Donde trazamos la línea

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Willivaldo Delgadillo nació en Los Ángeles, California en 1960. Quizás aquella ciudad estadounidense con tanta presencia latina anunciaba su relación futura con las fronteras, geopolíticas, lingüísticas y culturales, pues el escritor, periodista, traductor, catedrático y activista ha pasado su vida entre Ciudad Juárez y El Paso. Rescata las historias que han transitado por estos lugares y él mismo se ha vuelto, gracias a sus audaces textos, un referente en el ámbito bifronterizo, incluso un personaje. Su producción novelística se inauguró a finales de los noventa con la publicación de La virgen del barrio árabe (1997) –reeditada diez años después–, luego apareció La muerte de la tatuadora (2013), la cual se antoja una secuela por el espacio ficticio en que se sitúa. Garabato (2014) constituye la última de sus entregas y se diferencia de las anteriores en que tiene por escenarios lugares concretos: Alemania y el norte de México, Ciudad Juárez, el cual se ve como un zoológico o laboratorio experimental desde el extranjero. En esta ocasión me interesa abordar la tercera novela del autor, pues se encuentra motivada por el contexto de inseguridad y militarización que marcó al país entero, especialmente a esta geografía durante el mandato de Felipe Calderón. Recrea el terror que, pese a toda la tristeza y esfuerzo de la ciudadanía, no ha cesado y regresa con nueva piel y brío a infligir heridas.

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Garabato trata sobre la travesía de Basilio Muñoz durante un congreso de literatura mexicana en la nación europea. Lo convoca al evento el Consejo Nacional para la Cultura como sustituto de Billy Garabato, el escritor verdaderamente esperado, cuya ausencia sonora –declinar la invitación le convirtió de pronto en un misterio interesante de comentar–lo incita a sumergirse en la literatura de su coterráneo. En el encuentro se posicionan dos bandos con opiniones previamente formadas que mantenían continuos roces: los finolis del centro de México, quienes objetan que todo lo escrito en el septentrión resulta intrascendente debido a la pobre calidad estilística y líneas argumentales enfocadas en el narcotráfico, la vida de cantina y burdel, el spanglish y el rigor desértico; y los toscos, que, jugando al nomen omen, reclaman el valor de la escritura del entorno como registro histórico y critican la poca capacidad de los otros para apreciar todo lo que salga de provincia. Basilio, al enfrentarse a Maya Taylor (de juicio centralista), teórica “especializada” germana que nunca ha pisado Latinoamérica, no encuentra un lado desde el cuál posicionarse, ya que, si bien comparte lugar de origen con los toscos y Garabato, él mismo no puede negar la “etílica norteña”. Por ello, en pos de formarse una voz propia lee –y nosotros también– la trilogía: De alba roja, Moteles del corazón y Sicario en el jardín del pulpo.

Los referentes de Delgadillo son reales. La discusión tiene años. En el 2004, Eduardo Antonio Parra contesta en el ensayo “El lenguaje de la narrativa del norte de México” a las invectivas dichas por Rafael Lemus en “Balas de salva: Notas sobre el narco en la narrativa mexicana”. El primero explica cómo, efectivamente, estas obras atrajeron cada vez a más clientes, pues los temas de armas, alcohol, drogas, mujeres, etcétera, excitan a las masas; no obstante, señala que existe en estas coordenadas obras que van más allá y continúan una tradición sin dejar de ser innovadores. La continuación del estereotipo ha dibujado la imagen de la sangre con tinta indeleble como único signo que nos conforma; pese a ello, resulta un beneficio que nuevos públicos se adentren en nuestros textos y formen su propio corpus hasta reconocer la existencia de dicha herencia. Sin embargo, no podemos dejar de lado que tanto para ojos de lectores asiduos, curiosos o “especializados” –ejemplificados en Taylor–, así como para los inexpertos –jóvenes o adultos– la sangre fresca pero insensible parece un espectáculo más. La mercancía existe por la demanda. El narco y la frontera aparecen en boca de todos y, en consecuencia, consciente o inconscientemente, los mismos escritores y pensadores lo asumen como un todo.

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Basilio Muñoz, en un inicio, representa a ese escritor que pretendiendo ser muy “consciente” y “crítico”, es más bien escéptico y no se atreve a asumir ni a rechazar alguna de las posturas anteriores. Ajeno, aburrido de leer los textos de sus congéneres, baja la cabeza cuando le señalan aquellos vicios (literarios y de autoría) en los que él también encaja. Sin embargo, el trabajo de reflexión al seguir la obra de Billy, cuya voz no se manifiesta sino a través del símbolo, lo encamina hacia la empatía y a un significado profundo, difícilmente expresable con palabras. La primera novela de Billy Garabato, De Alba Roja, cuenta la historia de un fotógrafo que se desplaza desde Ciudad Juárez hasta Samalayuca para cubrir un asesinato en las dunas; situación que termina convirtiéndolo en objeto de persecución y chivo expiatorio de las mismas instituciones que lo avalan. En la actualidad, la desaparición y otros riesgos experimenta la prensa no se han solucionado, pues los perseguidores a veces son los mismos. Pese a su importancia, esta primera novela no logra cambiar al protagonista.  Moteles del corazón, por su parte, aborda la anécdota de un hombre que circula sobre la Panamericana intentando acostarse con una mujer y encuentra riesgos y muerte en el camino. La segunda entrega de Garabato pone a dormir a Basilio. La prueba definitiva se encuentra en la última pieza, Sicario en el jardín del pulpo, cuyas líneas contaminan las del congreso en Berlín. Esta es la más compleja y rica en registros sociales, lingüísticos y emocionales. Un hombre que trabaja en una menudería junto a un puente citadino, narra el hallazgo de un colgado sobre el cual han dejado un mensaje claro y sin alternativas. El impacto lo saca de su trabajo y lo lleva a vagabundear y vivir la pobreza en las calles del centro urbano, hasta que un día se encuentra al dueño de una tienda de antigüedades y comienza a trabajar para él. La presencia de la violencia en todo su entorno y los consejos de su jefe cambian su perspectiva, aunque no su destino. El final de esta novela lo discuten Maya y Basilio, pero nosotros lo desconocemos. De súbito, un fragmento perdido se inserta en el marco de la acción principal. Somos doblemente mediados, pues no solo nos acercamos a tres novelas insertas en una mayor, sino que lo hacemos gracias a otro personaje.

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Una nueva mirada adquirida a través de la paulatina comprensión de las lecturas cambia a Basilio y lo lleva a tomar una postura clara, aunque con un lenguaje silencioso. La lección queda también para el lector de Garabato: hay que alejarse de esas bocas que “lo único que quieren es tener una escenografía para contar los cuentos que ya traen en la cabeza, a veces hasta le cambian el nombre a las calles y a las cosas”. “El miedo vende”; no obstante, pese al tema, Delgadillo traza una línea con la mercadotecnia, señalando que no está ahí para continuar con ese busssines. La trilogía del autor norteño Billy, la cual habla por él y subraya un cúmulo de referentes con la realidad fronteriza, permite interpretar que el mismo Delgadillo escribe porque tiene que hacerlo y lo hace solo cuando verdaderamente van a escucharlo. El silencio y las ausencias responden con fuerza a la violencia y su promoción y, al mismo tiempo, brindan la oportunidad a otros de descifrar las balas de modo distinto. Leer las pocas más de doscientas páginas vale la pena porque, conozcamos o no a la gente y las calles de Juárez, nuestra realidad exige que empaticemos con el sufrimiento de otros. Sin duda, la editorial Samsara, ubicada en el centro de México, cambió del bando de los finolis con la publicación de Garabato; después de todo, el término budista simboliza la oportunidad de volver a nacer. Finalmente Basilio regresa a su ciudad y nosotros nos reconectamos con las nuestras.

