A buen Puerto

Etiquetas

,

“Es una posta a mitad de la nada, El Paso del Norte, condenada a remendarse perpetuamente las cicatrices del acoso de las tolvaneras”. Esta es la descripción de una ciudad que en algún momento se encontró entre la vida y la muerte y de la cual ahora solo quedan los vestigios de la desaparición. Bajo esta premisa, el escritor Yuri Herrera compone crónica publicada originalmente en junio de 2009 en El malpensante. “La alcurnia extraviada” de un Juárez que actualmente sólo existe en el pasado de dos paseños-mexicanos (“The law is the law is the law”) y en los recuerdos de una sociedad perdida entre el progreso y el estancamiento, entre lo que fue la vida nocturna de la Juárez y lo que es hoy en día su atmósfera diurna: espacios que se mueven en medio de los remolinos de polvo levantados por el viento y el olvido. Tal extravío surge como consecuencia de la conocida guerra del narcotráfico acontecida durante los años que transcurrieron entre 2008-11, sucesos a los que alude el escritor, doctor en Lengua y Literaturas Hispánicas, en varias de sus obras, como los Trabajos del reino, y por las cuales se le ha posicionado como luminaria dentro de la narco literatura mexicana contemporánea.

Yuri Herrera alude a la Juárez transitoria entre el progreso y el pasado en que el método más efectivo para la recuperación de la memoria es el alcohol (“Pistear en lunes. Los viernes son para los maricas”). Para ello el espacio se constituye como lugar de encuentro donde los bares y cantinas más representativos del centro fungen como depositarios de recuerdos de una época dorada e imaginada que se pierde frente a la consciencia de espacios casi ajenos al cronista. El Bombín no es más el “paradero de bato hebilludo” donde “servían carne asada y charros a la segunda copa”; El 15 sirve de punto de reunión para puros “ingenieros y licenciados”. Aunque el tiempo les ha cobrado factura (y a pesar de no estar segura si ese Bombín es el que frecuento), esos locales conservan sus barras y rockolas. En el Club 15 aún conviven en armonía la “estética de taller mecánico” con “El cantinero, un hombre que borda los sesenta y viste corbata”.

90 Cafe Bombin sobreros

Algunos elementos simbólicos en la Avenida Juárez parecen retar al caminante y apelar a la memoria de seres apartados violentamente de la vida: “rebasamos la instalación que recuerda a las mujeres muertas y que a mí, aunque la mire de lleno, siempre me hace sentir como si mirara hacia otra parte”. El cronista plantea una férrea oposición centrada en la configuración de ambientes a partir de su fachada y la experiencia al entrar en ellos. Así que por un lado, se inclina por “Los antros [que] afirman su carácter más claramente cuando no simulan esplendor y es posible verles el cansancio en las paredes y en las sucias luces entubadas y en su silencio”. El Yankees Bar, El puerto y El Buen tiempo encierran el secreto de un lejano abolengo y la confidencia entre el Bacardí terciado y unos sedientes labios; en tanto que, en el otro extremo, existen bares que apuestan por el anzuelo del maquillaje: “(¿Han ido al Kentucky? Perfume, teles con cable, cocteles caros. ¡Por Dios, quemen ese lugar!)”. Sin duda, cada cual ostenta “una pátina distinta frente a la inclemencia de los días”90 El buen tiempo

Tal como en “La alcurnia extraviada”, la Juárez diurna es el espacio donde se reúne la “Vieja Guardia” que bebe tanto de día como de noche; sin embargo, aun cuando en ella se concentra una sociedad del pasado, ahora también alberga a una juventud en búsqueda de reconectarse con su ciudad perdida, con espacios que acogen al verdadero corazón de la ciudad, sin importar que sea a inicios de semana, justo cuando “Los bares del centro en Ciudad Juárez se dejan ver mejor”. La imagen que plasma Herrera es la de un hombre nostálgico ante sociedad arrebatada por el viento, pero más que nada la de un recorrido marcado por los recuerdos y el olvido, el cual se encuentra entre la transitoriedad del pretérito y el presente y la añoranza de sucesos gloriosos. Para mí la Juárez es el lugar donde el alcohol evidencia que la compañía es la mejor evocación de tiempos remotos, pues aun cuando el espacio solo es el espectador de encuentros ocultos, amorosos y confidencias recónditas, estas duran lo que la noche y se pierden, de manera que los bares –por siempre ahí, sean renovados o remotos– ceden al alcohol un sitio privilegiado de placer momentáneo.

Diana Varela

Hermes en el desierto

Etiquetas

,

Guillermo Prieto dedicó su vida, desde la infancia, a realizar las labores del mismísimo Hermes: ir y venir por todas partes para transmitir el mensaje confinado. En este caso, Prieto, gracias a las diferentes labores que realizaba como persona pública (secretario, redactor de diferentes diarios, integrante de la Academia de Letrán, inspector, diputado, senador, incluso, negociante para concluir la guerra de los Tres años), pudo transmitirnos su mensaje por medio de su poesía. Fue en 1864, cuando fungía como administrador de correos para el presidente Juárez, que llega a Chihuahua a causa de los conflictos que tienen al país en completo caos. Una vez que el poeta se establece en el estado grande, se dispone a compilar su Cancionero, el cual ha llegado hasta nosotros por ser parte de la colección “Clásicos mexicanos” de la Universidad Veracruzana (1995) y editado por la doctora (maestra de casi todos) Ysla Campbell. La mayor parte de la obra incluida en el Cancionero —conformado por 51 poemas— fue escrita durante la estancia en varios lugares del estado de Chihuahua, por lo cual hay que mencionar que su poesía está marcada por las características específicas de la región. Así pues, un desierto, el brindis por la noche entre amigos, la flora y fauna, un clima bastante extremo o simplemente una región en donde nada se conoce y todo se duda, se convierten en temas principales para el poeta y su creación.

