidios, así como con las constantes balaceras a plena luz del día. ¡Vaya collage! Juárez, como objeto literario, sirve de lienzo a las acciones de protagonistas, sus contrarios y figuras anónimas que completan el escenario. La correlación existente entre el espacio geográfico y los hechos narrados es tan estrecha que incluso se duplica desde el título mismo del relato, centrado no en el lugar, sino en sus problemáticas.

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Afortunadamente, en la actualidad, la ciudad ya no se encuentra bajo el caos descrito en el relato. La reactivación del centro histórico ha sido un acertado paso en la reconstrucción de la ciudad. Ahora, a diferencia de lo que retrata Élmer Mendoza, se puede ir al cine sin que exista el riesgo de tirarse al piso para salvar la vida; sin embargo, siempre a donde se voltee, se podrá ver la silueta de las almas de todas esas jóvenes arrancadas de sus hogares, removidas del tiempo, o al menos sentir su energía que busca justicia a través de sus seres queridos. Ellas ya pertenecen a esa parte de la historia de Juárez, al vergonzoso e impotente legado que se transmitirá dentro y fuera de nuestras fronteras. Una parte del folklore local que debió haber sido un sueño.

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Híkuri intelectual

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La sala de colecciones especiales de la biblioteca central de la UACJ a eso de las cuatro de la tarde es el ambiente idóneo para compartir lecturas, juicios sobre libros y referencias literarias; una novela, no. Mi opinión general sobre La mujer que no fui o memorias de un insomne es negativa, lo cual normalmente me orilla a guardar silencio, ya que resulta mucho más sencillo echar escupitajos que emitir un digno aplauso. Así que me detendré en breve a explicar por qué no me gustó la novela de Rogelio Treviño, bajo la advertencia de que mi opinión es parcial y que este tipo de escritura –de exploración, existencial y a unos tachones de ser borrador– tiene el potencial de abrazar a un sinfín de lectores, justo como aquél que me recomendó el libro en la biblioteca Carlos Montemayor y quien debió haber escrito esta entrada. El título de la obra, publicada en 1998 por el ICHICULT en la colección Solar, encierra un doble recorrido: la imposibilidad del ser (o encarnar a todos) y los recuerdos de alguien en vela. El planteamiento me parece atractivo, pero ante la paradoja del cruce de caminos, el escritor se echa a andar simultáneamente por ambos senderos al amparo de todo lo que ha leído. Y eso me fastidia, aunque me hizo recordar a la “Cumbiera intelectual”, de Kevin Johansen, canción en la que un personaje femenino, ese sí muy bien construido, presume de todo su librero, tal como el bagaje que Treviño esparce por aquí y en cualquier resquicio para el regodeo de su culto lector. El compendio bibliográfico y el alarde quitan peso a la experimentación narrativa y evitan la introspección de un narrador-protagonista en su empeño por ser genérico a partir de experiencias vividas por otros. “Es cierto. Conocerse es horrorizarse”.

La secuencia mejor lograda conjuga la juerga de un escritor en Ciudad Juárez con sus intentos por concretar una novela. Sin embargo, estas secciones no guardan relación con el título del libro ni con el intento de abstraer la voz narrativa hacia la indeterminación: ni mujer, ni hombre, ni buen narrador. ¡Bueno, ya! El protagonista llega a Juárez procedente de la Ciudad de México tras su divorcio por una simple razón: estar cerca de sus hijas. Confieso que yo hago lo mismo cada mes, pero en dirección contraria. Después de esta fortuita coincidencia, la novela me empezó a hablar y ya no pude parar. “Nuestras hijas no sabían la distancia abierta, cada vez más abierta en el insoportable abismo de los cuerpos.” El poema “Invierno”, en la página 29, encierra toda la fuerza emocional de una múltiple separación. En ese momento, el conflicto interno del personaje se multiplica: después de librarse del “cuadrilátero de la almohada” deja de escribir y deambula entre la introspección y las calles de un invierno juarense. “Camino por la López Mateos, no hay mucho tráfico, el día está nublado. Veo a la gente como detrás de un vidrio, veo sus ojos nublados como el día.”

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Por otra parte, pienso que la amistad funciona como un hilo conductor de la novela, ya que el protagonista encuentra cobijo con sus camaradas, y al final nos enteramos, por medio de un juego metaficcional, que el autor le dejó su texto a un amigo quien decidió publicarlo a inicios de los 90’s. La esquina de la Av. López Mateos y la calle Melquiades Alanís se convierte en el epicentro de la acción. Una generación de artistas bohemios chihuahuenses, y demás extravagancias del beatnik norteño, se dan cita en un departamento desde donde nuestro personaje se aventura siempre en compañía hacia varios lances en busca del íntimo remedio, la escritura, o su paliativo, cualquier vicio.