Grecia Márquez García

Elegía por Amado Nervo

Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz decidió llamarse Amado Nervo porque, según él, ese nombre sonaba más inmediato y adecuado para un poeta. Precursor del movimiento Modernista en México, nació en Tepic, Nayarit, creció en Jalisco y cursó sus primeros estudios en el Seminario de Zamora, en Michoacán. Sin embargo, los problemas económicos de su familia le obligaron a abandonar su formación eclesiástica; aunque no por eso dejaría de lado en su producción lírica, la espiritualidad y el misticismo. La primera poesía del autor se caracterizó por abordar temas relacionados a la existencia humana como el dilema de la vida y la muerte, tópico que se repite a lo largo de su obra. Una nueva etapa del poeta inició al ejercer como periodista, camino que le abrió buenas oportunidades, la más significativa en 1900, cuando viaja a París como corresponsal en la Exposición Universal. Vivió dos años en Europa, donde se relacionó con los movimientos literarios y escritores de la época, especialmente con Rubén Darío. También en París conoció a su gran amor, Ana Cecilia Luisa Dailliez. El viaje al viejo mundo le cambiaría la vida; no obstante, la muerte le atormentó y persiguió siempre. Primero falleció su padre, lo cual, además del dolor, lo enfrentó a grandes problemas económicos; luego, lo conmocionó el suicidio de su hermano Luis; y por último, la muerte de Ana Cecilia, quien murió de tifoidea en 1912, suceso que lo inspiró a escribir La amada inmóvil29 Nervo

La amada inmóvil, texto publicado de forma póstuma en 1922, presenta una serie de cuadros en donde el poeta lamenta la pérdida de la amada y habla sobre la muerte desde lo religioso y lo metafísico. Antes del poemario, Nervo escribió un prefacio donde relata los pretéritos y últimos sucesos de la vida de Ana Cecilia. Este apartado adquiere naturaleza de confesionario, pues el autor no sólo desahoga todas sus penas, sino que también habla sobre las incertidumbres existenciales y espirituales que suscitó el fallecimiento de la fémina: “Si debe creerse que nuestra existencia es una expiación de yerros anteriores, sabe Dios que yo expié en esas horas muchas faltas de otras vidas, o de esta mi pobre vida incoherente y mediocre, en la que ni siquiera ha habido un gran pecado, porque su magnitud no rimaba con mi alma, tipo aun de evoluciones intermedias”. Sin duda, nos encontramos ante el trabajo más personal e íntimo del autor por la carga autobiográfica que tiene. En cuanto a su estructura, la obra se divide en diez secciones y cada apartado contiene alrededor de diez poemas. Los textos que lo integran fueron escritos en distintos momentos, por lo que tiene sentido que el libro fuera publicado póstumamente. El primer poema fechado, “Más que yo mismo”, data de febrero de 1912 y el último, “No lo sé”, del 28 de enero de 1918, de manera que encontramos un avance diacrónico en el texto. La forma métrica de todo el volumen es bastante irregular: oscila entre diferentes tipos de estrofas, los quintetos y cuartetos son las más abundantes, aunque también hay versos de arte menor. Algunos de los tópicos más destacables son: el pasar del tiempo, como en “Tres meses”, “Seis meses”; la espiritualidad, en “Gratia plena” o en las quintetas en que compara a la querida con la Virgen María; y lo elegiaco, que se manifiesta en una lamentación no sólo por el fallecimiento de la amada, sino también por la vida, el tiempo y la ilusión.

A la par del poema elegiaco, y como lo sufriera Amado Nervo, la muerte ha perseguido constantemente a los juarenses. Asimismo, existe otro vínculo del poeta con la calle que lleva su nombre en la colonia Manuel Valdez: paralelamente a esta, corre la de Rubén Darío, padre del modernismo y amigo de Nervo. Sin embargo, ¿qué puede ser más relevante del poeta para los habitantes de esta zona? ¿De qué manera podrían identificarse o construir un significado valiéndose de la vida u obra del autor? Si en La amada inmóvil Nervo nos habla sobre la pérdida de la mujer amada, refiriéndonos el sentimiento de la eterna ausencia de un ser querido, en Ciudad Juárez la ola de violencia ha dejado muchos vacíos entre las juarenses, incluidos los habitantes de este barrio. Amado Nervo sufrió el perseguimiento de la muerte y, simbólicamente, sigue atormentándolo en este espacio. “Fallece hombre aplastado por una losa”, “Intentan a ejecutar a uno en la Manuel Valdez”, “Fallece hombre baleado en la Manuel Valdez”, “Asesinan a empresario duranguense en la Manuel Valdez”, “Encuentran cadáver en la colonia Manuel Valdez”, “Acribillan y matan a hombre en la colonia Manuel Valdez”, son algunos de los títulos que han encabezan los periódicos y noticieros de la ciudad en los últimos años respecto a este vecindario. Mas así como está presente la muerte, también lo está la vida; si Nervo pudo expulsar sus penas a través de la poesía, quizá los vecinos de esta zona podrían hacerlo también en la lectura de los versos del poeta, por ejemplo, en el siguiente fragmento de “Eternidad”:

¡LA MUERTE! Allí se agota todo esfuerzo,
allí sucumbe toda voluntad.

¡La Muerte! ¡Lo que ayer fue nuestro Todo
hoy sólo es nuestra Nada!… ¡Eternidad!
¡Silencio!… El máximo silencio
que es posible encontrar.
¡Silencio!… ¡Ultrasilencio,
y no más! ¡Oh, no más!
¡Ni una voz en la noche
que nos pueda guiar!

Aldair Meza

El Juárez de Arminé

Arminé Arjona nació en Ciudad Juárez en 1958. Estudió su licenciatura en la UACJ para ejercer como médica cirujana. De igual manera, realizó estudios para especializarse como acupunturista. Desde finales de los años 90, se ha dedicado a escribir, principalmente, sobre cómo la violencia ha transformado su ciudad natal. Participó en talleres con Rosario Sanmiguel y Élmer Mendoza, entre otros, y ha publicado un cuentario titulado Delincuentos: historias del narcotráfico (2009), así como el poemario Juárez, tan lleno de sol y desolado (2003), en el que se encuentra “Veneno y viento”. Esta colección de poemas fue publicada por Chihuahua Arde Editoras, en la ciudad de Delicias. El libro consta de un prólogo de Susana Báez, quien destaca algunos de los elementos que vuelven al libro un conjunto coherente, que consta de diez composiciones, todas guiadas por las imágenes del desierto, la frontera, las mujeres, el miedo y la muerte.

Las piezas de Juárez, tan lleno de sol y desolado se presentan de manera cronológica, según la fecha en que fueron escritos. El primero, “Elegía” está fechado a finales de septiembre de 1997; mientras que “Páramo”, el último, fue compuesto el 4 de septiembre de 2002. Lo anterior resulta interesante no solo porque podemos descubrir cómo el verso de Arminé se transformó con el pasar de los años, sino también porque es posible establecer un vínculo entre su contenido, la fecha de creación y su contexto histórico-social. Por ejemplo, la escritura de poemas iniciales coincide con las primeras desapariciones documentadas de mujeres en Ciudad Juárez, a finales de los 90’s, así como con el incremento en los índices de violencia. Lo anterior demuestra que la transformación que vivió la ciudad a fines del milenio tocó de manera profunda la percepción que la autora juarense tenía del lugar donde nació.

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El conjunto de poemas, como ya mencioné, se guía por las imágenes recurrentes del desierto, del polvo, del viento, de la constante presencia de la muerte, la violencia, las mujeres desaparecidas, el silencio y el dolor. Las piezas están escritas en verso libre. Cuando la voz lírica de la poeta, originaria del desierto, recrea este mismo ecosistema tiende al minimalismo. El paisaje luce vacío, como si todo lo que tuviera vida en ese lugar desapareciera o fuera absorbido por el mismo sol ensangrentado y una arena que vomita muerta. Lo anterior, se ve reflejado en las líneas iniciales de la primera estrofa de “Veneno y viento”: “En tu desierto / florece muerte / mujer y llanto / llanto y mujeres.”

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Como ya he dicho, el desierto, la muerte y las mujeres son los ejes temáticos del poemario, así como los elementos que caracterizan este espacio geográfico, a pesar de que no existan coordenadas específicas localizables. La ciudad es un todo, una frontera, un desierto que asume la capacidad de silenciar los gritos del terror y del miedo que provoca a sus habitantes. Asimismo, la interpretación y representación de Arminé Arjona resultan familiares para cualquier habitante de la ciudad, ya que, de unas décadas para acá, la violencia, la muerte y la soledad parecen ser el pan de cada día en casa propia, en la de los amigos, vecinos y conocidos. Nadie se escapa de esa brisa envenenada. Bien lo sabe Arminé: “se han desatado / viento y veneno / sonríen crueles.”