Aunque no todos los poemas hablan de la frontera y su ciudad —en realidad solamente uno fue escrito en honor al Paso del Norte (“Romance 1”)—, sí se puede destacar que el tema principal es la región. “Silencio y paz” habla de un pobre marinero —el poeta quizá— que está lejos de su puerto remando cada vez más hacia la misteriosa mar: “Por qué buscas audaz otras regiones, / cuando en la playa Dios te dio contento”, se pregunta el poeta quizá al darse cuenta de lo mucho que se adentra en este mar de arena que rodea no solo al Paso del Norte, sino a todo Chihuahua. Por otro lado, en “Bendito clima” se puede observar cómo todo extranjero (cualquier persona que no pertenezca al estado) sufre por las dificultades, extremidades y locuras que se viven en el clima de cualquier día en el desierto: “Bendito mil veces sea / un clima que, en sus extremos /, es la propuesta perpetua / contra los términos medios; / clima de pasión abierta, / o es la gloria o el infierno”. En fin, un sol medio despierto o dormido siempre te quema igual; un aire amargo con olor a muerte siempre toca tus cabellos y, sobre todo, un frío que mata lentamente en el desierto te hace dar cuenta que aún estás vivo. Guillermo Prieto se percató de esto a sus pocos días de convivir con un desierto: aquí nada es a medias.

89 Ocaso

Toda persona que pisa, aunque sea un poco esta ciudad, se da cuenta de lo hermosa que es por su diversidad. En Juárez hay zonas verdes para cultivar o lugares en donde solo se ve desierto en el horizonte. Escribe Prieto: “Por guardia tengo al desierto, / tengo por cerrojo el Bravo”. Dentro de la ciudad misma, Prieto descubre toda la variedad que existe por el simple hecho de ser una frontera. Un inesperado por aquello que puede ocurrir en un día con respecto al clima: “Si asoma el sol, estoy frito, / si hay hielo me agarrabato; / […] y cada gota es un charco / cuando pasajera nube / lanza la lluvia de tránsito”. Un lugar donde las diferentes culturas conviven todos los días. Están los extranjeros descansando para continuar su viaje, los que se quedan por poco o los que vivimos aquí, esperando cada sorpresa que brinda la ciudad. Guillermo Prieto probablemente se dio cuenta de la infinidad de cosas que se pueden hacer una vez que se está dentro de la ciudad, aunque no nos lo dice, quizá para que las hagamos nosotros mismos. Lo que sí hace es darnos indicios de lo que hay aquí: “Iba hablarte del invierno, / de la presa, del mercado, / de unos bailes primordiosos / en inglés y en castellano”.

89 Inundación av Juárez

Marcos Carrillo

De Juaritos… El Recreo

Etiquetas

,

Para quienes nacimos en Ciudad Juárez se ha normalizado el escuchar que alguien nos cuente que viene de Durango, Veracruz, Puebla o algún otro estado del país. Resulta sencillo suponer las razones de su mudanza a la frontera: hay más oportunidades de trabajo y facilidad para obtener una casa propia después de algunos años de laborar, claro; además es probable que en algún momento nuestros padres o abuelos lleguen buscando esas mismas disposiciones. De esta manera arriba a la ciudad Mauricio Rodríguez en 1990, a quien le costó adaptarse “No pocas lágrimas y no menos chingadazos”, en sus propias palabras. Oriundo de Torreón, Coahuila, ejerce de periodista aquí, donde sabemos que dar testimonio de lo ocurrido implica un riesgo a morir. El cuentario De Obregón… El Recreo se publicó bajo el sello editorial Sediento Ediciones dentro de la colección “Lengua de gato” en diciembre de 2012. En él nos topamos con breves anécdotas, relatos o testimonios, en los cuales el conflicto parece estar dentro del yo-narrador habitante de la ciudad. Por ello, es este último quien tiene el mayor protagonismo pues aun cuando deja que otros personajes hablen, su voz siempre resalta: “estoy aquí y así –sobre– vivo en esta frontera”. El Recreo surge como un lugar seguro (¿qué lugar con cerveza no lo es?) para observar todo con el ojo “de hormiga, con que me mantengo alerta del acontecer del bar”.

La nocturnidad de Juárez se caracteriza por hombres dormidos en las bancas del centro y mujeres que salen a la calle a trabajar con el mismo fin que todos tenemos: buscar el sustento diario. Imágenes normales para quienes han caminado por el centro de noche, las cuales, sin embargo, no dejan de ser vistas con desconfianza. Mauricio Rodríguez lanza con pasividad estas polaroids cotidianas: “Vuelvo la vista a la calle y me encuentro a uno de ellos que se aferra a limpiar un vidrio y sólo recibe como pago un claxonazo y el arrancón del automovilista. Percibo en su rostro de ojos vacíos, la mirada desesperanzada, ellos son la puerta del hambre y la violencia, a un callejón por donde Dios ya no quiso volver a pasar”. En el cuento “The homeless blues” Harold, un hombre que como muchos otros viene de fuera, nos deja algunos epígrafes dedicados a la ciudad: “Al menos voy a morir feliz, así quise mi vida, cuando tienes un cigarro, tienes que ponerlo en tu boca y con tus manos activas tienes que cuidar con los dedos que el viento no apague tu cerillo, porque el diablo a veces puede ser el viento”. Para él y para la mayoría de los personajes que deambulan por la zona céntrica –incluyendo al autor– El Recreo funciona no solo como su checkpoint sino también como su hogar, por ello “al entrar al bar me reconforto al encontrarme con rostros conocidos”, rostros que pueden representar a sus hermanos o primos de otra parte del país. Incluso, a veces llegan desconocidos que se convierten en tus verdaderos amigos por un par de horas.

88 El recreo - google

“Eso ya pasó a la historia” fue lo que le dijeron a Paco hace un mes en El Recreo, cuando indagamos si tenían Juárez Whiskey. La pregunta la hicimos llevados por la curiosidad de probar aquel licor producido y añejado en tierra juarense que durante años sació la sed provocada por el prohibicionismo estadounidense. La gente cuenta que cuando la D.M. Distillery cerró definitivamente sus puertas el propietario de El Recreo compró botellas, pero no para venderlas como tal, sino para ofrecerlas como tragos dentro del establecmiento. Nos quedamos con las ganas pero tranquilos, bebiendo cerveza y satisfechos de poder escuchar las historias que, como “detectives salvajes”, nos llevaron a este conocido lugar. De igual manera, Mauricio Rodríguez en De Obregón… El Recreo, alcoholizado y oliendo a cigarro, nos cuenta sus vivencias y las de otros, la cuales, como la mayoría, fluyen mejor si hay cerveza de por medio. Afortunadamente, este bar sigue guardando historias entre sus paredes, aquí, donde parece que derribar edificios históricos es deporte local.