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El espacio citadino transitado en La mujer que no fui aparece como una hoja en blanco a la que todo escritor teme y se enfrenta. El trayecto que realiza la pluma a través del entramado urbano juarenses refleja el bullicio en donde la unidad se confunde con la multitud, con el roce de cuerpos y sombras que dialogan en movimiento entre sí, con todos y con nadie. A medida que la voz narrativa se individualiza y los demás personajes adquieren nombre propio, como Rodolfo Haro, Nazareth, Heber y Luna, la novela nos cuenta la travesía del protagonista en busca de inspiración, la cual llega no en Juárez, sino en Camargo. Este pasaje también es llamativo, no tanto por el alucín causado por el peyote, bien logrado a nivel descriptivo, ni por la ceremonia con la que se logra el encuentro con el nombre verdadero, aquel que no se escribe a pesar de haber hallado su grafía. Lo que me interesa apunta hacia el esfuerzo por consolidar una literatura regional orgánica que se mantiene vigente y en construcción por voces foráneas que se adentraron en la sierra tarahumara, como Joseph Neumann o Antonin Artaud, y dejaron testimonio escrito en donde se hallaron a sí mismos en territorio extranjero. A esta línea de conciliación pertenece Rogelio Treviño, quien recoge el saber rarámuri a través de su alter ego que ingiere la planta sagrada: el híkuri. Y antes que él, José Vicente Anaya, en 1978, ya había ofrecido en verso el resultado de la misma bocanada. En la última novela de Alejandro Páez Varela, Oriundo Laredo también aprende de este “cactus de mucha tradición en el norte de México”. La enseñanza vital en La mujer que no fui o memorias de un insomne, tanto a nivel compositivo como interpretativo, queda cifrada en la siguiente cita de la misma obra: “el híkuri no da lo que no traes; no en vano los tarahumares y los yaquis le llaman «corrector de vida»”.106 Hikuri

Carlos Urani Montiel

Salvando al librero Polo

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Mi acercamiento a la crónica “La ne-brería de Polo o puro juaritos”, recopilada en la antología Road to Ciudad Juárez. Crónicas y Relatos de Frontera (2014), se dio gracias a una actividad académica. De la Nevería Acapulco solo conocía su nombre gracias a la novela Juarez Whiskey de César Silva Márquez. El relato de Antonio Moreno, compilador del libro, detalla su más reciente visita a este lugar que dobla funciones como librería de viejo; así como el recorrido que hizo desde la calle Arequipa para llegar a la esquina de Vicente Guerrero y Perú.

La Acapulco se describe como “el cementerio idóneo de enciclopedias, diccionarios, libros de consulta y best-sellers” que “de un tiempo a la fecha se ha convertido en una [librería] de saldos”.  El librero, el temible Polo, no es definido por el autor favorablemente ante su ideal: alguien quien “tiene que rayar en lo literario, quiérase o no, al tiempo que uno espera de él juicios espontáneos, intuitivos y, en ocasiones, pedagógicos.” Lejano al “brujo capaz de intuir el libro que busca afanosamente el lector” Polo aparece, entonces, como un ser que “no da muestras de diferenciar acumulación, buen gusto, selección y buena oferta, porque sólo le interesa que su negocio sea redituable.” Sin embargo, pese a esta limitada capacidad literaria sugerida por Moreno -no sin un dejo de soberbia-, el dueño resulta capaz de reunir en una pila de libros encima del mostrador al “puro juaritos”: Este lugar sin sur (Miguel Ángel Chávez Díaz de León), Mujer alabastrina (Víctor Bartoli), Crónicas desde el país vecino (Luis Arturo Ramos), La virgen del barrio árabe (Willivaldo Delgadillo), El sol que estás mirando (Jesús Gardea) y Callejón Sucre y otros relatos (Rosario Sanmiguel).

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Cuando acudí a la nevería-librería no me pareció tan caótica, ni Polo el energúmeno que retrata el cronista. Considero poco ético difamar al propietario y a su negocio para forzar una premisa inexistente: “Las contradicciones constituyen parte del saber oximorónico de una ciudad que siempre mira al sur con nostalgia, puesto que el norte y el sur de México son geografías con alfabetos distintos.” La realidad confirma que este fenómeno nostálgico no representa una peculiaridad de Ciudad Juárez, pues cualquier migrante alrededor del mundo lo puede experimentar, como el detective capitalino Héctor Belascoarán Shayne, creación de Paco Ignacio Taibo II, quien compra sus bolillos en La Queretana. Así mismo, cuando Moreno cita la picante frase de Polo, “lo mejor de Juárez es El Paso”, no extraña que un habitante de esta frontera piense en el otro lado como el ideal. El protagonista de Una isla sin mar de Silva Márquez, por ejemplo, pretende huir, al igual que sus amistades, a un lugar mejor. Sin embargo, el sentimiento de que la verdadera vida está más allá tampoco pertenece únicamente al juarense. En la novela Autos usados de Daniel Espartaco Sánchez un residente de Chihuahua, Elías, sueña con emigrar a Amarillo, Texas.