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José Arturo Vargas Reyes

 

Crédito de fotografía de portada: Herika Martínez

Teatro que incomoda. Entrevista con el dramaturgo Edeberto “Pilo” Galindo

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“Escribir la obra de teatro no va a cambiar el mundo. Picar en tu conciencia, esto debiera pasar y no pasa. Estamos obligados a ver el lado que nadie quiere ver y que además es el que más nos duele”. Edeberto “Pilo” Galindo

Dos de la tarde de un jueves, la ciudad me quema. Estoy en el Sanborns de la avenida Paseo Triunfo de la República, en Ciudad Juárez. Espero al escritor y dramaturgo chihuahuense Edeberto “Pilo” Galindo[1] para una entrevista. Le he pedido que conversemos sobre dos de sus obras de teatro: Lomas de Poleo (morir con las alas plegadas) y El caimán y los sapos. La primera aborda el tema de los feminicidios en Ciudad Juárez a finales de los años noventa. La otra pieza denuncia la historia de violencia física, sexual y psicológica que vive un grupo de chicas, casi niñas, secuestradas por una red de proxenetas. Ambos temas, el día de hoy, presentes y urgentes de resolver en todo México. Estoy a punto de apretar play, mientras la ventana pareciera proteger con sus barrotes negros el aire.31-pilo-galindo-antologia-2.jpg

Sandra Rosas (S): Sobre la trata de personas en México, ¿quiénes lo saben y por qué lo callan?  

Pilo Galindo (P): Escribí El caimán y los sapos cuando descubrí la historia de una muchacha que logró liberarse de un grupo de proxenetas. Me estremeció mucho el tema, necesitaba escribirlo; lo necesitaba como escritor, como persona, como juarense, como ser humano. Y sí, es muy fuerte, pero debía hacerlo y lo hice, por todos los que cierran los ojos para no verlo, los policías que se corrompen, la gente que vende chucherías y sabe que las chicas están ahí. Yo sentí que era mi obligación. A mí la obra no me gusta. Entiendo cuando me dice la gente: “¡Ay!, me sentí muy incómoda” … ¡De eso va, de eso se trata! Imagínate, la trata de personas es una historia donde no hay salidas. Por eso, en la puesta en escena de 1939 Teatro Norte tampoco las hay.  Aquí no hay para dónde hacerse. Cuando la chica dice “no me gusta mi vida, cómprame el veneno para ratas” al momento de acabársele la esperanza, representó mi pesar cuando empecé a descubrir esas cosas terribles. ¿Cómo se sentirán ellas, ahí, encerradas, salpicadas con su propia sangre? Yo sentí esa obligación, y pensé que con la escritura de la obra me iba a drenar.  El caimán y los sapos es una crítica a nosotros, porque todos somos culpables, corresponsales. Yo soy culpable, me guste o no, soy corresponsable de este asunto, por mi violencia, porque me tardé en dar con este tema. Y, sí, es muy fuerte, pero necesitaba escribirlo y lo hice. He escrito ya sobre las diferencias sexuales, la discriminación por el color de piel, por la religión. En este caso, una noche, estando con mi hija, le pedí que buscara la canción de Chayanne, Un dos tres. Si te das cuenta, todas las personas abrigamos la ilusión de un primer amor y las adolescentes más; por ello, también estamos obligados a ver lo que más nos duele. Escribir la obra de teatro no va a cambiar el mundo. Picar en tu conciencia, eso es lo que debiera pasar y no pasa. Estamos obligados a ver el lado que nadie quiere ver y que es el que más nos duele. Finalmente, hay que decir que esa mayoría silenciosa que elige no mirar, está ahí a la par de una minoría que se preocupa por el exceso de plástico, por los animales… Esa minoría son gente salvando el mundo sin saber que lo salvan, gente que hace posible un mejor mundo.

S: ¿Tu teatro es una denuncia?

P: Claro, desde luego. Es denuncia, una acusación a nosotros como sociedad. Es documento. En este momento alguien se está robando a una niña. No obstante, como decía la chica en escena “El hecho de que hagas una película no va a resolver nada”. Tú vas por la Sullivan, en el Distrito Federal y ves a las muchachas disfrazadas de mujeres, casi en ropa interior, y pasan los católicos por ahí y no las ven, pasan los beatos y no las ven, pasan los policías y no las ven.

S: ¿Cómo surge la publicación de tus obras completas de teatro?

Hay un premio nacional de dramaturgia que se llama Juan Luis Alarcón. Mi hija y mi esposa le propusieron a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez que me eligieran, pero no quiso. Entonces, la Universidad de Querétaro me propuso. Cuando obtengo el premio, cuando supieron que me había ganado el premio, pues los de aquí de Juárez se agüitaron. Para corregir este descuido, querían publicar todas mis obras. Mi hija Austria hizo la selección. Tenía 60 obras. Luego vinieron y me dijeron “queremos que hagas un cuento sinfónico”; lo hice gratis. Se llenó el teatro. Después, les pedí ayuda con la compra de un boleto de avión para ir a Querétaro y no me lo dieron. Así son estos gobiernos. Usan a los artistas y cuando no les sirven los desechan.

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S: ¿Cómo ve la luz tu obra de teatro Lomas de Poleo?

Después de que monté Puente negro, alguien me preguntó que de qué iba a escribir en mi siguiente obra. “Yo voy a hablar sobre los feminicidios”, dije.  Por ese tiempo estaba escribiendo Amores que matan, en la cual hablé sobre los indocumentados; me gané una mención de honor con ese texto. Tiempo después, cuando trabajaba en Dallas en un McDonald’s, Eduardo Trías me llamó por teléfono y me dijo que se acaba de ganar la beca para escenificar tres obras de teatro. Me propuso que regresara y presentara Lomas de Poleo. “¿Pero Lomas de Poleo? Todavía no la escribo”, le dije. Y me hizo regresar a Juárez. En esa época me volví muy psicótico, mis hijas eran adolescentes, muy pequeñas, por lo que me afectaron mucho esos crímenes. Lo difícil es que cuando escribes también tienes que ser el asesino. El escritor tiene que convertirse en cada uno de los personajes para poder entrar en diálogo. En este caso, la escritura vino del caso de Barrio azul. La escribí basándome en el tolteca, en el Egipcio, en los dueños de bares que cometieron muchas atrocidades contra niñas, en eso me basé. Yo pensaba: “A ver, qué tipo de miedos tienen esos tipos. Ellos de lo que tienen miedo es de que descubran quiénes son. Porque ellos son padres, señores de oficina, hombres comunes y corrientes.”

S: ¿Cómo narrar el feminicidio y escenificarlo sin violentar nuevamente a las víctimas?

P:  Alguien me cuestionó si pondría en el escenario la violación. No, ya las mataron una vez, no hay que volverlas a matar. En la primera escena de Lomas de Poleo, la chica tumba al suelo al violador y le saca el corazón, mientras le preguntaba qué iba a hacer con ella. Volvieron a interrogarme, “Pero, ¿la chica le está haciendo eso al muchacho?”.  No, ella le está haciendo lo que a ella le hicieron. Invertimos el papel, porque no quería volvérselos a hacer. Porque fueron hijas, hermanas, madres y nunca pensaron que les iba a pasar eso. Eran gente como tú y como yo, gente normal que vivió el horror. No estaban tan lejos, pasaron rozándonos el hombro. Eran gente que estaba aquí, oímos su risa. No son distantes. Fueron a la tienda, fueron al baile, fueron al trabajo, a la maquiladora y no volvieron. “Salí de mi casa y en esta bolsa están todos mis gritos”, dice una chica, en otro momento de la obra. Cuando yo la estaba escribiendo pensaba: “Son niñas, son niñas que un cabrón despedazó y con ello despedazó a mucha gente”.

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Montaje de Lomas de Poleo

S: ¿Sobre qué estás escribiendo ahora?