88 Zona-el Recreo

Gibrán Alejandro Lucero Loera

Mujeres al borde de un ataque de brisa

Etiquetas

,

Tenía quince años cuando empecé a leer poesía motivado por una intuición escolar. Mis lecturas pasaron a la sana obsesión que conlleva imitar registros, ese germen creativo que algunos iluminados contagian, como apuntaba Aristóteles: quería escribir poesía amorosa igual que Benedetti, Sabines, Neruda, Acuña. Con el paso del tiempo me amargué. No es que dejase de encontrar el shock estético en algunos versos amorosos de Juan Gelman o de Salvador Novo. Pero hoy son otras mis lecturas —que algunos compañeros han acusado de severas— y al regresar a los primeros poetas he encontrado más decepciones inocentes que verdadera trascendencia. Poca poesía amorosa y erótica para recordar. Esto último, creo, convierte al género en el más complejo y tramposo.

87 Plaza del periodista

Dentro de esa tradición difícil e intensa se encuentra el poemario Mujeres de la brisa de Joaquín Cosío, a quien conocí primero como el Cochiloco, y que se publicó en la mítica antología Cíbola: cinco poetas del norte (1999). Cosío fue de los primeros —el primero de su generación— en abordar de forma magistral el tema del feminicidio en Ciudad Juárez que cinco años después sería una de las poéticas de identidad en autores recientes. Son dos poemas que conforman la parte oscura en la estructura temática del libro donde la ausencia trágica de lo femenino afecta de manera sintomática a la urbe que las ve desaparecer: “aquella que pasa bajo los cimientos está muerta / más aún que esta ciudad que cruza”.

“La muerta”, título del poema anterior, englobará en la siguiente composición a 120 muchachas y la voz lírica se encargará de elidir el elemento violento para reconstruir imágenes: mujeres vestidas para una fiesta o con el uniforme del trabajo, chicas que “relucen más que nunca en su ausencia”. Luego, aventura una severa y sutil crítica a la deshumanización del espectáculo periodístico —que ha existido desde allende los tiempos— donde se exponen estas mujeres ahora despojadas: “las mencionan las llaman y las exponen con el rostro extinguido y unánime”. De nueva cuenta, Cosío apunta esta vinculación trágica con los elementos de su espacio citadino, ahora grotesco, ruidoso y despiadado: “no podrían ser otras las ruinas de esta ciudad hincada ante el polvo y el aire pútrido / ruido de orines ruido de balas hedor de saliva animal y murmullos”. Sin delirios de panfletos moralistas, su denuncia no se encuentra en elucubrar situaciones sino en humanizar a las mujeres desde el aspecto simbólico: describir quiénes fueron, traerlas otra vez a la vida a través del recuerdo pasional del rostro.

87 Cosio UACH

¿Qué ocurre con la construcción espacial? En los poemas citados la ciudad innombrable, que puede contener en sí a cualquier otra ciudad pareciera ser invisible. Hay, eso sí, enumeraciones de espacios más bien relacionados a lo cotidiano y lo íntimo —y siempre referidos en los títulos: el baño, la habitación, el bar, la escalera. A través de la complementación con el ser amado, femenino, en Mujeres de la brisa la voz se apropia de la espacialidad sin describirla: el lector imagina los espacios que el poema solo intuye, un destello construido. Por lo tanto, el elemento de la ubicación queda abierto a la interpretación siempre cuestionable de quien lee o escucha. Un ejemplo es la pieza que da título al poemario. Si bien el tema del texto es el deseo en el acto de nombrar a la mujer, es prudente anotar que en el bar La Brisa leía el grupo de poetas al que perteneció Joaquín Cosío. La casa de la poesía La Brisa se incendió en 1999 y tanto Jorge Humberto como Miguel Ángel Chávez homenajearon en diversas ocasiones al inmueble con sus poemas. Esto, finalmente, nunca se menciona, pero, como todo en los versos, se quedará para siempre cifrado en la duda.

87 La Brisa Jorge Humberto Jose Agustín

Otro caso parecido es el de “Los amantes de la avenida Insurgentes”, donde jamás se hacen referencias de la ubicación salvo la que está en el título. El autor deja otra vez que nosotros imaginemos y reconstruyamos el espacio íntimo, de encuentro: una descripción del erotismo de los cuerpos sagrados, como quería Bataille. Puesto que el espacio solo importa cuando no está, lo que le interesa al poeta es asir el instante del encuentro donde “tomo tu mano / porque dormida me proteges”.

Antonio Rubio

Julio Cortázar, casi esquina con la Mejía

Etiquetas

,

El Mago Septién afirmaba que “el boxeo es toda la vida retacada en apenas tres minutos”. Una nota en La Jornada de julio del 2009, uno de los años más violentos en Juárez, daba noticia de que el campeón mundial de boxeo, el Mantequilla Nápoles, residía en esta frontera y que tenía un gimnasio en la calle Ignacio Mejía, en donde ahí y en los alrededores empezaban a escasear los jóvenes. En esa misma entrevista el púgil comentaba con dejo de nostalgia: “Yo ya no existo… Yo ya no soy nadie”. Ese reportaje se convirtió en hallazgo ante los ojos del director y dramaturgo Jorge A. Vargas, quien fue armando un proyecto colectivo para que su compañía de teatro, Línea de Sombra, vinera a la ciudad a documentar el destino y el estado del atleta cubano, desde la perspectiva del hombre que era en ese entonces porque sólo desde el ahora es posible construir la historia. Esa búsqueda encaminada hacia un viejo boxeador dio un viraje y se dirigió, de forma introspectiva, hacia cada uno de los actores, quienes hicieron una residencia en Juárez.

Baños Roma from Teatro Linea de Sombra on Vimeo.

El Mantequilla Nápoles llegó a la capital mexicana a sus 21 años y se hospedó cerca de Salto del Agua en un antiguo Hotel, el Virreyes. Hay críticos deportivos que rankean a la “pantera negra” entre los 10 mejores de toda la historia. Para sus vecinos de la Costa Rica, él es el número uno. Tras vapulear a Curtis Coke en junio de 1969, y obtener el título mundial en peso welter, el presidente Gustavo Díaz Ordaz lo felicitó y le dijo que pidiera lo que quisiera. Y el Mantequilla obtuvo su mayor anhelo: la nacionalidad mexicana, con lo se ganó la fama y el aprecio popular mucho más allá del ring. Incluso grabó La venganza de la Llorona, junto a El enmascarado de plata. El boxeador vino a Ciudad Juárez invitado por el Canal 44 para entrenar a la Cobra Soto, un peleador local, y decidió quedarse. Le gusta tomarse fotos y fumar puros con todo y el celofán (según los actores).