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Por todo lo anterior, creo que lo más rescatable del texto es la atinada descripción de la chincuya: “un globo erizado de unos quince centímetros de diámetro y cuyo interior, perfumado y carnoso, está pintado de un anaranjado chillante, color irresistible para los sentidos.” Pienso también que tal vez esta sea la primera y única edición del libro, misma que quizá Polo termine adquiriendo a precio de remate.

Luz Alejandra Fernández Ybarrarán

 

El desierto, lugar fantástico

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Rubén Darío fue el padre del Modernismo y es tan importante su influencia en el pensamiento latinoamericano que hoy todavía miles de personas lo reconocen como una autoridad literaria. En este texto trataré sobre el homenaje que hace a México, específicamente al desierto del extremo norte y su frontera. Por azares del destino el poeta nicaragüense llega a territorio mexicano en septiembre de 1910, desembarcando en Veracruz como invitado especial del primer centenario de la Independencia. Por desgracia, tras los primeros indicios de la lucha revolucionaria en el país y los problemas políticos, se le niega el reconocimiento de invitado y tiene que salir de las costas veracruzanas siete días después de haber arribado. De cualquier forma, el poeta queda marcado por el trato del pueblo mexicano, por lo que decide componer un cuento, “Huitzilopoxtli”, publicado en 1914. Entre su extensa obra, es uno de los pocos textos con temática fantástica. Se trata entonces de una oda hacia los dioses prehispánicos que siguen estando entre nosotros, pues nunca desaparecieron. En la historia se lee la sorpresa  de un periodista tras una noche de misterio y duda en la que se encuentra en el desierto después de haber cruzado la frontera de los Estados Unidos con México, al lado de un yanqui, llamado Perhaps, y un cura militar mexicano, el padre-general Reguera.

Dicen que las cosas son y no. Un poeta habla de una cosa para referirse a otra completamente diferente. Rubén Darío no es la excepción y “Huitzilopoxtli” lo demuestra. El cuento no describe una ubicación exacta donde sucede la historia; sin embargo, los pocos indicios que da son tan claros que se puede deducir. Los personajes viajen en carro y, de repente, cambian a mulas, “namás” por estar cruzando la frontera gringa y adentrarse en territorios de Villa, en una noche fría… síntomas del desierto de Chihuahua, específicamente en los cruces cercanos al Paso del Norte. Se trata de este ecosistema, sin importar que el periodista siempre hable del misterio de lo verde. Un bosque hondo donde no se puede ver o una selva “salvaje” en la que no para de escucharse su música siniestra: el aullido de coyotes que, curiosamente, no habitan ni selvas ni bosques, sino el norte del continente. El espacio opera como una metáfora “fantástica” donde los contrarios se unen. Antes el desierto fue vida, aún conserva el recuerdo de un mar antiguo. Sus misterios fluyen sin rumbo alguno y los personajes nos lo demuestran: el padre habla con los dioses antiguos; el yanqui protagoniza un sacrificio azteca y el periodista no sabe si lo que vio en realidad sucedió o fue inducido por la “yerba embrujadora” que se fumó.

104 Piramide americasLas personas que conocen un desierto o han estado en uno alguna vez de forma inesperada —¿por qué sería de otra forma, si dicen que un desierto nunca tiene piedad con quien lo habita o lo camina, y que todo lo arrebata?— como el de Samalayuca, justo a la salida de Ciudad Juárez, sabe que la sorpresa se encuentra a la vuelta de la mirada, como la característica principal de cualquier relato fantástico. Imaginemos que caminamos entre olas de arena, las cuales nos jalan cada vez más hacia abajo y, de pronto, se va la luna. Lo único que permanece para contemplar en esa inmensidad árida es una oscuridad bañada en estrellas hacia arriba y una baja melodía lúgubre con la que se comunican los animales. Tratar de escuchar los gritos del silencio es difícil, pero escuchar al desierto mucho más. No obstante, es posible y Darío nos lo demuestra relatando lo que hay en un lugar sin que nuestros ojos lo puedan ver. El cuento trata de dar a conocer esa inestabilidad que primero causa duda y después asombro. Así se vive en el desierto, con la sorpresa fantástica de que si lo vivido la noche anterior fue real o simple locura. El mensaje clave de “Huitzilopoxtli” es saber escuchar al desierto, pues contiene el origen de toda forma de vida, incluso las que se pierden en el tiempo.

idarior001p1Marcos Carrillo

En orden riguroso

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“Botas texanas” es una crónica urbana; dentro de ella se encuentran inmersos los temas del cruce de fronteras y el feminicidio. La narradora y articulista Nadia Villafuerte, autora del texto, nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas en 1978. Fue becaria del FONCA y de la Fundación para las Letras Mexicanas en el 2003 y 2006 respectivamente. La crónica se narra desde una voz femenina en primera persona; la protagonista ronda los 30 años de edad y vive en El Paso, Texas. La trama se va formando mediante una visita que realiza a Ciudad Juárez con el motivo de conseguir unas botas vaqueras: “cuando me sentía sola –que era la mayor parte de las veces– me acordaba de la frase de Wilde: las mujeres tontas lloran, las inteligentes van de compras”. Luego de adquirir las dichosas botas “rústicas color chocolate” y otras cosas (un uniforme de mesera, una peluca, un libro de viaje) y de detenerse a comer cualquier cosa, cae la noche y se dispone a regresar en ruta a su casa, pero tras quedarse dormida en el autobús habría de sufrir “en orden riguroso la violación y la muerte” a manos del chofer.