P:  Ahora estoy hablando sobre el abandono. Cuando nos hacemos mayores, cuando nuestros padres se hacen mayores dejamos de oírlos, de verlos. Muriel Barbery decía que dejamos a los mayores en esos mataderos como a un perro viejo. Así hacemos con nuestros padres, con nuestros abuelos. Y pienso que a mí me hizo falta abrazarlos, quererlos más. Yo vivo casi al resguardo de mi máquina de escribir, me refugio mucho en mi trabajo. A lo mejor y debo escribir obras más esperanzadoras. ¿Tú crees que hay esperanza? La esperanza también es una ilusión.

S: ¿Cómo te sientes cuando dicen que eres el dramaturgo más famoso de Chihuahua y del Norte?

P: Bochornoso.  Me da pena. Ahora en Guadalajara me decían: “Oiga, lo invitamos allá.” Yo no pasé al público, me da pena. Soy muy vergonzoso. Empecé a mandar obras de teatro a concursos, porque me estaba muriendo de hambre y claro que da gusto pasar de pedir 20 pesos para la gasolina a escuchar que acabas de ganar 50, 000 pesos o 100, 000 pues. Un concurso no hace tu obra mejor, pero te da reconocimiento. Sin embargo, la lisonja no me gusta, huyo de ella. Nunca perseguí eso. No escribo para eso; aunque mentiría si te dijera que no me gusta el reconocimiento. Yo me estaba muriendo de hambre.

S: ¿Pilo Galindo en un par de palabras?

P: ¿Sabes que soy autodidacta? Yo no estudié ni español, ni gramática, ni dramaturgia. Cuando imparto un taller de dramaturgia y me preguntan “maestro, ¿qué método va a utilizar?”, siempre digo, “pues, el mío”. Ese es el único que conozco. Creo que si los escritores no tienen nada que decir, no deberían escribir. No solo porque esté de moda un tema hay que escribir sobre él. Víctor Hugo Rascón Banda decía que mi teatro se parece mucho a el teatro alemán. Pero, yo no lo sé. A mí solo me gustaría que mi trabajo, el trabajo de Pilo, se conociera.

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Montaje de El caimán y los sapos

Le pido que me firme el libro Antología teatral y nos despedimos con un abrazo.

Sandra Rosas

[1] Pilo Galindo ha escrito innumerables obras de teatro, la mayor parte de ellas reunida en los dos tomos de su Antología teatral, publicados por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

Intertextos en Puño de whiskey de Edgar Rincón

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I. Subgéneros, Friends y Supertramp

Edgar Rincón Luna nació en este desierto, y además de poeta también es diseñador gráfico. Ambos oficios se agradecen al conocer la versión personal de su Puño de whiskey (2005), poemario, cuya segunda edición apareció el año pasado, del que me ocuparé en este texto a partir de la teoría desarrollada por Gerald Genette. Según Elena Beristain, cuando se trata de intertextualidad, las mejores calas se realizan tomando como apoyo a Genette en Palimpsestos (1989), debido a la versatilidad con que trata los distintos fenómenos de “referencias”, muchas veces imbricados en la obra literaria. Las referencias siempre llaman la atención en cualquier pieza de arte: queremos descubrir cuál es la obra inserta en el libro, la película o canción; por qué está puesta ahí y con qué intención: cómo sucede el diálogo con el texto que se señala y recomienda. En Puño de whiskey, la intertextualidad aparece como uno de los rasgos principales. Por ello, en esta primera entrega sobre el texto de Rincón Luna me ocuparé de las modalidades transtextuales presentes en los poemas “Despedida con playa”, “FRIENDS”, “The logical song (Supertramp)” y “Some guys have all the luck (Rod Stewart)”.

El poema que abre la primera parte, titulada “Yo soy el que saca las postales del fuego”, contiene una visión nostálgica de recuerdos que se queman y, no obstante, se metaforizan a través de imágenes costeras y marítimas: “Por qué nos hace llorar esa ceniza perdiéndose entre las piedras // el corazón del mundo se derrama […] / y en sus picos los adioses no son más que peces muertos”. El nombre del texto, “Despedida con playa”, señala una serie de consideraciones referentes al subgénero de la elegía; es decir, se encuentra una architextualidad porque, según apunta Genette, “articula una mención paratextual (títulos, como en Poesías, Ensayos […], o más generalmente subtítulos: Novela, Relato, Poema, etc.)  [y] la determinación del estatuto genérico de un texto no es asunto suyo, sino del lector, del crítico, del público, que están en su derecho de rechazar el estatuto reivindicado por vía paratextual”.

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Foto de Alex Briseño

Genette define en Palimpestos el significado de paratextualidad de la siguiente manera: “está constituido por la relación, generalmente menos explícita […]  que el texto guarda con su paratexto: título, subtítulo, intertítulos, prefacios, epílogos […], etc.”. Respecto a esto, el poema que me interesa se titula “FRIENDS”, alusión a una famosa serie televisiva estadounidense. A través de un rasgo paratextual (el título) se hace referencia a otro rasgo paratextual de una obra ajena (el programa de televisión). Dicha alusión se afianza en el campo semántico de los versos, que remite a un recuerdo de la amistad infantil: “veo las mañanas en el cine después del catecismo / el parecido infantil que nos hermanaba / […] / recuerdo el río, las bicicletas”; y a la desilusión del presente adulto: “El pequeño julio que le disparó a un ladrón / no tuvo más remedio que convertirse en policía / Vicente el tartamudo / feo como una moneda vieja / fue el primero en casarse”. Al mismo tiempo, se sugiere el contraste entre el lugar que describe la voz poética y el sitio donde se desarrolla la historia de Friends: “nunca estaremos juntos nuevamente / jamás sobre una calle de Nueva York / nunca veremos las luces de esa ciudad desconocida / nunca desde el mismo cielo / nunca desde este infierno”. Asimismo, encontramos aquí una hipertextualidad, pues existe una relación entre un texto presente (el poema) con uno anterior (la serie).

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En la segunda parte del poemario, una de las más interesantes, “91.9 F.M. Canciones de la primera infancia”, todos los títulos resultan nombres de canciones. A través de este rasgo paratextual del título encontramos distintos tipos de referencias. En el poema “The logical song (Supertramp)” hay intertextualidad, la cual Genette define como “la presencia efectiva de un texto en otro. Su forma más explícita y literal es la práctica de la cita (con comillas, con o sin referencia precisa); en una forma menos explícita y menos canónica, el plagio, […]; en forma todavía menos declarada y menos literal, la alusión, es decir, un enunciado cuya plena comprensión supone la percepción de su relación con otro enunciado al que remite necesariamente tal o cual de sus inflexiones, no perceptible de otro modo”. La canción de Supertramp se presenta como alusión en el poema de Rincón Luna, y su incidencia no puede obviarse. Los versos de Rincón Luna describen la siguiente imagen: “cuando eras niño escuchabas canciones country / eras pequeño y todo era maravilloso”. Po su parte, la letra de la melodía de Supertramp comienza así: “When I was young, it seemed that life was so wonderful / a miracle, oh, it was beautiful, magical”. Luego, el poeta juarense señala que “todo dependía de los demás / eras cínico y descarado”, es decir, describe actitudes comunes en los niños, como seres inconscientes de los problemas que se dedican a observar y ser mirados por las aves. Un cuadro que también aparece con el grupo británico: “And all the birds in the trees, well, they’d be singing so happily / Oh, joyfully, oh, playfully watching me”. Después, en los dos textos, viene la ruptura de un pasado idílico: “ahora / le debes dinero a mucha gente / ya no eres divertido / en tu vientre se acumulan tus preocupaciones”; “But then they sent me away to teach me how to be sensible / logical, oh, responsable, practical”. En ambos casos, se muestra el término de la etapa en que estamos a cargo de alguien más, cuando debemos afrontar la realidad práctica del mundo y pagar las cuenta. Rincón Luna culmina su pieza con una interrogación: “si lo único que preguntas / con tus muebles fuera de casa y una llanta desinflada / es ¿quién diablos soy?”. Supertramp, en cambio, la utiliza como estribillo: “I know it sounds absurd / please tell me who I am”.