86-mantequilla-napoles

Hace más de 40 años, en 1974, el cubano enfrentó al argentino Carlos Monzón en París. A ese encuentro, en donde el Mantequilla Nápoles perdió el desafío por el campeonato mundial de pesos medios, asistieron famosas figuras, amantes del boxeo, como los actores Alain Delon (quien además montó el espectáculo en su calidad de promotor) y la despampanante Brigitte Bardot. Pero hubo otro espectador al filo de su butaca, un escritor compatriota del vencedor, Julio Cortazar, quien nos relata la pelea en “La noche de Mantequilla” (publicado en Alguien que anda por ahí, libro prohibido durante la dictadura argentina hacia finales de los 70’s). El cuento, alabado por Gabriel García Márquez, utiliza las gradas como un punto seguro para que dos mafiosos argentinos intercambien un maletín lleno de dinero sin llamar la atención. Uno de ellos, Estévez, no puede evitar ver la pelea y entusiasmarse por la victoria de Monzón. Pero el otro, extrañamente, le iba al Mantequilla. Algo andaba mal. La operación falló. Estévez entregó el dinero a un policía encubierto y tendrá que pagar. Un ajuste de cuentas… Julio Cortázar… París… Ciudad Juárez… Baños Roma… el excampeón.

El proyecto teatral de Línea de Sombra consistió en documentarse, en intercambiar palabras alrededor de las calles del gimnasio, remodelar el inmueble, entrevistarse con los allegados del entrenador (como con su esposa, Berta) y acercarse a la experiencia del mundo del boxeo. Para los promotores del deporte, el que usa los guantes es solo la masa corporal y de ahí la importancia a la ceremonia del pesaje. Todo su gramaje se vuelve patente al acercarse violento a la lona. En este “espectáculo del desplome” la carrera (o más bien, la caída) del boxeador inicia desde el primer round y hasta su retiro, siempre pegado contra las cuerdas. Como si la vida fuera, opina mi amigo Marlon Martínez, “un constante pleito contra un contrincante del que se conoce apenas su peso pero no sus fortalezas ni debilidades y mucho menos la sospecha de una dimensión humana detrás”.

86-monzon-mantequilla

El espectáculo multimedia de Jorge A. Vargas también escenifica la experiencia de la compañía durante su residencia en Juárez: noches de bares por la Guerrero y la Juárez, experiencias personales y uno que otro incidente con la policía. El montaje reflexiona sobre el fenómeno ocurrido en la Mariscal: su derrumbe sin rehabilitación, un proyecto urbano trazado, como lo hace una actriz, con las patas. Con la pérdida del espacio público, con las banquetas desoladas, varias cantinas fueron cerrando y la música fue paulatinamente perdiendo su volumen. Los habitantes se guardaban el saludo, evitaban las calles y trasladaron la fiesta a sus casas, de lleno hacia lo privado, “pero en el espacio íntimo floreció el canto”. Prueba de ello es el karaoke, tan de moda en este norte, como también lo es el teatro que no ha bajado la guardia ni el telón. El mejor testigo fue el montaje de Baños Roma que aplaudí en el Teatro experimental Octavio Trías en el 2013. Hay un sinfín de contrafuerzas, como la de quienes en esta esquina hacen su propia lucha.

86-callejones-banos

Urani Montiel

Make Aztlán Great Again

Etiquetas

,

Después de culminar la licenciatura en literatura, entre diversas lecciones aprehendidas e ignoradas, llegué a la siguiente conclusión: toda la literatura remite a Don Quijote. Incluso las obras clásicas grecolatinas: Homero era un tipo manco y hambriento con mucha imaginación; así como la literatura porvenir: aquel futuro narrador que todavía balbucea la primera sílaba infantil ya está perfilando de forma inconsciente la obra cervantina de la próxima generación. No resulta sorprendente entonces que la literatura juarense tenga su propia versión de la obra maestra de Cervantes —para gozo de algunos académicos—: Las aventuras de Don Chipote o Cuando los pericos mamen, de Daniel Venegas, considerada por la crítica —escasa pero segura— como la primera novela chicana (aparecida en Los Ángeles en 1928). En realidad, don Chipote es fundacional en diversas temáticas abordadas: la migración a Estados Unidos, el cruce legal e ilegal, el racismo, el espanglish, la explotación de los mexicanos que viven su peculiar American dream… No obstante, hay dos temas que destacan en esta novela: el trayecto mítico y la construcción histórica de Ciudad Juárez durante los años 20 del siglo pasado.

La conciencia chicana surge gracias al establecimiento de las ciudades modernas fronterizas, las cuales protagonizarán un complejo momento histórico donde monstruos como Juárez empiezan a cargarse de significado simbólico, guardando relación con mito e identidad. Múltiples ensayos que abordan la cuestión (Alejandro Lugo o Gloria Anzaldúa), además de algunos novelistas (el mismo Venegas y Alejandro Páez Varela) indican que al chicano lo define la desubicación existencial vinculada a cuestiones identitarias: no se consideran mexicanos pero tampoco estadunidenses. De ahí que los teóricos y críticos, pertenecientes o no a esta comunidad, durante los años 60 encuentran su origen —el mito como identidad— en una ubicación imaginaria: Aztlán. Es importante mencionarlo ya que el trayecto mítico de don Chipote recorre precisamente esta zona que no existió, soñada pero también impuesta: es el pasado divino de los Aztecas, según invento de Tlacaélel. Lo último será un conflicto importante en la novela de Venegas: el abandono del espacio real-rural en búsqueda del mítico, ficticio, el Aztlán-USA que buscaban los españoles y después los mexicanos, o sea, las tierras de la riqueza y el bienestar donde “se barre el oro de las calles”.

85-plaza-cervantina1

El investigador Alejandro Lugo intuye que la identidad del chicano se asume más allá del espacio que lo reserva. Está más allá de toda la geografía: “We are Aztlán”. Imaginando entonces que don Chipote —los migrantes, obreros y braceros representados en él— es Aztlán, su identidad no será definida por su ubicación espacial sino por el trayecto mítico que ha realizado: antes de asumir costumbres gringas en Los Ángeles, lleva en su corazón y memoria lo que es: el recuerdo de su familia, la comida que su esposa le preparó para el trayecto, el dinero que gana labrando la tierra, su perro Sufrelambre y el español. Todo esto, progresivamente, se pierde desde su llegada a Ciudad Juárez.