La voz narrativa parece familiar, aunque va adquiriendo tintes dramáticos al final de la crónica. La acción determinante para que inicie la historia es el cruce fronterizo. Y aunque no establece a ciencia cierta si la entrada a México se hace en algún puente en especial, sí nos delinea imágenes y juicios precisos: “La frontera, no solo el traspatio en que la ciudad vecina arrojaba su escoria, sino el fundo que elegía el país para mostrar su quemadura extensa, la prueba de que las geografías revientan por las costuras”. Aparece también el centro de Juárez como otro lugar insignia en el cuerpo del relato. La caminante narra la disposición espacial a partir de su recorrido (“Recorrí el mercado, los sitios de pulgas, las plazas con mercancía de segunda”), las sensaciones producidas por varios aromas y sus predilecciones: “Prefería estar en México, prefería su sonrisa acechante en vez de quedarme en un edificio gringo cuyo orden y progreso solo conseguían deprimirme”. Sin duda, el feminicidio cae con todo su peso sobre la lectura, e ilustra el peligro en la ciudad, sobre todo a altas horas de la noche para una mujer. “El siseo del motor me extendió sus brazos y cuando me tuvo rendida, me despertó para advertirme que estaba frente a la vastedad silenciosa y bajo la noche lacada en negro”.

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Al tener poco menos de un mes radicando en esta ciudad y no contar con el dominio de su geografía urbana, me ha sido difícil relacionar tangiblemente los espacios que describe Villafuerte en su texto, pero por otra parte me ha servido para ubicar dichos lugares. Desde antes de llegar a Juárez, uno ya conoce la forma en la que se ha estereotipado la urbe, tanto a nivel nacional como internacional, y dentro de los porqués aparece el feminicidio, tema que una corriente literaria ha hecho suyo. “Botas texanas” ostenta la peculiaridad e impacto que produce el giro de una crónica urbana hacia lo fantástico, al menos en el plano narrativo (y ojalá esto ocurra solo en la ficción), de un personaje que nos cuenta su experiencia juarense más allá de la muerte.

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Mario Balderrama
septiembre, 2016

Caminhando pela Juárez

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É impressionante o quão longe nossa mente pode nos levar durante uma longa caminhada. A canção “Caminando por la Juárez”, escrita e interpretada pelo cantor Miguel Balboa, constitui um belo exemplo de algumas das poucas caminhadas que tive a sorte de realizar pela Avenida Juárez e por algumas outras ruas do centro histórico de Ciudad Juárez. Embora o videoclipe exiba alguns flashes das ruas adjacentes à Juárez, a canção não se propõe a descrever ou mencionar aspectos da paisagem local, levando-nos ao melancólico trajeto de um amante desiludido. Ao som do violão, Balboa nos brinda com uma história de amor que poderíamos considerar frustrada pela geografia. Dois amantes separados por uma fronteira que, mesmo em tempos de uma globalização que promete um mundo plenamente integrado, é capaz de barrar uma série de fluxos e trocas. O título da canção parece se referir ao mesmo tempo a uma condição e a um desejo do eu lírico. Nos primeiros versos, temos a impressão de que se encontra caminhando rumo ao norte, com a certeza de que não será capaz de ultrapassar o limite que o divide de seu amor. Nos refrões, o repetido clamor por uma caminhada, ainda que curta, pela Juárez nos deixa claro o anseio do poeta pelo reencontro.

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Na história contada pela música, alguns aspectos gerais da fronteira são sinalizados. Um deles é a seletividade de sua permeabilidade: enquanto as cartas vindas do Norte são admitidas, a travessia do autor em direção a seu amor é barrada por sua condição de ilegal. Além disso, as referências a componentes da paisagem como ‘el puente’ ou ‘el muro’, que são inicialmente contrastantes, uma vez que, via de regra, o primeiro costuma conectar e o último separar, tendem a aproximá-los: neste caso, ambos são impeditivos do reencontro entre os amantes. As metáforas se mantêm no campo das generalidades, sem referências aos aspectos particulares à Avenida Juárez ou à zona centro, o que nos leva a reforçar a ideia de que a condição deste eu lírico é a de andarilho que, ao longo de sua jornada é levado por seus pensamentos a lugares ‘más allá’ de onde pisam seus pés. Mas não tão longe. A poesia nos leva e nos traz repetidamente, sem muita regularidade, para onde o poeta está e para onde este gostaria de estar, um movimento que faz todo sentido se pensarmos nas vezes que praticamos o envolvente e dialético exercício de pensar-caminhando/caminhar-pensando.