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En el poema “Some guys have all the luck (Rod Stewart)” se encuentra una hipertextualidad, ahora a través de una transposición, es decir, una “transformación de una obra en otra con reducción, aumento o sustitución de cualquier componente o aspecto semántico”. Mientras que en la canción de Rod Stewart, el yo lírico se lamenta de no tener una mujer a su lado: “The guy next to me has a girl in his arms, my arms are empty / how does it feel when the girl next to you says she loves you? / It seems so unfair when there’s love everywhere but there’s none for me”; en el poema, la muerte resulta el deseo imperante: “un joven compra un carro que al llegar a su casa explota / otro que se ha rasguñado el dedo gordo mientras columpiaba a su hijo / muere de tétanos siete días después”. Ambas piezas rematan cada estrofa con el verso que las titula, el cual funciona también como intertextualidad en forma de una cita traducida de la canción del músico británico: “algunos tipos tienen toda la suerte”.

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Los poemas de Edgar Rincón Luna pueden leerse de forma independiente al texto al que se relacionan; sin embargo, su lectura se enriquece si consideramos el subgénero literario, la serie televisiva o los clásicos del rock en inglés que están imbricados en su composición. También, por ejemplo, los textos de la segunda sección los podríamos leer al mismo tiempo que escuchamos las canciones a las que se refieren. Así, en nuestra cabeza aparecería la imagen de “un hombre sin voz / [que] revive viejas canciones / o cicatrices / o historias” que se parecen a las nuestras.

II. Postales

Arriba señalé algunas de las modalidades transtextuales que Genette clasifica en Palimpsestos (1989). Ahora, sigo con los conceptos del teórico francés para hablar sobre “Seis, Yo soy el que saca las postales del fuego” (de la parte “IV. Funerales”), “Ciudad Juárez Unplugged” y algunos poemas de la parte “V. Conozco esta ciudad, no es como en los diarios”. Para aproximarse a “Seis, Yo soy el que saca las postales del fuego”, tomo en cuenta la relación existente entre dos textos del mismo poemario: por un lado, el título es idéntico al de la sección inicial de todo el libro; y, por otro, en el cuarto apartado, se menciona a Jacob Ibsen Lambert, quien “es viejo y es jardinero / […] / entonces recuerda que está casado / […] / y cuando llega su esposa / le dispara dos veces en la cara”. El poema en cuestión, precisa de la lectura interconectada de piezas previas, ya que funciona como continuación y liquidación de un personaje que “toma un trago de whiskey y se para frente al espejo / […] / se lleva la pistola a la boca // no alcanza a ver nada”.

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El título de la última parte, “V. Conozco esta ciudad, no es como en los diarios”, es una cita de la canción “No soy un extraño” de Charly García, en la que el sujeto lírico regresa a una íntima ciudad, que no es como la pinta la opinión pública foránea: “Acabo de llegar, no soy un extraño / conozco esta ciudad no es como en los diarios, desde allá”; sin embargo, se encuentra desconcertado y pretende pasar desapercibido: “Dos tipos en un bar, se toman las manos.  / Prenden un grabador y bailan un tango, de verdad. / Y yo los miro sin querer mirar, / enciendo un faso para despistar”, pero pronto se reconoce en la urbe y con sus habitantes: “Y siento un aroma poco familiar / alguien se acerca y comienza a hablar”. Una reflexión sobre no ser capturado de nuevo por alguien concluye la composición: “los carceleros de la humanidad / no me atraparán, / dos veces con la misma red”. Acorde a la canción, en los poemas de Rincón Luna domina la descripción y reflexión en torno al espacio citadino que se encuentra en decadencia. El yo lírico lo conoce bien: “en las vértebras de la ciudad, / la palabra ceniza ya no existe / […] en nuestro aliento se dibuja / la ciudad / llamándose por su nombre”; en “Primera plana”: “toda ciudad es un rescoldo del infierno / desde aquí se abraza a la tiniebla”; en “Parte del aire”, se dice que “en cada casa de esta ciudad hay un asesino”. “Strangers in paradise” pregona que “esta ciudad, así a solas me gusta”.

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Por último, “Ciudad Juárez Unplugged” confirma que “en esta lluvia que en silencio / cae de nuestros ojos / agradecemos esa luz que nos permite ver las ruinas de una ciudad”. En este último poema, resalta un alegato contra la penumbra y apoteosis de la luz del relámpago: “que la constancia de la lluvia / la persistencia de la oscuridad / no borra el rostro ni los nombres / de los amigos muertos”. Quizá el poema aluda a la canción “Quedándote o yéndote” de Luis Alberto Spinetta, la cual, también encierra luminosidad: “el sol empuja con su luz / el cielo brilla renovando la vida / […] / de ti saldrá la luz”. El estribillo “la lluvia borra la maldad / y lava todas las heridas de tu alma” se contrapone al sujeto lírico de “Ciudad Juárez Unplugged”: la precipitación no se lleva las heridas de su alma, ni ayuda a olvidar a los amigos muertos.

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Las relaciones que guardan los poemas contenidos en Puño de whiskey con otras composiciones trazan caminos de interpretación y recorridos musicales, a veces explícitos como en “II. 91.9 F.M. Canciones de la primera infancia” Otras veces las pistas se ocultan silenciosas, dando pie a la reminiscencia de nuestras propias lecturas. Interconexiones hipotéticas. También ocurre que los textos del poemario dialogan entre sí; “Seis, Yo soy el que saca las postales del fuego” entabla distintas relaciones con poemas anteriores. Queda claro que el yo lírico se sirve y enriquece de otros discursos. Puño de Whiskey no solo es un palimpsesto en su sentido referencial, sino también como registro de sucesos de variada índole en esta (y en cualquier otra) ciudad… desde una despedida, hasta el rayo que suscita la tormenta.

Gibrán Lucero

 

El reflejo del Brown Buffalo

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La autobiografía de un búfalo prieto (The Autobiography of a Brown Buffalo) es el primero de dos libros publicados por Oscar “Zeta” Acosta, un abogado y escritor chicano que desapareció en Mazatlán, Sinaloa, en 1974. Algunos se preguntan si se suicidó; corrían rumores de que el FBI estaba tras él debido a su activismo político. La autobiografía gira en torno a la vida del jurista Acosta, antes de agregarse la distintiva “Zeta” y convertirse en defensor legal de los militantes chicanos en East Los Angeles, durante los años 60.

El recorrido de este “indio salvaje que corre destruyendo frenéticamente todo lo que encuentra a su paso” comienza a partir de su infancia y adolescencia en Riverbank, California, concluyendo con el regreso a su ciudad natal, El Paso, Texas, después de haber pasado unos días en Ciudad Juárez. Antes de que la literatura chicana se consolidara, al grado de ser tendencia o incluso moda, era prácticamente imposible que una editorial estadounidense se interesara en publicarla. Una novela temprana, versión de Romeo y Julieta entre okies (residentes de Oklahoma) y chicanos, fue rechazada por tres editoriales que, si bien elogiaron la escritura de Acosta, pensaron que la temática no era aceptable. La historia del Búfalo prieto se imprimió en 1972, el mismo año en que se publicaron las obras de otros dos importantes escritores chicanos, Bless Me Ultima, de Rudolfo Anaya y Occupied America: A History of Chicanos, de Rodolfo Acuña.

Oscar Acosta reflexiona constantemente sobre su identidad. Es hijo de una pareja pobre de inmigrantes mexicanos; su color de piel moreno (brownie), su apellido, lo mantienen exiliado de una sociedad angloamericana a la que no puede acceder. Las mujeres de ojos azules, símbolo de la belleza a la que aspira, le resultan inaccesibles. No sólo la familia de ellas se opone a esas relaciones amorosas, también la policía. En México reconoce, por fin, su color en la piel de los otros. Caminando por la avenida Juárez encuentra productos nacionales, sandalias de Torreón, sombreros de Michoacán, dulces de camote, joyería y trabajos artesanales de los indios de las montañas sonorenses. “Todos caminaban a lo largo de las calles provistas de luces multicolores, en medio de tortas, tacos, tamales, elotes y cualquier clase de alimento cuyo precio no rebasaba un solo dólar”.

