2. Literatura y patrimonio

Antropólogos e historiadores coinciden en que el patrimonio es un valor heredado de manera individual o colectiva de una generación a otra. El problema surge, en realidad, cuando se discute para quiénes un objeto es valioso o no. ¿Cuáles son esas escalas de valor? Enrique Florescano explica que el patrimonio cultural “no es un hecho dado, una entidad existente en sí misma, sino una construcción histórica, producto de un proceso en el que participan los intereses de las distintas clases que conforman a la nación” o a una zona determinada (El patrimonio nacional de México). Así que la maleabilidad, el dinamismo y la legitimidad son nociones y atributos asociados a la percepción del patrimonio.

Miguel Olmos Aguilera ha insistido en repetidas ocasiones que la memoria de larga duración en las sociedades fronterizas de México y Estados Unidos es efímera y volátil. Por tanto, sus políticas patrimoniales deben afrontar el hecho de que “las referencias culturales sean vulnerables, tanto en apariencia como en contenido”. Pero así como las características inmediatas de la memoria histórica y colectiva de las fronteras pueden ser espontáneas, pasajeras o transitorias, también hay que admitir que “lo patrimonial se nos revela como una cualidad adjudicada”, un constructo que aboga por ese reconocimiento (Olmos Aguilera, Memoria vulnerable: el patrimonio cultural en contextos de frontera). Si al corpus literario con el que trabajamos lo llamamos patrimonial es por sus valores culturales internos y porque representa la memoria colectiva a nivel regional (sobre este aspecto, el de la memoria, ahondaremos en el punto seis del manifiesto).

El patrimonio literario es “el conjunto de elementos, tanto materiales como inmateriales, relativos a la escritura y a la literatura entre los cuales encontramos en primer lugar el libro […] junto al legado de escritores e instituciones relacionadas con la literatura” (Francesca Uccella, Manual de patrimonio literario. Espacios, casas-museo y rutas).En lo inmaterial sobresalen las tradiciones y expresiones orales, las representaciones y espectáculos escénicos, las fiestas, los rituales y finalmente el propio lenguaje. El acervo material, por otra parte, se compone por manuscritos, bibliotecas, archivos y casas-museo. Tanto el objeto libro como los espacios enumerados cumplen una función contenedora de la memoria y potenciadora de la identidad de una determinada región. Así pues, el patrimonio literario se expresa a través de todos aquellos elementos –tangibles e intangibles– que compongan y depositen una memoria en activos literarios. Sin patrimonio no hay identidad, no hay memoria y por ello es fundamental preservarlo y difundirlo. Los componentes de la parte intangible del patrimonio literario incluyen también “las ideas, los sentimientos, las instituciones que acompañan la lectura y la meditación acerca de un texto, y finalmente los procesos que originan o encuentran soporte moral en el mismo” (Uccella). Por lo que rescatar nuestro legado escrito es asimismo recordar a sus gestores, actualizar las ideas y los sentimientos, lo soñado, sentido e imaginado por un pretérito que busca persistir en lo presente.

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¿En qué espacios físicos, virtuales o imaginarios está depositado el patrimonio literario de Ciudad Juárez? Esta interrogante nos lleva a descifrar un proceso de auto-reconocimiento y de elaboración de consensos sobre lugares comunes, tanto de la tradición literaria de la metrópolis como los paisajes emblemáticos y centros neurálgicos en el tejido urbano. Por lo tanto, al enfrentarnos a la pregunta sobre nuestro patrimonio literario, aventuramos cuestiones ontológicas y sociales que estiman el ser juarense (de cepa o importado) tanto a nivel personal como colectivo. Nos parece fundamental, por tanto, estudiar la herencia literaria que subyace en los textos para después proyectarla fuera de ellos y hacerla disponible al residente de la ciudad. Existe sin duda una tradición literaria juarense bastante rica aunque dispersa. Cada descubrimiento –convertido en cifra en la base de datos–, es para nosotros un feliz hallazgo que nos permite cuestionar la labor realizada tanto por las instituciones que estimulan la escritura por venir, administran los espacios como bibliotecas y librerías que resguardad las letras, así como los críticos y académicos que han ignorado (u optan por ignorar) la tradición a la que pertenecen.