85-plaza-cervantina2

Es la torrecita de la Misión —imagino, pues no se precisa este dato— lo primero que observa don Chipote al llegar a la urbe: un elemento religioso que remite sensaciones familiares y por eso desconoce que ha llegado a la frontera. No obstante, será el narrador quien construya, a manera de contraste, la imagen poderosa y real de Juárez a inicios del siglo pasado, aventurando así uno de los primeros vestigios en la literatura de la leyenda negra, la ciudad del pecado, la fiesta y el exceso que en Juaritos ya hemos explorado:

85-venegas-cita

Debajo de esta intervención de connotaciones moralistas y aleccionadoras, encuentro el retrato obscuro e interesante de una construcción espacial simbólica e imaginaria: si el sur de Estados Unidos será la divina Aztlán, Ciudad Juárez —la frontera en sí— es el rostro maldito (verdadero) de este sueño: la pesadilla, pues. Una vez que don Chipote y Sufrelambre arriban a nuestra ciudad, sus conflictos y descalabros no se detendrán: lo discriminan en el puente, lo meten a la cárcel por dormir en las bancas de los parques, no entiende el espanglish y lo condenan a barrer… pero la basura de las calles. A fin de cuentas el American dream es solo eso: un montón de polvo que recorre los sueños de los incrédulos.

85-quijote-escultura

Antonio Rubio

¿Quién soy? Un español que compró una alfombra

Etiquetas

,

Hace trece años, en 2004, se publicó en la editorial Anagrama la novela más importante del chileno Roberto Bolaño, 2666, al cuidado de Ignacio Echeverría. Pareciera que el escritor latinoamericano (nacido en Santiago de Chile, en 1953, criado en México y fallecido en España en 2003 en la hora nostálgica de la ciudad de Blanes, Barcelona) escribió más muerto que en vida. Cada lector que se acerca a su prosa y a su poesía se percata o se convence de que son varias las obras publicadas después de su muerte, siendo esta la más importante. Desde entonces se ha trabajado sin descanso, por lo que creo que no hay mucho que pueda decir que otros no hayan mencionado respecto a la obra póstuma. Es bien sabido que el trazo que el poeta hizo sobre su ciudad fronteriza tiene un carácter residual y discontinuo, como algunos especialistas lo han nombrado. También se habla de la violencia hacia las mujeres y criminalidad hasta el día de hoy impune, nada nuevo. 2666 tiene como objetivo narrar, en la ciudad ficticia de Santa Teresa, espejo calidoscópico de Ciudad Juárez, las desapariciones forzadas de miles de mujeres, a ellas que el olvido busca llevarse, pero que la memoria les devuelve a cada una su sentido. En dicho esbozo me aproximaré a “La parte de los críticos”. En este capítulo el lector conoce la historia de los crímenes conforme cuatro críticos literarios buscan a un perdido escritor europeo de la lejana y distante Alemania.

Ahora bien, con esta pequeña introducción a la obra es importante señalar un fragmento de la novela donde queda registro del Mercado Juárez. Ahí donde se habla, ya no del cuerpo violentado de los personajes ni las desapariciones que abundan en los silencios, sino de cómo el mismo espacio y edificio del mercado es alcanzado por la dominación y el olvido; las ruinas en las que viven cada uno de los puestos de comida, de máscaras, de figuras de barro, de catrinas, etc. es reflejo de lo que cada crítico vive y pierde: “Al día siguiente salieron a dar una vuelta por el mercado de artesanías, inicialmente concebido como lugar de comercio y de trueque para que la gente de Santa Teresa y a donde llegaban los artesanos y campesinos de toda la zona, llevando sus productos en carretas o a lomos de burro […] ahora se mantenía únicamente para turistas norteamericanos […] y que se marchaban de la ciudad antes de que anocheciera”.

84-mercado-juarez

Estas descripciones son eco de la vida social, vacía y decadente, en la que se sumergen los personajes; es decir, el espacio, así como los transeúntes y vendedores, son producto de una crisis ya no solamente interna sino colectiva. En este conflicto se viven diferentes periodos del proceso cultural que ha sufrido Ciudad Juárez. Existen ocasiones en donde los críticos literarios, Norton, Espinoza, Pelliter, Morini, viven un antagonismo que se acentúa cuando luchan, ya no consigo mismos o entre ellos, sino con la ciudad. Esta pelea que desata disputas y asuntos polémicos termina, en el mejor de los casos, en una definición falsa de lo que realmente buscan: “al final Pelliter adquirió por un precio irrisorio una figurilla de barro de un hombre sentado en una piedra leyendo el periódico. El hombre era rubio y en la frente le despuntaban dos pequeños cuernos de diablo. Espinoza, por su parte, le compró una alfombra india a una muchacha que tenía un puesto de alfombra y sarapes. La alfombra en realidad no le gustaba mucho”.

84-mercado-interior

Los personajes, como los vendedores en el Mercado Juárez, se quedan en su trinchera; cada quien tiene caprichos mal disimulados y se pierden en un mercado en ruinas, inmutable a los ojos de la tragedia. Lo importante en todo esto –en esta búsqueda y lucha contra el olvido– sería entonces, como otros escritores han dicho, descubrir los valores del pasado que son vitales para el presente, incluso en este edificio que se mantiene de recuerdos. El Mercado es lugar que nutre el arte; ahí los vendedores amplifican el espacio y crean miniaturas que fecundan una cantera humana. El Mercado es un museo de figuras anónimas. Las catrinas de barro alcanzan a respirar y, sin embargo, ninguna es capaz de morir “porque están muertas en el molde mismo que les dio apariencias de vida”. La expresión de los críticos fenece antes de que el centro histórico de la ciudad gire y dé media vuelta para dar cara al vacío.