Su cabeza da vueltas; atento a la belleza femenina de las mujeres morenas, de facciones indígenas, de pelo negro que lo deslumbran, concluye que podría casarse con cualquiera. Alice Joy y Jane Addison, las niñas blancas que amó en la infancia dejan de importarle. En las habitaciones detrás de la Cantina de la Revolución, dos voluptuosas prostitutas le enseñan a ser un mexicano de verdad. Con ellas pasa una semana entera, hasta que una pelea con quien le renta la habitación y otro empleado lo lleva a la piedrera, la cárcel de Juárez. En el hotel, cuestionan sus raíces, su tono de español, su ser por completo. “-Pues parece mexicano, pero ¿quién sabe?”, “-Dile que si no le gusta… [el frío en su cuarto] ¡que se vaya a la chingada!” Entre multas para ser puesto en libertad y cobros injustificados de policías corruptos, Acosta se queda sin dinero. De regreso a El Paso, sin cartera, discute con los oficiales para que le permitan cruzar; ellos le advierten: “-Bien. Pero te sugiero que la próxima vez traigas contigo alguna identificación. No pareces norteamericano, ¿sabes? Su identidad se resquebraja. No es de aquí, ni tampoco de allá; solo el desamparo lo cobija. Entonces, y de repente, la revelación. “La bomba explota en mi cabeza. Luces intermitentes. Estrellas. Veo todo con claridad”. El protagonista se identifica con el brown buffalo, ese enorme mamífero perseguido y masacrado por cowboys e indios por igual, pero quizá le teman a las manadas, al Brown Power.

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Sólo los mexicoamericanos o chicanos saben lo que se siente nacer en un territorio hostil, dominado por otros moradores que ocuparon territorio por la fuerza. A pesar de su población, En Estados Unidos su comunidad sigue siendo una minoría, entre tantas otras, cuya literatura no termina de introducirse en el canon occidental; no se enseña en las escuelas más allá de la franja fronteriza y su distribución es insuficiente, sin importar la gran calidad de su escritura. Además, la orientación monolingüe limita el ejercicio público de otras lenguas. Oscar “Zeta” Acosta dejó de hablar español alrededor de los ocho años. Su visita a Ciudad Juárez lo hizo sentir, al menos por un tiempo, en casa, igual a los demás. No obstante, los abusos e insultos de los que fue víctima a causa de su lengua, el inglés, que lo identificaba como ciudadano norteamericano, terminaron por desilusionarlo. Este ser-en-medio no podía depender de paisanos juarense y mucho menos de los anglos; el chicano debía defenderse a sí mismo y entre los suyos. “En el momento presente, en este día lluvioso de enero de 1968, me doy cuenta de que no soy mexicano ni norteamericano. Ni católico ni protestante. Soy chicano por estirpe y Búfalo Prieto por elección”.

María del Carmen Rascón Castro

Texto publicado originalmente en Sinembargo

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Enrique Cortazar: Acentos en el paisaje

Enrique Cortazar (Chihuahua, 1944) estudió leyes en la UACH y luego una maestría en Literatura en Harvard, donde fue alumno de Octavio Paz. Posteriormente, obtuvo el doctorado en la misma disciplina en la Universidad de Nuevo México, siendo alumno del poeta español Ángel González. Ha desempeñado en su carrera un papel como promotor cultural en diferentes instituciones: Agregado Cultural en el Consulado General de México en El Paso (1988-1990), Director del Museo de Arte del INBA en Juárez (1993-2000), Director del Instituto de México en San Antonio (2001-2006) y Director del Centro Cívico S-Mart, en donde actualmente trabaja. Ha publicado ocho poemarios: Mi poesía será así (1977), Otras cosas y el otoño (1979), Poemas legibles (1983), La vida escribe con mala ortografía (1987), Ventana abierta (1993), Suicidio aplazado (1994), Variaciones sobre una nostalgia (1988) y Don de la tarde (2014). Además, su poesía ha sido recopilada en Cementerio de distancias: antología personal (1998) y Crepúsculo en las calles (antología bilingüe francés-español, 2008).

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La vida escribe con mala ortografía, poemario prologado por José Emilio Pacheco e ilustrado con grabados de José Luis Cuevas, apareció en la capital del país bajo el sello de Ediciones de Cultura Popular. Dividida en tres partes, la obra destaca por su tono melancólico. Describe imágenes y emociones registradas en un calendario biográfico. Sobresale, además, la construcción espaciotemporal, ya que los versos plasman imágenes de paisajes remotos, algunos de ellos identificados en nuestro norte; como si el autor escribiera desde fuera, recordando su lugar de origen, plasma su añoranza y permite que el lector se conecte de manera íntima y evocativa.10 Cortazar - Vida escribe ortografia.png

En la segunda parte del libro, encontramos el poema “Medio día en Urique”, donde la voz lírica retrata un paisaje cotidiano y casi indeleble en la zona serrana de Chihuahua. Escrito en verso libre, de una sola estrofa con quince versos, la composición muestra una perspectiva particular del panorama de un caserío. A través de una voz nostálgica e introspectiva, el poeta describe la imagen del viento que recorre la calle, acariciando la luz de la mañana y las aves que rompen la quietud del mediodía. El sol y el viento lucen como elementos espectaculares que transforman lo ordinario. El entorno montañoso cubre las casas de adobe de un pequeño territorio enclavado a un costado del río. El poema recoge este paisaje en una narración austera y profunda, la cual expresa deleite al reconocer los pequeños detalles cotidianos. Se complace con la luz, las aves y la vecindad revitalizada por el río y el peso del tiempo en sus muros de adobe. El paisaje delineado valora la vida sin olvidar el dolor que lleva consigo; pero el poeta no se entrega a la desilusión. Así lo comenta Antonio Moreno Montero: “Sin llegar a ser un pesimista irremediable y confeso, la voz que emerge de sus poemas revela siempre un tono melancólico, pero sin renunciar jamás a la vida, pese a las limitaciones”. Enrique Cortazar asume las imperfecciones vitales –la vida escribe con mala ortografía– y nos incita a no excluir absolutamente nada… asumir la carga de los días y celebrarlos en su justo paraje.

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Hace algunos años, tuve la oportunidad de conocer la sierra de Chihuahua. Recuerdo que el viaje lo realicé solo; tomé el autobús a Parral y de ahí me trasladé a Guachochi en un camión de los que llaman “polleros”, por ser muy económicos y llevar, además de los pasajeros, algunos animales. El viaje fue largo e incómodo. El lugar no tenía un aspecto agradable; no fue una buena impresión. Las calles sin pavimentar hacían el camino lodoso al caer la lluvia. La soledad en la sierra, sus peligros y su vulnerabilidad representan un reto constante para la población y sus visitantes. En ese difícil ambiente, se tienen experiencias límite, en las que uno llega a conocerse un poco más… eso forma parte de la magia de la zona serrana. Además de lo impresionante de la naturaleza misma (montañas, cascadas, ríos y bosques), representa también un lugar de encuentro, en donde se valoran tanto los acentos como los sinsabores de la vida. A veces es necesario un momento de reflexión para descubrir qué enfatizamos, a qué cosas les damos importancia. La vida puede escribirse con faltas de ortografía, esperando bondades con todo y sus errores.

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David Guevara Camargo

 

Vereda hacia el camino boreal. Juárez con Jota (1 de 10)

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Resulta de particular interés explorar el contrapeso de una tradición literaria local escrita por hombres que celebran el gusto de ser machos, beodos e inspirarse en “senos altos, sitios de recreo”. ¿Hasta qué punto la poesía refleja la ideología dominante de una sociedad, o será que la misoginia e indolencia hallaron cauce en el verso libre? Frente a una escritura que gana premios, publica en editoriales de renombre, coedita con universidades públicas, dictamina becas y brinda por “la división aleve de [las] nalgas” femeninas, existen otras voces más allá del fulgor heterosexual.[1] En esta serie de breves ensayos –diez en total– hago un recuento de la creación literaria en Ciudad Juárez con temática queer.

Si México se escribe con J, como anuncia la famosa antología de Michael K. Schuessler y Miguel Capistrán (2010), Juaritos no precisa de la falta ortográfica y Juanga, hijo predilecto de la ciudad, da fe de ello; sin embargo, la historia de la cultura queer en la frontera norte –incluida la gay y todo tipo de orientación sexual– espera paciente para ser escrita. Los actos de homofobia y los crímenes de odio cometidos contra lesbianas, gays, bis y trans nos recuerdan que las innegables contribuciones de la comunidad LGBT a la cultura universal han sido siempre acalladas y relegadas por motivos religiosos, sociales o raciales. El objetivo primordial de esta decena de reseñas es, desde el campo de los estudios literarios, aportar un sustento simbólico a la lucha contra la inequidad, discriminación y estigmatización motivadas por visiones autoritarias, homófobas. Las obras literarias que iré presentando, una a una en orden cronológico según su fecha de composición o publicación, recogen estilos de vida, elecciones y decisiones personales ejercidas en el disfrute de la intimidad, del amor y, sobre todo, del ser.