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Créditos: Diana de la Riva

O poeta brasileiro Paulo Leminski, nascido no estado sulista de Curitiba, também costumava tecer pensamentos a partir de suas andanças pelo mundo. É sua a frase: “Andar e pensar um pouco, que só sei pensar andando. Três passos e minhas pernas já estão pensando”. Os temas destes pensamentos, no caso de Leminski, foram dos mais variados e seguramente ultrapassaram os lugares onde seus pés pisavam, mas dificilmente deixaram de contemplá-los em alguma medida. Nossos pensamentos têm a capacidade incrível de voar longe durante uma caminhada qualquer, porém são dificilmente capazes se descolar inteiramente de nosso trajeto. Enquanto caminhamos e pensamos, a paisagem grita, especialmente quando estamos longe de casa, passando por terras que não conhecemos bem, que não nos pertencem. “Caminando por la Juárez” é um convite a olhar para esta porção da fronteira desde uma experiência completamente dinâmica que, no fluxo de pensamentos do andarilho lírico, constrói uma paisagem onde a passagem redentora do amante em direção a seu amor é vetada. O convite é feito por um ‘foráneo’ que, assim como eu, parece ter experimentado caminhar-pensar pela emblemática Avenida Juárez e se deixar inspirar por uma paisagem que já presenciou muitos encontros e desencontros.

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Larissa Santos

El Jardín de las granadas o la ciudad reflejada en un espejo roto

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En junio de 2011 El Jardín de las granadas, de Guadalupe de la Mora, apareció en La persistencia de la memoria, libro que reúne los trabajos escritos durante un taller de dramaturgia hipertextual impartido por Enrique Mijares en Ciudad Juárez. Lo primero que llamó mi atención al llegar a esta pieza (y por lo que decidí escribir sobre ella) fue el tono intimista que desde los primeros diálogos consigue la autora al ubicar la acción dramática en un interior frente a un espejo. Soy lectora voyerista y el hecho de que la trama se desarrolle en un espacio cerrado me predispone a una confrontación íntima con la historia, aunque esa experiencia no se produzca en todas las obras que la insinúan. En El Jardín… este estado emocional es simbólico y literalmente un descenso a los infiernos. De la Mora se vale del lenguaje poético para contar la historia de varias generaciones de mujeres pertenecientes a una misma familia. Tal como ocurre en el mito de Core-Perséfone, ellas enfrentan un conflicto que involucra un cambio de destino y una transformación interna. De ahí la metáfora del jardín de granadas y la pertinencia de un espejo que refleja, a la par, la vida interior de los personajes y el tiempo-espacio que habitan.

La diferencia es que el descenso se produce lejos del campo mítico. Aquí, bajo las arenas del desierto, bajo las calles de concreto de la ciudad, la abuela Amada se resigna a un matrimonio y maternidad forzados; Marga, su amante, enfrenta el estigma del amor lésbico y el fracaso de la carrera religiosa; Esperanza e Iris ─hijas de Amada─ reflexionan sobre la pobreza, los favores sexuales a cambio de regalos y el aborto clandestino; por último, Amanda y Claudia, los frutos más jóvenes en el árbol genealógico, resienten el abandono de su madre y el peso de la historia familiar. En esta versión, tal vez preliminar de la que se puso en escena (al haberse publicado como ejercicio de taller, quizá el texto sufriera cambios luego de su primera publicación) De la Mora me conduce a un estado de reflexión más o menos grave y gana terreno, independientemente de las vaguedades que pudiera encontrar en su propuesta. Me interesa más, por ejemplo, la concepción de una urbe que no solo adquiere identidad a través de espacios públicos, o sea, calles, monumentos y parques (referentes comunes de la sociedad que la habita), sino también a través del espacio privado y de las formas de relación humana que, desde los interiores, constituyen un rasgo particular de la metrópolis.

102 Facebook TelonEjemplos de esto son los objetos familiares que subsisten a las épocas, ocupando un lugar en la casa de generación en generación, sin importar que sean funcionales o no. Curiosa característica de las provincias donde el significado patrimonial y a veces mágico de las cosas se antepone a su valor y a la tendencia a preferir lo desechable que se impone en las grandes ciudades. Tal es el caso del espejo, elemento problemático en sí mismo por considerarse un lugar común en la literatura de mujeres. Sin embargo, en el drama desempeña una función difícil de trasladar a otro objeto: la de reflejar la introspección de la protagonista, además de los fantasmas familiares que perviven en ella. También la forma en que el ecosistema y las condiciones climáticas establecen maneras de relación con el espacio aporta elementos a la construcción de la identidad de la urbe. Así, el polvo que recubre las superficies y objetos —el polvo de Juárez que lo invade todo— aparece como rasgo de la vida interior de la ciudad:

Claudia: No me gusta esta casa.
Amanda: A mí sí, su luz es maravillosa.
Claudia: El color me marea.
Amanda: Podemos pintarla, vas a tener tu propia recámara, ¿No te entusiasma? Si quieres, puedes abrir tus cajas primero.
Claudia: Hay polvo por todas partes.
Amanda: Eso que flota en los rayos de luz son las hadas.