84-plaza-mercado

Los personajes de Bolaño están cimentados en la angustia de una ciudad que se desmorona. Cada paso es un acercamiento a los puestos trasegados en pisos de alquiler: “Cuando salió del bar se dirigió al mercado de artesanías. Algunos comerciantes estaban recogiendo sus mercaderías y levantando las mesas plegables […] Las calles del mercado estaban sucias, como si en lugar de artesanías allí vendieran comida hecha o frutas y verduras”. El Mercado en la novela es un eco y la sombra desgarrada de un sector social, como cada uno de los críticos, que lleva en sus espaldas su propia tragedia. Con el paso de los años este lugar ha terminado por derrumbarse y deformarse; con su penuria y rutina ha hecho de la inercia un arma. Pero, ¿cuál es la imagen del mercado que se construye en las páginas de 2666? La de un vasto mundo de pluralidades, donde no existen fronteras políticas, construido por pequeños puestos que asimilan una cadena de islas por descubrir,  comunidades en donde los protagonistas son sus habitantes y ellos mismos le dan nombre al Mercado. Lo que cuenta Bolaño es un hábitat de fronteras en donde choca su pluralidad, es decir, “incontables patrias” que despiertan al mundo exterior y se funden con él… un mundo que le abre sus puertas a aquellos que vienen de otros abismos, siempre y cuando se salven, de algún modo, de sus propios sueños.

84-roberto-bolano

Joel Peña Bañuelos

Todos bajo un mismo sol

Etiquetas

,

Son pocos los registros que narran la travesía de fray Agustín Rodríguez, un religioso franciscano dedicado y preocupado por la evangelización de los indios situados más al norte de la Nueva Vizcaya. Siendo este su principal motivo, fue en junio de 1581, junto con los religiosos Francisco López y Juan de Santa María, y autorizados por el virrey, que partieron hacia estas tierras desconocidas para ellos. La escolta, de no más de 10 soldados, iba comandada por Francisco Sánchez Chamuscado. Pocos hombres para una expedición de tal importancia, pues la nueva ley prohibía el derrame de sangre indígena. Pasaron por varios ríos como el de las Conchas y el Río Grande, a un costado de varios pueblos como el Puruay, hogar de pobladores tiwa que después asesinarían a estos frailes y a otros indígenas ya evangelizados y guiadores de los mismos. Estas noticias llegan a nosotros de manera oficial por los documentos inéditos de las Indias y por el testimonio de los dos sobrevivientes a esta expedición: Hernán Gallegos y Pedro Bustamante, pues el viaje también fue encomendado por la Orden de San Francisco. Es así como supuestamente se abre la ruta al aún no bautizado Paso del Norte.

La ruta consistió en seguir el cauce del Río Conchos hasta su desembocadura en el Río del Norte. Aquí se encontraron con nativos que les informarían acerca de otras tribus hacia el norte. Así, siguieron el cauce del río pasando por la región del Paso del Norte, cazaron al búfalo (“vacas de Cíbola”) y tomaron posesión de un lugar poblado y con grandes casas el 21 de agosto de 1581, nombrándolo San Felipe del Nuevo México. Poco después, el cronista de la expedición, el capitán Hernán Gallegos pediría al rey la autorización de ordenanza al Nuevo México, nombre con el cual se empezaría a reconocer esas tierras. Pero esto apenas era el inicio de una inmensa curiosidad por las posibles riquezas que se encontrarían en tierras norteñas. Entre los mineros ansiosos por apoderarse de los metales y los franciscanos por evangelizar, se comenzaron otras expediciones tanto legales como ilícitas. Y como última puntada, a principios de 1598, Don Juan de Oñate, hombre de familia y cuyo padre había sido uno de los fundadores de Zacatecas, esposo de una de las nietas de Hernán Cortés, bisnieta de Moctezuma, emprendió una expedición desde Santa Bárbara con 400 hombres y 130 familias, más de 80 carretas con provisiones y suficientes cabezas de ganado. Finalmente, de esta manera se asentarían los primeros exploradores en las tierras del Nuevo México… siguiendo los confusos pasos de fray Agustín Rodríguez

A más de cuatrocientos años de toda la movilidad colonizadora y los caminos abiertos por todos estos espacios, los habitantes han moldeado el terreno hostil por diversos motivos. Los indígenas se han ido rezagando tanto en su número como en sus tradiciones y espacios. Las fronteras y perímetros del mapa geográfico ahora son otros. Las viviendas y la estructura de la ciudad van cambiando de acuerdo a las especificaciones de la modernidad. Casi medio siglo ha bastado para renombrar y repoblar lo que antes se conocía como la Nueva Vizcaya y el Nuevo México. Sin embargo, no hay que dejar en el olvido nuestro posible origen: la fundación y los primeros asentamientos del Paso del Norte. Ciudad Juárez sigue en pie (como se la imaginaron sus fundadores) y, por qué no, viviendo de esas expediciones, de ese espíritu aventurero. Al día de hoy, en el 2017, continuamos siendo aquellos hombres y mujeres que caminan por el desierto en busca de prosperidad, que se desplazan por rutas largas y secas para llegar a un destino. Todos cubiertos bajo un mismo sol.

83-fray-agustin

Óscar Sánchez Torres

Voz de los noctívagos

Etiquetas

,

Una lectura del poemario Conversando otra voz, de José Joaquín Cosío

Hablaremos del primer libro publicado por Joaquín Cosío, originario de Tepic, Nayarit y radicado en Ciudad Juárez desde la edad de once años. Este poeta, narrador, dramaturgo, periodista, profesor universitario, actor de teatro y cine nació en 1962 y su libro apareció bajo el sello de Joan Boldó i Climent Editores, en coedición con el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de San Luis Potosí, con fecha de 1990. Hasta hoy (febrero de 2017), es la primera y única edición. El autor ha publicado posteriormente un grupo de poemas en el texto colectivo Cíbola, cinco poetas del norte (UNAM, 1999), compartiendo espacio con Jorge Humberto Chávez, Alfredo Espinosa, Gabriela Borunda y Rogelio Treviño, este último fallecido hace cinco años. Luego dio a la luz Bala por mí el cordero que me olvida (Ediciones sin nombre / Nod / Instituto Chihuahuense de la Cultura / Taberna Libraria Editores, 2011). Conversando otra voz corresponde a una incipiente, pero ya notable, tradición de escritores juarenses gestada en los años 80 del siglo XX, durante el taller fundado por el recién desaparecido novelista potosino David Ojeda.