A inicios de este año, asistí a una charla de café, organizada por jóvenes estudiantes de literatura, en donde se discutieron ideas en torno a Narrativas queer. Me interesaba, por supuesto, escuchar la incidencia en el ámbito fronterizo. Al evento, acudió el escritor José Jasso, autor de Torceduras (2016), una colección de cinco relatos cortos plagados de sanas puterías y de sobrado humor (me refiero a cada uno de los líquidos de un organismo vivo). En la contraportada, se lee que el plaquette “inicia la Literatura Queer en Ciudad Juárez”. Acostumbro dudar de este tipo de afirmaciones tan categóricas –tan peligrosas a la hora de urdir una historia literaria–, ya que suelen ser falsas. Además de omitir (o desacreditar, que sería peor) la obra de autores contemporáneos, la sentencia desconoce los antecedentes del siglo pasado.

Fue una grata sorpresa, durante la investigación, hallar una novela con la que inicio el recuento y que transcurre en parajes ajenos a El Vampiro de la Colonia Roma: “Noble y fraternal tierra del norte. Hecha de contraste y de sorpresa, de esperanza y austeridad. Plana y recia en la llanura. Sinuosa y erecta en la montaña. Quemada y muerta en el desierto. Húmeda y rumorosa en la serranía”. Vereda del norte, compuesta en 1937 por José Urbano Escobar, se mantuvo inédita hasta que el historiador Darío Oscar Sánchez proporcionó el mecanuscrito a José Manuel García, quien –por aquel entonces a inicios de la centuria– dirigía el apartado cultural de la revista Semanario. ¿Que cómo se titulaba aquel suplemento? Armario, sí… de ahí salió, por entregas, Vereda del norte. En el verano de 2005, junto con otra de sus obras, El evangelio de Judas Keryoth, el consejo del Fondo Municipal Editorial Revolvente tuvo la oportunidad de sacar a la luz ambas novelas en un solo volumen. La editora del texto, Adriana Candia, advierte el valor de lo que traía entre manos: “Probablemente la primera novela mexicana con tema homosexual, y la primera novela juarense de la revolución”.

Me detengo primero en unas cuantas líneas sobre el autor y después sobre Vereda del norte. Darío Oscar Sánchez, en la reedición de Siete viajeros y unas apostillas de Paso del Norte, publicado originalmente en 1943, destaca la “inquietud errante”, que sin duda expresa el carácter multifacético del escritor nacido el día de San Urbano en Ciudad Juárez hacia 1889, unos meses después de que la antigua villa de Paso del Norte cambió de nombre. “Atleta, orador, poeta, pintor, revolucionario, pugilista, explorador, profesor, cantante, actor, novelista, historiador, periodista, político; todo esto fue José U. Escobar”, primo hermano de Numa y Rómulo, chihuahuenses ilustres que fundaron la Escuela Particular de Agricultura en la frontera. Al estallar la Revolución mexicana, nuestro novelista participó al lado de Pascual Orozco. Tras el asesinato del General en 1915 en Van Horn, acusado de haber robado ganado, Escobar pronunció la oración fúnebre en el sepelio del caudillo en El Paso. El movimiento armado, la pérdida de su amigo y el exilio calaron hondo en la sensibilidad del escritor.

Vereda del norte sitúa sus acciones a principios del siglo XX en el pueblo de San Francisco del Oro, “mineral norteño repechado de sol en un anfiteatro de montañas escalonadas de pinos”. La vida alrededor de la extracción del beneficio queda bien retratada, por un narrador en tercera persona, a través de las faenas diarias en las vetas de La Fábula. “¿No era éste un nombre verdaderamente singular para una mina?” Para “El chamaco Ricardito García”, acompañar a su padre a las entrañas de la tierra era “una aventura de perfiles juliovernescos”. Copio un párrafo del primer capítulo para delinear el perfil del protagonista, un muchacho que “sentía la presencia, casi sexual, del secreto de la montaña”, y el tono de una prosa preocupada más por agitaciones corporales que por cuadros costumbristas o históricos:

“Lo llenaba de euforia acercarse a los hombres, darse cuenta de que todavía estaba junto a la humanidad. Parecía que los mineros flotaban, ingrávidos, en una ola de negrura, en donde bailaban, formando extrañas constelaciones, las llamitas de las linternas. Debajo de cada punto luminoso brillaban dos ojos; el sudor de las frentes relumbraba con resplandores anaranjados; los dientes blancos relampagueaban detrás de las bocas fatigadas. Los hombres, desnudos de medio cuerpo arriba, ya no parecían hombres, el sudor les formaba caminitos sobre los torsos hercúleos cubiertos de polvo. Las piquetas despedían chispas al chocar sobre la piedra. Los mineros cavaban en el sendero nocturno. Ya no eran seres de carne, sino de tierra”.

 

Muy pronto, el adolescente encuentra a su contrapunto, “otro caballero de carne y hueso, y de extraña catadura: sombrero tejano, botas mineras y zarape”. La relación entre Ricardo y Teófilo, además de sostener la tensión de la novela, encarna lo que ahora conocemos como bromance. Juegos de palabras, insinuaciones, símiles y paisajes a punto de desbordarse corresponden con el despertar sexual del más joven, quien mitiga sus ansias ante la sorpresa de su amigo: “–Qué has venido a quedarte conmigo, a dormir, aquí en el bosque. Tú no sabes lo que estás haciendo”.

Justo a la mitad de la pieza, en el capítulo 10, nos damos cuenta que el pueblo minero no era ajeno al acontecer regional. A San Francisco del Oro llega ni más ni menos que el periódico Regeneración. “Lo escribían en el extranjero unos hombres que deben haber sido nobles y valerosos”. La lectura de las ideas de los hermanos Flores Magón, así como La sucesión presidencial, de Francisco I. Madero, los conduce a las armas. Los mineros toman la vereda del norte para unirse a la bola. “-Ahora van para Casas Grandes. Los manda Pascual Orozco”; pero, más diestros con la pala que con el fusil, mueren pronto, “derrotados en el rancho de Las Escobas y en Cerro Prieto, donde los federales fusilaron a los prisioneros”. Esa suerte corrió don Julio García, padre de Ricardo, por lo que su familia, sin el diario sustento, se ve forzada a emigrar a la frontera, con una parada intermedia en la capital del Estado.

El paisaje coopera en la caracterización de figuras y detona emociones en quienes lo experimentan. La entrada a Juárez por ferrocarril es ejemplar. “Imagina Ricardo que desde las ventanillas del tren podrá encontrar lo que busca en el camino del norte. Lo examina todo, pero nada. Arenales estériles. Médanos fulvos. Sedientos. Sinuosidades azules de montañas lejanas. Ya están cerca de Ciudad Juárez”. ¿Qué le depara la frontera, esa “la línea verde de los álamos que crecen a la orilla del río Bravo”, al muchacho? Vuelve a ver a su entrañable camarada, pero a Teófilo se le acusa de haber matado a un gringo que pretendía recuperar el ganado que supuestamente le habían robado del otro lado. La trágica escena en el cementerio pone fin a las aventuras.

La búsqueda de la identidad sexual de Ricardo y el despertar que halla en la compañía de Teófilo merecen atención y deben ser leídos a casi un siglo de haber salido de la pluma de José U. Escobar, quien ofrece interesantes guiños ante una rígida, y ojalá ya caduca, moral. Pensemos que Teófilo apoda a su compañero como Sacristán “porque te ves muy mustio, muy moscamuerta y a la mejor eres una mulita”. Ricardo no se ofende y lo nombra “-Monaguillo. Así los dos tendremos nombres de gente de iglesia”. Por último, llama la atención que el vínculo homoerótico en Vereda del norte tuviera que esperar casi 80 años para concretarse en otra novela, Northern lights de Ángel Valenzuela (2016), de la que me ocuparé en su momento.