En otro momento, Amada describe a su nieta cómo era la vida matrimonial, no en una casa, sino en un vagón abandonado del ferrocarril. Partiendo de la que es quizá la imagen poética mejor lograda de la pieza, De la Mora evoca un espacio urbano sin construcciones fijas: familias pobres que habitaban en las viejas vías del tren, sin luz eléctrica, ahí donde verano e invierno se dejan sentir en toda su potencia y la ciudad se conoce de verdad.

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Nabil Valles Dena

Arminé Arjona: la memoria hecha poesía

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Una de las metas principales de Juaritos Literario ha sido la lucha contra los artilugios del olvido. De ahí la importancia y urgencia de la materialización de la memoria, la cual concretamos desde la misma búsqueda, digitalización y reproducción de los textos literarios, hasta la aprehensión y transmisión de las distintas situaciones, sentimientos, espacios, críticas, etc. que en ellos se retratan. ¿Por qué nos interesa esto? Porque pertenecer a una comunidad, más allá de cuestiones geográficas, lingüísticas y religiosas, tiene que ver con el hecho de compartir –y por tanto conocer y transmitir– un pasado común y a partir de él cimentar el presente con miras al porvenir. Aunque no siempre signifique que queramos recordar ese pasado que nos caracteriza. Varias entradas atrás Antonio, hablando justamente del tema que aquí nos concierne, señaló el sentimiento que a muchos de nosotros nos recorre al escribir este tipo de líneas: “mis dedos desfallecen cuando ahora me toca describir, a partir del escalofrío, el miedo de aquellos territorios trágicos”. No por esto hay que dejar de hacerlo.

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Ahora bien, la imagen de Juárez se ha fijado desde hace tiempo en un discurso que gira en torno a la violencia. Por ello, existe un gran debate alrededor del tema de la literatura que se erige sobre este aspecto de la frontera, acusándola, en ocasiones, de tremendismo, oportunismo o amarillismo. Ciertamente, durante la primera década del presente siglo surgió un alza considerable en la producción de este tipo de obras, lo que representa uno de los puntos a criticar; sin embargo, también habría que cuestionar el otro extremo: la cantidad de años que pasaron para que alguien –no solo desde el ámbito literario– levantara la voz en contra de los múltiples y cada vez más constantes asesinatos de mujeres en la ciudad, los cuales iniciaron –oficial y literariamente– en 1993. El silencio que la voz de todas quiebra apareció en noviembre del 99, mismo año en que se publicó Mujeres de la brisa de Joaquín Cosío. Por su parte, los poemarios de Micaela Solís y Arminé Arjona se editaron ya entrado el nuevo milenio; no obstante, fueron las primeras en abordar, con un tono bastante desgarrador y crítico, la temática que volvió famosa a la ciudad. Aquí me centraré solo en esta última poeta.

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Juárez, tan lleno de sol y desolado (2005) reúne una serie de poemas escritos entre septiembre de 1997 y el 2002. En ellos, la crítica de la autora se vuelca no solo hacia el feminicidio, sino –y esta es la parte que considero más importante– hacia la apatía e indolencia de la sociedad ante esta situación: “Y todos nos vamos / volviendo asesinos / con la indiferencia / con el triste modo / en que las juzgamos”. La autora mezcla aquí –al igual que en sus producciones posteriores– su talento y perspicacia literaria con un quehacer social bastante activo. Arjona se involucró en Voces sin Eco desde su surgimiento (1998), uno de los primeros grupos integrado por madres directamente afectadas que alzó la voz debido a la falta de respuestas convincentes por parte de las autoridades. Es decir, la poeta no se limita a criticar y juzgar, desde un discurso de resistencia, la problemática que percibe y sufre a su alrededor, sino que participa en la búsqueda de soluciones, de justicia…o al menos de un respiro.

Arminé Arjona describe una ciudad violentada “bajo un sol cubierto de vergüenza”; una vergüenza que, sin embargo, nos concierne a todos como sociedad; por eso, ante el hecho de que “La ciudad está descuartizada: / cada quien su trozo de violencia”. Como acabo de mencionar, lo que a la poeta le interesa resaltar es la indiferencia o insensibilidad de las personas ante sucesos tan atroces: “Hay miserias que cierran / nuestros ojos / y los ciegan brutal / como candados / Hay silencios que ahogan / lentamente / callando gritos / y reclamos”. Todo esto lo hace a partir de una apropiación, tanto del espacio como de una voz colectiva en cuanto a víctimas y victimarios; es decir, habla desde un “nosotros”, lo que permite que la crítica social emitida no se sienta tan lejana ni abyecta. Por otro lado, Arjona no se conforma con apropiarse de su ciudad a través de las palabras, sino que interviene en ella directamente con las “pintas” que realiza en paredes y murales. De esta manera, por medio de breves frases poéticas, la artista nos hace percibir –o ver desde otra perspectiva– la terrible cotidianidad de la violencia en la que estamos inmersos y los mecanismos que la permiten.