82-escritores-juarenses

Los años que Cosío pasó en Ciudad Juárez fueron de intensa actividad formativa y definitoria: su participación en teatro fue intensa y pronto manifestó una gran calidad interpretativa. La estancia en el taller literario y el trabajo actoral fue desplazando a segundo plano la docencia y otras responsabilidades de Cosío, cuya existencia cobra sentido en función de las dos vocaciones artísticas aunque, en algunas entrevistas, ha expresado ser un actor que además escribe poesía. Esto resulta claro a vistas de que se ha convertido en una de las principales figuras del cine mexicano a partir de Matando Cabos, donde protagonizó a su primer personaje de gran éxito en la pantalla grande. En cuanto a la obra escrita, algunos de sus amigos juarenses tenemos la suerte de lucir en nuestros libreros sus textos autografiados, gracias a la amistad y cercanía propiciados por el azar y el común interés por las letras. La poesía de Conversando otra voz es una lírica donde predomina el desencanto frente al mundo. Además, resulta notoria la infrecuencia del yo poético: se trata de textos donde la voz que cuenta y reflexiona se resuelve generalmente en un colectivo “nosotros”. Le sigue en importancia la segunda persona gramatical.

Sin embargo, cuando el lector comienza a recorrer las páginas iniciales, lo primero que encuentra es un par de estancias de tono personal: “yo no conozco a alan watts / nada sé de su estela marítima… / mi silencio toma cerveza casi todos los días…” El resto del poemario se apoya en apelaciones de un “nosotros” hacia algún “tú” generalmente femenino. En ocasiones, ese “tú” es indeterminado, o bien, se trata de una persona retórica que se identifica con el yo poético, como en este bello poema, “Personaje”, de íntima biografía. Un inquietante desdoblamiento se revela al final de la primera estrofa, así como en la última estancia.

82-cosio-personaje

Aquí, el poeta frente al espejo reflexiona sobre su propia historia en una fecha relevante, el cumpleaños  (ya cerca del trigésimo), quien se ve a sí mismo como un “jardín de frases condolidas”, es decir, como un productor de palabras, un poeta. Las frases son “condolidas” porque el poeta ficcional que habla en el texto asume y comparte el dolor del otro, que no solo es él mismo en su desdoblamiento, sino otros humanos, según consta en la segunda estrofa: “los que sueñan”. El semblante compungido de los rostros corresponde parcialmente al tono general del libro que venimos comentando, y que comparte con muchos textos de los poetas contemporáneos a José Joaquín (j.j.): un estado anímico perseguido por la insatisfacción existencial, cierto desencanto del mundo que forma la pátina característica de mucha poesía desde las vanguardias del siglo XX en sus inicios o quizá desde el siglo anterior. Ese tono, esa actitud que no llega a ser tristeza o lamento pero sí lleva su matiz de amargura es el sello que unifica a ese grupo de autores surgidos en el primer taller del INBA juarense.

82-museo-inba-mural

A la influencia de viejas poesías vanguardistas y biografías de escritores rebeldes de siglos pretéritos se deben en parte el gesto y las maneras bohemias de estos importantes autores que animaron la vida cultural de nuestra ciudad por varios años. Vale aclarar que no toda la obra ni todos esos autores destilan el mismo licor: hay algunos cuya poesía es más bien festiva y lúdica, como el caso de Miguel Ángel Chávez. Asimismo, varios poemas de Conversando otra voz nos regalan con el pleno amor y evocaciones de intensa ternura. Y desde luego, no faltan los metapoemas, textos que tratan del proceso mismo de la escritura, como el que encontramos en la página 44 e inicia de este modo: “la palabra arrugada / la palabra rota en el fondo del cesto / inmóvil como la quieta furia de las víboras…”.

Tradición y verso libre

En los versos del poema antes mencionado, “Personaje”, a simple vista de metro libre, se mantienen vigentes fórmulas tradicionales. Por ejemplo, de las doce líneas, tres son endecasílabos acentuados de acuerdo a los cánones. Hay, igualmente, tres versos alejandrinos (de 14 sílabas), uno de nueve, uno de diez y otro de 16. Los alejandrinos están perfectamente separados por pausas en la séptima sílaba (hemistiquios). El verso de 16 sílabas en realidad es compuesto por nueve y siete. Es un poema donde se combinan entre sí versos cuyo número de sílabas es impar. La tradición prescribe que es preferible combinar versos pares o impares, pero no ambos, en los poemas. Aquí solo el decasílabo escapa al patrón formal, aunque fluye con agradable ritmo porque se encabalga con el endecasílabo anterior. Nos detenemos en estos detalles técnicos (la poesía es técnica) para constatar la cultura literaria del autor, alimentada sin duda por el amplio bagaje que la literatura universal nos ha legado. También es evidente que estamos ante un poeta de su tiempo, inserto en el ambiente del quehacer literario mexicano y en sintonía con los estilos de sus amigos y conocidos en el medio, sin menoscabo de reconocibles matices personales. Leer sus poemas casi es como escuchar su voz profunda y modulada, acorde con su experiencia y sensibilidad de actor.

82-joaquin-cosio-leyendo

El espacio literario

En la poesía de Joaquín, en este libro, predomina el imperio de la noche. Sus espacios no se ubican en lugares concretos, pero sí en lentos atardeceres, caminatas bajo la lluvia o sobre las hojas que el invierno derrama en el pavimento: imágenes que sin duda reconocemos y vivimos en esta ciudad…  o en cualquier gran metrópolis. Conocemos, eso sí, algunos sitios donde el autor leyó sus textos en compañía de sus colegas talleristas: el Museo de Arte, la Biblioteca municipal Arturo Tolentino, la preparatoria de Altavista, la UACJ, entre otros. Hay, sin embargo, un poema que podemos ubicar, gracias a charlas personales con el autor: “Vuelo del colibrí”, dedicado a la narradora Rosario Sanmiguel. La idea le vino al poeta luego de advertir el asombro de Rosario ante la aparición de un grupo de estas avecillas junto a los muros de cristal del Museo de Arte del INBA, donde año con año regresaban, por lo menos hasta comienzos de los años 90. Luego, el verdadero tema del poema no es el que indica el título, sino la emoción sorprendida de una amiga al descubrir colibríes en ese lugar. .

82-calle-alejandra-aragon

Como lectores asistimos a las visiones del poeta, cuyas “ciegas geografías” transcurren mayormente de noche, en alcobas y calles pobladas por “siluetas   nombres   paraísos” (52), pues la ciudad es “un juego de espejos ingrávidos”. El diagnóstico de esta visión de la urbe, en la voz poética, es que “no somos   no soy otra cosa”. Puede uno imaginar el recorrido de Cosío por esas calles, de noche, después de la fiesta en casa de un amigo o en los bares. Algunos de esos lugares fueron recurrentes hasta volverse icónicos, por ejemplo la cantina El Recreo, situada en 16 de Septiembre y Francisco I. Madero.