Carlos Urani Montiel

Texto publicado originalmente en Sinembargo.mx

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[1] Los versos entrecomillados pertenecen a La otra cara del vidrio, poemario publicado en 1984 por Premiá en coedición con la Universidad Autónoma de Puebla y la Universidad Autónoma de Zacatecas, escrito por Jorge Humberto Chávez, quien dirigiera el Taller Literario del Museo de Arte del INBA en Ciudad Juárez durante la década de los 90; al día de hoy coordina el área de literatura del Instituto Potosino de Bellas Artes, es curador del Festival Internacional Letras en San Luis y miembro, desde el 2014, del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Carlos Darwin en Juárez

Charles Darwin nació en Shrewsbury, Inglaterra en 1809 y desde temprana edad se acercó a la ciencia debido a que su padre y abuelo paterno fueron importantes médicos en el poblado donde residían. Durante su infancia comenzó a mostrar un interés por la ciencia natural, pues coleccionaba objetos como conchas o minerales. Para continuar con la tradición familiar ingresó a la facultad de Medicina en la Universidad de Edimburgo en 1825.  Sin embargo, su estadía en la universidad no rindió los frutos esperados, ya que Charles no tenía un interés real en esa área; la historia se repitió tres años después cuando ingresó al Chrit’s College de Cambridge para obtener un título como pastor anglicano. Su verdadera pasión se encontraba en el estudio de la biología y pronto quedaría demostrado. En 1831 participó en la expedición del Beagle, cuya misión consistía en medir corrientes oceánicas y cartografiar la costa de América. En la travesía, Charles Darwin se dedicó a recopilar ejemplares y realizar investigaciones geológicas, lo cual le consiguió la fama una vez que regresaron a Inglaterra y le permitió dedicarse con más tiempo al estudio de las muestras y, de esta manera, hacer conjeturas sobre lo que había encontrado en su viaje. Por desgracia, su salud comenzó a decaer cuando regresó a su país; no obstante, continúo con su labor incansable de explicar sus observaciones. Murió en 1882 y le fue realizado un funeral de Estado en la Abadía de Westminster.

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Charles Darwin escribió numerosos ensayos donde expuso, explicó y justificó sus teorías. Su obra fundamental, El origen de las especies por medio de la selección natural, la cual se publicó el 24 de noviembre de 1859, plantea y acredita la idea de la evolución biológica a través de la selección natural. Las pruebas recabadas durante su expedición en el Beagle le permitieron sostener la teoría de que la diversidad de la naturaleza se debe a modificaciones acumuladas debido a la evolución. Gracias a esta hipótesis publicada en su famoso libro, comenzó un debate científico, filosófico y religioso. En cuanto a esto último, por ejemplo, la Biblia proponía que todos los animales habían sido diseñados por Dios y que no guardaban relación alguna con el hombre; por su parte, las propuestas del inglés demostraban lo contrario, por lo que, paulatinamente, fueron aceptadas por la comunidad científica y después por el resto de la sociedad.

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El libro-álbum Darwin, un viaje al fin del mundo (2008), de Ana María Pavez y Olaya Sinfuentes, narra las aventuras a bordo de la embarcación Beagle que originaron el planteamiento de teorías que cambiarían la visión de la biología. La historia del texto dirigido a un público infanto-juvenil se concentra en el sustrato histórico que enmarcó la expedición, lo cual permite acercase y entender un poco más el funcionamiento y la importancia de las excursiones científicas cuyos descubrimientos forjaron las bases del mundo moderno. Gracias a un lenguaje simple y un glosario anexado al final, el joven lector participará del asombro con el que los europeos -incluido Charles- descubrían a América como una tierra llena de misterios, pero también de respuestas.

Existe una calle en nuestra localidad que lleva por el nombre del naturista; aunque cabe aclarar que el nombre original se traslada al español como Carlos Darwin. La arteria, la cual en realidad es un pequeño callejón, se ubica en la colonia Del Futuro y hace cruce con la avenida Isaac Newton, de la misma manera en que los restos de ambos ilustres personajes se encuentran sepulcros en la Abadía de Westminster. La longitud y anchura limitada de la calle no hacen honor a la importancia del avance científico que supusieron las teorías de Darwin, pues solo abarca dos cuadras e incluso no hay placas que señalen su título, solo queda la marca en la esquina de una casa de que alguna vez ahí estuvo. Sola, la calle no resulta importante para los transeúntes, pero en conjunto la colonia mantiene la memoria de grandes figuras cuya trascendencia no se limitó a sus ciudades, sino que tuvieron un eco mundial. El fruto del trabajo de inventores y teóricos como Isaac Newton, Johannes Gutemberg, Albert Einstein y Alejandro Bell se mantiene en las calles de nuestra frontera, para así podemos recordar día a día a todos esos hombres que marcaron un hito en la ciencia.

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Claudia Chacón Bustamante

P.D. Agradecemos a la familia Arenivas Cruz por permitirnos tomar la foto de la placa de su casa.

Las noches blancas de Nellie

María Francisca Moya Luna, verdadero nombre de Nellie Campobello, nació en Villa Ocampo, Durango el 7 de noviembre de 1900 y falleció el 9 de julio de 1986 en Progreso de Obregón, Hidalgo. A los 30 años impartió clases de danza en escuelas públicas; tiempo después estuvo a cargo de la Fundación Nacional de Danza por más de cuatro décadas. Su primer libro titulado Francisca Yo! se publicó en 1929 gracias a Gerardo Murillo (“Doctor Alt”); sin embargo, el poemario fue ignorado por la crítica literaria durante una larga temporada. En 1931 apareció Cartucho y en 1937 Las manos de mamá, libros con los que se dio a conocer. Fue hasta 1960 cuando Martín Luis Guzmán volteó hacia sus primeros escritos y los integró a la compilación de la obra completa de Nellie, llamada Mis libros. Aquí los poemas aparecieron bajo el título Yo, por Francisca. Veinte años más tarde, la estadounidense Valeska Strickland, tras leer en un periódico de la Habana algunos de estos versos, inició la búsqueda de la primera edición, pero no obtuvo resultados. A partir de este dato, a principios del nuevo milenio, Jesús Vargas y Flor García comenzaron su propia investigación; finalmente la localizaron en los Fondos Especiales de la Biblioteca Nacional de las Artes. En el 2004, bajo el sello editorial de la UACJ, se publicó Francisca yo! El libro desconocido de Nellie Campobello, el cual contiene los cincuenta y cuatro poemas originales y un análisis comparativo entre los textos de 1929 y lo que la misma Campobello incluyó en Mis libros de 1960.

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Nellie Campobello vivió en tierras norteñas como Parral, Chihuahua y Laredo, Texas; incluso se sugiere que en los primeros meses de 1920 emigró a Ciudad Juárez. En sus versos se observa el aprecio de la escritora por la naturaleza de su entorno, ya que menciona constantemente las montañas, los cerros, la sierra, el campo y los árboles. En el poema “Todo blanco”, describe su gusto por la belleza del paisaje nevado; admira y espera la llegada del invierno ausente de flores y mariposas, “los días blancos porque son románticos” y las “noches con sus velos”. En cuanto a la estructura del texto, se divide en ocho estrofas de arte menor y rima consonante. Al igual que el resto de su obra, la poesía de Campobello destaca por la presencia de contundentes imágenes, las cuales, en este caso, rememoran alguno de tantos lugares del septentrión mexicanos que en ciertas épocas se cubren de blancura. Tono que transmite al lector la tranquilidad y templanza de una joven poeta que un siglo atrás deambulaba por esta región.

Campobello admira la blancura del ambiente, lo cual rompe con la idea general de apreciar el verdor y la alegría de la naturaleza. Por ello, cabe destacar este poema en el que se demuestra el orgullo de la escritora por los espacios propios de una región cuyas características geográficas y climáticas no dejan de sorprender por lo extremo que resultan. Nellie nos recuerda las intensas nevadas que han sucedido en la ciudad, aquellos días en los que la gente fotografía la belleza de un paisaje completamente emblanquecido. Tal parece que muchos concordamos que lo mejor del invierno es la nieve, sobre todo cuando sorprende en pleno febrero.

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Mayra Fabiola Mendoza Muñiz