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Como juarenses pertenecemos a una comunidad cuyo contexto –lamentablemente– se encuentra sumergido desde hace muchos años en un ambiente de violencia. No obstante, Ciudad Juárez se puede definir tanto por esos bellos atardeceres que lo caracterizan como por lo que significa el caer de la noche: representa un lugar lleno de sol y de vida y al mismo tiempo un espacio desolado, impregnado por la oscuridad, el miedo y la muerte. Aquí uno puede enamorarse, divertirse, trabajar, estudiar, vivir; sin embargo, lo que no deberíamos permitirnos como sociedad es dejar de escuchar, olvidar o ser indiferente a esos gritos que desgarran día a día nuestra ciudad, pues hacerlo implica negar una parte importante de la realidad. No dejemos que la memoria se haga polvo, ni que el olvido ponga bajo tierra nuestro duelo.

Amalia Rodríguez

¿Una frontera nos hace diferentes siendo lo mismo?

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Antonio Moreno reúne en Road to Ciudad Juárez textos cuya selección se fundamenta bajo un filtro vivencial, que supone la condensación de experiencias en torno a “una ciudad con nombre de ciudad”, como escribe Luis Arturo Ramos en la solapa del libro. “Entre el miedo y la esperanza” es una crónica relatada por el poeta duranguense José Ángel Leyva, asiduo asistente al encuentro de escritores Literatura en el Bravo, en un tono que delata abiertamente el perfil de visitante concienzudo y comprometido socialmente. Mediante un acercamiento al comportamiento humano, expone los puntos ciegos de la imagen sobre la frontera que el colectivo guarda en su acervo de significación. Le revela al lector dos vías para interactuar con el texto: el reconocimiento propio dentro del american dream, que supone la pérdida parcial de la personalidad juarense (aunque este proceso ocurra solo cuando el individuo cruza la franja fronteriza) o bien, la perspectiva del sujeto que analiza la situación desde fuera, como es el caso del narrador. Así pues, Leyva resignifica la imagen del individuo fronterizo a través de una visión que proviene del exterior, pero viaja por la experiencia introspectiva de quien observa. Este juego de perspectivas es lo que particulariza a la crónica y mantiene un registro muy propio del escritor que visita. Un momento clave que cristaliza lo anterior es la metamorfosis que sufre quien cruza la frontera, el simple fenómeno que ocurre al pararse del otro lado. Es decir, el acto de ser otra persona en un lugar donde viven los que nada tienen que perder, los que no confían en su patria pues fue ella quien les ha quitado todo, los que han perdido la esperanza y se han acostumbrado a la violencia, pobreza, injusticias, al hurto y a la muerte, el hogar de los que han aceptado el miedo y lo han asumido como parte de su vida.

La periodista Ada Castells da continuidad a este carácter dual del ser fronterizo “¿Por qué si sois la misma gente, acá sois distintos, os comportáis de otro modo?”. Quizá en el fondo del absurdo, la justificación resida en la construcción propia de la persona. Desde el establecimiento de una ley fácilmente corruptible: “«Allá he tenido que pagarle a las autoridades por haber cometido o no una infracción, me han detenido para pedirme mordida», dice entre risas Irene. «Acá la policía no es lo mismo, si intentas sobornarla te llevan a la cárcel, si cometes una infracción pagas multas muy elevadas; aquí la ley es la ley», remata Irene con su español fronterizo”. Hasta las conductas sociales que evaden las reglas de convivencia y civilidad, pues en El Paso “nadie tira basura en las calles, nadie se pasa los semáforos en rojo, se detienen para dejar pasar al peatón, y numerosas conductas que la misma gente desecha al llegar a Ciudad Juárez. Una frontera nos hace diferentes siendo los mismos”. Y de todo, lo más preocupante es que la mayoría no son citadinos, sino latinos que se han quedado a vivir en ese lugar. Es una pena que nuestros propios hermanos se hayan ido de su patria, pero lo es más que regresen a desobedecer la ley. De cualquier manera, el autor también plasma la contraparte carnavalesca que, en cierta medida, funciona como una vía alternativa catártica para la población violentada. El escenario juarense se presta también para la liberación: un lugar donde se viene a divertir, a bailar, a cantar, a leer poesía en un festival cultural, a ser libre, ser quien en verdad se quiere ser y no aquello que la sociedad por nombre impuso.