El espacio ficcional y los habitantes de carne y hueso

¿Qué somos nosotros, lectores mortales, en la ciudad pintada, imaginada por los poetas? Las calles de Conversando otra voz se nos presentan desoladas, su atmósfera cargada con el peso del abandono y la soledad. ¿Acaso no son así las calles nocturnas de nuestra ciudad, cuando las andamos sin compañía, terminada la euforia de la celebración recién vivida en una francachela?

82-museo-inba

Los noctívagos, hombres o mujeres, experimentamos la zozobra y el frío de esas andaduras alguna vez, y por ello es fácil sentirnos identificados con estos poemas plenos de estremecimientos íntimos, de nostalgia e incertidumbre. En esa identidad con la ciudad real y la ciudad mítica radican la fuerza y el valor de los versos que nos regala en esta ópera prima José Joaquín Cosío.

Agustín García

Del Güero Mustang y otros rostros juarenses

Etiquetas

,

La construcción de la identidad regional implica, entre otras cosas, la cimentación de una historia y una memoria que confieran cierta estabilidad a la autodefinición de aquello que son y comparten. Para lograrlo, existen varias estrategias (según Jöel Candau); la que aquí nos interesa es la literatura y en este caso, las composiciones musicales. Julio Cortázar aseguraba en uno de sus ensayos que los escritores leídos más apasionadamente son aquellos que se empeñan en “hacer frente a la cuestión de la identidad cultural de sus pueblos y contribuir con las armas de la invención y la imaginación a volverla cada vez más honda y más completa.” Hace poco tiempo me topé con uno de esos autores que te obligan a reconocerte como miembro de una comunidad: Alejandro García, alias El Alejandro Chaveñero.

81-disco-penas

La primera vez que escuché una canción de El Alejandro fue en el montaje de la obra Lights de Pilo Galindo. “El chaveñero” remite inmediatamente a una de las colonias más conocidas de Juárez, además de destacar otros espacios y elementos característicos de la región: “Puro Juaritos chaveñero, / como burritos, soy caguamero.” Aquí, el cantautor no se inclina por el lado negativo o positivo de la ciudad sino que al hablar desde su experiencia ambos aspectos se encuentran presentes: “En este Juárez ingrato, / se le arranca a cualesquiera, / el que no muere en el río / lo matan en la Pedrera. / Pero si llegas tranquilo / no te asustes soy tu hermano.” La imagen de la vida cotidiana en la frontera trae consigo aventuras, emociones y situaciones de toda índole. El Alejandro nos presenta su perspectiva, quizá desde su propia historia personal; no niega que Juárez sea un lugar peligroso, ingrato; sin embargo, para él (igual que para muchos de nosotros) en la ciudad persiste –sobre todo en los barrios más antiguos– un sentimiento de hermandad, de comunidad, a veces sostenido solo por la nostalgia de lo que un día fue: “Ese es mi Juárez viejito / y ahí no bajan bandera.”

81-burritos-la-chavena

Ahora bien, un aspecto imprescindible de sus composiciones es que representan certeramente una de esas estrategias utilizadas como resguardo de la memoria colectiva, a partir de una apropiación (tanto del espacio, tiempo y personajes característicos de la urbe) individual. La temática del recuerdo y el olvido están presentantes en cada una de ellas. No por nada su cuñado, Ricardo Vigueras, lo califica como uno de aquellos guardianes de “la leche de la creación que es siempre recreación”; es decir, un poeta que crea a parir de la tradición pero también de su experiencia vital. El “Blues del Güero Mustang” lo ejemplifica bien. Le canta a un personaje icónico, a una leyenda de Juárez, que si bien muchos de nosotros no tuvimos la oportunidad de verlo deambular con su volante por las calles, al menos conocemos a alguien que sí la tuvo. La canción gira en torno a la nostalgia de estos últimos sobre la pérdida de ciertos espacios y personas: “Regreso a la esquina / de la Primavera, / ya no hay Güero Mustang, / ya no hay Club Palacios”. El autor sabe que lo único que queda son los recuerdos y la manera para evitar que se desvanezcan es plasmándolos en sus letras; así, aunque ya no haya Güero Mustang, este permanece en nuestra memoria: “Sigue el vagabundo / por el universo / repartiendo sueños / en su Mustang azul”.

Hay que aceptar, por otro lado, que en bastantes ocasiones preferiríamos que algunos recuerdos se desvanecieran (olvidar al padre mentiroso, los malos amores o todas esas muertes que han asediado a la ciudad por muchos años). Sin embargo, este tipo de situaciones forman parte de nuestra existencia y entorno; por lo tanto, desecharlas o evadirlas sería como negar una porción de nuestra identidad, además, como lo señala el mismo Ale, pase lo que pase, aunque aseguremos el olvido, “las penas retoñan / y los recuerdos me enferman.” ¿La solución?: “Mis penas chaveñeras / yo las curo con unos fumes / y un buen pomito de ron” o crear un Colectivo Orgasmo como se lo propusó Arminé Arjona al escribir “La rola del orgasmo”.

Alejandro García compone a partir de su experiencia en esta ciudad pero también recrea y participa en obras de otros artistas juarenses. Por ejemplo, interpreta la canción “Moriré en el río” del conocido Beto Lozano, acompañado del saxofón de Fortunato Pérez, dándole un enfoque en torno a todas las muertes ocurridas violentamente en Juárez y a nuestro deber de no olvidarlas (el video ayuda mucho para esto): “A ti no te lloraré / porque en mí has vivido, / y aunque no estés en el mundo / lo nuestro sigue en el río”.

81-el-ale

En lo personal, las composiciones e interpretaciones de este autor, las cuales te llevan de la mano hacia otros personajes importantes de Juárez –pasados y presentes– como Beto Lozano, Fortunato Pérez, Pilo Galindo, Arminé Arjona, el Güero Mustang y las incontables anécdotas provocadas por este “viejo, güero, loco”, me han ayudado a reconstruir e identificar parte de toda esa historia, memoria, espacios, ambientes, sentimientos y personas que constituyen un elemento imprescindible para la identidad juarense. Ahora sé bien quién es el “güero del volante”.

81-guero-mustang

Amalia Rodríguez