1. ¿Y ustedes qué?

En más de una ocasión esta interrogante nos ha puesto frente al paredón e incluso hemos invertido más de media hora (o el equivalente a dos cervezas) tratando de explicar sin tecnicismos algo que, en realidad, es bastante sencillo si el todo se presenta por sus partes y en un par de líneas. Nuestra cartografía tiene como propósito primario vincular los espacios de ficción que retratan Ciudad Juárez con su equivalente real dentro del trazado urbano. Así de simple y sin más pretensiones.

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Ahora bien, ¿por qué nos creemos capaces de cumplir dicho objetivo? Y llegando a este punto, ¿necesitamos demostrar, desde nuestro trabajo de escritorio, que la fascinación por la literatura, la experiencia estética y la sensibilidad histórica son provechosas? Claro que sí. Los poderes de la filología son realmente efectivos en la medida en que despegamos la vista del libro e intentamos comunicar su contenido a partir del desafío que implicó leerlo (Hans Ulrich Gumbrecht). No se trata de una enseñanza programática, ni de resguardarse tras la cátedra o de posicionarse como el especialista, sino de exponer la complejidad de todo texto sin la voluntad de reducirla. La experiencia de la lectura es la clave y hay que reconocer que esta oscila entre la ganancia y la pérdida de orientación y control intelectual. La tarea que hemos asumido es concreta: identificar y preparar objetos de estudio con los que sea posible escenificar el encuentro de nuevos lectores con ellos. Creemos que la coincidencia espacial –asumida por la ciudad, real e imaginaria– es el ambiente propicio para dicha cita. Por eso, la conexión y traslado entre ficción y realidad, entre archivo y repertorio, entre lectura y aventura nos resulta tan vital. La formación académica en filología nos es útil solo para proveer un marco de condiciones que haga posible que la experiencia estética y urbana ocurra.

La ciudad como espacio habitado, recorrido a diario, en continuo ajetreo y transformación se compone de elementos arquitectónicos y urbanísticos que son rastreables en la literatura. Si, por ejemplo, identificamos la visita repentina a los antiguos bares de la Calle Mariscal por parte de un personaje de un cuento, entonces tenemos ahí la oportunidad de crear un enlace entre la lectura y la visita al actual corredor en la misma calle, el cual no guarda memoria de lo que era (“Callejón Sucre”, Rosario Sanmiguel). La coincidencia entre lo literario y el paisaje urbano cumple con distintas funciones. La voz del yo lírico de un poemario puede andar tras los pasos de alguna musa que encarne el hálito de inspiración para encontrarla finalmente en un bar de la Avenida Vicente Guerrero (Bar Papillón, Jorge Humberto Chávez Díaz). Es posible que el espacio escénico de una pieza dramática recurra a un componente citadino a manera de metonimia –como a una rutera, símbolo de movimiento hacia una desproporcionada industrialización– para urdir dinámicas sociales bien conocidas por los usuarios del transporte colectivo y por los espectadores (Juárez Jerusalem, Antonio Zúñiga).