99 Festival 2009 Ysleta

Hasta ahora se ha hablado del cruce en un sentido unidireccional: de Ciudad Juárez a El Paso. Leyva plasma su asombro por el indiscriminado acceso de norte a sur, es decir que “cualquiera puede entrar a México, nuestra frontera está abierta a todo lo que venga de allá, sin requisitos, sin registro; estamos abiertos y expuestos a lo que entre del otro lado” ¿Acaso será esta ciudad tan insignificante que cualquier persona puede llegar y habitarla sin verse obligados a pensar en la ley? De cualquier manera, es esta la ruta que traza el recorrido del narrador, quien llega a todas estas reflexiones a raíz de su participación en el encuentro de escritores Literatura en el Bravo. En Ysleta Highschool, el 5to. Festival Internacional Chihuahua se llevó a cabo conforme a los planes del ICHICULT, dejando en claro el papel que juega la literatura dentro de una región socialmente inestable. Frente al cuestionamiento sobre “¿Cómo se puede mezclar la literatura, la cultura con las armas? ¿Cuál ganará esta batalla?” se evidencia la función que concilia a las letras con las circunstancias. El panorama de nuestra ciudad necesita ser reformulado: exige una sensibilización que, sin duda, se potencia a través de las artes. Debemos encontrar una reconexión con nuestra parte más humana que traslade a la nación del miedo a la esperanza.

Escucha a continuación un poema sobre una “imagen terrible” también referida en la crónica:

99 Leyva - Alicia Ciudad JuarezKenia Iturralde

¿Otra simple historia de narcos?

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Coctel margarita de Antonio Zúñiga aparece en la antología Cinco dramaturgos Chihuahuenses, compilada por Guadalupe de la Mora en el 2005. En la obra el autor remite a una Ciudad Equis, que si no fuera porque el texto lo escribió en 1994 bien podríamos pensar que su nombre ficticio fue en honor a la gran X roja que se ubica al norte de Ciudad Juárez. La trama se desarrolla entre un hotel de paso y un bar en el centro de dicha urbe. Este último, casualmente se llama igual que el establecimiento ubicado sobre la Avenida Juárez y que en la entrada, antes de la remodelación de las fachadas de la zona, ostentaba el dibujo de un Gato Félix, aquel famoso personaje animado del cine mudo. Aquí, según el drama de Zúñiga, se sirven las mejores margaritas del mundo, hechas por su propio inventor, un hombre gordo con mal del pinto al que apodan Batman y que no se cansa de decir, cada vez que los prepara, que él es el padre de estos tragos.

Lo interesante de esta obra radica en la forma en la que Zúñiga cuenta una simple historia de traición entre narcos, ya que, tal como lo afirma De la Mora en la introducción de su compilación, “su mayor atractivo está en la alteración del orden cronológico, de otra manera no sería más que la historia de un célebre narco perseguido…” Esta alteración temporal se ha vuelto un recurso sumamente utilizado en el cine; sin embargo, en teatro significa un reto para el director, tal vez por eso Coctel margarita no se ha representado nunca.  La obra se basa en un suceso central: Rubén traiciona a su jefe el Cuaco. El primero trabaja como guarura del segundo, el traficante de droga más buscado de la zona. Para desarrollar la trama, el dramaturgo oriundo de Parral la estructura a partir de distintas perspectivas, es decir, desenvuelve un mismo acontecimiento desde diferentes ángulos.
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Otro aspecto que llama la atención reside en la composición de los personajes, pues a pesar de que se sacan de la vida cotidiana, las características que el autor les da los aleja del estereotipo común de las historias de violencia y narcotráfico.  Nos encontramos, por ejemplo, a un narco, rudo y peligroso, recitando poemas del persa Omar Khayyan y que se distingue por ser “un hombre sensible, un ser humano que se estremece a la primera”. Está también la bailarina, host o prostituta del bar, quien lejos de representar al prototipo de la chica de barra, aparece a manera de esperpento; por eso le llaman la Chueca, ya que tiene todas sus extremidades torcidas y se antoja escuálida, flaca y fea, con risa burda y escandalosa.  Blanca y Rosa, por su parte, son amantes de los sicarios; mujeres “buenotas” que desempeñan faenas rudas como llenar de cocaína las llantas de una camioneta, pero ataviadas con minifalda y tacones, y cuyas preocupaciones recaen en que sus medias de marca no se manchen o que sus zapatos caros no se raspen. Ambas intentan huir de sus hombres, traicionarlos y robarles la mercancía.
99 Don Felix Bar Aunque el tema del narco se ha convertido en una constante en la literatura del norte, la concepción del tiempo y la caracterización de los protagonistas hacen de Coctel margarita una obra interesante. No obstante, a pesar de lo atípico de los personajes, en ocasiones Zúñiga cae en diálogos largos y repetitivos, además de utilizar frases trilladas y sentimentaloides, que rompen con la estética del texto. Lo rescatable, como afirma De la Mora, se encuentra en la novedosa forma en la que el autor juega con el tiempo y las perspectivas de un hecho que se ha vuelto cotidiano en esta parte del país.

Patricia Arellano